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Capítulo 76

Autor: Ranacien
last update Data de publicação: 2022-05-15 05:34:38

Sábado. 

Carla estuvo al pendiente del grupo de chat de su trabajo, para dar con el paradero de su jefe. Sabía que eventualmente, alguien diría algo personal sobre Maximiliano Bastidas. 

Ella quería asegurar bien si El Gran Jefe estaba en su casa, o que tal vez tuviese una oficina alterna dónde seguir trabajando. 

Logró dar con el dato: su casa, y esa fue la ruta que tomó a partir de las 08:00 AM, sin importarle su insomnio, imaginando que no sería tan temprano para alguien como él y que la podría atender sin problemas. 

Y esperando también que la recibiera en su espacio privado. 

Carla se cuidó mucho de salir y dejarse ver lo más relajada posible, pero no se iría con la ropa del mercado. Optó por vestirse como si fuese a trabajar. 

Si alguien le preguntaba (nadie le preguntaba nada), eso era lo que ella diría: que en la oficina la solicitaban, a pesar de ser fin de semana.

El bus la dejó en la parada, la cual estaba bastante alejada de la casa del señor Bastidas, puesto que la urbanización donde el CEO vivía, era privada, aunque no existiesen portones generales, murallas que la rodearan, ni garitas. 

En el chat habían dicho que la casa era la última de la arteria vial principal del urbanismo, por lo que ella, sin conocer nomenclaturas, se aventuró a tocar el timbre de una vivienda con reja negra de hierro, paredes y tejas cubiertas por plantas enredaderas.

Desde allí, la casa daba la vuelta en una esquina hacia el lado izquierdo, donde ella suponía debía existir la parte trasera; no lograba ver vehículos estacionados al frente, esa fachada frontal la veía demasiado sencilla. 

Se preguntó si esa sería la vivienda, así que, antes de llamar a la puerta, caminó alrededor de un muro de bloques, cubierto por cal y pintado de color salmón claro y tejas sobre él, notando que las enredaderas se desaparecían a medida que avanzaba. 

La calle estaba silenciosa, no hacía demasiado sol, pero tampoco estaba nublado; el clima le ayudó a caminar sin inconvenientes. 

Cuando cruzó la esquina, se topó con más muro a su lado derecho del cuerpo. 

Suspiró. 

Se acomodó la correa fina de su cartera sobre el hombro y siguió caminando, hasta que a unos pocos metros, una reja negra de hierro con el mismo estilo de la anterior, se asomó en su campo de visión.

Carla alzó las cejas.

«Wow, qué hermosa…», susurró dentro de su mente. 

Quedó maravillada con lo que estaba observando. 

Una casa gigante de dos pisos, muchas ventanas, paredes de bloques pintados de blanco, preciosas tejas, algunas enrededaderas coladas por allí, rodeada de vehículos estacionados al lado izquierdo, los cuales se perdían ante su vista. 

Pudo contar, al menos, unos seis automóviles, entre los que habían deportivos y camionetas, y a la derecha, una inponente grama verde que se abría en su esplendor, un jardín que parecía ser más grande de lo que ella lograba ver. 

Entre la grama y los caros, una puerta de madera gruesa con relieves. Obviamente, esa era la parte trasera de la vivienda de su jefe, oculta por una fachada preciosa del otro lado, pero el triple de sencilla que aquellas vistas. 

Subió la mirada.

El portal de hierro parecía ser eléctrico, pero en sus pilares de cada lado, un par de cámaras. 

Una, apuntando a ella. Otra vigilaba el interior de la casa. 

Se devolvió a la entrada principal, vio aquello como lo más correcto y la mejor idea a ejecutar. 

Gladis estaba en la cocina atendiendo unos quehaceres, cuando sonó el intercomunicador. 

Secó sus manos y lo antendió.

—Señora Gladys, la señorita Carla Davis busca al señor Bastidas. Puerta principal.

—¿Y ella es?

—Asistente del departamento de Protocolo del consorcio.

La mujer frunció un poco el ceño.

—Ok. Gracias, muchacho. —Colgó la bocina.

Generalmente, las visitas que llegaban por el frente, era ella quien las atendía, pero luego del suceso del consorcio, Peter Embert se había reunido con la seguridad de la casa e instaló un nuevo sistema, el cual era corroborado primero por un agente y autorizado posterior a la Ama de Llaves, para que ella fuese quien anunciara al visitante y así, el dueño del lugar diera luz verde de recibir o no a la persona.

