INICIAR SESIÓNPeter atravesó —a toda prisa— el área de asensores frente al apartamento de George.
Tocó el timbre, también la puerta…, lo hizo varias veces hasta que la madera se movió, mostrando a una Pilar curiosa y cansada.
Peter respiraba acelerado por la carrera, pero al verla, su aliento se esfumó.
La tomó de la mano, la sacó del apartamento, la llevó hasta una pared y la besó.
La enfermera se rindió ante aquel arrebato, teniendo Peter que sostenerla en el abrazo, sintiendo cómo las manos de ella acariciaban su nuca y se aferraban a su cabello rubio.
Pilar sollozó y gimió, apretando y dejándose apretar por ese hombre que experimentó un enorme alivio al verla de pie bajo aquel umbral.
Separó sus bocas y la miró a los ojos. El verde de ella parecía haberse cristalizado, mientras que los ojos negros de él parecían marrones claros, oscuros y claros, cambiaban, porque su ánimo parecía columpiarse entre una frontera que establecía calma y hartazgo, una a cada lado.
Revisó su rostro, detalló otras partes de su cuerpo, notando un pequeño, muy pequeño corte en el labio inferior, en una esquina del mismo.
Él sobó aquella pequeña herida.
—¿Esto te lo hice yo? —preguntó él, acariciando la zona una y otra vez, con delicadeza, pensando que debía dolerle un poco.
Ella negó con la cabeza y su semblante de tristeza y miedo volvía a apoderarse de su rostro.
—Hey, hey… —Elevó su barbilla para que lo mirara. Secó los rastros de lágrimas que ella tenía bajo sus ojos—. Estás a salvo, están a salvo. Nada va a pasarte.
Ella suspiró profundo y se alejó un poco de él.
Señaló el interior, mirando el suelo.
—George se descompensó cuando llegamos.
—¿Qué? Pero, ¿está bien? —quiso saber Peter, mirando hacia el interior y luego a ella.
—Sí. Logré atenderlo y ya está más calmado. El médico viene en camino.
Peter se movió, listo para entrar, cuando ella lo detuvo de un brazo.
Se miraron a los ojos por un par de segundos.
—¿Qué está pasando, Peter? ¿Qué fue todo eso? —preguntó, retirando la mano, un poco resignada porque él no parecía estar dispuesto a responderle—. Casi nos matan, Peter. Deja tus silencios a un lado y respóndeme: ¿qué sucede?
—¿Silencios? —Se acercó a ella para hablarle en completa confidencia—. ¿Tú me hablarás de silencios? ¿De reservas? Sabes que existe el peligro entre nosotros, sabes bien qué fue lo que hizo que viajaran a Turquía. Lo de hoy, lamentablemente, proviene de lo mismo. Si deseas saber… —Se cayó. No estaba seguro de sus próximas palabras, pero aun así, las diría—. Si deseas saber más, puedo contarte todo, pero no acá. Mandaré a alguien a buscarte, necesitas descansa.
Peter zanjó la conversación, queriendo entrar, pero ella volvió a atraparlo.
—No me iré hasta asegurarme que ellos estén bien.
Peter la contempló, absorbiendo su desterminación, hasta que tras una profusa exhalación, asintió.
—Está bien, quédate. Lo que acaba de suceder, sé que fue…
Ella tragó para aliviar el nudo en su garganta.
En ese momento, el asensor hizo un sonido, abriéndose, para mostrar a dos personas: un sujeto joven, de piel morena y bastante alto, vestido de civil con una chaqueta gruesa color negra, jean y botas, con un gran bolso color negro en su espalda, acompalado del recepcionista.
—Buenos días —saludó muy respetuosamente el hombre del bolso, mirando su reloj de muñeca para darse cuenta que ya la mañana había pasado hace minutos, entrando la hora de almuerzo.
—Señor Embert, el doctor que han solicitado —informó el joven de la recepción.
Peter asintió, estrechando la mano del médico. Abrió más la puerta, invitándolos a pasar.
***
—¿Aún te duele la cabeza? ¿Ya se te pasó el mareo? ¿Tienes sed? ¿Quiéres que te traiga un poco de agua?
Tantas preguntas provocaron una sonrisa en George, quien se encontraba acostado sobre su cama, con los ojos cerrados, apoyado sobre dos almohadas, sin zapatos, solo en medias, con la camisa blanca desabotonada en la parte superior y sus brazos descansando sobre su abdomen.
—Estoy bien, Lenis, esto no fue nada.
—¿Esto no fue nada? —Lenis quería alejar de ella la preocupación y tristeza, no mostrarlas, pero le era inevitable.
Nunca había visto a George de aquel modo: débil, enfermo, quejándose del dolor… Agradeció que él hubiese guardado un completo kit de primeros auxilios, el cual Pilar usó para tomarle la presión, encontrándola bastante baja.
