FAZER LOGINLenis se encontraba tipeando en su computadora de su cubículo en el consorcio. Los días pasaron luego de aquel episodio terrible donde tuvo que salir corriendo al tocador para intentar descargar las imágenes y los recuerdos de un ex esposo propasándose de nuevo con ella.
La secretaria pidió perdón a su novio, el exitoso abogado Gorge J. Miller, por no haber podido defender su cuerpo ante la entrada de aquel sujeto; una disculpa absurda, ella lo sabía, no hizo falta que George se lo dijera, pero así lo sentía, ya que le mentió en parte a su pareja: era cierto que Jefferson le había hecho cosas terribles en el pasado, que la había forzado a tener relaciones en varias ocaciones durante el matrimonio, pero las veces que él la obligó en aquellos años, ella terminaba con un forzado convencimiento de, si no se hubiese negado ante él, habrían copulado de manera normal, con pasión e incluso amor, por lo que todas aquellas experiencias le costó verlas como violación… Algo extraño, bizarro casi, uno de los temas que ella se prometía conversar algún día con el terapeuta. Lo cierto es que, lo sucedido hace días (en un lugar donde, estando allí, no supo dónde se ubicaba), fue lo más espantoso que Jefferson le hiciera, mucho más que la herida en la parte baja de su glúteo, mucho peor que un año infernal de matrimonio, aún peor que tener que cambiar de identidad, de aspecto y vivir en zozobra todo el tiempo gracias al miedo de encontrarla y que de un momento a otro volviese a arastrarla dentro de cuatro lujosas y grises paredes.Ella lo sentía diferente, porque efectivamente fue diferente, siendo la primera y única vez que la mantuvo atada durante muchas horas, que la palabra «rapto» teñía todas las cosas, empapando la situación de actos delictivos, un secuestro en toda regla. Fue la primera vez que ella sintió terror de morir, que la había ultrajado sin ese convencimiento de poder comportarse mejor en una próxima ocasión. Fue la primera vez que, durante su encierro, mantuvo dentro de su corazón y de su memoria, a una persona muy importante en su vida, un amor del cual aferrarse. Toda la experiencia significó una primera vez para sentir que engañaba a un hombre y la primera vez que sintió verdadera culpa por no haberse defendido. Desde entonces, George y ella no habían podio consumar bien su relación. Lo sucedió en el despacho del apartamento donde ahora vivían, quería borrarlo de sus sistema, así como la mala experiencia en la hacienda de su padrastro. Lenis prometió ir a terapia y por el momento, solo asistió a una única cita con un psicólogo recomendado por Seda, un sujeto llegando a su tercera edad, de temperamento afable, aunque no se le podía subestimar, sponsor y colaborador en la fundación que lideraba la madre de su jefe. Debía ir en una próxima ocasión, pero Lenis también decidió trabajar, así que ese día era el segundo de haber empezado en sus labores, actualizándose con lo que una asistente de préstamo de otro departamento realizó, encausando todo lo atrasado, es decir, revisando cada dato, con mucho trabajo de por medio, proyectos paralizados, entre muchas cosas más. George no estuvo muy de acuerdo al principio, pero no discutió con ella, la apoyó en su decisión, además, ella supuso que Maximiliano le había convencido a él de que todo saldría bien y T.C le tranquilizó, porque sería su sombra y le informaría constantemente sobre ella, como había notado ya en varias ocasiones, entendiendo ahora el porqué de las tantas veces que su guardaespaldas contestó llamadas y mensajes un poco apartado, retirándose para hacerlo con más libertad, sobre todo cuando se trataba de alguna llamada entrante, y no contraria. «Él piensa que no sé con quién está hablando», se decía ella mentalmente, poniendo los ojos en blanco y negando con la cabeza. Pero se sentía cómoda, protegida, además de útil: el trabajo le sentaba bien, mantener la mente ocupada era beneficioso y al llegar a casa y conversar con George sobre la jornada de ambos, o al menos, lo que ambos podían contarse sin violar acuerdos de confidencialidad laboral, le parecía lo más genial del mundo. Maximiliano no asistiría ese día a la oficina. Según él, almorzaría con Seda, pero la madre de su jefe logró comentarle a Lenis un poco de sus actividades del día, se lo había comentado el día anterior, por lo que a Lenis le pareció risorio haberle descubireto a su jefe y de una forma tan fácil esa ligera mentira sobre su ausencia. Para Lenis era un poco molesto que la aislaran de lo que ella estaba segura sucedía: tema Jefferson, cárcel, investigación, Turgut… Tema Lisa como víctima y lo que ella se imaginaba que sucedería tarde o temprano: en alguna oportunidad debía declarar, aún no lo había hecho, al menos, no de manera oficial. Todo lo que estaba sucediendo, se sostenía sobre unas bases