La señora de cabello corto y canoso, salió del recinto culinario, atravesó la vivienda y atravesó la puerta trasera, cuzó hacia la izquierda en busca de su jefe.

Giró su cabeza para todos lados, caminó un poco más, hasta que lo vio haciendo abdominales sobre un aislante, colocado sobre el el piso de cerámica ubicado en toda la esquina del lugar.

Gladis hizo una mueca de tristeza y resignación. Veía angustia y desesperación en los movimientos del CEO, quien no acostumbraba a ejercitar al are libre y ya llevaba más de una hora en ello, además de unas cuantas vueltas que le había dado a la casa. 

La evidencia: su rostro de concentración, más el sudor que mojaba su franela manga sisa color gris y el short que cargaba.

—¿Señor?

—Ajá —dijo aquel, sin detener sus ejercicios. 

—Tiene visita. 

—¿Quién?

—Carla Davis. 

—No sé quién es. Dígale que estoy ocupado y que venga otro día. 

Gladis no habló por un par de segundos. 

—La seguridad me ha informado que se trata de la Asistente de Protocolo de la empresa, señor. 

Maximiliano se detuvo en seco, quedando sentado, apoyando los brazos sobre las rodillas y tratando de recuperar el aire. 

—¿Cómo dijo que se llamaba?

—Carla Davis. 

Max hizo memoria para ver si la conocía.

Recordó al jefe del departamento y su secretaria privada, pero no tenía en su cabeza la exactitud de los nombres de los demás empleados, menos sus caras. 

—¿Dónde está? 

—En el recibidor del frente. 

Él asintió. 

—Ok. Dile a alguien de seguridad que la escanee y que espere en la sala. 

—Muy bien, señor.

En el frente, la puerta de hierro negra se abrió sola, con un sistema eléctrico, dejando pasar a Carla, luego de ella haber dicho su nombre y apellido, más su cargo, a un individuo que le había hablado a través de una bocina parte del mismo timbre que había tocado.

La voz también le había invitado a sentarse y ponerse cómoda en los sillones de la sala, mientras la Ama de Llaves salía a su encuentro.

Después, el mismo sistema eléctrico abrió la puerta de madera gruesa con relieves, muy parecida a la que había visto de lejos a través del portón del estacionamiento.

Al entrar, una sala con muebles color vino tinto, alfombra beis en el suelo, mesa baja hecha de madera y vidrio ubicada en medio de los sillones, una biblioteca llena de enciclopedias ubicada en la pared del fondo, también hecha de madera, algunos cuadros con pinturas abstractas, una lámpara de pie en una esquina, grandes ventanas con gruesas cortinas con colores beis y vino, combinando con todo lo demás, paredes blancas, impolutas y un olor agradable que ella no sabía bien qué era, la recibieron, estando todo ordenado a su derecha, ya que a su izquierda se encontraba un pasillo corto que terminaba en una puerta también de madera, pero sin relieves. 

Le pareció curioso que la sala no era enorme. Bella, pero muy simple, estando ella segura que el resto de la casa no debía ser así, luego de haber divisado su tamaño desde la parte de atrás. 

Esperó sentada por unos minutos, un poco impaciente, mientras revisaba en su celular sus mensajes, más el chat del trabajo, pidiéndole a Dios que el señor Bastidas no hablara con su jefe directo antes que con ella y así no meterse en algún compromiso. Lo que Carla había ido a decirle al dueño de aquella vivienda era muy delicado, pero sentía como un deber informarle primero al CEO y luego a las autoridades todo lo que sabía, así no fuese demasiada información.

—Buenos días —le dijo una voz masculina, regresándola a la realidad y asustándola un poco. 

Un hombre joven de cabello rapado, altura prominente, vestido de ejecutivo con colores negros, usando un pinganillo en un oído, se presentaba a su lado con una mediana sonrisa. 

—Sí, buenas —dijo ella, poniéndose de pie. 

—Disculpe, pero debemos revisar sus pertenencias antes de dejarla entrar. 

—Por supuesto, adeltante —accedió ella, dándole el pequeño bolso negro que se había traído colgado del hombro con una correa larga y fina. 

