Beranda / Romance / EMBARAZADA DE MI ESPOSO POSESIVO / CAPITULO 5: lo que no se dice

Share

CAPITULO 5: lo que no se dice

Penulis: Alfa🥰🥰
last update Tanggal publikasi: 2026-10-04 13:31:36

Valeria se quedó en el piso del pasillo hasta que las piernas dejaron de temblarle.

No sabía cuánto tiempo pasó. Diez minutos. Veinte. El llanto del otro lado se fue apagando, hasta que quedó solo el silencio. Un silencio espeso, como de casa con un muerto adentro.

Se levantó. Se lavó la cara. Se miró en el espejo del baño y vio unos ojos hinchados que no eran los suyos.

Qué m****a estás haciendo, Vale.

No tenía respuesta.

Se fue a su cuarto, se tiró en la cama vestida y miró el techo. Desde ahí se oía la ciudad, lejos. Una bocina. Un motor. La vida de otros.

Y la foto. La sonrisa de él en la foto. Se le había grabado atrás de los párpados.

Hacía tres días lo odiaba. Hoy no sabía qué sentía. Y eso la asustaba más que cualquier grito.

A las nueve de la noche, golpearon la puerta.

Dos golpes. Suaves.

-Valeria.

Era él.

Ella no contestó. Se quedó quieta, con el corazón pegado a las costillas.

-Sé que estás despierta. Se ve la luz por debajo.

-¿Qué querés?

-Hablar.

-Yo no.

-Cinco minutos.

-Adrián...

-Por favor.

Esa palabra. Otra que nunca le había oído.

Se levantó. Abrió la puerta, nada más que una rendija.

Él estaba parado en el pasillo, sin saco, sin corbata, con la camisa arrugada y los ojos rojos. Se veía más viejo. Más chico también. Como un nene al que le acaban de quitar algo.

Olía a whisky. Poco. Lo justo para que se le notara el temblor en las manos.

-¿Estás borracho?

-No.

-Hueles a alcohol.

-Tomé uno. Para animarme.

-¿A qué?

-A esto.

Ella abrió la puerta del todo y se apoyó en el marco, con los brazos cruzados.

-Dale. Te escucho.

Adrián tragó saliva. Se pasó la mano por el pelo. Miró para un costado, para el otro, para cualquier lado menos para ella.

-No puedo contarte todo.

-Ya empezamos mal.

-No puedo, Valeria. Todavía no.

-¿Por qué?

-Porque si te lo cuento, te vas.

-¿Y si no me lo contás?

-También.

-Qué lindo panorama.

Él soltó una risa seca, sin alegría.

-Lucía era mi esposa -dijo-. Eso es verdad. Estuvimos casados tres años.

Valeria sintió el golpe en el estómago, aunque ya lo sabía.

-¿Y qué pasó?

-Murió.

Una palabra. Una sola. Y el pasillo entero se quedó sin aire.

-Perdón -dijo ella, y le salió un hilo de voz-. No sabía...

-No lo sabías. Nadie te lo dijo. -Apretó los puños-. Mejor.

-¿Cómo murió?

-No.

-Adrián...

-No, Valeria. Eso no.

Ella se mordió el labio. Quería insistir. Pero vio cómo le temblaba la mandíbula, cómo se le marcaban los tendones del cuello, y entendió que si seguía iba a romper algo que no se arreglaba más.

-Está bien -dijo-. No pregunto.

-Gracias.

-Pero necesito saber una cosa.

-Dale.

-¿Camila tiene algo que ver?

Él la miró. Por fin. Y en esos ojos oscuros pasó algo que ella no supo leer.

-Camila tiene que ver con todo -dijo-. Pero no como pensás.

-¿Y cómo?

-Todavía no puedo.

-¡Siempre "todavía no"!

-Lo sé. -Se acercó un paso. Solo uno-. Pero te prometo una cosa.

-¿Qué?

-Que no te voy a mentir. Si no puedo decirte algo, te lo digo. Pero no te miento.

-¿Y eso qué vale?

-Para mí, todo.

Ella lo miró. Un segundo largo. Dos.

Él tenía los ojos húmedos y no los escondía. Eso la desarmó. Más que los gritos. Más que el contrato. Más que cualquier cosa.

-Está bien -susurró.

-¿Está bien?

-No te creo del todo. Pero está bien.

Él asintió. Y por primera vez desde que lo conocía, algo en su cara se aflojó.

