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Capítulo 77

Autor: Ranacien
last update Data de publicação: 2022-05-16 04:14:27

Durante lo que para ella pareció un buen rato, Carla olvidó qué hacía allí. Solo por minutos, porque aún seguía en alerta total por la posibilidad de que el señor Bastidas no le creyera, o peor, que la despidiera por haberse atrevido a ir hasta allí. 

Se había metido en un terreno totalmente privado, eso ya estaba definido en su cabeza. Aún más, luego de ver al Gran Jefe sin camisa. 

La mujer de cabello negro, el cual llevaba esa mañana lacio y suelto, jamás esperó ver lo que vio. 

Sí, ella y muchas mujeres del consorcio estaban claras que el dueño de la empresa era un hombre muy guapo. Y se solían regar rumores de pasillos de sus escarseos amorosos. 

En alguna ocasión, durante su tiempo trabajando allá, escuchó un par de chismes sobre él y alguna dama perteneciente a la nómina, enredados, siendo vistos en equis circunstancias o en equis escenarios. 

Ella no podía comprobar algo así, porque jamás había visto algo parecido.

Por el contrario, para Carla, Maximiliano era un hombre muy respetuso, respetable… Por un tiempo pensó que estaba felizmente casado, gracias a su forma de ser, de tratar a los demás y de mantener alejado su vida personal del consorcio, exceptuando a su madre, ya que la señora Seda Bastidas lo visitaba muy seguido.

Pero ni en sus pensamientos más calientes y lujuriosos hubiese imaginado a su jefe teniendo semejante cuerpo. 

Desde ese momento ella no iba a poder sacar de su cabeza su espalda ancha, ese torso musculoso y bien formado que le hacía ver más joven, las atléticas piernas que parecían hacerlo ver más alto —aún más alto de lo que un traje de gala (lo había visto en traje de gala) o un atuendo lujoso para el frío (lo había visto así vestido) podrían lograr en él— y mucho menos a ese trasero torneado, casi inamovible con el brincoteo de subir escaleras. 

Carla tenía la boca seca, por lo que se apuró a beberse el vaso entero. 

Max se duchó, se vistió y al comenzar a bajar las escaleras, divisó a la mujer de pie mirando los portarretratos que estaban ubicados en la biblioteca de madera empotrada en gran parte de la pared más grande de la sala. 

Ralentizó un poco sus pasos. 

Frunció el ceño y la miró de pies a cabeza rápidamente. 

—¿Señorita Davis? 

La mencionada volteó de súbito y sonrió un par de segundos después de haberse girado. 

Max, quien venía con la cabeza inclinada analizando a la dama que le esperaba en su salón, enderezó el cuerpo de inmediato al ver el rostro de aquella fémina. 

—Señor Bastidas, disculpe que le haya ubicado en su propia casa.

Max estrechó la mano de la joven, ya que ella se la había extendido, no sería grosero, pero precisamente eso fue lo que quiso ser. Se sintió tentado a… 

La mente se le había nublado por un instante y por inercia, asintió y le ofreció sentarse. 

Él hizo lo propio, mantuvo las distancias por mera cortesía. No entendía nada, ¿quién era ella? ¿Qué hacía en su casa? Tenía un rostro exótico, ojos semi achinados, los cuales parecían verlo como si lo analizaran, sin ser analizado. Sus labios eran carnosos y tenía el rostro como una porcelana. El color de su piel era blanca, pero estaba tostada por el sol, levemente tostada en la nariz y las mejillas, las cuales estaban sonrojadas. El cabello negro azavache iba suelto y era extremadamente liso, brillante, bien cuidado, pero no se le pegaba a la cara, porque tal parecía que se lo hechaba para atrás a menudo y quiso verla hacerlo, quiso ver cómo ella metía sus delicadas manos de uñas lindas entre las cerdas de su pelo y se lo echaba para atrás. 

Max se acomodó en el asiento. La famosa señorita Davis había sido revisada por su personal de seguridad, no era peligrosa, pero él presentía que de otro modo sí que lo sería. 

Y decía que trabajaba en su consorcio... 

Sus pensamientos se detuvieron como un disco viejo en mal estado. 

—Carla Davis, ¿no? —Ella asintió—. ¿En qué departamento dices que trabajas?

Ella evitó poner caras extrañas que le indicaran a él que no le creía esa pregunta. Una seguridad que la había revisado, una Ama de Llaves que le había anunciado a él de quién se trataba ella, ¿por qué entonces corroboraba? ¿Por qué él pretendía hacerse el olvidadizo?

—En el departamento de Protocolo del consorcio, señor. Soy una de las cuatro asistentes.

