LOGINEl micrófono era del tamaño de un botón. Una mierdita.Adrián me lo pegó adentro del corpiño con cinta. No me miraba. Tenía la boca apretada, concentrado.-¿Se siente?-Me pica.-Bancatela.-Ya sé, boludo.A las nueve y cuarto salí. Hacía un frío de mierda. Avenida de Mayo olía a café quemado y a colectivo. Caminé con las manos metidas en el tapado y la cabeza a mil. 1998. Yo tenía cuatro años. ¿Qué carajo pasó cuando yo tenía cuatro años?En la puerta del Tortoni había turistas sacándose fotos. Un flaco vendiendo alfajores. Empujé la puerta y entré.Adentro estaba calentito. Oscuro, lleno de madera. Olía a tostado viejo. Mucho ruido, mucha gente hablando.Fondo. Me dijo mesa del fondo.Fui hasta el fondo. Había una sola mesa ocupada, contra una columna.Un viejo de sesenta, traje marrón gastado, bigote gris. Manos grandes, todas rajadas. De esas manos que laburan con fierros.Se paró cuando me vio.-Valeria.-¿Vos sos...?-Sentate, nena. Que te vas a caer.Me senté. Me pidió dos ca
Valeria viajó con el celular apretado y la rodilla saltando.Llamó a Mabel. Una vez. Dos. Tres.Nada.—Más rápido —le dijo al chofer.—Hay semáforo, señorita.Se mordió las uñas hasta sacarse sangre. Cuarenta minutos que se hicieron cuatro horas.Cuando llegó al penthouse el ascensor tardó una eternidad. Subió golpeando la pared con el puño.—¡Mabel! ¡Mabel!La puerta estaba entornada.Empujó. El living en penumbra. Un olor dulce, a jazmín. Fuerte.Ese perfume no era de Mabel.—¿Mabel?—Acá, mi vida.La voz venía de la cocina. Valeria corrió. Mabel estaba sentada en una banqueta, con un repasador en las manos y los ojos hinchados.—¿Estás bien? ¿Te hicieron algo? ¿Entró alguien?—Nadie, nena. Nadie entró.—¿Cómo que nadie? Hay olor a...—Es el difusor. Lo compré hoy —Mabel se sonó la nariz—. Perdoname. Me llamaron de lo de mi hermana. No escuché el teléfono.Valeria se quedó parada, con el pecho subiendo y bajando.—¿Segura que no entró nadie?—Segurísima.No le creyó. Pero no discuti
La foto estaba en el piso del baño. Al lado de la pileta. La canilla seguía abierta y el agua corría y Valeria no podía dejar de mirarla.Alguien había estado parado al lado de la cama. Mirándola dormir.Levantó la foto con dos dedos. La dio vuelta. Esa letra redonda, prolija, de maestra.*Nunca dura.*-La puta madre.Cerró la canilla. Se vistió mal, un botón en el ojal equivocado, y salió al pasillo con la foto arrugada en el puño.Adrián estaba abotonándose la camisa.-¿Qué pasó? Tenés una cara...Ella le puso la foto en la mano.Él la miró. Se quedó callado. Se puso gris.-¿Dónde mierda estaba?-En el baño, al lado de la...-¿Anoche? ¿Estaba anoche?-¡No! Me habría dado cuenta.-Entonces entraron mientras...-O antes de que llegara Mabel.-Mabel llegó a las seis y cuarto.-Y yo me levanté a las siete.Se miraron. Los dos habían hecho la cuenta.Alguien con llave.---Adrián llamó a seguridad. Después al abogado. Después a "el de sistemas", que llegó en veinte minutos con un maletín
Valeria buscó el tubo a ciegas.Lo encontró colgando del cable, todavía tibio. Se lo llevó a la oreja.Nada. Un zumbido. Después un clic, y el tono de línea muerta.-Cortaron.Adrián no contestó. Estaba apoyado contra la mesada, con las dos manos clavadas en el mármol y la cabeza baja. Respiraba como después de correr.-Adrián.-Era ella.-Pará. No puede ser...-Era ella, Valeria. Conozco esa voz. -Se le quebró en la última palabra-. Dijo lo que me decía todos los años. Mismo tono. Misma pausa.La luz volvió de golpe. Un parpadeo blanco, cruel, que los dejó mirándose como dos tipos que se descubren en pleno robo.Él estaba gris. Con sudor en la sien.-Sentate -dijo ella.-No.-Sentate o te caés.Lo agarró del brazo y lo llevó a una banqueta. Él se dejó. Eso fue lo que más la asustó: que se dejara.Le sirvió un vaso de agua. Se lo puso en la mano y le cerró los dedos alrededor. Tenía la piel helada, húmeda.-Tomá.Tomó. Le temblaba tanto que el agua le mojó la camisa.-Escuchame -dijo
Valeria se quedó en el piso del pasillo hasta que las piernas dejaron de temblarle.No sabía cuánto tiempo pasó. Diez minutos. Veinte. El llanto del otro lado se fue apagando, hasta que quedó solo el silencio. Un silencio espeso, como de casa con un muerto adentro.Se levantó. Se lavó la cara. Se miró en el espejo del baño y vio unos ojos hinchados que no eran los suyos.Qué mierda estás haciendo, Vale.No tenía respuesta.Se fue a su cuarto, se tiró en la cama vestida y miró el techo. Desde ahí se oía la ciudad, lejos. Una bocina. Un motor. La vida de otros.Y la foto. La sonrisa de él en la foto. Se le había grabado atrás de los párpados.Hacía tres días lo odiaba. Hoy no sabía qué sentía. Y eso la asustaba más que cualquier grito.A las nueve de la noche, golpearon la puerta.Dos golpes. Suaves.-Valeria.Era él.Ella no contestó. Se quedó quieta, con el corazón pegado a las costillas.-Sé que estás despierta. Se ve la luz por debajo.-¿Qué querés?-Hablar.-Yo no.-Cinco minutos.
Valeria no durmió.Se quedó mirando el techo hasta que la luz gris se coló por las cortinas. Con el teléfono apretado contra el pecho. Con ese mensaje dándole vueltas en la cabeza.Primera esposa.A las seis y media se levantó. Descalza. El piso era un hielo.Lo iba a encarar. Lo iba a mirar a los ojos y se lo iba a preguntar.Llegó a la cocina y no había nadie. Solo la taza de él, todavía tibia en la mesada, y el olor a café recién hecho.Se había ido.-Mierda -dijo en voz baja.-Salió a las seis -contestó Mabel desde la puerta, secándose las manos en el delantal-. Siempre sale temprano cuando no durmió.-¿No durmió?-Lo escuché caminar toda la noche.Valeria no dijo nada. Se sirvió café y se quemó la lengua. Bien merecido.Pasó la mañana dando vueltas por el penthouse como una loca.Cuarenta metros de living. Una biblioteca sin un solo libro gastado. Un gimnasio. Una terraza con vista a todo y a nada.Y un pasillo, al fondo, con una puerta que no había visto nunca.Madera oscura. Pi







