INICIAR SESIÓNA Jefferson le costaba poderse comunicar con su abogado. Necesitaba dejarle un mensaje urgente.
La mejor idea era mandar a llamar directamente a Lisa Díaz, pero no se lo permitirían. De hecho, a la única persona que él tenía el derecho a pedir que fuera a verle era Adam Coney. La mala noche que había pasado no repercutía en los golpes que le ocasionaron, entendiendo siempre que fueron un par de guardias quienes le realizaron dicha fechoría. La mala noche tenía mucho que ver con las palabras que uno de los sujetos echó, como brujería, en su oído. A Smith le había dado chance, no solo de recuperarse de los dolores, sino de hacerse una especie de introspección, canalizando, estudiando de nuevo sus sentimientos por su querida Lisa, a quien (y en cualquier momento) le quitarían la vida.Tres días, lunes en la mañana, Adam Coney atravesaba todos los protocolos de seguridad de la cárcel preventiva hasta que un guardia le permitió entrar a una sala de encuentro, con mesas, sillas y ventanales que daban a uno de los patios centrales, aunque dicho espacio estaba rodeado de grandes rejas de ciclón y mantenía una prudente distancia entre las canchas de basket y las paredes del edificio. Aquel sitio era enorme. Su seguridad era la mejor entre todas las correccionales preventivas del país, pero no contemplaba una seguridad tan excesiva, puesto que todos los reclusos tenían estatus político. La violencia solía ser algo inusual entre reos. En base a dicha información, Jefferson comprendió que, lo sucedido hace tres noches en el interior de su celda (algo de lo que nadie hablaba), fue claramente un suceso extraordinario, pagado y mandado a hacer con alevosía, no era ninguna bienvenida y sabía perfectamente quién estaba detrás y sobre todo, lo que significaba el famoso mensaje. El abogado en su altura, cabello bien cortado y peinado color castaño, traje de tres piezas color gris claro a la medida, piel clara, aunque bronceada y zapatos de cuero brillante color marrón claro, sentado frente a una mesa tipo escritorio de preparatoria, vio llegar a su cliente, esposado solo en las muñecas, portando su traje gris plomo que le cubría de pies a cabeza, usando zapatos de goma color blanco. La expresión de Adam cambió de súbito al ver el rostro de Jefferson, el cual no quitó sus ojos de encima mientras se acercaba, le quitaban las esposas, masajeaba sus muñecas y se sentaba al otro lado de la mesa. —Fue difícil hacer que vinieras, ¿ya no trabajas para mí?Adam pareció no escuchar el comentario de Jefferson, menos la pregunta. —¿Qué diablos te pasó? —pregutó en cambio, anonadado.Jefferson mantuvo la voz baja, lo miró directo a los ojos y sin acercarse, en confidencia para no emitir lectura de secretismo ante los guardias que los vigilaban, le dijo:—Te llamé para que acudas a Lisa de mi parte —Adam arrugó mucho la cara— y le digas que está en peligro. Ya ella verá qué hacer con esa información.Adam separó sus labios, quedándose sin habla por un instante.—Espérate un momento. —Batuqueó sus manos y cabeza, casi apretando sus párpados, como si intentara despistar unas ramas de su cabello—. ¿Quieres que en medio de una investigación que tal vez pueda darte más años acá, a pesar de la sentencia que tienes encima, yo acuda a Lisa Díaz, tu ex esposa y la mujer que secuestraste y violaste, para decirle que está en peligro? —Miró a su alrededor, a un lado y luego a otro—. ¿Esto es una broma?Jefferson no cambió su templada expresión, la idea era no dar sospecha de sentirse alterado o de estar emitiendo una denuncia oficial.