Ambas mujeres llevaron rápidamente a George a uno de los muebles, pero en medio camino, Lenis tuvo que correr por la papelera de la cocina para que el abogado descargara allí todo el contenido de su estómago.
Luego de eso, vino lo peor.
George, a punto del desmayo, disficultó la tarea de ambas mujeres de llevarlo a la sala, por lo que Pilar tuvo que dejarlo acostado sobre el suelo, actuando rápido para atenderlo, siendo muy profesional, logrando —tras unos minutos— que se recuperara, a tal punto que él mismo pudo caminar poco a poco hasta su propia recámara.
—Debo ir por las maletas, hemos dejado todo en el carro…
—No te vayas —atajó él, agarrando la mano de Lenis y llevándola a su pecho. Besó el dorso—. Me alegra mucho que estés bien.
Lenis, con mucho cuidado, se acostó a su lado y lo abrazó.
Con su cabeza sobre uno de sus musculosos brazos, miró el apósito que Pilar le colocó en la sien, luego de inspeccionarle y curarle la herida.
—¿No recuerdas en qué momento te pudiste haber hecho ese corte?
Él negó con la cabeza.
—Imagino que fue culpa de algunos vidrios rotos. —Él exhaló, encogiéndose ligeramente de hombros—. No quiero ver el carro. Esos imbéciles…
Ella sonrió triste, escuchando su queja.
—Es un gran vehículo, nos protegió bien.
Ahora quien sonreía era él.
—Dios existe, Lenis. —Él besó su mano—. Nunca olvides que Dios existe.
Ella se quedó quieta ante tales palabras. Jamás le había oído hablar así.
Acomodó su cabeza y empezó a acariciar el brazo, su mano, sus dedos…
—Aprendiste a disparar muy bien. Lo que hiciste en esa carretera, fue…
Él aclaró su garganta, sin abrir sus ojos.
—Peter me ha enseñado muchas cosas, sobre todo después de conocer el tipo de personas con las que uno trata en esta profesión.
Ella cayó por un momento.
Mordió su labio inferior, pensando hacer más preguntas. Llevaba una lista enorme de dudas y otra de curiosidades dentro de su cabeza.
—¿Era tan necesaria mi presencia en el interrogatorio? Pudimos habernos quedado allá.
George abrió los ojos.
—Lenis, si supiera que me darían esta bienvenida…
—Sí, lo sé, lo sé…, pero sabes que estás en peligro. Estamos en peligro. Todos lo estamos. —Se tomó una pausa, sentándose para mirarlo de frente—. Sé que conoces a Turgut mucho más de lo que yo pude haberlo conocido. Sé que sabes que esto es una advertencia de su parte y sabes muy bien que si te la hiz nada más llegar a la ciudad, entonces, debe tener más contactos de los que podemos pensar.
»Turgut es muy peligroso. Se ha puesto peor, está molesto. Hay que empezar a entender a este nuevo sujeto, George. —El esposo de Lenis la escuchó atentamente—. Él ha cambiado. Está acorralado y esto que sucedió hoy es una mera muestra de su rabia. George, esto… —Ella miró hacia ningún punto en específico, negando con la cabeza—… esto tiene que acabar. —Gesticuló con las manos. El gris de sus ojos: como plomo—. Si ese motorizado no te hubiese dado tiempo a disparar… Si en vez de amedrentarnos, ellos llegaban con una intención más precisa, no estaríamos en esta habitación conversando.
Ella se inclinó hacia abajo, tomando suavemente el rostro de su esposo y continuó:
—Quiero ayudarlos a encontrar a nuestro padrastro, esto tiene que terminar. —Se tomó su tiempo para escudriñar la mirada del abogado—. Colaboraré con ustedes. Le pediré a Peter que me deje ser parte del equipo. Interrogaré a mi tía, haré lo que sea con tal de encerrar a ese imbécil de una vez por todas. Te lo juro, George. Te lo juro como me llamo Lisa Díaz.
El abogado apretó la mandíbula y tragó grueso ante aquella determinación.
Pudo darse cuenta que no solo hablaba una mujer con miedo a perderle, o cansada de todo… Hablaba también la dama herida. No la que se escondía o pretedía tapar probemas con tintes y nombres diferentes.
Frente a él, acariciándolo, besándolo y preocupándose por él, se encontraba una persona dispuesta a cobrar deudas viejas que debían ser pagadas desde hace mucho tiempo.
Súbitamente, recordó unas palabras que su madre le dijo alguna vez:
“Nunca le debas nada a una mujer”.
Alí fue cuando él se dio cuenta que Lenis (o Lisa) sería quien los salvara a todos.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







