LOGINValeria buscó el tubo a ciegas.
Lo encontró colgando del cable, todavía tibio. Se lo llevó a la oreja. Nada. Un zumbido. Después un clic, y el tono de línea muerta. -Cortaron. Adrián no contestó. Estaba apoyado contra la mesada, con las dos manos clavadas en el mármol y la cabeza baja. Respiraba como después de correr. -Adrián. -Era ella. -Pará. No puede ser... -Era ella, Valeria. Conozco esa voz. -Se le quebró en la última palabra-. Dijo lo que me decía todos los años. Mismo tono. Misma pausa. La luz volvió de golpe. Un parpadeo blanco, cruel, que los dejó mirándose como dos tipos que se descubren en pleno robo. Él estaba gris. Con sudor en la sien. -Sentate -dijo ella. -No. -Sentate o te caés. Lo agarró del brazo y lo llevó a una banqueta. Él se dejó. Eso fue lo que más la asustó: que se dejara. Le sirvió un vaso de agua. Se lo puso en la mano y le cerró los dedos alrededor. Tenía la piel helada, húmeda. -Tomá. Tomó. Le temblaba tanto que el agua le mojó la camisa. -Escuchame -dijo ella, agachándose para quedar a su altura-. Los muertos no llaman por teléfono. -Lo sé. -Entonces alguien está jugando con vos. -Lo sé. -¿Quién tiene ese número? -Nadie. Es una línea vieja. Ni figura. Mabel dice que está desconectada hace años. -Pues no lo está. Él levantó los ojos. Rojos, vacíos. -¿Y si es ella? -No. -¿Y si...? -Adrián. -Le agarró la cara con las dos manos. No lo pensó. Lo hizo-. Mirame. No es ella. Está muerta. Vos mismo me lo dijiste. Sintió la barba áspera bajo las palmas. El pulso en la mandíbula. El calor de su piel, por fin, volviendo. Se quedaron así. Demasiado cerca. Demasiado tiempo. Ella soltó primero. Llamaron a la compañía telefónica a las once de la noche. Una grabación les dijo que esa línea no existía. -Imposible -dijo Adrián. -Evidentemente no. -Mañana lo averiguo. -Mañana. -Valeria bostezó, de golpe, sin querer. El cansancio le cayó encima como una frazada mojada-. Hoy no das más. -Vos tampoco. -Yo estoy bárbara. -Tenés los ojos cerrados. -Los tengo entornados. Es distinto. Él casi sonrió. Casi. -Dormí en mi cuarto -dijo. Ella se quedó helada. -¿Qué? -No. No por eso. -Se puso colorado, y a Valeria le pareció increíble que ese hombre pudiera ponerse colorado-. Digo que... no quiero que estés sola. Si alguien tiene llave. Si alguien llama. Yo me quedo en el sillón. -Tu cama es tuya. -Valeria. -No te voy a sacar la cama, boludo. -Entonces dormimos los dos. Sin tocarnos. Cláusula cuatro. -La cláusula cuatro dice "salvo en público". -Bueno. Que sea público. -¿Cómo público? -Mabel está por llegar mañana a las seis. -Qué argumento. -Es el mejor que tengo. Ella se mordió el labio para no reírse. Perdió. -Está bien. Pero con almohada en el medio. -Hecho. El cuarto de él olía a madera y a él. A ese perfume limpio, amargo, que le había quedado pegado en la nariz desde la boda. Una cama enorme, sábanas grises, una ventana abierta que dejaba entrar el aire frío de la lluvia. Sobre la mesa de luz, un reloj de bolsillo viejo y un vaso vacío. Valeria se acostó del lado de la ventana, con la ropa puesta. Armó una muralla de almohadas. Él se acostó del otro lado. De espaldas. Silencio. Se oía la lluvia. Su respiración. La de ella. Tic, tac, tic, tac, el reloj de bolsillo. -Valeria. -¿Qué? -Gracias. -No hay de qué. -Sí hay. -Dormite. -No puedo. -Yo tampoco. Otro silencio. Más largo. -¿Puedo preguntarte algo? -dijo ella. -Dale. -¿Cómo era? Se hizo un hueco enorme en la oscuridad. -Lucía -aclaró ella-. No la causa. Ella. Cómo era. Pasó un minuto. Dos. Valeria pensó que no iba a contestar. -Se reía fuerte -dijo él al fin. Bajito, como si se lo contara al techo-. Siempre. En el cine, en el subte, en los velorios. Una vez la sacaron de una misa. Cantaba mal y no le importaba. Cocinaba peor. Quemaba el agua. -¿Quemaba el agua? -Dos veces. Ella se rió. Él también, apenas. -La extraño todos los días -siguió-. Pero hace mucho que no hablo de ella sin sentir que me muero. Hoy fue la primera vez. A Valeria se le apretó el pecho. -Qué bueno. -¿Bueno? -Que hables. Que puedas. -Es por vos. La frase quedó flotando en el aire, entre