LOGINLas luces de la torre Sterling brillaban con una intensidad especial esa noche. El piso cincuenta y cinco, que durante semanas había sido el centro de mando de una guerra corporativa, ahora respiraba con una calma casi palpable, pero cargada de una expectación eléctrica. El cebo estaba lanzado.Dante estaba en su despacho, simulando revisar los últimos informes de la incautación de los bienes de Van Der Berg Investments en Europa. La jugada maestra de Isabella había asegurado el monopolio portuario de manera definitiva, pero esa victoria internacional parecía insignificante comparada con la cacería de la rata que tenían dentro del edificio.Isabella, por su parte, se encontraba en una de las salas de conferencias secundarias, donde había estado trabajando con Julián en la revisión final del fideicomiso que absorbería los bienes incautados. Habían pasado horas desentrañando la compleja red de empresas de Astrid.Julián cerró su portátil con un suspiro. —Creo que con esto
Cuando las puertas del ascensor se cerraron tras los detectives de homicidios, la atmósfera en el piso cincuenta y cinco no se relajó. Al contrario, se volvió afilada y venenosa. Habían sobrevivido al primer embate policial gracias a la mentira maestra de Isabella, pero el verdadero problema seguía respirando dentro de su propio edificio.Dante se alejó de Isabella con renuencia, la intensidad del beso aún ardiendo entre ellos, y se giró hacia Lorenzo, que acababa de regresar al despacho.—Quiero saber cómo demonios salió ese video de seguridad de los servidores del Four Seasons —exigió Dante, su voz bajando a un rugido contenido—. Me aseguraste que tus técnicos habían borrado cada minuto de grabación de ese pasillo la misma noche en que murió Valeria.Lorenzo asintió, su rostro endurecido por la frustración profesional.—Lo hicimos, señor. Pulverizamos los discos duros de forma remota. Pero... estuve investigando desde que me avisaron de la filtración esta madrugada
A las diez de la mañana, el piso cincuenta y cinco de Industrias Sterling operaba con la eficiencia implacable de siempre. Sin embargo, dentro del despacho de la Co-Presidencia, el aire acondicionado parecía incapaz de disipar la tensión que asfixiaba la sala.Lorenzo estaba de pie frente al escritorio de caoba, con los brazos cruzados a la espalda y una postura rígida.—Están en la recepción del nivel ejecutivo —informó el jefe de seguridad, su voz grave resonando en el silencio—. Son dos detectives de la división de homicidios de la capital. Tienen una orden oficial para entrevistar al señor Ferrara sobre la noche del fallecimiento de Valeria Santoro.Dante, recostado en su silla de cuero, se pasó una mano por el rostro. La falta de sueño y la presión del chantaje comenzaban a pasar factura, pero sus ojos de plata seguían siendo témpanos de hielo.—Hazlos pasar, Lorenzo. Si los hacemos esperar en el lobby con los abogados de la empresa, pareceremos culpables —Dante
El silencio en el estudio era tan denso que Isabella podía escuchar el latido de su propio corazón resonando en sus oídos. Sentada sobre la fría madera del escritorio, con las manos de Dante aún aferradas a su cintura y el eco de su confesión flotando en el aire, sintió que el mundo entero se reconfiguraba a su alrededor.Dante Ferrara, el CEO intocable, el hombre que controlaba el monopolio portuario de medio continente, acababa de confesarle que había orquestado la muerte de su propia ex prometida. Y lo había hecho por ella.Cualquier mujer normal habría sentido pánico. Habría huido despavorida del penthouse y llamado a la policía. Pero Isabella Montenegro había dejado de ser una mujer normal el día que descubrió la traición de Emilio. El sufrimiento la había forjado en acero, y el poder que había probado al lado de Dante la había transformado en una reina dispuesta a todo para proteger su corona.Isabella deslizó sus manos desde el cabello de Dante hasta sus mejillas,
El leve clic del portátil al cerrarse pareció resonar con la fuerza de un disparo en la penumbra del estudio.Dante permanecía apoyado en el marco de la puerta. Su pecho desnudo subía y bajaba con una lentitud engañosa, y sus ojos de plata estaban clavados en Isabella, escrutando cada microexpresión de su rostro. No había rastro de sueño en él. Era la mirada de un cazador que sabe que su presa acaba de pisar la trampa.Isabella se puso de pie, manteniendo la barbilla alta, negándose a que las rodillas le temblaran.—Estaba revisando unos números de la flota panameña —mintió ella, con una voz tan suave y gélida que casi sonaba convincente. Casi.Dante soltó una carcajada baja, un sonido oscuro que le erizó la piel. Se separó del marco de la puerta y avanzó hacia ella con pasos lentos y pesados.—Siempre has sido una estratega impecable, Isabella —murmuró él, deteniéndose a solo un metro de distancia—. Pero eres una pésima mentirosa cuando estás aterrada. Y ahora mismo, tu pulso está ta
La pantalla del teléfono brillaba con una intensidad que parecía quemar la retina de Isabella.«Él no es quien crees que es, Isabella. Pregúntale qué pasó realmente en la cumbre de Suiza hace tres años. Y por qué la muerte de Valeria Santoro le convino tanto.»El tiempo pareció detenerse en el despacho. A escasos centímetros de ella, Dante aún tenía los ojos cerrados, respirando el aroma de su cabello, sumido en la devoción del beso que acababan de compartir. Estaba completamente vulnerable frente a ella, creyendo que por fin habían alcanzado la paz.El instinto primario de cualquier otra persona habría sido retroceder, mostrarle la pantalla y exigir una explicación a gritos. Pero Isabella Montenegro no operaba con instintos primarios. Operaba con estrategias.Con un movimiento fluido y silencioso, bloqueó la pantalla del teléfono, deslizándolo rápidamente hacia el bolsillo de su vestido de lana, justo un milisegundo antes de que Dante abriera los ojos y se separara unos centímetros.