El hombre hizo lo suyo y se lo devolvió. La miró de arriba abajo, luego a su cara, penetró en sus ojos por un instante, haciéndola sentir un poco intimidada, pero ella notó claramente que la revisaba, siendo lo más respetuoso posible. 

—Con permiso —dijo él, asintiendo, y retirándose de allí. 

Al cabo de un par de minutos más, una señora con sonrisa amable y vestida con un atuendo de pantalón de mezclilla color verde militar, una camisa manga larga blanca y zapatos bajos, la recibió. 

—Señorita Davis, me llamo Gladis, es un placer. Por favor, acompáñeme. El señor Bastidas está por desocuparse para atenderla. —Señaló la puerta que Carla vio nada más entrar allí. 

—Muchas gracias.

Si la asistente se había impresionado solo con ver la parte trasera, y apenas desde fuera, no se acercaba a lo que sintió al atravesar la madera.

Inmediatamente se sintió desubicada. No debía profundizar demasiado dentro de sí ni de su propia historia para darse cuenta que ella no pertenecía a ese lugar. 

Justo al atravesar el umbral, un gran espacio se abrió ante sus ojos y estuvo tentada a quedarse observando todo con detalle, en vez de seguir a la señora Gladis, quien no se había detenido en su caminar. 

    Piso de mármol pulido, reflejando una lámpara de araña de luces apagadas en ese momento, anclada a un techo altísimo, con un diseño que ella jamás había visto. 

Ventanas al frente, de las cuales entraba bastante iluminación y desde donde podía ver una parte de un hermoso jardín. Una puerta de madera y relieves, sintiendo férreas ganas de abrirla y descubrir si lo que había del otro lado era el garaje que ella había divisado hace rato. 

Una gran escalera se abría en diagonal hacia la izquierda. A su piel, llegaba algo de frío gracias el aire acondicionado, pero no era molesto. Unos cuadros con personas en ellos y otros con diseños que parecían querer ser admirados siempre, colgados por doquier, por donde ella pudiese mirar.

A la derecha, y el lugar hacia donde la dirigían: una sala con muebles de tela blanco perla, ubicada en un par de escalones en descenso. 

—Póngase cómoda, señorita Davis —dijo la Ama de Llaves, señalando los sillones—. ¿Desea algo de tomar?

Carla no supo qué responder de inmediato. Algo le decía que si pedía lo que quisiera, se lo traerían. 

—No, gracias… Bueno, sí. Un poco de agua estaría bien, gracias. 

—Enseguida se la traigo. —Gladis asintió y se retiró. 

Carla se sentó con cuidado de no estropear nada. Todo a su alrededor se veía tan impoluto y delicado, que sintió pena de estar buscando a su jefe allí mismo. 

Tragó grueso. Comenzó a sentirse nerviosa. 

Ella no estaba en la casa de cualquier persona. Era la vivienda de uno de los empresarios más importantes de la ciudad y uno de los más relevantes del país entero. 

«Voy a parecer una loca y perderé mi trabajo…» pensó, cerrando los ojos y tocando su frente.  

—Aquí tiene… ¿Se siente bien? —preguntó Gladis al verla tocarse la cabeza. 

—Oh, no, no… Es… —Removió la cabeza y recibió el vaso de agua que no pudo haber sido otro que uno de cristal precioso y liso, lleno de agua con rodajas de pepino al fondo, una rodaja de limón en el borde y forrado con doble servilleta. 

Carla fingió no sorprenderse por la presentación y le agradeció, como bien correspondía, tomándose un trago y sintiendo cómo aquella agua atravesaba su garganta como un manantial en el paraíso. 

Gladis ya se había retirado, cuando la mujer arrugó el entrecejo mirando el vaso y pensando, incrédula: «¡Esto está divino!»

Maximiliano abrió la puerta de madera casi trotando y al sentir el cambio de clima del interior de su casa, en comparación con el de esa mañana en el exterior y estando sudado por los ejercicios, tuvo la necesidad de quitarse la camiseta y siguió caminando a pasos agigantados hacia la escalera, subiéndola al galope, mientras secaba su rostro y el pecho con la tela. 

Carla lo vio todo…, sosteniendo el vaso a medio tomar para no dejarlo caer. 

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