Se quedaron un rato así, en el pasillo, sin hablar.

Había una luz amarilla sobre el piso de mármol. El zumbido de la heladera. El reloj grande del living, tic, tac, tic, tac.

-Tengo hambre -dijo ella de golpe.

-¿Qué?

-Que tengo hambre. No comí nada desde ayer.

Él parpadeó. Y entonces pasó. Un costado de su boca se movió, igual que aquella mañana. Pero esta vez no lo borró.

Sonrió.

Chiquita. Torcida. Como si le costara.

Pero sonrió.

A Valeria se le fue el aire.

-¿Qué? -dijo él.

-Nada.

-Me estás mirando raro.

-No te miro raro.

-Sí.

-Es que... -Ella se rió, nerviosa-. Es la primera vez que te veo sonreír.

-¿En serio?

-Sí, boludo. En serio.

-Ah. -Él bajó la vista, casi tímido-. Perdón.

-No te disculpes. Hacelo más seguido.

Se hizo un silencio distinto. Más tibio. Más peligroso.

-¿Qué querés comer? -preguntó él.

-Lo que haya.

-No hay nada. Mabel no dejó nada.

-Pedimos pizza.

-¿Pizza?

-¿Nunca pediste pizza?

-No.

-¡Pará! ¿Nunca?

-Comí en restaurantes toda mi vida.

-Dios mío. -Ella se llevó una mano a la frente-. Estoy casada con un marciano.

Él se rió. Esta vez de verdad. Una risa grave, ronca, que le salió del pecho y la agarró desprevenida.

Ahí sí. Ahí se le aflojaron las rodillas.

La pizza llegó a las diez y cuarto.

Se sentaron en el piso del living, con la caja abierta entre los dos. Muzzarella, con mucha cebolla, como a ella le gustaba. Olía a queso quemado y a orégano. El queso le chorreaba por los dedos.

Adrián la miraba comer con una mezcla de horror y fascinación.

-¿Con las manos?

-Con las manos.

-¿Siempre?

-Siempre. Y si te quejás, no te doy.

-No me quejo.

-Qué bueno.

Él agarró una porción. La olió, como si fuera un experimento. Mordió. Masticó despacio.

-¿Y?

-Está... bien.

-¿Bien?

-Está muy bien.

-¡Eso! -Valeria levantó los brazos-. ¡Un hombre nuevo!

Se rieron los dos. El vino tinto, barato, que ella había encontrado en un estante, les calentaba las mejillas. Afuera llovía. Se oía el repiqueteo en los ventanales.

En algún momento ella se dio cuenta de que él la estaba mirando de otra manera. Ya no como a mercadería. Ya no como a una empleada.

La miraba como en la foto. Cuando miraba a Lucía.

Y eso le dio miedo.

Y le dio calor.

Las dos cosas a la vez.

-Valeria.

-¿Qué?

-Tenés salsa.

-¿Dónde?

-Acá.

Estiró la mano. Con el pulgar le limpió la comisura de los labios. Despacio. Un roce áspero, tibio, que le recorrió la espalda entera.

Se quedó ahí. Medio segundo de más.

Ella dejó de respirar.

Los ojos de él bajaron a su boca. Subieron. Volvieron a bajar.

Cláusula cuatro, pensó ella. Sin tocarse.

-Adrián -dijo, y no sonó a advertencia.

-Lo sé.

-Esto no...

-Lo sé.

Pero no se movió. Ni él ni ella.

Se oyó un trueno, lejos. El living entero tembló apenas. Las luces parpadearon.

Y después, de golpe, se cortó la luz.

Oscuridad total.

Valeria contuvo el aire. Sintió el calor del cuerpo de él, a centímetros. El olor a madera, a vino, a pizza. Su respiración, entrecortada, mezclándose con la de ella.

-No te muevas -dijo él, en la oscuridad.

-No me muevo.

-Si te movés, no sé qué hago.

Ella sintió que se le doblaban las piernas.

Entonces, en medio de ese silencio, sonó un teléfono.

No el de ella. No el de él.

El fijo. El de la pared de la cocina, que nadie usaba hace años.

Un timbre viejo, metálico, imposible.

Adrián se quedó duro.

-¿Quién llama a un teléfono fijo? -susurró Valeria.

Él no contestó. Se paró despacio. Caminó a oscuras hasta la cocina, y ella lo siguió, con el corazón golpeándole el pecho.