afianzadas en lo encontrado en el rescate, como prueba suficiente para condenar a Smith sin derecho a juicio; además del caso de la desaparición de Fedora Lugano y del agente de Peter en la capital del país. Ya eran las seis de la tarde, Lenis lo miró en su reloj de muñeca. Se enderezó en su asiento y estiró su espalda, sonó su cuello… Eran muchas las horas sentada frente al computador acomodando horarios, agenda y cuadrando nueva junta de los jueves, puesto que la del día anterior se había cancelado y según Max, no fueron sido constantes desde que ella se ausentó. —T.C…—Dime —respondió él, levantándose al momento de escucharle la voz a su jefa, quien sonrió al entenderle con una abierta camaradería; ellos ya eran cercanos, Lenis lo sentía como un amigo, ella esperaba que él también la sintiera así, aunque el tutearla podría suponer un gran paso a la hermandad. —Siento mucho colocarte en esta posición, la verdad, no creo que sea tan necesario que pases tantas horas acá —le dijo ella. Él frunció el ceño y se acecó a la mesa desde donde ella hablaba—. Debo continuar con unas formas y enviar unos emails, pero no me gusta llevarme trabajo a casa, así que creo que saldré tarde de la oficina. ¿Por qué no mejor te vas a tu apartamento, te das una buena ducha, descansas y esperas mi llamada? O mejor, te doy las coordenadas de mi taxi y activo la ubicación de mi celular para que puedas ver qué dirección toma el vehículo… En fin, que no creo justo que te quedes acá las mil horas que yo deba estar. —Bajó la voz , miró hacia el área de asensores y escaleras—. Ya no hay peligro, Jefferson y su gente están bajo rejas, creo que lo mejor es relajarnos, pero en verdad, T.C, tengo mucho trabajo, como podrás comprender.El guardaespaldas de Lenis la miró por un momento como si a ella le hubiesen salido dos cabeza. El desconcierto y las dudas en su rostro eran demasiado evidentes. —No te preocupes por mí, Lenis. Este es mi trabajo, estoy entrenado para ello. —Y eres estupendo en lo que haces, me lo demostraste en varias ocasiones que, por cierto, te agradezco en el alma lo que has hecho por mí.Ambos sabían que hablaban del rescate, donde él trabajó con ímpetu y dedicación para que la misión fuese efectiva, sobre todo después de haber pedido disculpas tanto a George como a ella de haber fallado en su misión de protegerla. Aún se preguntaba qué hacía él afuera de la casa de Seda y Lenis dentro.La mandíbula de T.C se movió un tanto, recordando a su jefa bajo el cuerpo de su perpretador. Él estuvo allí, vio todo. Aún se sentía muy culpable: una mujer bajo su vigilancia fue violentada por la persona por la que tanto se cuidaron, pero le agradecía a todas las deidades no haber perdido su trabajo, además de haberlo compensando en parte cuando lograron dar con ella y sacarla con vida de allá. T.C aún sentía que le debía mucho a Lenis Evans, que aún debía seguir compensando su gran falta. Estar a su lado como guardaespaldas, en el mismo puesto de antes, las horas que fuesen, suponía para él una forma de lograrlo. —Lenis —se atrevió entonces a confesar, mirándola momentáneamente a los ojos, ella sabía que aquel gesto no duraría demasiado tiempo—, verla de nuevo acá y con ganas de seguir adelante, es la manera en la que siento que se me ha agradecido por hacer mi trabajo. Si me detengo, no estaré conformándome luego con todo lo que aún puedo mejorar. —Miró al frente, regresando a esa mirada robotizada de siempre—. No se procupe por mí, es mi trabajo, para eso fui entrenado. La boca de Lenis se abrió de forma natural, producto del asombro causado por las palabras de T.C. Desde que trabajaba para ella (y para los tres jefes), jamás le había oído hablar así, de esa manera tan sincera. Enternecida y agradecida, se levantó, rodeó el escritorio y se detuvo frente a él, teniendo que levantar un poco su mirada, el hombre era alto, más alto que George y Peter y aquello era mucho decir, incluso más alto que Maximiliano, quien a simple vista no parecía poseer tanta altura, cuando ciertamente sí la tenía. El hombre abrió los ojos de par en par por la sorpresa: Lenis le abrazó durante unos segundos que le parecieron a él eternos e incómodos. Cuando la secretaria se separó de él, sonrió al ver su cara un poco enrojecida. Evitando reírse de él, le dijo:—Mantengamos este abrazo en secreto, ¿vale? —Él carraspeó con su garganta y asintió, sin mirarle a la cara—. Entonces, si te vas a quedar, pidamos comida. —Ella se inclinó hacia su escritorio, descolgó el teléfono fijo y lo miró—. ¿Qué deseas comer? ***Jefferon Smith fue sido trasladado ese día para la cárcel preventiva para políticos, pero en cierto modo, aquel recinto —muchas veces— se convertía en cárcel permanente, por la tardanza en los juicios; también dependiendo de la personalidad y del estatus legal de cada individuo.