Max se la quedó mirando, divertido, porque la había hecho enojar un poco, lo que le decía que era una mujer muy inteligente. 

«Y hermosa… ¿Por qué no la había visto antes?» 

Maximiliano se culpaba por no haberle hecho él la entrevista de ingreso a la empresa. Él solo las hacía con altos cargos y eso le hizo sentir un poco… mal.

Carraspeó la garganta y se removió de nuevo en el asiento, extrañado y apartando de sí mismo esa extrañeza.

—¿A qué se debe su visita? —Max debía recuperar su entereza y seriedad. 

Ella asintió y exhaló bastante aire. Colocó el vaso de agua en la mesa baja frente a ellos y se enderezó, para proceder a contarle.

***

George estaba dentro de la alberca, usando un short de baño Mark & Spencer de la línea Gandy Autograph color gris claro que, según Lenis, le quedaba aún mejor que al creador de la prenda, puesto que no existía nada mejor que ver lucir algo bien hecho en un cuerpo en vivo y en directo. Sobre todo, un cuerpo de ella, para ella, estando allí por ella.

Mientras él nadaba, dando brazadas como experto, abarcando toda la piscina en estilo libre, ella lo observaba y esperaba sentada en una silla y frente a una mesa bajo una gran sombrilla, con un traje de baño azul claro de dos piezas que cubría con un chal playero color blanco, usando lentes de sol, todo, traído por el personal de George. 

Algunas prendas eran de ella, otras habían sido compradas allí mismo en Turquía.

Lenis llevaba vendada la pierna derecha. La enfermera y masajista le mostró un cobertor especial que se colocaba sobre el vendaje para que éste no se mojara.

Lenis y la mujer, quien llevaba por nombre Pilar Hernández, se habían caído muy bien. 

Pilar le prometió que en menos de un mes, la quemadura estaría prácticamente curada y en otro mes y un poco más, los medicamentos que ella le había recetado, motrarían los primeros buenos resultados: sin lesiones en el tobillo izquierdo y la desparición de las manchas o marcas.

George llegó hasta la orilla. 

Se acomodó en el borde, colocando los brazos encima y quitándose el exceso de agua del rostro con una de sus manos. 

Desde allí, vio a Lenis mirase la pierna e intentando acomodarse en su asiento para que el muslo no le doliera.

Notó que no se había colocado el protector.

De un impulso, salió de la pileta y se acercó hasta ella, recibiendo una toalla blanca de sus femeninas manos. 

Él se secó un poco, siendo observada por ella.

Lenis había enlazado una corneta speaker con su celular y colocó una lista de reproducción musical.

Él miró las demás sillas, hasta divisar el protector para la pierna. 

Dejó la toalla sobre la mesa, se inclinó y tomó el paquete.

Lenis lo miró, intentando que su recelo no se mostrara a través de su cara. 

Serio, George abrió el paquete de papel transparente, sacó el protector, el cual consistía en una funda color beis de tela de neopreno, con una especie de acolchado en su interior que se colocaba como una media, cubriéndola por completo. 

Se agachó y le hizo señas a Lenis, como aviso de que estaba a punto de tomar su pie derecho. 

—George… 

Él la miró. Solo eso, la miró serio. A lo que ella accedió, reprimiendo un gemidito de queja, dándole el pie. 

El abogado masajeó la planta, luego el tobillo…, apretando la mandíbula al subir sus dedos y palma por la pierna, teniendo cuidado con la venda.

Lenis sostuvo la respiración. 

Ese hombre, en definitiva, sabía tocarla, dónde, cómo, cuándo… Esra impresionante para ella la forma cómo sus poros se abrían de inmediato cuando un solo dedo suyo la acariciaba. 

Ahora, las mismas caricias parecían poseerla y ella no pudo evitarlas. Quería bañarse en la piscina, de hecho, nadaba muy bien, le fascinaba, pero tenía miedo. Sus reservas iban de la mano con el temor de sentir dolor, de echar pasos en retroceso y lo más extraño, sentirse inútil al tener que ser ayudada por él para estar dentro del agua. 

Sin embargo, se dejó hacer, porque era él quien la consentía, quien la estaba convidando, no solo a acompañarle en la piscina, también le mostraba que al menos lo intentaran, sin quejas ni negativas. 

George, con mucho cuidado de no lastimarla, siempre mirando de vez en cuando su rostro para saber que lo estaba haciendo bien, le fue colocando la tela, dándose cuenta que la tecnología médica podía ser muy sorprendente: la media era suave y permitía ser arruchada como una dona para irla rodando en ascendencia sobre la pierna. 

