Início / Romance / EL PLAN DE LOS JEFES / Capítulo 79 primera parte

Compartilhar

Capítulo 79 primera parte

Autor: Ranacien
last update Data de publicação: 2022-05-19 04:29:09

La vans del equipo de agentes y la camioneta de Peter, ambos vehículos de color negro, como la noche, fueron estacionados sigilosamente en diagonal a la casa de Carmen Díaz.

Madrugada del domingo y Peter ya poseía en sus manos una orden de allanamiento que su amigo y abogado personal George J. Miller logró conseguir después de ocuparse de su mujer y de acompañarla mientras ella atravesaba por un triste momento de su vida. Si de mover hilos jurídicos se trataba, George era el ideal para trabajos de ese estilo, razón por la cual le permitía moverse como pez en el agua en el mundo judicial. Lo mejor de conseguir las órdenes que el quipo de Peter Embert utilizaría, era que el cambio de horario no era un problema para el abogado. Durante la reunión por vídeo llamada, para Miller y Lenis era de noche, mientras que para Max, J.T y Peter aún era de tarde, lo que suponía que ya en Turquía, mientras el rubio agente tomaba el toro por los cuernos, la casa de la playa ya se encontraba con vida. 

Una fuerte vibración de un dispositivo móvil rompió la paz y el silencio dentro de la camioneta de Peter.

—Todo tranquilo, jefe —anunció un joven asiático, el mismo que había sido parte de la inspección de la habitación de hotel donde Jefferson, en su cargo de asesor político, había utilizado y no solo para hospedarse, sino para protagonizar un momento malicioso, uno de los tantos hechos que lo encerraría por mucho tiempo en la cárcel. 

—Muy bien. A mi señal —avisó Peter a través del celular, el cual usaba una aplicación que servía de radio transmisor. 

Para el asiático, solo cinco minutos fueron suficientes para corroborar que la presencia de aquellos vehículos no había levantado sospechas en la zona. Un minuto más y la palabra «adelante» dio luz verde para que un grupo de agentes uniformados con el predominante color negro, componiendo un conjunto de cinco personas, irrumpieran en la casa de la mujer sin romper una sola ventana, sin forzar puertas, sin usar violencia de ningún tipo, sin gritar o anunciarle al mundo que ellos estaban presentes, sin adelantarle a la mujer que estaban en su búsqueda y así no darle tiempo a escapatoria, despertando a la señora Díaz en su fase más profunda del sueño. 

—Shhhh —silenció Peter, mirándola a la cara y tapándole la boca para que no gritara. 

Cuando se percató que la dueña de aquel recinto colaboraría, habló de nuevo:

—Como no queremos que desobedezcas una orden de asistencia, te vinimos a buscar. —Las palabras del jefe de aquel grupo sonaron como un choque de metales dentro de la cabeza de Díaz, quien con los ojos bien abiertos, el corazón muy acelerado y la respiración entrecortada, miraba a Embert con los nervios de punta—. Levántate.

Carmen se quitó la cobija de encima, liberando su cuerpo empijamado con un conjunto de bata gruesa color blanco, y se levantó siento sostenida del hombro por Embert quien no la esposó en ningún momento del recorrido desde la habitación hasta la salida.

—Todo aclarado, jefe —anunció otra voz el joven a través de la misma aplicación que usaban aquellas personas vestidas de negro. 

El aviso se podía escuchar por cada rincón de la camioneta de Peter, en la que ya se encontraban él al volante, otro joven delante con él y atrás, Carmen Díaz, con el corazón en la garganta y un tercer sujeto a su lado. 

—Adelante —comandó el jefe por radio a los tripulantes del otro vehículo y dejó el dispositivo móvil en el medio de los dos asientos delanteros, mientras seguía manejando a una velocidad adecuada, pero nada lenta, rumbo a la otra misión de la noche. 

Cuando la camionera color negro mate cruzó una calle del noreste de la ciudad, Carmen entró en tensión. 

—¿No te parece conocido este sector? —preguntó el agente, llegando a su destino: el frente de la casa del vecino de Carla Davis. 

Carmen intentó decir algo, pero los violentos nervios no le dejaban la tarea fácil para lograrlo. 

—¿A caso no conoces esa casa? —volvió él a hablar.

Carmen lo intentaba, pero nada salía de su garganta. 