El teléfono seguía sonando. Rrring. Rrring. Rrring.

Adrián levantó el tubo. Se lo llevó a la oreja.

Silencio.

Después, una voz de mujer, apenas audible, que Valeria alcanzó a oír en el aire quieto.

-Feliz aniversario, mi amor.

Adrián soltó el tubo.

Cayó contra el piso, rebotó, quedó colgando del cable.

Fin del capítulo 5

Lanjutkan membaca buku ini secara gratis
Pindai kode untuk mengunduh Aplikasi

Bab terbaru

  • EMBARAZADA DE MI ESPOSO POSESIVO    CAPITULO 16 : la cena

    Valeria se miró en el espejo del baño de la fábrica.No vio nada distinto.La misma cara. Las mismas ojeras.El palito seguía sobre el lavatorio, con sus dos rayitas rosas. Burlándose.Lo envolvió en papel higiénico. Lo metió en el fondo del bolso.Después lo sacó. Lo envolvió en otro papel. Lo tiró al tacho de afuera, tapado con servilletas.-¡Vale! -Su papá, del otro lado de la puerta-. ¿Estás bien?-¡Sí, pa! Me cayó mal el desayuno.-¿Querés un té?-No. ¡Sí! Bueno. Un té.Se mojó la nuca. Respiró hondo.Una. Dos. Tres.Y entonces vio la ventana.La chiquita, de vidrio esmerilado. Cuando entró estaba cerrada. Ahora tenía una rendija.Corrió a mirar.Un patio. Cajones apilados. Un gato flaco. Nadie.Pero en el marco, pegada con cinta, había una hoja doblada en cuatro.Letra redonda. Prolija.*"Él no puede enterarse. Todavía."*Valeria la arrugó en el puño.Le temblaban los dedos.Quien escribió eso sabía. Y quería que ella callara.¿Por qué?---El celular vibró a las doce y media. N

  • EMBARAZADA DE MI ESPOSO POSESIVO    CAPITULO 15: la noche de la tormenta

    Adrián abrió la puerta con la mano hecha mierda, cerrada en puño.—Tenés cinco segundos.Qué calidez, hermanito —Sebastián tenía el ojo hinchado y sangre seca en la ceja—. Dejame pasar, que me caigo.—Camila afuera.—Camila fue la que me sacó de ahí.Ella levantó las manos. Uñas rojas. Olía a jazmín. A Valeria se le revolvió todo.—Cinco minutos. Y en el living.Se sentaron todos al borde, como si el sillón quemara. Mabel en el pasillo, con la manta, mirando el piso.—Hablá —le dijo Adrián.Hace una semana que me persiguen. Entraron a mi depto, se llevaron los papeles de papá. Y hoy me agarraron en el estacionamiento. Dos tipos. Me cagaron a palos y me dijeron...—¿Qué te dijeron?—Que deje de meter las narices. Que ya murió una por meterse.Nadie respiró.—Camila justo pasaba —siguió—. Los espantó.—¿Justo pasaba? —Valeria saltó—. Dale, ¿qué casualidad, no?—Hola, querida —Camila le sonrió, toda dulce—. Yo también me alegro de verte.—No me hables.—Pará, pará —se metió Sebastián.—¡

  • EMBARAZADA DE MI ESPOSO POSESIVO    CAPITULO 14: detrás del camisón

    Valeria no gritó.Levantó una mano, despacio, y señaló.-Adrián.Él estaba desatando la cinta de la boca de Mabel. Giró la cabeza. Siguió el dedo de ella hasta el camisón.Se movía. Apenas. Un temblor en el borde, como si respirara.-Quedate con Mabel -dijo él, sin voz.-No.-Valeria.-Vos tenés una mano rota.-Está bien.-Está hecha mierda.Se miraron un segundo. Después él agarró del tocador un cepillo de mango pesado, de plata, y caminó hacia la puerta.Un paso. Dos.El olor a jazmín le pegaba a Valeria en la garganta. Le daban náuseas. Se llevó la manga a la nariz.Adrián estiró la mano y, de un tirón, arrancó el camisón de la percha.Nadie.Solo la pared. El papel viejo, descolorido. Y una puerta chiquita, de alacena, que Valeria nunca había visto. Entornada.-¿Qué es eso?-Un vestidor. Lucía lo usaba para...Un ruido. Seco. Del otro lado.Después pasos. Rápidos. Descalzos, sobre madera. Alejándose.-¡Eh! -Adrián abrió la puerta de un golpe y se metió-. ¡Pará!Valeria corrió detr

