INICIAR SESIÓNGeorge tuvo que salir del edificio y lo primero que vio fue la terraza aledaña a la sala de juntas.
Recostó sus manos en el barandal y respiró profundo. Tenía que calmarse.
Elevó su rostro al sol, dejó que le bañaran sus rayos y respiró, una y otra vez, para calmarse un poco, relajar los músculos, liberar tensión.
Llevaba consigo una serie de sentimientos que le incomodaban, pero el problema no radicaba en sentirlos, sino por quién los sentía. Muchos pensaban que su vida era adrenalínica, defendiendo cargos difíciles, topándose con obstáculos enormes que para él no eran nada, entrando y saliendo de proyectos de gran envergadura junto al consorcio de Max, pero la realidad era que George J. Miller consideraba haber forjado una vida sencilla a sus treinta y ocho añ0s de edad, a pesar de no parecer así a simple vista. Entonces, sentir aquello, tantas cosas juntas: duda, rabia, celos… No deseaba meterse en problemas, solo ejecutar un plan, darle solución rápida a ese plan y seguir con su día a día luego de ver que se hacía justicia, como siempre debió suceder. Solo eso quería… ¿Solo eso quería?
—¿Señor Miller? —La voz dulce de Lenis le hizo girarse de súbito y la miró, bastante extrañado.
Ella tenía la mirada en el suelo, la mantuvo así por unos segundos. Respiró profundo y luego lo miró a los ojos.
—Quiero disculparme por cómo lo traté hace días —dijo ella. George se paralizó—. Por favor, deseo no haber sido malinterpretada. Si así fue, quiero disculparme de nuevo y decirle que no fue mi intención reaccionar así con usted.
Él no lo podía creer. La escuchó totalmente asombrado. «¿Ella se está disculpando?», pensó él. «Pero… ¡¿por qué?!» No entendía. Sin embargo le creía, de verdad que sí, pero tenía que andar con cuidado, con pies de plomo. Nunca pensó que desconfiar, cansaba.
—Lenis… —le interrumpió—. ¿Puedo llamarte Lenis?
Ella no quiso sonreír abiertamente, le había encantado la pregunta. Así que, mordiéndose un poco los labios, le respondió:
—No tengo ningún problema con que me tutee, pero… acá en la oficina…
—Ok, entiendo. —Se creó una corta pausa. Él dio un paso hacia ella mirándola fijamente—. No sé por qué te disculpas, fui yo quien quiso tocarte esa noche.
Ella tragó grueso y miró hacia el hermoso paisaje citadino que les rodeaba, pensando en ese toque del que él hablaba, el que ella evitó y en el porqué sucedió de esa manera. La tristeza la invadió rápidamente, pero la combatió para no mostrarla, como siempre hacía cada vez el sentimiento la arropaba.
—Cuando uno se equivoca, es normal pedir disculpas —dijo ella sin mirarle directamente—. A veces es lo mejor, ¿no cree? —Giró su rostro hacia él—. Puede llamarme Lenis, pero por favor, aquí no.
Él la contempló por un instante, ella no se había dado cuenta de lo que acaba de decir.
George dio otro paso, uno muy corto, donde mirar sus ojos grises de esa forma pudiera tratarse de un lujo.
—Comprendo que aquí no… ¿pero dónde?
Ella se detuvo y no pudo articular palabra. Se dio cuenta de que, con su exigencia, le aseguraba que en cualquier momento podrían tener otro encuentro, que existiría otra oportunidad para estar solos de nuevo.
Él sonrió, con la sabiduría de ser un toro viejo en temas de conquista bailando en sus ojos.
—Yo soy quien se quiere disculpar, Lenis, debo hacerlo también, pero así no me gusta, hagámoslo bien. ¿Qué tal una cena? —Ella se puso seria, intentando no verse molesta—. ¿Un almuerzo? ¿Una merienda? —Y como ella no respondía de inmediato, él pensó, «¿Un desayuno?»
Tuvo que morderse los labios por imaginar la razón que podría llevarlos a disfrutar juntos de un desayuno.
Ella lo pensó bastante antes de hablar.
—Un almuerzo está bien —claudicó Lenis con la boca pequeña.
Él sonrió de nuevo, sintió muy bien escucharla decir eso.
—¿Ahora? —Miró su reloj y ella hizo cara de obviedad—. Ok, ok, está bien, ahora no, pero pronto te llamo para cuadrar nuestro encuentro, ¿está bien?
Ella sonrió, mostrando su preciosa dentadura.
«Me sonrió. A mí… Y me gusta». Él no lo pensó, lo sintió así de bien.