—Una de las cosas que me agrada de ti es que eres jodidamente sincero —acotó el recluso—. Eres la única persona que puede venir a verme, por lo tanto, serás tú quien le de el recado. Sé que lo harás, porque estás tan sucio como yo. Lisa está en peligro y eso es todo lo que tienes que saber…—No, un momento, detente allí —habló entre dientes—. No buscaré a nadie para decirle semejante idiotez sin ningún tipo de información. Dame más. ¿De qué se trata esto? ¿Tiene que ver con los golpes en tu cara? —¡No es ninguna idiotez! —gruñó Jefferson, alzando un poco la voz, arrepintiéndose de inmediato, conteniéndose para no gritarle al abogado. Se enderezó y respiró profundo. No tuvo más remedio que decirle la verdad. Miró disimuladamente a los guardias y regresó la mirada al frente antes de hablar.—Escucha bien, Coney, grábateto para que sepas exactamente lo que le dirás a mi ex mujer: Turgut la va a matar. Es así. En cualquier momento encontrará la forma, el día ideal para mandar a asesinarla, ¿ya lo endientes? —No, no lo entiendo —susurró el abogado con la mandíbula apretada—. ¿Qué razón tiene ese hombre para matar a su hijastra?—Le jodí la hacienda, ¿entiendes? Ese era uno de sus escondites predilectos, su gran y adorada vivienda. No le basta con que yo que esté preso, o que mi sobrino también lo esté, quiere verme jodido en venganza. Y sabe que jodiendo a Lisa, me jode a mí. —Se señaló con dureza, manteniendo aún la voz baja—. Si no le dirás a ella, dile entonces al imbécil de Miller. —Adam apretó los dientes aún más—. Ahh, no te gustaría tener una audiencia con él, ¿no es así? Lo sé, lo sé muy bien —dijo aquello con voz sínica—. Entonces, búscala y ponla sobre aviso…—¿Por qué quieres ponerla sobre aviso después de lo que le hiciste? Si alguien le hace algo, eso te excluye de ser su enemigo. Si ella muere, mirarán para otro lado…—No me interesa si esto me perjudica o no. —Miró para la entrada principal de la sala, comprobando que no estuviesen al pendiente de ellos—. Turgut tiene gente en todos lados, ni siquiera imaginas dónde hay súbditos suyos. —Afiló su voz, necesitaba que Adam entendiense bien su urgencia—. Dile a Lisa que se cuide desde ya. Adviértele que su padrastro está más cerca que nunca. Adam se le quedó mirando por varios segundos, no podía creer lo que estaba escuchando.Quería reírse… Parecía de locos, pero eso era lo que quería hacer.—Primero que todo, Smith, me juraste no saber sobre el paradero de ese sujeto. Te creí y por eso seguí defendiéndote. Darle un dato como éste a Inteligencia y exponerlo ante la jueza te hubiese rebajado la pena…—No entiendes. ¡Esto lo sé apenas ahora!—Hubiese luchado por conseguirte un mejor trato de saber esta locura que me estás contando.El abogado parecía haberse enfurecido, porque a pesar de continuar con su discurso fingiendo que no escuchó lo anterior, las palabras de Jefferson fueron bien captadas por él.—¿Dónde está Turgut? —Jefferson, serio, taladró con su mirada el rostro de quien le interrogaba—. Si eres un aliado de alguien como él, ¿dónde está? —¡No lo sé! —sacó palabra por palabra, acentuadas, para que fuesen bien comprendidas—. Entiende esto: solo mandé a pedirle a Ferit, con uno de sus esbirros, su hacienda prestada, antes de irme con Lisa al extranjero. Solo estaríamos de paso. Las cosas no salieron bien, descubrieron dónde estábamos y lo que sucedió hizo que una parte importantísima de las posesiones del padrastro de Lisa quedara en evidencia. No hay mucho a qué darle vueltas.—Aún no me cuentas todo, Smith. ¿Por qué ahora quieres proteger a la mujer que jodiste? No tiene ningún sentido para mí.Jefferon no pensaba responder esa pregunta y dicho silencio le dio a Coney las pistas del porqué el rubio actuaba ahora de esa manera.—Está bien —claudicó Adam, exhalando bastante aire—. Buscaré a Lisa mañana…—No, ¡hoy! No pierdas más tiempo. Ya han pasado varios días y pensé que antes de tú venir acá, me enteraría de su muerte. —Tragó grueso, la rabia y un sentimiento de extrema impotencia rellenó su estómago. Odiaba sentirse así, débil, enclenque, nada—. Llámala o ve hasta ella, como lo prefieras, pero adviértele hoy mismo de que Turgut la está rondando. Sé muy bien lo que te digo.***
—Señor Miller —llamó su secretaria a través del teléfono fijo interconectado.
