INICIAR SESIÓNCapítulo 7.
—¿Qué quieres, Peter? —preguntó George con evidente molestia.
—Oye, oye, cálmate. ¿Dónde estás? Debemos hablar ahora mismo —le dijo el agente de seguridad a través del teléfono.
—Estoy saliendo de casa de Lenis.
Las palabras que diría el jefe de seguridad se quedaron atascadas un momento.
—¿Qué? No me lo creo. ¿Ya te la…?
—¡Joder con eso! —Cerró los ojos y se detuvo a un lado del camino para poder calmarse—. No pasó nada con ella. ¿De qué quieres hablar conmigo?
—Ven a mi apartamento, Max viene en camino.
Al cabo de unos minutos, Maximiliano y George atravesaban la puerta principal del gran apartamento de Peter, quien ofreció una bebida a cada uno. George no quiso nada, Max solo una soda. El rubio destapó una cerveza.
—¿Para qué nos convocaste? —preguntó Max.
—Ya tengo los registros de llamadas del móvil de Lenis Evans —respondió el dueño del recinto.
Peter y Max compartieron unas palabras más, sin darse cuenta que George se había ido a otro lugar.
El abogado recordaba una y otra vez la forma en la que Lenis le rechazó. En su cabeza, analizaba cada cambio brusco, cada palabra…
—¿George? ¡George! —El grito de Peter lo trajo a la realidad—. ¿Qué rayos te pasa?
El abogado negó con la cabeza y suspiró, antes de preguntar:
—¿Qué arroja el registro?
—Nada —respondió Peter.
Los otros dos presentes fruncieron el ceño.
—¿Y me convocaste hasta acá solo para decirme eso? —preguntó Max.
—No me dejas terminar. —Max le hizo un gesto de mano para que siguiera—. No hay ningún registro porque fue borrado… Fue borrado desde la central. —Y con su rostro, acentuó lo que estaba intentando que ellos entendieran.
Ambos hombres quedaron en silencio por un momento, pero George sintió algo en su interior que no supo explicar. Un mar de dudas comenzaba a envolverlo y preguntó:
—¿Pudiste recuperar las llamadas?
Peter asintió lentamente. Exhaló antes de hablar:
—Lenis Evans se ha estado comunicando con Sias. —Apretó la mandíbula.
—¿Con… Sias Turgut? —indagó George sin podérselo creer. Más bien, no se lo esperaba—. ¿Con el único hijo consanguíneo de Ferit?
***
—¿Por qué lo hiciste? —La voz de Sias demostraba lo muy molesto que estaba—. Me dijiste que si no había alternativa, lo harías, pero pensé que eso era a lo último que recurrirías.
—No tuve alternativa, créeme —le dijo Lenis—. Tarde o temprano lo iban a saber.
—Entiendo por lo que has pasado y por eso te he ayudado, pero ahora van a saber de mí, sabrán que perfectamente que te has estado comunicando conmigo y me van a buscar. ¿Todavía no comprendes a los cargos que fue impuesto nuestro padre?
—Tú padre —comenzó a decir con los dientes apretados—. Él es solo mi padrastro. Y está fuera del país, fue exiliado. Ya deberías dejarte de esos miedos. Si hubiesen querido, ya estarías preso.
Sias se echó a reír sin nada de gracia.
—Parece que los golpes te han dejado tonta.
Lenis se quedó estática ante aquello.
—¿Cómo te atreves a decirme eso? —gruñó las palabras.
Se hizo un silencio entre las líneas. Al cabo de unos minutos, Sias habló:
—Lo siento, no quise decir eso. —Su voz sonaba verdaderamente arrepentida.
Lenis suspiró.
—No vuelvas a hablarme así. —Cerró los ojos y recordó el toque fallido del señor Miller, negando con la cabeza, lamentando su situación—. Aunque me cueste, superaré todo esto y nunca más nadie en esta tierra me hará daño. Ya no lo permitiré.
—Sabes que yo jamás te lastimaría. —Ella no dijo nada—. Y sabes que todas las personas no son ese imbécil, ¿verdad? De igual forma, no puedes estar confiando demasiado en cualquiera.
Se hizo un corto silencio.
—Borrarás esta conversación, ¿verdad? ¿Nadie la puede recuperar?
—Quédate tranquila por eso, nadie sabrá que estamos en comunicación. Cada vez que lo veas necesario, contáctame, pero te escribiré una clave, sabrás que soy yo. Espera unos segundos y te llamo. Si no contestas tres veces, desisto y te contacto otro día.
Ella sonrió triste. Sabía que él no la contactaría de ahora en adelante. Todo lo que ella le había contado, de haberle dicho un poco la verdad a su jefe y toda esa parafernalia de la clave y llamarla él, era una forma de decirle que la dejaba sola con todo.