La nación no parecía quejarse, puesto que aquel era un edificio enorme con capacidad para muchos reos más. No se preocupaban por desalojar celdas de forma inmediata o en menor tiempo. Jefferson sabía lo que le esperaba, pero tenía confianza en la protección que le conseguiría su abogado y los tratados que éste hiciera con el director del penal.Al parecer, en una primera instancia, nadie se le acercó al llegar. No compartía celda, sin embargo, se dio cuenta que sí debía compartir el comedor y las duchas, aguantándose todo, porque no tenía opción más que esa. Para muchos, la cena la daban temprano, siete de la noche, pero eso ya era tarde para los reos. Dentro del penitenciario, no existían las noches de ocio, lectura o alguna conversación. Tal vez, para algunos presos, las mañanas y las tardes, entre almuerzo y cena, podría existir un momento de reunión, pero él tendría que trabajar mucho para conseguir tales privilegios, por lo que, como cualquier recluso, a las siete de la noche debía estar dentro de su celda. De todas formas, como le habían comentado algunos agentes de Inteligencia antes de ser trasladado: para él no debía existir opción, ni siquiera pagando, de quedarse más horas fuera de su habitación. Eventualmente, Jefferson se daría cuenta de lo delicado que era aquello y conocería muy pronto, demasiado pronto, que algunas personas podían lograr inigualables y especiales permisos.Con un sonido eléctrico que rellenó todos los rincones, las puertas de cada celda se abrieron. Los hombres se levantaron, siendo vigilados de cerca por los guardias, y comenzaron a caminar hacia sus respectivos lugares. El rubio se levantó con su braga de cuerpo entero color gris. Había estado sentado prácticamente solo en una de las tantas mesas del comedor, engullendo su cena, y había terminado de comérsela minutos antes de que dieran la orden de ir a dormir. Caminando hacia su habitación, pudo ver durante la fila cómo cada reo entraba y se sentaba en su cama o hacía alguna otra cosa, esperando que las puertas cerraran.Así mismo lo hizo, entró y esperó. Pero algo pasaba, podía presentirlo. Lo supo desde el momento en el que la única puerta que no cerró fue la de él. Jefferson no se movió de su cama sintiendo el corazón latirle veloz. Los minutos pasaron y su puerta no cerraba. De repente, las luces apagaron. Era la hora, porque así le habían indicado, que las luces a las 19:00 horas apagaban para todos los reclusos. Silencio. Absoluto silencio y su mirada intentaba agudizarse más, sus oídos, todos sus sentidos porque sabía que debía defenderse a como diera lugar, en cualquier momento. Al pasar lo que él vislumbró fueron cinco minutos, se aventuró a levantarse y lentamente asomar su cabeza por la puerta. Observó. Todo estaba prácticamente a oscuras. Quedó estático, solo moviendo sus ojos hacia cada espacio que pudiese indicarle que existía algo raro. Quiso gritar pidiendo la presencia de un guardia por si fuese un fallo eléctrico del lugar, pero lo pensó mejor, así que decidió volver a sentarse, pero al momento de girar, algo se lo impidió. Un par de sonidos secos, pasos veloces pisados por botas de uniforme, se precipitaron hacia él y lo empujaron violentamente al interior de su celda y antes de que pudiese tan siquiera quejarse en grito o en palabra pidiendo auxilio, una persona, a quien no pudo ver bien su rostro, le propinó un fuerte golpe en el abdomen que lo dejó sin aire y lo tumbó de rodillas hacia el suelo. Otro sujeto lo abracó por el cuello sin permitirle hablar, casi respirar y mucho menos moverse. —Esto no es una advertencia, rubio —susurró el hombre que lo sostenía desde atrás—, es un hecho. Si la mujer tuya sobrevive, es porque tiene un ángel en el cielo.El hombre apretó más su cuello mientras el segundo lo golpeó en su estómago varias veces hasta dejarlo malherido.Pero hubo mucho más, porque al ser soltado por quien lanzó aquellas palabras, su acompañante le dio una patada en la cabeza que lo sumergió casi en la inconsciencia, experimentando el terror y el dolor a partes iguales.Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