—Dime.—Tiene visita. El señor Adam Coney.George arrugó la cara, miró su reloj. Eran casi las dieciocho horas. A demás de ya ser extremamente raro que el abogado de Jefferson se presentara sin una audiciencia previa, el horario que marcaban las agujas, lo puso en alerta.—Déjalo pasar.Con el mismo traje que cargaba en la mañana al momento de hacerle la visita a su cliente, el joven Adam Coney atravesó el umbral fingiendo seguridad y serenidad, luego que el anfitrión del despacho le hiciera señas para que entrase.—Ponte cómodo, Coney. —Miró de nuevo su reloj de muñeca—. ¿Qué te trae a esta hora un inicio de semana? Adam miró su alrededor y luego a George, quien notó algo de nerviosismo en el recién llegado, cosa que le generó demasiada curiosidad.—Vengo a darte un recado de Smith. Extra oficial.George apoyó los codos sobre su escritorio, el cual estaba lleno de papeles que había cerrado antes de darle a su homólogo la bienvenida. Pegó la yema de sus dedos y apoyó su boca sobre ambas manos. —Extra oficial —repitió George—. Algo me dice que utilizas mucho esa frase, en vista del tipo de personas que te gusta defender.—No vine acá para que me critiques, esto es serio. Si no lo fuese, créeme, que estaría a esta hora en mi dulce morada y no aquí frente a ti.George se enderezó, pegando su espalda a la silla. —Habla.Adam tragó grueso. —Manejo una información bastante delicada, aunque escueta —susurró esas últimas dos palabras para sí, pero George logró escuchar—. Antes de brindártela, necesito asegurar una cosa.Miller sonrió y negó con la cabeza. —Si vienes buscando un trato, ahórrate el viaje, Coney. —Gesticuló con las manos—. Ya conseguiste uno para que pusieran a tu cliente en una cárcel política, cuando debería estar en otra. También, conseguiste otro trato para la rebaja de pena por colabración, aunque no sirvió de nada, porque Smith no va a soltar prenda con Inteligencia…—Puede que no con ellos, pero lo hizo conmigo —interrumpió a Miller—. Vengo a decirte unas cosas, pero debo asegurar que no se me vinculará con más nada que tenga que ver con Jefferson Smith. —George alzó las cejas—.Y sí, vine buscando un trato. ¿Me harás caso?—Todo depende de lo que vayas a decir. —No fui enviado a hablar contigo, sino con Lenis —George se puso absolutamente serio—, pero vine hasta acá porque imagino que al yo decirle esto a Lenis, sería denunciado en un dos por tres por amedrentamiento o acoso. Y créeme, mi intensión no es causar daños o empeorar las cosas.—Vamos, que no eres como tu cliente —bromeó George.—Miller, escucha bien. —Coney se inclinó hacia delante—. Jefferson no es aliado de Turgut, sino un súbdito y asegura que Lisa Díaz se encuentra en peligro.George lo miró detenidamente, guardando silencio de manera momentánea. —¿Estás escuchando lo que dices?—Él no sabe dónde está Ferit, yo menos. No te vayas por ahí. —¿Cómo sabe entonces que ella está en peligro?—Porque el padrastro de Lisa quiere castigar a Jefferson por haberle jodido el supuesto escondite. Solo por eso. —George empezó a notar la seriedad absoluta de aquel recado—. No sé cuándo, cómo, pero Lisa, si no se cuida, no vivirá para contarlo.George sobó sus labios con sus dedos, pensando en cada palabra. —Presiento que no todo termina allí.—Presientes mal, eso es todo. —Adam se levantó de su silla—. Si quieres que Lisa permanezca con vida, cuídala. —Giró y se dirigió hacia la puerta. —Espera… No me cuadra algo. ¿Qué pretende Jefferson con defener y cuidar a Lisa ahora?No había terminado de hacer la pregunta, cuando ya sabía la respuesta, aunque dicha en voz alta, le sorprendió.—A Jefferson solo le importan dos personas en el mundo: a Lenis y a sí mismo. —Asintió con la cabeza a modo de despedida, y se fue. El abogado y pareja de Lenis pensó varios minutos en lo ocurrido en su oficina, ordenando en su cabeza las palabras, explicándose y buscándole lógica a la situación. Cuando se convenció de la gravedad del asunto, buscó su teléfono celular y marcó el número de T.C.Al primer repique, el agente contestó y escuchó cada palabra sin interrupción. —Bien. Lo notificaré con Embert y pediré refuerzos.—¿Lenis dónde está?—El su cubículo, señor. Nos preparamos para irnos. —Bien. Llévala a casa. Yo saldré en breve. Nos vemos allá. Convoca a Peter y a Max. —Entendido. —Y colgó.Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