Ambos escucharon un carraspeo de garganta y se distanciaron uno del otro.
—Señorita Evans, dejé unos documentos en su escritorio. Llévelos a Proyecto, por favor.
«¿De nuevo la distancia?», pensó ella al escuchar las formas exigentes de su jefe al hablar. «Bueno, es lógico que te trate de nuevo con distancia. ¿Cómo permites que tu jefe no te encuentre en tu puesto de trabajo, querida?», se regañó ella mentalmente.
Entonces, miró a George.
—Con permiso, si me disculpa…
—Adelante —le dijo el abogado.
Maximiliano la miró irse y se acercó a la baranda donde, de nuevo, se encontraba Miller recostado.
—¿Y bien? —preguntó Max.
—¿Y bien qué? —repitió George con voz de juicio—. Esto no es el Plan B, Max. Trátala mejor.
Ambos hombres se miraron.
—¿Perdón? ¿Y qué le dije? —preguntó el CEO—. No la encontré en su oficina. Por el contrario, estaba malgastando su tiempo de labores en una conversación aquí contigo.
—Por supuesto que sí, ya que estoy ejecutando el plan A, ¿o es que se te ha olvidado?
Max miró de nuevo el panorama y suspiró, resignado.
—Ok… ¿Y bien?
George suspiró.
—La invité a salir. Al almorzar. Ella lo eligió así. Lo primero que le propuse fue cenar.
El CEO asintió con una sonrisa ladeada.
—Mujer precavida. Aunque si de verdad quisiera algo contigo, no es difícil analizar que la cama es un buen lugar para llegarte. —Se rió un poco.
Pero George no lo hizo.
—Hay algo que no les conté.
Max entró en tensión y lo miró.
—¿Qué cosa? —Se hizo el silencio. George no le miraba—. ¿Tengo que llamar a Peter?
—No. —Suspiró el abogado—. Tal vez sea una tontería, pero yo mismo pude corroborar que Lenis… —bajó la voz— Lisa, ha sido maltratada. O eso creo. —Hizo una clara mueca de duda.
Maximiliano se puso serio de inmediato.
—No puedo creerlo… —susurró—. No puedo creerlo —enfatizó.
—¿Qué cosa? —preguntó George.
—¿Ya te la llevaste a la cama? Pero, ¿en qué momento pasó eso? —indagó, con los dientes apretados.
—Joder con ustedes. ¿Cómo pueden creer que yo…? —Suspiró y miró al suelo, claramente rendido ante la suposición—. Sí, pueden creerlo. —Y negó con la cabeza mirando el horizonte nuevamente—. Solo quise tocarla, pero… no es lo que crees, no soy un sádico imbécil, sé respetar a una mujer. Pero su rechazo… me dio a entender que alguien no la respetó. Fue… Su rechazo fue…
Max se quedó en silencio, pero lo rompió diciendo:
—Entonces, es posible que el audio sea cierto.
—Nunca dudé de que fuese cierto.
—Cuando escuchamos la llamada, ¿ya había pasado lo del… bendito toque? —preguntó el CEO. George no lo recordaba bien, pero luego atinó en sus memorias y con una mueca le dijo que sí—. Es por eso que nunca lo dudaste, pero yo sí. Si la están ayudando a borrar los registros telefónicos, es lógico que pudiera haber grabado algo, o saber que la estábamos grabando, ser precavida.
—No sé… No lo sé. —George se restregó sus párpados—. Algo me dice que Ferit tiene mucho que ver con ese temor que me tuvo cuando intenté tocarle un solo mechón de cabello. Eso es todo lo que haría, solo moverle su cabello, nada más. —Max apretó la mandíbula para evitar dar su opinión al respecto—. No era para que se pusiera así. En su mirada había… no era miedo, era terror. No era yo a quien ella veía. Estoy casi seguro que era a ese maldito de Ferit. Una vez más le destruye la vida a una mujer. —George se volteó para mirarle—. El plan A tiene que funcionar. Cuando ella logre dar con el paradero de ese hombre, bien sea contactando a su madre o de nuevo a Sias, cuando traigamos a ese malnacido, se hará mayor justicia de la que buscábamos desde un principio.
Maximiliano regresó la mirada al paisaje citadino, dejando que se perdiera por un momento entre el concreto.
—Si ella es una total víctima —dijo el CEO—, aún no nos has dicho qué haremos cuando se entere de nuestro plan.
El abogado miró al cielo y observó las aves volando a través de la gran cantidad de edificios frente a ellos.
—Si ella es víctima de todo, yo me encargo de decirle quiénes somos —susurró, dando por hecho, con eso, el peor de los escenarios.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







