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Capítulo 79 segunda parte

Autor: Ranacien
last update Data de publicação: 2022-05-19 04:30:44

Carla corrió. Aún llevaba puesto el albornoz blanco y no podía recibir a su jefe en esas fachas. 

Saltó al tocador, donde se vistió con un jean justo al cuerpo de color azul rey, se calzó unas botas de corte bajo de cuero negro, se soltó el cabello extra liso, pero antes, se lavó la boca, pasó una toalla húmeda por su cara y se colocó algo de base, iluminador, creyón negro en sus ojos y un labial color rosa palo mitad mate, mitad brillo. Combinó todo con un suéter pegado al cuerpo color blanco de botones al frente y de tela gruesa, prenda que quedaba justo pegada a la pretina de su pantalón. 

La puerta sonó con un toque y Carla se aproximó a la puerta, no sin antes corroborar su aspecto en el gran espejo del baño. 

Con la mano en el picaporte, dejó salir una ráfaga de aire de manera silenciosa. Estaba nerviosa, esa visita estaba sacándola de su zona de confort, no entendía muy bien qué le pasaba.  

Al abrir, ella pudo sentir cómo si una ráfaga de aire la golpeara con ímpetu, en su espalda y en su frente, al mismo tiempo, aprisonándola allí. 

Maximiliano tenía una expresión entre calmada, risueña y seria al llegar allí, pero ella pudo darse cuenta del cambio tan solo con mirarla, empañándose de una seriedad extraña que no supo cómo interpretar, mientras que ella misma quedó absolutamente fuera de onda al verlo. Sabía que solamente allí y en esas circunstancias lo vería con esas prendas: un suéter color ladrillo cuello en U pegado al musculoso cuerpo, manos en los bolsillos de un jean color negro de tela gruesa, lentes negros colgados al cuello (lentes de aviador), botas de escalada, de marca, color marrón oscuro con verde militar y cordones…

—Buenos días —dijo ella, intentando no dejarse ver impactada, más bien, relajada y agradecida de verlo allí.

—Supongo que lograste dormir bien.

—¿Perdón? 

Él apenas sonrió. 

—Estás bellísima —le dijo él, sin más.

Las palabras de Carla casi se desvanecían en su lengua. 

Tragó grueso y sonrió, sintiendo que sus mejillas ardían.

—Gracias… Adelante, podemos desayunar en la terraza, no está haciendo frío. —Ella se echó a un lado y él adelantó unos pasos, atravesando el umbral. 

Algo pasó. Max no pudo moverse. Ambos se quedaron mirando a los ojos. 

Ella percibió su perfume, potente, varonil, la madre selva dominando en cada poro, calentándola como nunca había sentido. 

Él parecía percibir algo de ella, pero no supo cómo identificarlo. Tuvo que tragar y exhalar, alejarse un poco con algunos pasos hacia atrás, porque si no lo hacía, sucumbiría ante sus ganas de besarla. 

El CEO carraspeó su garganta. 

—En la terraza esta bien, gracias por permitirme subir. —Dicho aquello, giró su cuerpo y se dirigió al exterior de la habitación, atravesándola toda sin querer mirarla por completo, sintiendo que si lo hacía, estaría escudriñando la privacidad de la mujer.   

El desayuno estaba compuesto por una ensalada y pan tostado con miel, margarina sazonada, mantequilla, café, jugo, aderezos, huevo, jamón, queso crema y queso en lonjas. Carla se sorprendió mucho al ver ese arsenal de alimentos que el famoso número diez del menú traía. 

Despidieron al botones que les había llevado la comida y se sentaron a comer. 

—Este menú es ideal para cuando no sabemos qué puede gustarle a la otra persona —explicó él, divertido, al ver la cara de asombro de la dama—. Hay dos tipos de personas para todo, Carla. En este caso, las que comen ligero en las mañanas y las que no. ¿Qué prefieres? —Señaló algunas cosas sobre la mesa.

Carla arrugó su cara junto a una sonrisa, apenada porque su jefe se tomara tantas molestias para con ella. 

—Creo que… —ella misma se interrumpió para reír un poco— ¿eligiré un poco de ambos? Ligero y no ligero. —Colocó cara de circunstancias por la pena ante su golocidad. 

Él se echó a reír y de repente, su rostro se tornó analizador. 

—Puedes hacer lo que quieras. Es una buena opción probar dos sabores en la mañana. 

Carla mordió su labio inferior y miró los platos, arrimando la ensalada para echar un poco a su plato. 

