FAZER LOGINLenis pensaba que no podía impresionarse más.
La forma cómo los jefes planificaban su tiempo y su vida, y a la vez, cómo lograban planificar el de los demás, la manera cómo manejaban la vida de otros, era algo que siempre enmudecería a Lenis Evans, además de mostrar rechazo ante un control absoluto; algo de lo que ella siempre huía.Cuando llegaron a su destino, Lenis no despegó sus ojos sobre todo lo que les rodeaba.Turquía era impresionante, pero sus costas podrían ser tan invaluables como la vida misma: pensamientos de una mujer que no solo llegaba a un nuevo lugar, sino de la mano de un hombre que la quería, quien le había pedido que se casaran, escapando de un peligro inminente del cual ella había salido —milagrosamente— a salvo, con un personal que consistía en un chofer quien manejaba un automóvil de lujo color plata y que los llevaba a una hora de camino (tal vez un poco más, según pudo calcular) a una casa no muy grande, pero preciosa, de paredes blancas, techo de tejas color ladrillo oscuro y que parecían iluminar toda la cuadra; edificación de una sola planta con amplio terreno a su alrededor, también con vista al mar Egeo, ubicada en una zona tranquila, a pesar de ser turística, encontrándose luego con una señora encargada de la cocina, una enfermera experta en terapia física, quien la ayudaría a sanar su quemaura, su luxación y a aprender a caminar sin miedo a lastimarse, además de darle masajes terapéuticos y… nada más que ellos dos, con ropa en los armarios, baños equipados con todo tipo de productos…, lujo, lujo, lujo…, tranquilidad y lujo.George se sentó en el reposabrazos de uno de los sillones color blanco de la sala, mientras la veía a ella observar el horizonte, recostada en las puertas de vidrio que daban paso a la alberca y a un jardín, con un camino de cemento, pidras y ladrillos que dirigían a la playa, la cual él le había dicho que era privada. La altura donde la casa fue construída, no solo le permitía verlo todo desde una perspectiva única, Lenis pensaba que también le confería, a una vivienda sencilla, el poder que no se podía ver a simple vista.Verdaderamente, ella estaba impresionada y algo debía decirle, quería opinar sobre todo, pero no encontraba las palabras correctas. En ese instante, cerró los ojos. Ella sintió dolor en su pierna y se estaba cansando del ardor y la molestia. Quería quitarse la benda y ser libre, pero sabía lo delicada que era una quemadura, por muy leve que ésta hubiese sido. Además, deseaba meterse en esa piscina que la enfrentaba y parecía hablarle con telepatía. Anhelaba correr en esa playa y entender bien que su destino actual era estar allí, Alá lo había escrito para ella, toda divina providencia así lo había designado en el libro de su vida y de la misma manera, que toda esa comprensión la alejara por unos instante de su preocupación, dejar a T.C, a Maggie y a su madre atrás, las culpas atrás… Muy por el contrario a como se sentía al subirse al avión, ahora ella deseaba estar allí más que nunca. Se volteó hacia George para encontrarse con un hermoso rostro serio, con una barba que ya le estaba volviendo a crecer, sin la chaqueta del traje, solo su camisa blanca, pantalón y zapatos, palmas a cada lado de su cuerpo sobre el sillón donde él se había sentado, observándola. Ella se rindió en la búsqueda de palabras. Movió su mano a su camisa sin mangas color pastel y acarició con sus uñas los botones al frente de la prenda, uno a uno, de arriba abajo, de abajo arriba. Los brazos de George parecían cobrar tensión. Su rostro, dureza.Y mientras Lenis desabotaba la tela, la miel de sus ojos comenzó a encender una llama guardada en los confines del aguante y la espera. El abogado se levantó y en dos zancadas, llegó hasta ella. La tomó de la cintura, luego del cuello y le comió la boca, teniendo que sostenerla al dejar que sus masculinas manos hicieran con ella lo que quisieran. Lenis y George se besaron con profundidad y mucho deseo; lo habían anhelado desde que tomaron vuelo. Y ahora, con todas las circunstancias, el ambiente que les rodeaba, estando lejos de casa y de todo, con un silencio apremiante alrededor, sentían la sangre viva, la piel ardiendo. Estaban solos, se extrañaban y nadie, ni siquiera una