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Capítulo 3: La ex

Author: Alfa🥰🥰
last update publish date: 2026-10-02 16:30:41

Valeria salió del cuarto con un vestido verde botella y los ojos secos.

Se había dado diez minutos para llorar. Se dio cinco. Los otros cinco los usó para maquillarse.

Nadie iba a verla rota. Menos él.

Doña Beatriz la esperaba en el auto, con el bastón entre las rodillas y el chofer callado al volante. El cuero olía a lavanda. Hasta el aire de esa familia olía a viejo y a plata.

—Tardaste —dijo la abuela.

—Me costó elegir.

—Mentira. Lloraste.

—No.

—Un poco.

—Un poco —admitió Valeria.

Beatriz asintió, satisfecha. Como si eso la hiciera confiable.

El auto arrancó. Valeria miró por la ventana. Las calles mojadas, los colectivos llenos, la gente apretada con los auriculares puestos. Su mundo. Ya le quedaba lejos.

—No te voy a preguntar qué pasó —dijo Beatriz.

—Gracias.

—Pero te voy a decir una cosa. Mi nieto no es tan frío como parece. Es peor. Tiene miedo.

—¿De qué?

—De que le pase lo mismo.

—¿Lo mismo qué?

Beatriz clavó los ojos celestes en el vidrio.

—Eso te lo tiene que contar él.

Y no dijo más.

La fábrica olía a aceite, a metal caliente y a café aguado. Ese olor Valeria lo habría reconocido con los ojos vendados. Era el olor de su infancia.

Don Ernesto, el capataz, la abrazó apenas la vio. Le apretó los hombros con esas manos callosas.

—¡Vale! Nena, qué bueno verte. ¿Cómo estás? ¿Es verdad lo que dicen?

—¿Qué dicen?

—Que te casaste con el dueño de medio país.

—Con un empleado de lujo, Ernesto. Un trámite.

—Ah. —Él se rascó la nuca—. Mirá vos. Bueno. Si te trata mal me avisás, que todavía tengo la llave inglesa.

Ella se rió. Primera risa en veinticuatro horas. Le dolió un poco, de tan rara.

Pasó la mañana revisando papeles con su papá. Pagos, proveedores, nóminas. Los números ya no eran un agujero negro. El dinero de Adrián había entrado el lunes, y se notaba. Las máquinas andaban. Los muchachos cobraban.

Cuarenta familias respiraban.

Bueno. Valía la pena.

Se lo repitió tres veces mientras firmaba.

Al mediodía, su papá le tocó el brazo.

—Vale. Hay alguien en la puerta que pregunta por vos.

—¿Quién?

—Una mujer. Muy elegante. Dice que es amiga de tu marido.

Camila Duarte era hermosa de una manera que daba bronca.

Rubia, alta, con un tapado blanco que debía costar lo que Valeria ganaba en seis meses. Tacos finos. Labios rojos. Un perfume dulce y pesado, tipo jazmín podrido, que se le pegó a la garganta apenas entró.

Estaba parada en medio de la oficina, mirando las paredes con una sonrisa fina.

—Qué... pintoresco —dijo.

—¿Te puedo ayudar?

—Camila. —Le tendió una mano de uñas perfectas—. La ex de Adrián. Pero seguro ya te lo dijo.

Valeria no le dio la mano.

—No me dijo nada.

—Ay, qué lindo. —Camila bajó la mano sin ofenderse—. Siempre fue reservado. Una tumba.

—¿A qué venís?

—A conocerte. Es lo mínimo. —Se sentó en la silla de Valeria. Cruzó las piernas—. Tan joven. Tan... dulce. Ahora entiendo por qué te eligió.

—Me eligió porque su familia necesitaba una esposa.

—¿Eso te dijo?

—Eso dice el contrato.

—¿Contrato? —Camila abrió los ojos, fingiendo sorpresa. Mala actriz—. Ay, nena. No sabés nada.

—¿Qué tengo que saber?

—Que Adrián no firma nada que no quiera. Si te puso un anillo, no es por la empresa de tu papá. Es por otra cosa.

—¿Por qué?

—Para que yo vea.

Silencio.

