Masuk📍 Barcelona, España.
El aire frío de la madrugada en Barcelona golpea de lleno al cruzar las puertas automáticas del hospital. El olor a desinfectante se desvanece en un segundo y, aunque sé que debería estar muerta de cansancio, la verdad es que respiro aliviada. A las cuatro de la mañana la ciudad se siente distinta. Las avenidas están medio vacías, los semáforos parpadean en un naranja perezoso y el asfalto refleja las luces de los carteles de neón que siguen encendidos. Me suelto el cabello, deshaciendo el moño desarreglado que he llevado durante dieciocho horas. Siento las piernas pesadas y los hombros contracturados, pero mi cabeza sigue girando a mil revoluciones. En la facultad te enseñan de todo, menos a apagar el cerebro después de una guardia dura. Cuando estás tantas horas al límite, no puedes simplemente llegar a casa, meterte en la cama y pretender dormirte como si nada. Necesito un rato de desconexión, algo que me recuerde que hay vida más allá de las paredes del hospital. Saco el teléfono del bolsillo de la chaqueta. Tengo la pantalla llena de notificaciones del grupo: Comité de Emergencias 🚑 Aitor: @Valeria Si no llegas en veinte minutos, nos pedimos tu ronda. 🙂🍺 Paula: Dejadla respirar, que viene de salvar vidas mientras vosotros lleváis dos horas discutiendo por un Gin Tonic. 🙄 Víctor: Conceição, apúrate. David ya está intentando convencer al DJ de que nos ponga música de los ochenta. 🤦🏾♂️ David: ¡Es retro-dance, Víctor! Tú no entiendes de cultura. 🕺🏻 Valeria: Voy saliendo de urgencias. 🫠 Voy en camino, joder. Sonrío mientras me subo al taxi. Si mantengo la cordura es en gran parte gracias a ellos. El taxi me deja en una calle bastante tranquila cerca de Sarrià. El sitio no es el típico club enorme lleno de gente ni la discoteca de moda donde tienes que hacer cola durante una hora para hacerte el importante. Es un local pequeño, con luz suave, sofás de terciopelo un poco gastados y una barra de madera oscura donde uno se siente a gusto. De esos sitios a los que vas a tomarte algo tranquilo sin que nadie moleste. Al apartar la cortina pesada de la entrada, la música me envuelve de golpe. Tampoco tengo que buscar mucho para encontrarlos: están al fondo, en una mesa alta, muertos de risa por algo que David está contando con exageración. —Miren a quién tenemos aquí —dice Aitor levantando su copa en cuanto me ve. —Llegas tarde, Conceição —suelta Víctor, moviéndose un poco en el taburete para dejarme sitio. —Estaba terminando de estabilizar a un paciente a las tres y media, Víctor. Creo que te podrías haber aguantado diez minutos —le respondo sin perder el ritmo, dejando la chaqueta en el respaldo. Paula se ríe y me pasa el brazo por los hombros para darme un abrazo rápido. —No le hagas caso. Lleva un rato quejándose porque dice que el examen de mañana es una masacre. Estás guapísima, por cierto. Cualquiera diría que llevas un día entero despierta. —Es un don natural —bromeo sentándome al fin—. Eso y no dejar que la gente colapse en mi turno. —Qué rabia me das cuando te pones así —refunfuña Víctor, aunque se le escapa la sonrisa—. En serio, Valeria, ¿de dónde sacas tantas energías? Yo me paso dos o tres horas en la computadora para hacer un informe y siento que me muero. —Es el café de la máquina de urgencias —interviene David con drama—. Es cafeína pura y para rematar lo toman sin azúcar. Yo me tomé uno cuando fui a buscarla el mes pasado y estuve dos días sin poder cerrar los ojos. Nos reímos todos. Estar con ellos es lo mejor. Me tomo mi trago despacio, sintiendo cómo poco a poco la rigidez que traía en la espalda empieza a soltarse. Ya son las cuatro y media. Aitor y Paula se van a la zona de baile porque suena la canción que le gusta a ella, mientras David y Víctor entran en un debate absurdo sobre cuál es el mejor bar del barrio. Aprovecho la pausa para ponerme de pie. —Voy a la barra a pedir un vaso de agua. —Tráeme otro Gin Tonic, Valeria, te lo pago luego —me pide Víctor sin apartar los ojos de David. —Vale. Voy abriéndome paso entre la gente que hay dispersa por la sala. El ambiente en