cicatriz casi mortal los detendría. George se sentía urgido, como si el remedio a toda la desesperación del planeta estuviese en el arrastre de sus manos, como si todas las respuestas nacieran entre sus toques sobre ese precioso cuerpo que ella se gastaba. Y así lo hizo, compensó el deseo de ambos, pero sin perder los estribos porque ella tenía un ala herida y él quería volar a su lado, emprender una vida libre de traumas, venganzas y planes juntos, sobrevolando aquella casa hasta llegar a la ciudad que los unió, yendo más allá, lejos, pero antes…, el suelo de la sala los recibió con apremio, el terreno estaba listo para ellos. Sobre su cuerpo, Lenis abrió las piernas y él ya se había desabrochado el pantalón. El abogado fue bajando su boca hasta encontrar otro camino, uno más privado y delicioso, que parecía decirle en voz alta que se avocara en él, que lo labrara.Las pantis que la falda de Lenis escondía, aparecieron súbitamente. Eran de encaje blanco, haciendo que George enloqueciera solo un poco más, mientras las quitaba con delicada velocidad, dejándolas a un lado y regresando al monte de Venus, mordiéndose los labios antes de ponerlos ahí y encender el motor de su lengua. Lenis se agarró del cabello de su hombre y se arqueó hacia atrás. La pierna escoció, pero todo lo demás hizo que lo olvidara en ese instante. Sus talones, bien anclados en el suelo, la mantuvieron conectada a la tierra, mientras George le hacía el amor con su boca, dientes, boca, dedos, boca, dientes, labios, lengua, dedos… ¡Ya Lenis no sabía el orden, no sabía nada! Solo sentir…“Siente esto, Lenis”, escuchó, o creyó escuchar, o ella misma formó las palabras, tampoco pudo definir nada, solo sentir cómo la carne se le abría y se llenaba de placer que luego los elevó, cuando George consiguió arrimarla a la orilla de su abismo, subiéndose con su miembro preparado, ¡entrando!Ella solo pudo sostenerse con sus manos en los musculosos brazos de él mientras la penetraba una y otra vez con todo el sabor que necesitaban sentir en ese momento.Lenis quería rodearlo con sus piernas, pero la herida no se lo permitió. Solo pudo abrirlas mucho, colocando una mano en su centro de placer, cubriendo su clítoris, mientras él la embestía sin parar y lo enloquecía al notar cómo ella se daba placer a sí misma al mismo tiempo que él le hacía el amor. La besó, profundo, mirándola a los ojos, con su ceño fruncido en concentración y placer, mientras le anunciaba con la mirada que estaba a punto de acabar y que ella podía precipitarse ya si quería. Ella cerró sus ojos y se dejó ir a los segundos de sentirlo más enérgico y desesperado, excitándose mucho con ese hecho de acabar, pero aún más —irónicamente— con su demanda silenciosa, siempre dominando, reconociendo ella cuán sexy y tentador podía llegar a ser eso en pleno acto sexual.La sensación llenó sus tenis de suela plana color blanco.Arribó a sus pies y viajó por sus esbeltas piernas, calientes y sudadas, de poros abiertos y quemadura letal.Entró en su centro de placer como una avalancha y de ahí saltó, como teoría cuántica, hacia su cerebro y pareció que George lo sintió todo, explotando en lava blanca, ardiente, hacia el interior de su ser, llenándolo todo de sí mismo en cuerpo y amándola más que nunca encima de ese suelo de la casa de la playa que él se había prometido en alguna oportunidad que ella conocería.Todas las piezas de ese arte regresaron a la tierra. Ambos intentaron respirar con menor dificultad, sin separarse, por alrededor de un minuto. Lenis abrazó su cuello y le besó la cara. Él se apoyó con sus codos y la miró. La besó, exhalando profuso aire, enterrando su cara en el cuello de ella y gimiendo con lamento. —Lo siento —dijo él, con la voz camuflada por la piel de Lenis. Ella sonrió y negó con la cabeza. —Mírame. —Él obedeció—. ¿Qué es lo sientes? ¿Esta atracción loca que tú y yo tenemos? Él se echó a reír ligeramente y la besó de nuevo, mordiendo su labio inferior. —Ante cualquier cosa que suceda, delante de cualquier situación, siempre querré tenerte a mi lado. —La respiración de Lenis se detuvo ante las palabras de él—. Te amo muchísimo, Lenis. Te pido perdón por todo lo malo que te he hecho, pero te digo con propiedad que te voy a amar toda la vida. Aquí en esta casa, con nuestras heridas, en la ciudad… — Sus palabras salían susurradas porque eran liberadas en extrema confidencia.George sintió la necesiad intríseca de decirle tantas cosas, solo a ella: a su rostro precioso, a sus ojos grises inolvidables, a sus expresiones infinitas, a su historia, a ella.