Compartir

Capítulo 68

Autor: Ranacien
last update Fecha de publicación: 2022-05-04 06:30:19

Lenis llegó al apartamento tarde en la noche. Eran las 22:00 horas cuando dejó su bolso encima de la encimera y una caja de pizza con unos pedazos que quedaron de la cena que compartió con T.C en el consorcio. 

Se quitó los tacones, se tomó un sorbo de agua y se dirigió a su habitación. 

George no estaba en el lugar. Revisó el baño, tampoco estaba allí. Salió del pasillo de habitaciones, el cual quedaba a la izquierda de la entrada principal, y siguió derecho entrando a otro rellano más corto, a la derecha de la misma puerta de la entrada del piso, donde se encontraba el despacho. 

George ya había llegado, se encontraba aún con su traje de tres piezas, exceptuando por el saco, el chaleco y la corbata, arremangada la camisa blanca, mientras leía unos documentos, recostado en el espaldar de la silla y manteniendo un codo sobre el reposabrazos, gracias a que con esa misma mano, sostenía los papeles que leía. 

Ella percibió su exquisito perfume minutos antes de entrar a la oficina, dejándose llevar, como dibujo animado, por el estupendo aroma, arrastrándola hacia él. 

—¿Comiste? —le preguntó ella, sorprendiéndolo un poco, ya que él, por andar concentrado en los papeles, no se había dado cuenta que Lenis estaba allí. 

George no le respondió. Solo alzó la cara al escucharla, dejó los documentos sobre la madera del escritorio y serio, le pidió que se acercara a él con un gesto de su mano.

Ella emitió una leve sonrisa ladeada y se acercó, obedeciendo a su petición. 

Él la tomó de la mano y en silencio, la llevó hasta su regazo, convidándola a que se sentara encima de sus piernas y al hacerlo, la abrazó y exhaló profuso aire, cerrando los ojos.

Ella frunció levemente el ceño y masajeó el cuero cabelludo de George con sus uñas, provocando rayos que corrían por todo el cuerpo del abogado, quien se dejaba hacer; sensaciones divinas que adoraba sentir, y más viniendo de ella. 

Eventualmente se miraron, el silencio los envolvía. 

—Aquí no tienes música. Extraño las canciones que colocabas en tu despacho del otro piso —opinó ella. 

Él no dijo nada, solo la contemplaba, removiendo un mechó de cabello de ella, pensando él de manera risoria internamente, que a Lenis siempre le sucedía: a pesar de tener el cabello un poco distinto ahora, y de llevarlo recogido, aún existían mechones de cabello osados que pretendían entorpecerle a él las vistas. 

—Volveré a pintármelo —anunció Lenis. 

Él siguió mirando sus ojos, al menos, por un par de segundos más. 

—Hoy estás hermosísima —susurró y exhaló—. ¿Cuándo llegaste? ¿Cocinaste? 

Ella negó con su cabeza, pasando las manos ahora por los hombros de George, intentando masajearlos para que se relajase, lo notó tenso desde el momento en el que ella entró a la oficina. 

—Cené en el consorcio. Te traje un poco, es pizza. Está fría. Sé que así te gusta, pero si quieres que te la caliente… 

George la tomó de la nuca y la cayó con un beso, tentando con su lengua entrar más profundo. El abogado necesitaba, con vehemencia, adorarla. 

Separó sus bocas, escudriñando la mirada de Lenis. Buscando, como loco, alguna negativa, pidiendo permiso en el silencio.

Ella comenzó a respirar con dificultad. Pudo, bañado en miel, el desespero, crear la escencia de aquel hombre esa noche.

Lenis no estaba segura de poder seguir adelante con un acto íntimo entre los dos. Cada vez que intentaban hacer el amor, algo pasaba con su mente. Ella comprendía que era algo que podía volverse grave, que debía trabajarlo en las terapias urgentemente, pero en ocasiones, no quería transitar tanto camino. Deseaba saltar, como de un trampolín a otro, hacia el placer y la entrega. 

Lenis sentía deseos por él, quería tener sexo con él, deseaba ser amada por él, pero el asqueroso recuerdo de Jefferson entrando en ella, amarrada, el secuestro, la oscuridad de sus ojos vendados, el llanto… En definitiva, quería sanar de inmediato, quería sanar ¡ya, ya, ya!

Se estampó a sus labios como la salida de una luz de bengala al cielo. 

George la atrapó entre sus brazos y echó la silla hacia atrás para tomarla y subirla al escritorio, apartando los papeles a un lado, abriendo el abanico de posibilidades eróticas para ambos. 

—No… —detuvo ella y él apretó los dientes, deteniendo todos sus movimientos, pero sin soltarla—. Aquí no —le dijo y se removió para bajarse del escritorio. 

