INICIAR SESIÓN—Bienvenido, señor Helizondo. El señor Bastidas se encuentra ahora mismo en una reunión, pero no tarda en culminar. Por favor, tome asiento. —Lenis señaló los sillones de la sala de espera a un empresario en el ramo hotelero, quien ya había entrado a la tercera edad, llevando con orgullo sus canas.
Hombre de sonrisa afable, vestiendo de traje marrón y corbata vinotinto con un broche alargado y dorado en medio de ella y que la sostenía.—¿Desea algo de tomar?—Un tintico, por favor.Lenis sonrió por la forma en la que llamó al café, ella lo había entendido bien.—Excelente. ¿Una sola cucharada de azúcar? El caballero alzó las cejas y se echó a reír. —¿Cómo lo supo? Sí, me gusta fuerte, pero no completamente cerrero. Gracias, muy amable.—Enseguida —dijo, correspondiéndole la gran sonrisa, yendo al área del cafetín de aquel piso para prepararle el café a la visita. Dentro del pequeño cubículo, se encontraba T.C hablando por teléfono, mientras se comía un emparedado que por la misma llamada había dejado a medio masticar. Ella, en silencio y sin querer interrumpirle, hizo todo lo que necesitaba.Mientras esperaba que el café estuviese bien calentito, ya que no confiaba mucho en el calor que proporcionaba la cafetera, su mente divagó en los recuerdos de los últimos tres días. «¿Sabías que Donald es sobrino de tu ex marido?» le preguntó una vez George, la misma noche en la que hicieron —por fin— el amor. O por lo menos, en la que ambos intentaron que fuese placentera. Ella no podía olvidar ese dato, porque su mente le hacía pensar, una y otra vez, en Carl, el arma, su defensa propia y en comprender que no solo se había defendido de la mano derecha de Smith en el viejo piso donde ella vivía, sino de su propio hermano. Según Jefferson, no quiso que nadie los asociara como parientes para evitar una lucha de poderes entre sus empleados; algo absurdo para ella, si lo pensaba bien. Le pareció todo mentira y en varias ocasiones, sintió curiosidad por saber cuál era la verdadera razón por la que su esposo no le contó nunca que ese hombre era su cuñado.—No me gusta y te quiero lejos de él.Lenis regresó a la realidad al escuchar las palabras, medio susurradas, de T.C.Lo miró casi de reojo, regresando a su tarea cafetera.—Mejor, hablemos de esto más tarde, ¿está bien?Arrugando los labios a un lado, Lenis fingía no escuchar nada. Solo le faltaba ponerse a silvar, aún dándole la espalda, enfrentando la mesa alargada y pegada a la pared donde se encontraban todos los implementos de cocina. T.C no podía ver el gris de los ojos de ella iluminarse por la novedosa curiosidad. Hace tres noches, aproximadamente, la misma noche en la que Lenis tuvo que quedarse hasta tarde por trabajo acumulado, durante la cena de pizza que ella y su guardaespaldas compartieron, él le había confesado lo que para Lenis significó una completa bomba: T.C y la asistente de George estaban liados. Lenis no se lo podía creer y se preguntaba si George se habría dado cuenta de eso.Ella no lo averiguaría, por supuesto, no deseaba buscarle problemas a la chica. Además, T.C parecía enamorado de ella, eso notó Lenis y pensaba que de no ser así (de él no estar embobado por la rubia), no le habría comentado nada. —Ok, bien. Hablamos luego —dijo T.C y colgó.Carraspeó con la garganta y siguió comiendo, disfrutando de su tiempo de descanso. —Mmm…, ¿problemas en el paraíso? —preguntó Lenis, curiosa.—No, todo bien —respondió él de forma escueta, dándole a entender que no le diría nada más. T.C pensaba que le había contado demasiado. Todavía no se explicaba por qué se lo había dicho.—Debo llevar este café y atender al señor Helizondo, pero podemos conversar mientras logro comerme mi sandwich. Él sonrió ladeado, un gesto que no llegó a sus ojos: parecía triste. —Muchas gracias, Lenis, pero todo está bien. Si lo necesito, acudiré a ti y te contaré.Ella apretó sus labios, alzó las cejas y asintió, encogiéndose de hombros.—Está bien. Con permiso…T.C asintió y la asistente personal del CEO de esa compañía salió del área de cafetín con una bandeja donde llevaba café, servilleta, agua y azúcar, asistiendo al empresario y al cabo de un rato, luego de hacerlo pasar por petición de Maximiliano a su despacho, éste último pidió tres almuerzos que Lenis mandó a comprar en tiempo record con el officeboys de confianza. Uno de los almuerzos era para ella, el cual no comió hasta que el señor Helizondo se retiró del edificio. Cuando por fin pudo alimentarse, no logró sacarle mucha información a su cuidador sobre lo que sucedía con la chica, sin embargo, éste terminó comentándole muy por encima que un empleado de otra oficina dentro del edificio del bufete de Miller, parecía gustar de la rubia, que la visitaba frecuentemente y por supuesto, a la mole de agente, territorial y serio, no le estaba agradando la situación. »—¿Quieres que hable con George para que se mantenga alerta? Podrían prohibirle a ese hombre entrar al bufete —propuso Lenis en ese momento, terminando de almorzar, comida que, por cierto, compartió con él, ya que según ella era mucha cantidad, no podría con tanto alimento. T.C estaba seguro que aquello era una excusa para compartir su comida con él, ya que Lenis lo vio comiéndose solamente un pan relleno de queso y vegetales.El guardaespaldas ya le conocía el lado bondadoso a la secretaria; aunque él bromeó un poco con ella, diciéndole que de seguro lo hacía para que él soltara prenda sobre su novia, para ella poder averiguarlo todo. Lenis se echó a reír por el comentario.El hombre vestido de traje de ejecutivo color negro, donde debajo de la chaqueta llevaba un arma y bajo su cuello un pinganillo que con solo activarlo podría comunicarlo con una central especializada en seguridad interna, le pidió a su jefa no hacer eso que le proponía por nada del mundo y le aseguró que él mismo se encargaría de esa situación. Se moriría de la vergüenza si alguno de los jefes, o sus compañeros de trabajo, se enteraran de su enamoramiento perdido y lleno de celos con aquella chica.***