—Donde sea que este mundo nos ponga, donde Dios y el profeta dispongan, intentaré con todas mis fuerzas estar junto a ti, acompañarte, adorarte, amarte… —La besó, varias veces, besos cortos, largos y anhelantes. Ella sintió una emoción nacer en su pecho que no había sentido desde hace mucho tiempo. —Te amo, J. Miller. —Directo a sus ojos se lo dijo—. Soy demasiado afortunada de tenerte en mi vida. Ya te perdoné por lo malo y entendí que lo negativo que se ha cruzado en nuestro camino, ha estado allí para unirnos más. —Lo besó. Varios besos con pellizco, mordidas y sonidos níveos, sintiendo allá debajo renacer el placer entre los dos. George se salió de ella, nuevamente erecto, haciendo salivarla y sonrojarse por lo que le esperaba. La ayudó a levantarse y la cargó en sus brazos, llevándola a la habitación que habían preparado para ellos.***
Carla no había podido dormir. Ya habían pasado dos días luego del programa de televisión, culpable de arrebatarle su sueño.
Por supuesto, no le había contado a nadie, ni sus sospechas, ni sus certezas, sobre la identidad del joven capturado en cámaras de seguridad y a quien buscaban por el atentado frente al consorcio de su jefe. El pijama que cargaba puesto, ese pantalón y camisón azul oscuro con rayas blancas, bastante holgadas las piezas, parecía apretarle en ocasiones, a veces, hacerla sentir acalorada, icómoda…, por lo que decidió apartar el edredón y levantarse del colchón para ir en busca de un poco de agua. El recorrer su casa ya no suponía una simple tarea.La misma, ahora venía acompañada de miradas furtivas a la casa de al lado y ver si el anciano, vecino desde hace algún tiempo de ella, aparecía o daba señales de rarezas, de esas acciones que no son sospechosas ante todas las miradas.La de Carla: aguda. Presentía que debía andarse con cuidado.Llenó su vaso de agua bajo la luz ténue de la nevera y la mampara de la cocina, pero siempre observando la ventana encima del lavaplatos, intentando no ser vista, pasar desapercibida, aunque sabía que desde allí y con una cerca tan alta, era imposible que ese hombre la estuviese vigilando. Podía ver que la casa del señor Fernando Azuaje tenía las luces encendidas. Gracias a la altura de su casa, Carla podía divisar, casi apenas, la luz de la sala y un movimiento detrás de esas paredes. Su vecino seguía despierto a las 02:00 AM.La mujer le dio la espalda a la ventana, retirándose lentamente y apoyando las manos en la encimera. Restregó sus párpados con la yema de sus dedos y suspiró. No podía volverse paranoica, jamás lo había sido. Ella era de las que pensaba que todo en la vida tenía solución y este problema no sería la excepción. Subió a la planta superior con su vaso de agua, líquido que terminó de beberse en su habitación.Cuando ya se encontraba bajo el edredón nuevamente y su recámara era solamente iluminada por la luz artifical de los postes que atravesaban su ventana, escuchó un ruido extraño provenir de la parte frontal de su vivienda. Mantuvo los ojos abiertos y los oídos alertas, muy quieta, con las manos en el borde de la gruesa cobija y sosteniendo la respiración para poder escuchar bien.Parecían las llantas de un vehículo rodar lentamente sobre el asfalto, el cual ella sabía que era uno viejo, lleno de piedras y sucios que el viento y la lluvia arrastraba hasta allí. No aguantó la curiosidad, aquello se escuchaba como si fuese exactamente frente a su casa. Se bajó de la cama del lado contrario al de siempre: izquierdo, y agachada, se asomó por la parte inferior de su ventana. Desde allí pudo ver la cola de un carro negro, perecía nuevo, estacionado frente a la vivienda del vecino. No lograba ver con exactitud, había que colocarse estratégicamente y hacer maniobras con el cuello para divisar todo mejor, pero sí, efectivamente, era un vehículo estacionado allí, frente al hermoso jardín del viejo Fernando.Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