las almohadas. Ella no supo qué decir. Se hizo la dormida. Pero escuchó cuando él se dio vuelta, despacio. Sintió su mirada en la nuca. Su aliento tibio. Y su mano, que se estiró por encima de la muralla y se quedó ahí, quieta, a un centímetro de su hombro. Sin tocarla. Esa noche, Valeria durmió. Se despertó con el sol en la cara. Un brazo pesado le cruzaba la cintura. La muralla de almohadas estaba en el piso. Sin saber cómo, había rodado hasta quedar pegada al pecho de él. Tenía la mejilla contra su camisa, el latido de su corazón en el oído, la pierna enredada. Y su mano, la de ella, aferrada a la tela como si no quisiera soltarlo. Se quedó inmóvil. Con el calor subiéndole por el cuello. Entonces oyó la voz de Mabel en el pasillo. Los pasos. El picaporte. -Buen día, Adrián, te traigo el... La puerta se abrió. Mabel se quedó clavada en el umbral con la bandeja. Los miró. A los dos. Enredados. Hubo un segundo de silencio absoluto. Después, la mujer sonrió. Una sonrisa chiquita, cómplice, de quien ya lo sabía. -Ay, perdón. Vuelvo más tarde. -¡Mabel, esperá, no es...! La puerta se cerró. Valeria se incorporó de un salto, con la cara ardiendo. Adrián abrió un ojo, despeinado, adormilado, y la miró. -¿Qué pasó? -Nada. Que Mabel nos vio. -¿Y? -¡Y! ¡Y que ahora cree que...! -Mejor. -¿Mejor? -Que lo crea. Es lo que tiene que creer la familia. -Se frotó los ojos. Después la miró, con esa media sonrisa nueva que ella todavía no sabía cómo manejar-. Pero fue lindo. ¿Qué cosa? Despertar así. Valeria abrió la boca. La cerró. No le salió una sola palabra. Se levantó de la cama, tropezó con una almohada, casi se mata, y salió corriendo al pasillo. Se encerró en el baño. Abrió la canilla. Se mojó la cara con agua helada. Estás frita, Vale -le dijo al espejo-. Frita. Y fue entonces cuando lo vio. En el borde del lavatorio, apoyado con cuidado, había un sobre blanco. Sin remitente. Con su nombre escrito a mano, con letra prolija y redonda. Ese sobre no estaba ahí anoche. Lo abrió con los dedos mojados. Adentro había una sola foto. Ella. Dormida. En la cama de Adrián. Tomada desde el costado. Y atrás, escrito con la misma letra: "Qué linda se te ve dormida en su cama. Disfrutala. Nunca dura." Valeria soltó la foto. Cayó al piso, boca arriba. Fin del cap 6El micrófono era del tamaño de un botón. Una mierdita.Adrián me lo pegó adentro del corpiño con cinta. No me miraba. Tenía la boca apretada, concentrado.-¿Se siente?-Me pica.-Bancatela.-Ya sé, boludo.A las nueve y cuarto salí. Hacía un frío de mierda. Avenida de Mayo olía a café quemado y a colectivo. Caminé con las manos metidas en el tapado y la cabeza a mil. 1998. Yo tenía cuatro años. ¿Qué carajo pasó cuando yo tenía cuatro años?En la puerta del Tortoni había turistas sacándose fotos. Un flaco vendiendo alfajores. Empujé la puerta y entré.Adentro estaba calentito. Oscuro, lleno de madera. Olía a tostado viejo. Mucho ruido, mucha gente hablando.Fondo. Me dijo mesa del fondo.Fui hasta el fondo. Había una sola mesa ocupada, contra una columna.Un viejo de sesenta, traje marrón gastado, bigote gris. Manos grandes, todas rajadas. De esas manos que laburan con fierros.Se paró cuando me vio.-Valeria.-¿Vos sos...?-Sentate, nena. Que te vas a caer.Me senté. Me pidió dos ca
Valeria viajó con el celular apretado y la rodilla saltando.Llamó a Mabel. Una vez. Dos. Tres.Nada.—Más rápido —le dijo al chofer.—Hay semáforo, señorita.Se mordió las uñas hasta sacarse sangre. Cuarenta minutos que se hicieron cuatro horas.Cuando llegó al penthouse el ascensor tardó una eternidad. Subió golpeando la pared con el puño.—¡Mabel! ¡Mabel!La puerta estaba entornada.Empujó. El living en penumbra. Un olor dulce, a jazmín. Fuerte.Ese perfume no era de Mabel.—¿Mabel?—Acá, mi vida.La voz venía de la cocina. Valeria corrió. Mabel estaba sentada en una banqueta, con un repasador en las manos y los ojos hinchados.—¿Estás bien? ¿Te hicieron algo? ¿Entró alguien?—Nadie, nena. Nadie entró.—¿Cómo que nadie? Hay olor a...—Es el difusor. Lo compré hoy —Mabel se sonó la nariz—. Perdoname. Me llamaron de lo de mi hermana. No escuché el teléfono.Valeria se quedó parada, con el pecho subiendo y bajando.—¿Segura que no entró nadie?—Segurísima.No le creyó. Pero no discuti