  • EMBARAZADA DE MI ESPOSO POSESIVO    CAPITULO 13: la casa vacía

    Adrián agarró la autopista a ciento setenta.Valeria iba agarrada del tablero con las dos manos. El auto vibraba entero. La lluvia pegaba de costado, no se veía un carajo.-¡Dale, Mabel, atendé! ¡Atendé, carajo!Llamaba. Cortaba. Volvía a llamar.-Bajá un poco...-No.-Nos vamos a matar, Adrián.-Si le pasa algo me da lo mismo.Lo dijo bajito. Casi sin voz. Y eso le dio más miedo que la velocidad.El ascensor subió lentísimo.Cuando se abrió, el departamento estaba a oscuras. Apagado por completo. Ni la luz de la cocina, ni la tele bajita que Mabel dejaba siempre prendida.-¿Mabel?Nada.Adrián entró primero.-Quedate atrás.-Ni en pedo.-Valeria...-Ni en pedo.Prendió la luz del living. Todo en su lugar. Los almohadones acomodados. Nada roto.Pero había un olor. A jazmín. Muy fuerte. Dulzón hasta dar asco, como si hubieran dado vuelta un perfume entero en el piso.-Mabel -gritó él.Fueron a la cocina. La pava arriba de la hornalla, fría. Un repasador doblado. Una taza en la pileta c

  • EMBARAZADA DE MI ESPOSO POSESIVO    CAPITULO 12: lo que firmó el viejo

    El auto olía a cuero y a silencio.Adrián manejaba. Valeria miraba por la ventanilla con la lata de galletitas escondida en el bolso, apretada contra la cadera. Le pesaba. Le quemaba.Nadie hablaba. La radio estaba apagada. Se oía el limpiaparabrisas, ras, ras, ras.-Tengo que decirte algo -dijo ella.-Ahora no.-Adrián...-Ahora no, Valeria. Si me lo decís ahora, no llego a la fábrica sin chocar. -Tenía los nudillos blancos del volante.Cerró la boca.Él tenía el labio hinchado, un corte fino y negro. La mano vendada con una gasa que le había puesto Mabel. Valeria se miró las suyas, vacías, y sintió una vergüenza que le subió desde el estómago hasta la garganta.La fábrica estaba en silencio.No había máquinas andando. No había muchachos en el patio. Un cartel torcido en la puerta, escrito a mano: Cerrado por reunión.-¿Cerró? -dijo Valeria.-Lo pidió tu papá.-¿Para qué?-Eso quiero saber.Entraron. Olor a aceite frío, a metal mojado. Los pasos retumbaban en el galpón vacío. Valeria

  • EMBARAZADA DE MI ESPOSO POSESIVO    CAPITULO 11: la caja de lucia

    Valeria golpeó la puerta de él tres veces.Nada.-Adrián. Abrime.Silencio. Del otro lado, nada. Ni pasos ni respiración.-Te voy a contar todo. Te lo juro.-Andate a dormir.La voz sonó apagada, como de alguien que habla pegado a la madera.-Es importante.-Ya me enteré de lo importante que sos vos.Eso le dolió más que un grito. Apoyó la frente en la puerta. Madera fría. Olía a cera y a la lluvia que se había metido por el pasillo.-Perdoname.No contestó.Se quedó ahí un rato largo. Después se fue a su cuarto, sin pasar la llave. Ya no servía de nada.No durmió. Otra vez.A las seis y cuarto oyó a Mabel en la cocina. El ruido de la pava. Una taza. Salió descalza y se paró en la puerta.-Buen día.-Buen día, nena.-Mabel. Necesito preguntarte una cosa.-Dejame que prepare el...-¿Quién es Lucía?La taza se frenó a medio camino.-Ya te lo dijo Adrián. Era su señora.-No. Quién era de verdad.-Valeria.-Vi una foto. Con su nombre atrás. Y una fecha, el 14 de marzo de 1998.Mabel apoyó

Bab Lainnya
Jelajahi dan baca novel bagus secara gratis
Akses gratis ke berbagai novel bagus di aplikasi GoodNovel. Unduh buku yang kamu suka dan baca di mana saja & kapan saja.
Baca buku gratis di Aplikasi
Pindai kode untuk membaca di Aplikasi
DMCA.com Protection Status