Lo tomó de la mano, haciendo que él arrugara un poco el entrecejo por la curiosidad y silenciosamente, comenzó a caminar, llevándolo a la habitación. 

George no sabía qué pensar, aquello ocurrió tantas veces... Ella le detenía, o le decía que no podía seguir, incluso antes de comenzar a tocarse; aunque él prefería mil veces que Lenis se negara, a que sucumbiera a los tortuosos recuerdos y la lanzaran hacia el suelo como a una roca, amenazándola con romperla en mil pedazos. 

Él prefería lo que fuese, menos verla sufriendo, odiaba verla sufrir, no lo soportaba, aunque demostrara entereza, serenidad y entendimiento.

—Lenis… —la llamó al entrar a la recámara y verla girarse hacia él frente a la cama—. Lenis, ¿estás segura?

—No —respondió sincera y de inmediato, no le mentiría en nada. 

Él la miró, atento a lo que ella fuese a decir. Entonces vio cómo sus preciosos ojos grises se llenaron de agua y alrededor de sus pestañas todo se enrojecía, demostrando un llanto que parecía contenerse. 

—Nena… —él exhaló, preocupado.

—Hazme olvidar —le pidió, interrumpiéndolo—. Hazme olvidar, George. —La voz se le quebró y se acercó a él, colocando sus manos alrededor de su cuello, bajando hasta su pecho, colocando los dedos sobre los botones de su camisa blanca—. Quiero olvidar con tu cuerpo, contigo —susurraba, comenzando a desabotonar la camisa.

George la tomó de las muñecas y la paró en seco, penetrándola con la mirada. 

—Lenis, espera, ¡espera! —Ella lo miró consternada, aspirando aire por la boca, como si corriera una maratón—. Mírame a los ojos y dime. ¿Estás segura de esto? 

—Mírame tú a mí. —Se safó del agarre de George y lo acercó a ella, presionando sus musculosos antebrazos—. No hay algo que desee más. Te lo juro. 

Él dejó de respirar. 

—Si comienzo, no voy a parar. 

Se abrieron los poros en la piel de Lenis. 

El gris brilló como el cristal y poco a poco, se llenó de fuego. 

—No quiero que te detengas. 

El abogado gruñó fuerte al tomarla nuevamente de la nuca y arrimarla a la cama por el ímpetud de su beso. 

La bocas se abrieron de par en par y las lenguas comenzaron a danzar para luego batallar entre sí, odiosas, osadas, demasiado competitivas, exitadas, así como lo estaba la entrepierna de Lenis al momento de cederle la entrada a la mano poderosa de ese hombre que la llevaba de lleno a la cama, arrugando el buen armado de un cómodo colchón cubierto de edredones, almohadas y sábanas blancas. 

La camisa de George se abrió y salió de su cuerpo, el pantalón de Lenis voló, la hermosa blusa que lo combinaba y gracias a los movimientos por desvestirse, se sentaron, ella a horcajadas de él, en ropa interior, pasando sus brazos alrededor del cuello masculino que parecía apretarse por la excitación. 

El abogado desabrochó el brasier de Lenis con una sola mano, demostrando una vez más su experticia, haciendo jadear fuertemente a la secretaria, quien tuvo que dejar caer su cabeza hacia atrás y cerrar sus ojos al sentir la boca maestra sobre sus iniestos pezones, ansiosos por más y más y más. 

Él levantó la cara y la tomó de la barbilla, lamiendo su labio interior, concentrado en encausar las miradas. 

Con el ceño fruncido, la soltó, y con amabas manos, rompió sus pantis, las echó a un lado, ayudó a que ella se acomodara y la sostuvo de la espanda, con una mano enredada en su cabeza. 

Los dedos desataron el amarre del cabello, el cual cayó en cascadas alrededor del bello rostro de ella. 

Él negó con la cabeza y lanzó una sola risa de incredulidad, la cual no duró nada, porque la seriedad y la concentración, aunadas a la preocupación oculta por aquellas dos, escalaban sobre todo lo demás.

El miembro de George tocó la puerta, ampliando los mojados pliegues de Lenis, creyendo ella que le pedía permiso con la mirada, cuando él solo pensaba en demostrarle que desde ese justo momento, si seguía, no habría vuelta a atrás. 

Lenis asintió y el miembro de George fue entrando en todo su esplendor, sin nada que lo cubriese más allá de las dilatadas paredes de ella. 

El abogado se sentía tan excitado, que pensó que le haría daño y tuvo que parar por un instante. Ella estaba tan costernada y exitada, sintiendo miedo y ansiedad a la vez, que cerró sus ojos y enterró su cara entre el cuello y el hombro de su novio. 

Pero el cuerpo de la secretaria fue despertando, sintiendo cómo el grosor de ese falo daba lectura a su anatomía, escribiendo también una historia ardiente entre los dos sobre esa cama, siendo esa la primera vez que la estrenaban de esa manera. 