La foto estaba en el piso del baño. Al lado de la pileta. La canilla seguía abierta y el agua corría y Valeria no podía dejar de mirarla.Alguien había estado parado al lado de la cama. Mirándola dormir.Levantó la foto con dos dedos. La dio vuelta. Esa letra redonda, prolija, de maestra.*Nunca dura.*-La puta madre.Cerró la canilla. Se vistió mal, un botón en el ojal equivocado, y salió al pasillo con la foto arrugada en el puño.Adrián estaba abotonándose la camisa.-¿Qué pasó? Tenés una cara...Ella le puso la foto en la mano.Él la miró. Se quedó callado. Se puso gris.-¿Dónde mierda estaba?-En el baño, al lado de la...-¿Anoche? ¿Estaba anoche?-¡No! Me habría dado cuenta.-Entonces entraron mientras...-O antes de que llegara Mabel.-Mabel llegó a las seis y cuarto.-Y yo me levanté a las siete.Se miraron. Los dos habían hecho la cuenta.Alguien con llave.---Adrián llamó a seguridad. Después al abogado. Después a "el de sistemas", que llegó en veinte minutos con un maletín
Valeria buscó el tubo a ciegas.Lo encontró colgando del cable, todavía tibio. Se lo llevó a la oreja.Nada. Un zumbido. Después un clic, y el tono de línea muerta.-Cortaron.Adrián no contestó. Estaba apoyado contra la mesada, con las dos manos clavadas en el mármol y la cabeza baja. Respiraba como después de correr.-Adrián.-Era ella.-Pará. No puede ser...-Era ella, Valeria. Conozco esa voz. -Se le quebró en la última palabra-. Dijo lo que me decía todos los años. Mismo tono. Misma pausa.La luz volvió de golpe. Un parpadeo blanco, cruel, que los dejó mirándose como dos tipos que se descubren en pleno robo.Él estaba gris. Con sudor en la sien.-Sentate -dijo ella.-No.-Sentate o te caés.Lo agarró del brazo y lo llevó a una banqueta. Él se dejó. Eso fue lo que más la asustó: que se dejara.Le sirvió un vaso de agua. Se lo puso en la mano y le cerró los dedos alrededor. Tenía la piel helada, húmeda.-Tomá.Tomó. Le temblaba tanto que el agua le mojó la camisa.-Escuchame -dijo
Valeria se quedó en el piso del pasillo hasta que las piernas dejaron de temblarle.No sabía cuánto tiempo pasó. Diez minutos. Veinte. El llanto del otro lado se fue apagando, hasta que quedó solo el silencio. Un silencio espeso, como de casa con un muerto adentro.Se levantó. Se lavó la cara. Se miró en el espejo del baño y vio unos ojos hinchados que no eran los suyos.Qué mierda estás haciendo, Vale.No tenía respuesta.Se fue a su cuarto, se tiró en la cama vestida y miró el techo. Desde ahí se oía la ciudad, lejos. Una bocina. Un motor. La vida de otros.Y la foto. La sonrisa de él en la foto. Se le había grabado atrás de los párpados.Hacía tres días lo odiaba. Hoy no sabía qué sentía. Y eso la asustaba más que cualquier grito.A las nueve de la noche, golpearon la puerta.Dos golpes. Suaves.-Valeria.Era él.Ella no contestó. Se quedó quieta, con el corazón pegado a las costillas.-Sé que estás despierta. Se ve la luz por debajo.-¿Qué querés?-Hablar.-Yo no.-Cinco minutos.
Valeria no durmió.Se quedó mirando el techo hasta que la luz gris se coló por las cortinas. Con el teléfono apretado contra el pecho. Con ese mensaje dándole vueltas en la cabeza.Primera esposa.A las seis y media se levantó. Descalza. El piso era un hielo.Lo iba a encarar. Lo iba a mirar a los ojos y se lo iba a preguntar.Llegó a la cocina y no había nadie. Solo la taza de él, todavía tibia en la mesada, y el olor a café recién hecho.Se había ido.-Mierda -dijo en voz baja.-Salió a las seis -contestó Mabel desde la puerta, secándose las manos en el delantal-. Siempre sale temprano cuando no durmió.-¿No durmió?-Lo escuché caminar toda la noche.Valeria no dijo nada. Se sirvió café y se quemó la lengua. Bien merecido.Pasó la mañana dando vueltas por el penthouse como una loca.Cuarenta metros de living. Una biblioteca sin un solo libro gastado. Un gimnasio. Una terraza con vista a todo y a nada.Y un pasillo, al fondo, con una puerta que no había visto nunca.Madera oscura. Pi







