INICIAR SESIÓNLa música atronadora del club nocturno en el que entraba la agente Jaya Takur, atravesaba puertas, paredes y techos.
J.T no tuvo problemas para entrar. Quien estuviese encagado de la puerta, la conocía y no se atrevería a decirle que no; ni siquiera a pensar impedir su paso al interior de aquel antro.
Era una noche para usar chaquetas, pero ella prefirió no colocársela. En cambio, usó sus eternos jeans pegados a su atlética figura, junto a sus botas negras de cordones al frente, dejando visible una blusa blanca pegada al cuerpo, la misma que había estado usando en La Nave durante su jornada laboral.
Se detuvo cerca de la tarima redonda, en medio de aquella disco.
Nadie bailaba, pero el lugar se mantenía oscuro, con luces de colores, dominando las amarillas, las cuales se movían por doquier al ritmo de las tonadas que retumbaban sobre la extraña decoración del sitio.
Los ojos gatunos y entrecerrados de Jaya agudizaron su sentido, observando cada rincón del sitio, hasta divisar bien y dar con el sujeto por el cual ella había acudido allí.
Caminó hasta la zona en específico, se detuvo. Miró hacia abajo, precisamente a la silla donde aquel estaba sentado, removiendo un vaso en su mano relleno de un líquido ambarino a medio tomar.
El hombre en cuestión, sintió que alguien se había detenido a su lado y ese rostro sereno y en su elemento que cargaba mientras disfrutaba de un momento de relajación y esparcimiento, cambió súbitamente al mostrar sorpresa, una que barrió velozmente de su cara para dar paso a una sonrisa ladeada.
—Wow… Jaya Takur. Es una verdadera sorpresa. —Señaló él a su lado. Una gran parte de aquellos asientos contínuos estaba vacía—. Siéntate, Jaya. Ven, acompáñame, y deja que te invite un trago, por favor.
Jaya obedeció, pero no aceptó ningún trago, tan solo se sentó para poder hablar y escuchar bien por encima del ruido, el cual parecía ser demasiado para un miércoles en la noche.
—Qué raro verte aquí…
—Quiero que me digas las razones por las cuales renunciaste a ser el abogado de Smith —atacó ella, interrumpiendo las palabras.
Adam Coney se la quedó mirando por un instante. Sonrió luego y negó con la cabeza.
—Eres una mujer inteligente, siempre lo supe. De hecho, eso fue lo que me encantó de ti. Creo que no te lo había dicho. —Le dio un largo sorbo a su bebida—. Me gustan las mujeres como tú, con cerebro.
—Responde, Coney. —Él se echó a reír por la foma en la que ella le hablaba—. Sabes que lo que me digas se quedará aquí, nadie sabrá que nos hemos encontrado.
Coney se tomó el resto de su bebida y colocó el vaso en una mesa pequeña pegada al asiento largo y contínuo en forma de semi U en donde ellos se encontraban sentados.
Luego, se inclinó para adelante, apoyando sus codos en sus piernas.
La camisa blanca marcaba su musculatura. Llevaba la corbata puesta, pero casi desamarrada alrededor de su cuello. Colocó la chaqueta de su traje color beis a un lado de la silla y junto al vaso, su teléfono celular y un juego de llaves, donde se podía ver la de un automóvil de marca.
Adam llevaba su cabello castaño un tanto desaliñado, pero jamás dejaba de verse sexi y arrebatador. Además, la cota de licor en sus venas le hacía sonreír y aquel gesto le confería hermosura; todas las féminas del lugar se derretían por él, pero espefícamente cuando sonreía, porque siempreparecía hacerlo como si fuese el rey del mundo.
—Puede que me haya alejado de un caso, pero sigo ejerciendo mi profesión. Así que no juegues conmigo, princesa. No te daré ninguna declaración no oficial.
Jaya también se inclinó para adelante.
—Mira, Adam. Sabes muy bien que con un chasquido de dedos podrían dejar de tener licencia para litigar. —Él se rió enérgicamente y negó con la cabeza, elevando la mano hacia quien sea que pudiese llevarle otro trago—. Lo mejor será que hables y me cuentes qué hay detrás de esa razón tan estúpida que le diste a tu homólgo.
Una despampanante rubia se acercó con una bandeja y dejó un vaso lleno de ron en las rocas, sin dejar de hacerle caras sugerentes al abogado, quien la miró de arriba abajo para no perderse detalles de aquella hembra.
Jaya apretó los dientes y estuvo a punto de matar con su mirada a la mesera.
Él lo notó, sintiéndose un tando ganador. No le gustaba para nada aquella rubia, pero delante de la agente, haría lo que fuese para hacerla rabiar. Para él, una de las cosas más sensuales que había visto en su vida, era hacer rabiar a esa mujer.
—¿Qué viniste a hacer aquí? —le preguntó él—. Además, a todas estas, ¿cómo supiste que estaba aquí? ¿Me colocaste un rastreador en el carro? —Miró su celular—. Ahh, no. Lo colocaste en mi móvil. Bien hecho. —Hizo una mueca con su boca—. Vaya, eres más astuta de lo que pensé.