Al unísono, comenzaron a moverse. 

George arrastró las palmas sobre la caliente piel de Lenis, llegando a su trasero y apretándolo, mientras seguía los movimientos en vaivén de las caderas. 

Ella se movía y presionaba allá debajo, incitándolo a la maldad, lujuriosa y entusiasta.

El ritmo aumentó, los jadeos se multiplicaron, los gruñidos y miradas se acrecentaron mientras él disfrutaba a una Lenis desinhibida, apurada por complacerse y complacer, dada y dispuesta a recibir todo el placer que él le daba, pero al mismo tiempo bien pendiente de todo lo que sucedía con ella, atento al cambio brusco, al rechazo y al terror que podría aparecer luego de la consumación. 

Él, sin embargo, la llevó a las nubes de humo que se formaban sobre ellos, para, desde encima, ser la representación de una pareja ardiendo en fuego, llegando a un punto que el estrés y los problemas no eran nada. Lenis no pararía, ni tampoco lloraría. No permitiría que aquel sujeto arruinara lo mejor que le había pasado en la vida. 

A George le costaba no desconfiar en una Lenis fuerte y endeble que de repente pudiese hacerlo sentir el peor de los hombres, pero no se castigaría con presiones absurdas. Penetraba desde atrás a esa hembra divina, suya, en sus aposentos, la mujer que lo había cambiado todo, la misma que colocaba su mano en su trasero para abrirse más y dejarle cancha libre para el desquicie. 

Se salió y la volteó. 

Bajó su boca a su entrepierna y casi pudo haberla matado de placer, dando todo de sí con sus labios, con sus dedos y lengua. 

—George… —susurró ella, curveando su espalda al sentir los rayos venir por la punta de los pies—. Más… Así, más —susurró de nuevo en completo trance. 

George no pensaba detenerse hasta hacerla acabar.

—No te detengas. —Unas manos atadas aparecieron en su mente—. George… —Una venda en los ojos quiso colarse en su memoria. 

«No, no, no, no». 

El placer de Lenis se mezcló con una rabia maligna, eficaz, dedicada a bajarlos de esa nebulosa que ya no los colocaba arriba de la misma, más bien, los cubría. 

Se abrió más de piernas, se dio ante él, le invitó a meterse ahí con mucho poder. 

Tomó el cabello del abogado y lo instó a subir. Agarró con una mano su miembro y con los ojos bien abiertos, ahora concentrada ella, lo miró, mientras él la penetraba nuevamente y comenzaba a martillarla, ya no aguantando más las ganas por llegar. 

La tomó del rostro y enervó el deseo en él, en los dos, gruñendo en aviso, llevándola al cielo, rompiendo barreras y explotando, sin salirse, dilatando, sudando…, temblando…, amando.

La nube se fue disipando mientras recuperaban el aliento. 

De inmediato, él la miró, un poco turbado.

—¿Estás bien? Dime la verdad. 

Ella aún no se recuperaba. Todo su cuerpo palpitaba. 

Lenis tragó la sequedad en su garganta y mojó, con algo de trabajo, sus labios resecos.

Asintió, incrédula, y sonrió. George sintió evidente alivio ante ese precioso gesto. 

—No sé cómo es que… puedo amarte tanto…

Él sonrió abiertamente al escucharla y plantó un beso en sus labios, acomodándola de tal manera que ella pudiese abrazarle. 

La sostuvo en sus brazos. Ella sobre él boca abajo. Él debajo de ella boca arriba. Y las caricias, sin falta, comenzaron a crearse: dedos ociosos, sin dejar de dar placer. 

Geoge la sostuvo fuerte toda la noche hasta que se percató de que dormía y fue entonces cuando se permitó respirar con normalidad, mirando el techo, cerrando los ojos y pensando en ese momento en el que vio cómo se abría un agujero negro en cada ojo, casi viendo el terror de imágenes dominándola de un momento a otro, mientras él le daba placer con su boca. 

Continúa leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la App

Último capítulo

  • EL PLAN DE LOS JEFES   Epílogo

    Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera

  • EL PLAN DE LOS JEFES   Capítulo 90

    El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar

  • EL PLAN DE LOS JEFES   Capítulo 89

    —Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita

  • EL PLAN DE LOS JEFES   Capítulo 88

    El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue

  • EL PLAN DE LOS JEFES   Capítulo 87 segunda parte

    —Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa

  • EL PLAN DE LOS JEFES   Capítulo 87 primera parte

    George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp

Más capítulos
Explora y lee buenas novelas gratis
Acceso gratuito a una gran cantidad de buenas novelas en la app GoodNovel. Descarga los libros que te gusten y léelos donde y cuando quieras.
Lee libros gratis en la app
ESCANEA EL CÓDIGO PARA LEER EN LA APP
DMCA.com Protection Status