Valeria sintió el calor subirle desde el pecho. No era miedo. Era rabia, limpia y filosa.

—Pará un poco —dijo—. ¿Me estás diciendo que me usó?

—Digo que sos el ramo de flores sobre la tumba. —Camila sonrió, dulce, venenosa—. Muy lindo. Pero no cambia lo que hay abajo.

—Andate.

—Todavía no.

—Andate de mi oficina.

—Tu oficina. —Camila miró alrededor, las goteras, los archivos amontonados—. Qué ternura. Escuchame bien, querida...

—¡Que te vayas!

—Él me llama todas las noches.

El mundo se frenó.

Valeria sintió que el piso se movía Un segundo. Dos. Escuchó el motor de un autoelevador afuera, lejos, como de otra vida.

—Mentira.

—Pregúntale. —Camila se paró, se acomodó el tapado, se pasó una mano por el pelo—. Y fijate cómo te mira cuando lo hagas.

Caminó hacia la puerta. Se frenó, con la mano en el picaporte.

—Ah. Una cosa más. Cuando él se canse de jugar a la casita, vuelve conmigo. Siempre vuelve.

Se fue. El perfume se quedó, espeso, ahogándola.

Valeria abrió la ventana. Respiró hondo. Dos veces. Tres.

No lloró.

Pero le temblaban las manos.

A las nueve de la noche, el penthouse estaba en penumbra.

Adrián llegó en silencio, con el saco en el brazo. Se detuvo en el living. Ella estaba en el sillón, con una copa de vino en la mano y las piernas encogidas.

—Estás despierta.

—Estoy esperándote.

—¿Pasó algo?

—Vino tu ex a la fábrica.

Él cerró los ojos. Despacio.

—Camila.

—La misma.

—Valeria...

—¿Te llama todas las noches?

—No.

—¿Seguro?

—Seguro. —Se acercó. Dejó el saco en una silla—. Hace meses que no le contesto.

—Pero te escribe.

—Sí.

—Hoy a la mañana. —Valeria dejó la copa sobre la mesa, con cuidado—. "Anoche no dejé de pensar en vos". ¿Es mentira también eso?

—No es mentira que lo escribió. Es mentira lo que quiere que pienses.

—¡Qué conveniente!

—¡No es conveniente, es verdad!

—¡Entonces decime por qué carajo me casé con un tipo que tiene una ex que lo llama en plena madrugada!

—¡Porque no tenías opción!

Se quedó sin aire.

Silencio. El cuarto entero vibró con esa frase. Una puñalada limpia.

Adrián se pasó una mano por la cara. Vio lo que había dicho. Ya era tarde.

—Valeria. No quise...

—Sí quisiste.

—No así.

—Pero es cierto. —Ella se paró. Le temblaba la voz, pero se mantuvo firme—. No tuve opción. Me compraste. Y yo me dejé.

—No te compré.

—¿Entonces qué hiciste?

Él abrió la boca. La cerró.

Por primera vez, Adrián Ferrer no tenía respuesta.

—Buenas noches —dijo ella.

Pasó a su lado. Rozó su brazo sin querer, y sintió el calor de él atravesarle la ropa. Un chispazo. Se detuvo medio segundo.

Él también.

Los dos respiraban rápido.

—Valeria —dijo él, ronco.

—No.

—Escuchame.

—No me toques.

—No te estoy tocando.

—Ya sé. —Se le quebró la voz—. Eso es lo peor.

Se fue al cuarto. Cerró la puerta.

Esta vez no pasó la llave.

Se apoyó contra la madera, con el corazón desbocado, y escuchó. Pasos. Dudas. Una respiración del otro lado.

Él estaba ahí. Parado. A centímetros.

Él tampoco se movió.

Pasó un minuto. Dos.

Después se oyeron los pasos alejándose, lentos, hasta el final del pasillo.

Valeria se deslizó por la puerta hasta quedar sentada en el piso. Cerró los ojos.

Y entonces el teléfono vibró en su bolsillo.

Número desconocido.

Preguntale por la noche del 14 de marzo.

Preguntale qué le pasó a su primera esposa."

Primera esposa.

Fin del cap 3

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