INICIAR SESIÓN—¿Cómo dice ella que se llama el vecino? —interrumpió la secretaria—. ¿Qué cuenta sobre él?
Maximiliano bufó bastante aire.—Que se mudó hace varios años allí, que es un amante de la jardinería —volvió a restregar sus párpados con los dedos—, que parece ser muy amable, pero es muy misterioso y no sabe nada de su vida. Nunca ha entrado en su casa y solo un día antes de ir a la mía para contarme todo esto, él le pidió por primera vez un favor: que le comprara algo en el bazar del sector; nimiedades, comida… Le entregó efectivo y se lo dio en un sobre manila, por lo que presuminos no maneja cuentas bancarias…—Porque no puede —completó Lenis con un nudo en su garganta y comenzando a sentir una presión en su pecho. George la miró porque la conocía, ella se estaba conteniendo y bien que entendía lo poco que le gustaba llorar delante de la gente.—¿Te lo describió? —preguntó el abogado.—Sí. Y no solo a mí. Peter envió a mi casa a uno de sus dibujantes y ella le dio todos los datos. —Recurrió al folio y enseñó otra hoja impresa, mostrando a un hombre que parecía viejo, pero no lo era del todo, con una barba prominente y un cabello abundante—. Dice que su barba y su cabello es completamente blanco. —El vello en su cabeza cubría un poco sus facciones y como se trataba de un dibujo, era difícil emparejar ese rostro con el que ellos conocían. Tanto George como Lenis observaron bien el retrato hablado. —No tiene sentido que viva allí desde hace años… —opinó el abogado.—Supuestamente, Turgut debió abandonar el país hace dos años —recordó Peter. Miró a Max, luego a la pantalla—. La señorita Davis no está muy segura. Dice que el tiempo en su trabajo es culpable de no tener precisión desde cuándo exactamente ese hombre es su vecino, pero sí está segura que el de la cámara es su mensajero. —Él negó y exhaló—. No podemos descartar que sea él y si es él… —afiló la voz—, si ese vecino de ella es Ferit Turgut, encontró el mejor escondite de todos.—¿Y mi madre? —preguntó Lenis, con la garganta apretada.Hubo un silencio momentáneo, que Max rompió con su respuesta:—Carla dice que siempre ha vivido solo.Lenis frunció el ceño, al igual que el abogado.—Si quería pasar desapercibido estando frente a nuestras narices, ¿para qué la bomba? —preguntó George. —No importa el jodido explosivo —respondió Peter—. No hay crímen perfecto. Él no se esperó que una cámara lograra capturar a uno de sus súbditos; tampoco, que el sobrino de Jefferson delatara a las personas con las que se encontraba para recibir y enviarle mensajes a Turgut; mucho menos se esperó que tu tía fuese a… —Peter calló para no hablar sobre Carmen, pensando que ya era demasiado dureza lanzada allí.Max lo miró duramente, pensando que no debía decirle a Lenis que fue Carmen quien colaboró para que la encontraran en la hacienda. —Tranquilo, jefe —calmó la propia secretaria—. Ya sé que mi dulce tía Cármen dio la dirección sobre mi paradero. —Miró a George y luego a Max—. Sé que hicieron un trato con ella, no sé cuál, pero al menos ya sé que tengo la mejor tía del mundo —dijo con mucha ironía y con voz resignada y vacía. Ella volvió a mirar a su pareja, quien bajó la cara un simple segundo; luego a Max, quien logró camuflar esa expresión de alerta aflorada en él, todo en un breve instante. —Espero para mañana una orden de allanamiento —informó Peter—, entraremos a esa casa y revisaremos hasta el último detalle y con eso, rastrearemos a esa rata —juró aquella sentencia ante cada uno de ellos.Hubo un silencio, donde todos esperaban que Lenis dijera algo, pero ella se había perdido en sus pensamientos. —¿Dónde vive Carla? —Lenis tenía algo en mente. Le parecía retorcido lo que estaba pensando, pero dejaría que de ahora en adelante, todas las posibilidades alfombraran sus caminos.