—No se trata de dos sabores —dijo ella, dándole una primera probada a su desayuno—. Se trata de dos contexturas, hasta de dos temperaturas; una mezcla de suavidad y dureza, caliente y frío… 

Max quedó mirando el precioso rostro de la mujer que tenía frente a él y sentada al otro lado de la pequeña mesa de la terraza. 

—Cierto —acordó él, sin decirle lo que verdadermente pensó—, tienes razón. Y te seguiré, porque también me gusta mezclar las cosas a veces, sobre todo en el desayuno. 

Carla desvió la mirada, aprovechando que debía llenar su plato de comida. 

Max hizo lo mismo, permitiendo que el silencio se adueñara del espacio por un corto lapso de tiempo. 

—El allanamiento hubiese sido exitoso de haber encontrado a tu vecino, pero no fue así, tal cual pensaste que pasaría. —Carla lo miró—. Se escapó. La identificación de su hombre en la cámara de seguridad del restaurante y transmitido por televisión lo alertó y ahora lo estamos buscamos por todos lados.

Una mueca de consternación comenzó a transformar las facciones de la oficinista. 

—Hey, no te preocupes —atajó él—. Ese hombre no te hará nada. 

Carla miró por un breve momento el paisaje y de vuelta a él. 

—Gracias por todo esto, yo… —Ella negó con la cabeza y suspiró—. Quiero que sepa que deseo que atrapen a ese hombre, en el caso de que él sea el culpable de la explosión. —Max apretó la mandíbula, aplacando la rabia que sentía cada vez que recordaba aquel terrible suceso—. Agradezco la protección y… todo esto —señaló su alrededor—, pero no puedo permitir que hagan tanto por mí. Es demasiado y no estoy acostumbrada. Quiero pedirle permiso para quedarme en casa de una familiar. —Max frunció el ceño—. Pueden ir conmigo y corroborar dónde es, por si desconfían de algo…

—¿Desconfiar? Ok, espera. —Max se acomodó en su asiento, colocando los codos sobre la mesa—. Carla, no sabes lo tan beneficiosa que fue tu declaración. Yo te debo las gracias a ti. En serio. No sabes por cuánto tiempo hemos estado buscando a este sujeto y tú nos los has puesto muy cerca. A pesar de haberse escapado, esta vez será diferente y eso gracias a ti.

Se hizo el silencio, donde Carla no supo muy bien qué decir. Ella entendía que, al parecer, se trataba de un gran enemigo y que tenía que ser el mismo que habían contado los medios de comunicación, pero tal parecía que se trataba de algo más fuerte y pesado y ella quería comprender todo muy bien sin preguntar o indagar demasiado para no importunar.

—¿Es lejos? ¿Dónde vive tu familiar?

—En las montañas de la provincia vecina. Se trata de una tía por parte de madre. Vive en una cabaña y siempre me ha pedido que la visite, pero jamás puedo hacerlo. 

—¿Por qué?

Ella sonrió triste. 

—Por trabajo. —Bajó la cara con pena. 

Él asintió y se quedó en silencio por un instante. 

—Tienes mi permiso, pero en cuanto la empresa vuelva a abrir sus puertas, te quiero de vuelta.

—Claro, por supuesto. Solo serán unos días. Los mismos días que duremos en estas… vacaciones —dijo la última palabra en tono bajo, arrepintiéndose un poco al catalogar lo que le estaba sucediedo al consorcio con una celebración o días de descanso—. Señor Bastidas…

—Llámame Max. —Ella negó con la cabeza, con su cara arrugada—. Para que te sientas cómoda, solo aquí, o en cualquier lugar que no incluya el trabajo, puedes llamarme Max. ¿Te parece bien?

Carla suspiró.

—Muy bien. Max… —Ella tuvo que tragar grueso porque la intensidad en la mirada de su jefe al ella nombrarlo, casi la tumba para atrás—, ¿podría usted decirme… podrías decirme qué está pasando? ¿Quién es ese hombre que tanto buscan y que piensan que es mi vecino? ¿Se trata de su...? —Ella carraspeó su garganta—. ¿Es su padrastro? —susurró. 

Max se puso serio de inmediato, mirada de acero, colocando la taza de su café sobre el pequeño plato de porcelana.

—Carla, te lo voy a contar, pero debes prometerme que esto se queda aquí.

La apuñaló con la mirada. Ella sintió algo de miedo, pensó que se había metido con un tema muy delicado, de igual forma, ya tenía que seguir adelante, además, la curiosidad apremiaba.

—Juro no contarle a nadie —dijo ella firme. 

Y durante el desayuno, uno que engulleron a medias, Max le relató con muchos más lujos de detalles de los que ella podría haber esperado, toda la historia y su vínculo con el ex esposo de su madre.

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