Ella suspiró para ganar paciencia.
—Adam —se acercó más, percibiendo con la cercanía el agradable perfume de aquel hombre que ni el alcohol o el aroma del sitio le había erradicado. Se contuvo para no desfallecer ante su presencia—, escúchame bien. Sé que no eres un mal tipo y confío que ciertamente no quisiste inmiscuirte con Jefferson. He hecho de todo para que el jefe no quiera interrogarte, para que ninguno de los jefes mire demasiado en tu dirección, pero si sigues ocultando datos importantes, no tendré otra opción más que denunciarte.
Él pasó uno de sus pulgares sobre sus labios para limpiar un rastro de líquido que sintió sobre ellos y la miró, detallando ese rostro increíble que ella se gastaba, bajo esos genes hindúes y europeos de ojos claros que ni ella sabía lo intimidantes que podían llegar a ser.
Pero Adam ya sabía cómo dominar esa intimidación. A esas alturas, ya no se dejaba baldear por ellos.
—¿Estarías dispuesta a contarle a Embert que tú y yo éramos amantes? —Ella no cambio su adusta expresión al escucharle—. Vaya…, estoy muy impresionado…
—Todo sea por la verdad —interrumpió—. No estoy jugando a las muñecas, Coney. Esto es muy grave…
—Y por eso mismo, lo mejor es que te des media vuelta y me dejes solo —zanjó con sus palabras, cambiando su expresión divertida a una de absoluta seriedad, clavando su mirada en los ojos de ella—. Acepté tu decisión de dejar de verme cuando me convertí en el abogado de ese imbécil. Acepté eso y lo entiendo. Pero no puedo creer que aún dudes de mí, cuando eras tú quien me daba todos los consejos sobre dejar de trabajar para Jefferson…
—No estabas dispuesto a dejar su caso de divorcio. ¿Qué querías que pensara?
—¡No pude hacerlo, no podía dejar de trabajar para él! —interrumpió de vuelta, casi saliéndose de control, a punto de decirle algo que no estaba dispuesto a contarle.
Ella miró bien sus ojos, con todo el detalle que pudo reunir para lograrlo.
—¿Por qué no pudiste? Dímelo, Adam —indagó ella con la voz apretada, sintiendo el pecho pequeño y el aire pesado dentro de sí.
Adam evitó tragar grueso al notarla tan desesperada. No se lo diría, porque no sabía las acciones que ella tomaría al enterarse, además, Smith ya estaba preso y ella aún le había rechazado.
Pero algo debía decirle, por muy débil que fuese la información que le soltara.
—Te haré una pregunta, Jaya —susurró, tomándose una pausa antes de hablar—. ¿Cómo crees que un hombre como Jefferson Smith accedió a divorciarse de su mujer sin darle mayor inconveniente?
Ambos se miraron por varios segundos. Jaya se enderezó lentamente, sintiendo la piel de gallina al comprender lo que Adam quería decirle con aquella interrogante.
«¿Fuiste tú quien lo logró? ¿Intentaste convencerlo de no hacerle daño a Lenis en la audiencia de divorcio?», fueron preguntas que J.T se hizo mentalmente, batallando con sus dudas y desconfianzas.
—¿Sabías lo del secuestro? Dímelo. —Él se quedó estupefacto al escuchar la pregunta—. ¿Sabías a dónde se había llevado ese hombre a Lenis Evans?
La respiración de Adam Coney se detuvo. Quiso despotricar mil cosas, pero no podía hacerlo y también sabía que no valía la pena.
Acercó su rostro al de ella.
—Vete de aquí, Jaya —ladró por lo bajo, entre dientes, sintiendo la rabia bullir por su cuerpo.
J.T apretó la mandíbula, echando para atrás las ganas de llorar que sentía, experimentando arrepentimiento por haberle hecho aquellas preguntas, pero jamás sin ponerse en evidencia.
—Miller siempre ha dicho que tú no eras demasiado confiable cuando trabajaste en su bufete. No tengo culpa de que tengas un dudoso antecedente.
—Que se joda Miller, jamás le hice nada malo. Además, no sé por qué lo dices, ¿a caso no acostaste conmigo sabiéndolo?
Adam negó con su cabeza, vaciando el contenido de su vaso de un solo trago y colocando el cristal sobre la pequeña mesa aledaña con un sonoro golpe, levantándose, guardándose su teléfono móvil en el bolsillo de su pantalón, tomando las llaves y la chaqueta colocada antes sobre el asiento de al lado.
—¿Conoces la famosa frase de Francis Bacon? La aplicaré a la inversa —le dijo él, mirándola desde arriba. Ella no se había levantado de la larga silla—. Si la montaña comienza a persigirte…, huye.
El abogado se dio media vuelta y dejó a la agente entre luces, música y oscuridad.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