—En el noreste de la ciudad —respondió J.T, interviniendo por primera vez desde que la reunión comenzó. Lenis miró la pantalla y se quedó en silencio. Sus ojos grises acuosos, profundos y perdidos. Como si su alrededor fuese un papel arrugándose o un cuadro recién pintado bajo la lluvia, su mente fue transportándola al pasado, muy atrás en el tiempo, rápidamente en retroceso buscando, buscando, buscando… Cerró sus ojos, buscando, cruzando esquinas, rastrillando recovecos como un castor creando una nueva entrada a la profundidad de la tierra. El corazón de Lenis se aceleró y una lágrima salió, inadvertida.—¿Lenis? —George preguntó, alarmado. Ella negó con la cabeza y lloró sin sollozos, lloró ligero, recostando su espalda al cojín del sillón, como si se estuviese liberando de un amarre eterno. —¿Qué pasa? —preguntó el abogado, muy preocupado por ella.—Ese es Turgut —susurró Lenis, pero no se le entendió muy bien, el nudo en su garganta parecía querer tragarse sus palabras. —¿Cómo dices?—¿Qué? —preguntaron casi al mismo tiempo desde el otro lado de la pantalla. Ella exhaló una sonrisa, pero sin nada de gracia, nada le daba risa: era la absoluta incredulidad ante lo que acaba de recordar desde que escuchó de nuevo mencionar a su tía y después de saber la zona donde Carla vivía. —La tía Carmen tiene otra casa, lo recuerdo ahora —dijo Lenis dejando escapar las palabras con dificultad, secando esas lágrimas que salían sin parar, ligeras, como mar—. La casa de mi abuela, la mamá de mi papá, es una casa que… al parecer… —ella quería seguir hablando de mejor forma, pero no podía—. Esto no puede estar pasando —exhaló y sin aguantar por mucho más tiempo, cubrió su cara con las manos y comenzó a sollozar.George se levantó de inmediato y le trajo un vaso con agua. Lenis, como pudo, lo tomó con ambas manos y bebió un poco, pero no quiso mucho, así que él lo recibió para colocarlo encima de la mesa. Se acercó a ella y tomó su mano, la cual ella apretó con fuerza. —Dímelo a mí —susurró él, mirándola a los ojos—. No mires la pantalla, cuéntamelo a mí. Peter sintió lástima por ella, pero su curiosidad ante lo que estaba a punto de escuchar, no permitió que mostrara su congoja. En cambio Max los miró fijo, a George y a su secretaria, triste y resignado, preocupado, sintiendo varias cosas a la vez. Lenis obedeció. Se soltó del agarre de su mano lentamente y relató mirando a George:—Sé que cuando era pequeña, mi madre y mi padre discutieron sobre una vivienda ubicada en la ciudad. Escuché que era de mi abuela paterna. No sé ahora mismo de qué se trataba la discusión, no sé…, imagino que se la disputaban, no lo sé. —Ella secó su cara con ambas palmas y bufó bastante aire—, pero sí escuché una vez hablar a mamá y a tía Carmen, ya cuando yo era más grande, sobre tía quedándose allí y a mamá como que… como que no le gustaba mucho la idea. Tía… —las ganas de llorar llegaban con fuerza, parecían lágrimas viejas, nuevas y las que Lenis no dejó que emanaran nunca antes—. Tía vivió allí, tuvo que haber vivido allí en algún momento. Ella… Ella debió haber ayudado a mamá y a Turgut a quedarse en la ciudad, tuvo que ser ella, esa tiene que ser la casa. Algo dentro de mi corazón me dice que tía los ayudó a que se escondieran allí. —Lenis lloró, la resignación más plena afloraba desde dentro con esa nueva aclaratoria de los hechos familiares y los que la llevaron a sufrir el peor de los infiernos. —Ok, vamos a dejar la reunión hasta acá —sentenció George, ya abrazándola, sobando su cara, haciendo que ella se apoyara en su pecho, mirando la pantalla. Asintió ante los jefes y apretó un botón que los sacó de la trasmisión en vivo.Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