—Está bien —solo le pudo decir a Sias.
Su hermanastro se despidió un poco seco y la llamada se cortó.
George y Maximiliano se quitaron los audífonos y se miraron. No dijeron nada, no hacía falta hacerlo de inmediato. Habían escuchado toda la conversación, una grabación muy reciente que la gente de Peter logró rescatar de los registros ya borrados del aparato rastreado.
Max se levantó y encendió un cigarrillo. Llevaba meses sin fumar, pero la situación hizo que le provocase como nunca. George por su parte, miró a Peter y mostró la botella de cerveza vacía que luego de saber quién se había comunicado con Lenis, aceptó sin chistar, y le preguntó:
—Peter, ¿por casualidad no tendrás algo más fuerte?
Capítulo 8 primera parte.
Maximiliano había llegado tarde a la oficina. Era extraño. Lenis pensó que últimamente se la pasaba más fuera del consorcio que detrás de su escritorio. De hecho, el jefe estaba delegando funciones a todo el mundo.
Había pasado una semana desde que el abogado George J. Miller la llevó a su casa. Por lo tanto, ese nuevo jueves de junta, ella se había sorprendido cuando Max, al llegar, pidió llamarlo para que participara en la reunión.
Lenis sentía vergüenza, algo que había experimentado muchas veces. Agradeció a Dios por no haber tenido que hablar con el abogado directamente, sino que a través de su asistente, pudo enviarle el recado de su jefe.
Ella se sentía mal, sentía terrible hacer las cosas así y por no saber cómo disculparse con él. Conocía de penas, sabía que había peores, pero esta no era ligera, la sentía pesada y fastidiosa. Sin embargo, el sentimiento más inesperado en sí, eran las inusuales ganas de volver a verle.
—Lenis, ven acá un momento, por favor.
«¿Lenis? ¿No “Señorita Evans”?», se preguntó ella, extrañada.
—Dígame, señor Bastidas —pidió la secretaria educadamente, justo al llegar a la sala de juntas.
Max, desde su silla en el salón de reuniones, y sin mirarla, pidió que se sentara a su lado y compartieron datos laborales de gran importancia para ejecutarse mientras llegaban los convocados. El CEO estaba siendo agradable con ella nuevamente. No había sequedad y al parecer, se había despedido del “Señorita Evans” que marcaba distancia entre ellos. Aunque él no le pedía aún que lo llamara por su nombre.
De todas formas, Lenis lo agradecía. Los días posteriores a su confesión estaban siendo pesados para ella y nada mejor que trabajar en un lugar donde se es valorado y considerado.
George salió del elevador y saludó a algunos presentes con quienes se topó en la puerta doble de la sala de juntas. Miró el escritorio de Lenis, éste se encontraba vacío. Al entrar a la sala, casi se detiene de súbito. Fingió no haber sentido ningún impacto ante lo que veía.
Lento, con su eterna cara de póker y sin quitar la mirada, observó cómo Max sonreía y hacía sonreír a una Lenis conversadora, risueña, en su elemento, pero evidentemente profesional.
Él pudo ser testigo de esa hermosura de mujer sonriente, que precisamente ese gesto brillaba y le hacía brillar todo lo demás que ella llevara encima. Su cabello iba recogido de alguna forma extraña, parecía desordenado, pero no lo estaba. Y unos mechones de pelo se colaban por allí, tentadores, anhelantes.
Recordó su vehículo, el interior de él y a una mujer huyendo de su persona, despavorida porque él solo quiso acomodarle esos dichosos cabellos.
Max le señaló algo en un documento a ella, y pareció haberle hecho una broma, porque Lenis evitó reírse más de lo debido. La risa camuflada le hizo miró a su alrededor con algo de pena y fue allí cuando reparó en él.
Todo se detuvo para la secretaria y el abogado.
«Hola», le dijo él mentalmente, junto a una sonrisa tenue que ella, por arte de magia (aunque él comenzaba a pensar que ella tenía algún poder telepático especial), correspondió junto a un asentimiento ligero de cabeza.
Esa sonrisa que él le había regalado llevaba consigo algo picante, le había alterado la respiración a la secretaria. Lenis sintió una extraña emoción. Verdaderamente, algo así, no había vivido antes.
George sintió algo dentro de su pecho que pensó no haber sentido nunca y Lenis se puso seria, como si hubiese notado aquel impacto. Sus mejillas se sonrojaron porque la pena volvió a invadirla, sin embargo, no podía dejarse arrastrar por ella de nuevo, lo primordial era trabajar y la reunión comenzaba en segundos.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