Peter alzó el teléfono, presionando un botón de la aplicación y hablándole directamente al micrófono, sin usar el auricular.

—Estatus.

—Todo claro. La casa está vacía. Literalmente, jefe. 

Peter asintió, apretando el volante y hablándole de nuevo a la señora Carmen. 

—Entonces, ¿no dirás nada de esa casa de allí? —Señaló él la vivienda, con una señal de sus labios. 

—Abogado —logró decir ella. 

—Claro que sí. Abogado —emitió Peter, poniendo en marcha nuevamente su vehículo y alejándose de ahí. 

***

Carla Davis se tomaba un café en la habitación de hotel que Maximiliano le había pagado, con la idea de que se quedara unos días mientras el quipo de Peter realizaba el cateo de la casa de su vecino, además de protegerla y alejarla de cualquier inminente peligro al que ella, de seguro, estaría expuesta. 

El teléfono fijo de la bonita recámara (grande ella, con colores blancos y pasteles, un balcón que daba a la piscina —hermosas vistas— y un perfume agradable por doquier), sonó, chocando el sonido contra las paredes y haciendo que Carla tuviese que levantarse de la cama, desde donde disfrutaba de su bebida caliente. 

—Tiene visita, señorita Davis. 

Ella frunció el ceño. La única persona (al menos, que ella conocía) que sabía que estaba hospedada allí, era su jefe Maximiliano Bastidas, pero no creía que a esa hora la fuese a buscar y mucho menos que ya todo regresara a la normalidad. Ciertamente, no pensaba que, de él necesitar decirle algo, lo hicese en persona.

—¿De quién se trata? —preguntó ella a la mujer de recepción que la había llamado. 

—Se trata del señor Bastidas… —Hubo una pausa que se notó interrumpida—. El señor Bastidas dice que puede subir, si no supone un problema para usted.

La respiración de Carla se sostuvo y sintió un vacío en el estómago que luego se rellenó de mil sensaciones, todas desordenadas, como si las mismas chocaran entre sí. 

Exhaló para calmarse, no podía creer que se pusiera así por una simple visita, además, de alguien conocido. 

—Sí, no hay problema. Dígale que lo recibiré en cinco minutos. 

—Perfecto, le daré su recado. ¿Necesita algo más?

—Ehh… —«¿Habrá desayunado?»—. ¿Podría preguntarle a él si desea algo en especial? Así no esperamos por mucho tiempo nuestro pedido mientras él sube. 

Se hizo el silencio, donde Carla esperaba que ella pudiera escuchar la pregunta de la recepcionista, lo que le indicó que utilizaban silenciador de bocina. 

—El señor Bastidas pregunta si aún usted no ha desayunado.

Carla notó un tono de diversión emanar de la voz de la chica. Y al mismo tiempo, sintió que la sensaciones dentro de su estómago se ponían un poco violentas. 

Volvió a inhalar y a exhalar para retomar la calma. 

—Un desayuno ligero está bien, gracias. 

—Muy bien. A continuación de esta llamada, presione el número… —La mujer fue interrumpida por una voz masculina que Carla ya conocía, no dándole chance a la chica de silenciar la bocina. Davis escuchó claramente: “Suban dos números diez del menú, por favor. Y dígale que ya voy en camino”. 

“Muy bien, señor. Ya mismo atenderemos su pedido”, escuchó después. 

—El señor Bastidas dice que…

—Sí, no se preocupe, ya escuché. Muchísimas gracias. 

—Para servirle. —Y la llamada se colgó. 

Continue a ler este livro gratuitamente
Escaneie o código para baixar o App

Último capítulo

  • EL PLAN DE LOS JEFES   Epílogo

    Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera

  • EL PLAN DE LOS JEFES   Capítulo 90

    El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar

  • EL PLAN DE LOS JEFES   Capítulo 89

    —Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita

  • EL PLAN DE LOS JEFES   Capítulo 88

    El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue

  • EL PLAN DE LOS JEFES   Capítulo 87 segunda parte

    —Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa

  • EL PLAN DE LOS JEFES   Capítulo 87 primera parte

    George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp

Mais capítulos
Explore e leia bons romances gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de bons romances no app GoodNovel. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no app
ESCANEIE O CÓDIGO PARA LER NO APP
DMCA.com Protection Status