Valeria Landeros se miró en el espejo y no se reconoció. El vestido le apretaba las costillas. Olía a perfume caro y a laca, y ese olor se le pegaba en la garganta como un jarabe. Tenía las manos heladas. Se las frotó contra la tela, una y otra vez, hasta que le ardieron. —Quedate quieta, nena, que me hacés errar el broche —dijo la peinadora con tres horquillas entre los dientes. —Perdón. —No te disculpes. Estás blanca como una pared. Era verdad. Se veía la cara de alguien que va a un velorio y no a una boda. Pero esto no era una boda, ¿no? Era un trámite. Un trámite con flores, con doscientos invitados y un cuarteto de cuerdas afinando en el jardín. Afuera lloviznaba. Desde la ventana se veía el césped mojado y brillante, y una hilera de autos negros alineados como piezas de ajedrez. Se escuchaba el murmullo de la gente, ese zumbido de abejas de la plata. Su papá apareció en la puerta con el traje que le quedaba grande desde que había adelgazado. Hacía meses que no com
最終更新日 : 2026-10-02 続きを読む