Con ese movimiento, la protección de neopreno se ajustaba perfectamente sobre el vendaje, hasta llegar al final del muslo, muy pegado al trasero y a la entrepierna.

Se levantó y la miró desde arriba con la cabeza ladeada. Lo mejor de todo, era que no parecía dolerle, al menos no, mientras estuviese sentada; además de poder doblar la pierna, algo que él pensó no podría lograr luego de colocarle el famoso protector. 

Aunando a todo eso, el color del dispositivo. Se le veía muy bien, porque podría confundirse con la propia piel de la pierna, por lo que no se notaba grotezco o feo. 

Miró el speaker de súbito al notar una canción agradable al oído. 

Se inclinó, lo alzó y le subió el volumen. Luego, revisó el celular y leyó el nombre del tema. Sabía quién lo interpretaba, gracias a la voz inconfundible del cantante, pero también le acompañaba otro, formando un dueto que para él, sonaba estupendo. 

Pidió la mano de Lenis para que ella la tomara y la miró a los ojos. 

Movió su cabeza ligeramente, señalando la piscina. 

Ella tardó uno segundos, pero lentamente elevó la mano y la dirigió hacia la de él, siendo entonces levantada poco a poco y sin casi darse cuenta, ya estaban caminando hacia el escalón de la pileta. 

La canción Bana Unutmayı Anlat interpretada por los cantantes Cem Adrian y Emir Can İğrek se escuchaba a buen volumen, perfecto para quien se alejara de la mesa y pudiese al mismo tiempo disfrutar de un día de sol, algo un tanto inusual para ese noviembre turco, donde las temperaturas del país solían ser bastantes templadas. 

El abogado bajó algunos escalones primero, pero nunca la soltó. Se giró para mirarla y socorrerla, en caso de caerse, ya que ella sola fue bajando escalón por escalón, evidendiándose presión, a la defensiva ante un posible dolor, marcándose todo en su bello rostro.

La mujer logró entrar al agua, agradeciendo lo tibia que estaba y sonriendo de par en par, mostrando unos hoyuelos que muy poco se le veían y cuando él la acomodó de tal forma que lograra acostarse sobre el agua y flotara, sin él soltarla, pudo observarla mejor, de la cabeza a los pies, sobre todo la manera cómo le quedaba ese bikini, cómo se le veía su abdomen estando así, más plano que nunca, cómo se le notaban los cargados senos, sus muslos, la pequeña cintura y cómo todo eso combinaba con sus dientes iluminados por el gozo y esa negatividad que la misma agua le lavababa, casi purificándola.

George sonrió y le besó el vientre, haciéndola reír con sus cosquillas. 

—¡George, no! ¡Cuidado! —le gritó ella con alegría, una que ambos necesitaban desde hace tiempo y él se había prometido generar mientras estuviesen allí. 

La atrapó en sus brazos y la besó profundo. 

Nadaron un rato, se sumergieron un poco, Lenis sorprendida por no sentir dolor, haciendo una nota mental para agradecerle a Pilar por la recomendación de usar ese dispositivo. 

Al cabo de un conjunto de minutos que ellos no midieron, George la tenía atrapada bajo su musculoso cuerpo. Una mano colocada al borde de la piscina, la otra en el centro de ella y dentro del bajo bikini dándole placer, haciéndola gemir, desinhibida.

Él parecía disfrutar mucho más que ella viéndola en esa tesitura, liberada de toda la presión y la angustia, de toda la preocupación que llevaba consigo tras cada respiro, al mismo tiempo, qué feliz le hacía llenar de vida a una mujer como ella, quien después de todas las malas experiencias y de todo lo que él le había hecho, seguía allí con él, disfrutando junto a él, gozando junto a él, ¡viviendo junto a él! Viviendo, ¡viva!, rozagante, gimiendo a plenitud, con salud, a pesar de su herida. 

La amaba tanto… Cada día más, estaba vuelto loco por ella y haría cualquier cosa para verla feliz todos los días, y se lo prometía con cada arremetida de sus dedos, firmando esa promesa junto a cada grito que ella emitía al cielo.

Pero lamentablemente, las promesas en ocasiones se hacían esperar, o para cumplirse a cabalidad, se ralentizaban. 

Maximilano les estaba convocando para una vídeo llamada en grupo junto a Peter e invitaba a Lenis también a estar presente. 

George presentía malas noticias y juró por lo bajo, accediendo y mirando a Lenis comer al pasar qlgunas horas, pensando cómo decirle que debían darle pausa por un instante a su pre luna de miel en el paraíso, para así bajar un momento hacia el sótano de las molestias.

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    Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera

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