—¿Comiste? ¿Ustedes comieron? —preguntó Maximiliano, mirándolos a los dos, a T.C y a su secretaria, mientras se acomodaba su abrigo sobretodo color negro y una bufanda alrededor de su cuello. Afuera amenazaba con precipitar un torrencial aguacero y normalmente cuando era así, la temperatura bajaba estrepitosamente. Además, el CEao estaba haciendo tiempo para que la seguridad extra que habían pedido, se acomodara estratégicamente en sus nuevos puestos de trabajo. Ni T.C y tampoco Max tenían autorizado a contarle a Lenis sobre la visita de Adam Coney a George J. Miller, solo éste último se encargaría de contarle, sin embargo, la seguridad iba en primer lugar. —Afirmativo, señor…—Le di de la mía —interrumpió Lenis a T.C. Los ojos del agente casi llegan al inicio de su cabello cortado al ras. El CEO ya se estaba riendo.—Es que, Maximiliano, era demasiada comida, no podía con tanto —explicaba ella, mientras los tres tomaban el asensor para bajar e irse del edificio, terminando ya la jornada laboral de ese mismo lunes. —Señorita Lenis, creo que no es necesario…Una fuerte risa y unas palmadas en la espalda de T.C, interrumpieron sus palabras.—Tranquilo, T.C, ella es así. Tienes que acostumbrarte, le gusta compartir.La secretaria negó con la cabeza, viendo cómo los números en la pequeña pantalla encima de las puertas metálicas del asensor, decrecían. —¿Estás segura que ese suéter tuyo te protegerá del frío? —le preguntó Max.Ella se miró en el espejo del asensor. T.C iba delante de ellos dos.Lenis se había colocado una falda de tubo color negra, tacones negros con una especie de plataforma en la punta, blusa manga sisa con cuello volado y de tela suave color rosa palo, accesorios dorados y su suéter, el mismo que se acababa de colocar antes de entrar a la máquina, era de color blanco.—Es una tela buena, es gruesa…—Es una Cachemira con botones al frente, por Dios, ni mi abuela se vestía así —se burló Max, intentando aligerar todo lo posible el ambiente, hacer que todos se relajasen, sobre todo ella para que se concentrase en cualquier trivialidad, mirando a T.C y a ella otra vez. El guardaespaldas apretó los labios, mirando el suelo.—Toma, tienes que cubrirte. —El CEO le cedió su bufanda.Era masculina, de tela gruesa de colores azul marino y morado oscuro. A Lenis le dio un poco de pena, pero le agradeció el gesto.A pesar de todo lo que había sucedido y de que las cosas ya estaban muy claras entre los dos, esos detalles, viniendo de su jefe y podría decirse, amigo, la hacían sentir un poco incómoda.T.C carraspeó un poco con su garganta al ver cómo uno de sus jefes se quitaba la prenda para dársela a ella, manteniéndose al margen de cualquier demostración romántica por parte del empresario hacia Lenis Evans.Aunque no podía culparlo. T.C estaba claro que su jefa era muy hermosa. Para muestra, una bufanda de dos colores hecha para hombres, quedándole como si la tela hubiese sido confeccionada justo para ella.Max la miró, rió y negó con la cabeza, incrédulo. El guardaespaldas estaba seguro de que el CEO había pensado lo mismo. Casi se ríe igual que él.El celular de Lenis vibró justo cuando las puertas del asensor se abrieron. Salieron de allí, T.C liderando el comienzo de la caminata, pero se detuvo en seco al notar que Lenis no se movía.Max también hizo lo mismo.—¿Todo bien? —¿Qué sucede? —preguntaron los hombres al unísono, acercándose a ella, de pie en medio del corredor principal rumbo a la recepción.Ella miraba la pantalla de su celular, se trataba de un número desconocido, pero no lo sintió bien, algo en su pecho le decía «problemas».Seria, miró a cada uno, mientras contestaba la llamada. —Dígame…—¿Lisa Diaz? —dijo la voz de una mujer joven.La secretaria sintió cómo un fuerte frío se inyectó en su cuerpo y le recorrió la sangre.—¿Quién habla? —Lenis no confirmaría directamente que era ella, a pesar de saber que ya lo estaba haciendo. Vio la preocupación en sus acompañantes y prefirió no alarmar.Le hizo señas a ambos para que siguieran caminando, ella detrás de T.C, Maximiliano a su lado, haciéndole señas también a su chofer para que le esperara un momento.Salieron del edificio, atravesando las puertas de vidrio, despidiendo con la cabeza y asentimientos al personal de guardia detrás del escritorio de recepción.—¿Me escucha, señora Lisa? —seguía preguntando la joven.Lenis se detuvo en la concurrida acera. El viento les golpeó, agradeciendo que Max le hubiese prestado la bufanda.—La escucho. Dígame de una vez qué desea y cómo encontró este número.T.C la miró y le pidió que le cediera el teléfono, pero ella no prestó atención.—Señora Lisa Díaz, escúcheme atentamente. Si usted cuelga esta llamada, en dos segundos estará muerta.Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