la barra es bastante tranquilo a estas horas. El barman está al fondo preparando varias rondas para un reservado, así que me apoyo en la madera sin prisa, esperando mi turno mientras echo un vistazo alrededor. Un poco más allá, en una zona algo más resguardada por unas plantas altas, hay un grupo de chicos hablando tranquilos. Se nota que quieren pasar desapercibidos. Uno de ellos destaca bastante, no porque vaya llamando la atención, sino por la postura recta y la soltura con la que se mueve. Cuando se gira hacia la barra para pedirle algo al camarero, la luz le pega en la cara. Lleva una gorra negra y una chaqueta sencilla, pero le reconozco al instante. En la ciudad es imposible no saber quién es Marc Capellà; su cara sale en todas partes, desde las redes sociales hasta las pantallas de la sala de espera del hospital cuando ponen las noticias deportivas del Athletic Condal. Y justo en ese momento, casi como si hubiera sentido que estaba siendo observado, levanta la vista. Nuestras miradas se cruzan. Veo cómo de manera casi instintiva pone los hombros un poco rígidos. Es un gesto rápido, pero en la medicina te acostumbras a leer el cuerpo de la gente en medio segundo. Sé perfectamente lo que está esperando: la típica reacción exagerada, el grito de fangirl, o que saque el celular para pedirle una foto. Lo que le debe pasar mil veces al día. Pero no hago nada de eso. Le mantengo la mirada un par de segundos sin cambiar la cara. Ninguna sorpresa, ningún gesto raro. Le hago un gesto mínimo con la cabeza, de pura cortesía, como si fuera cualquiera con el que te cruzas por la calle, y vuelvo a mirar al barman. Nada más. Noto de reojo cómo frunce el ceño debajo de la gorra, claramente desconcertado por la indiferencia. El camarero se acerca por fin a mi lado. —Dígame, señorita. —Un vaso de agua con hielo, por favor, y un Gin Tonic para el chico de la mesa de allá —le digo señalando a Víctor. —Anotado. Mientras el barman prepara mi orden, me quedo apoyada de lado en la barra. De pronto siento que alguien se para a mi lado. Me llega un olor bastante bueno a perfume caro y masculino. No hace falta ser muy lista para saber quién es, pero me giro despacio, sin darle demasiada importancia. Marc apoya la mano en la barra, a medio metro de mí. De cerca, el impacto es distinto. Se le nota la cara de cansancio, pero sus ojos recorren mi rostro con una atención que de pronto se vuelve demasiado física. Se detiene un segundo en mis labios, baja por la línea del cuello que deja al descubierto el top y vuelve a mis ojos. —Pensaba que a estas horas la gente pedía fotos —dice rompiendo el hielo. Habla tranquilo, pero la mirada se le siente intensa, clavada en la forma en la que mi cabello me cae desordenado sobre los hombros y en cómo la chaqueta de cuero marca la silueta. Le miro un segundo de arriba abajo, despacio, dejando que él también note que sé exactamente lo que está haciendo. —Depende a quién le preguntes —le respondo sin alterarme, dibujando una sonrisa de lado, corta y provocadora—. Para algunos serás una estrella. Para mí eres el que me está tapando el servilletero. Marc se me queda mirando un segundo, parpadeando como si intentara digerir la respuesta mientras su mirada se le escapa sin disimulo hacia mis clavículas y el contraste de mi piel con la ropa negra. De pronto se le escapa una sonrisa genuina, cargada de una mezcla de sorpresa y pura atracción. —Culpa mía —dice dando un paso atrás para dejarme espacio, aunque sin alejarse del todo, pasándome el servilletero—. No quería estorbar, señorita. —Gracias —le digo agarrando una, manteniendo el contacto visual. —¿No te gusta mucho el fútbol, verdad? —pregunta apoyándose de espaldas en la barra con los brazos cruzados. La postura hace que se acerque sutilmente a mi espacio personal, observándome con abierta intriga. Hay algo en la soltura con la que me muevo que parece tentarlo más de la cuenta. —Sé lo que es un fuera de juego y sé en qué equipo juegas —digo tomando el vaso de agua que me acaba de poner el camarero—. Pero no voy pidiendo fotos por ahí a las cuatro de la mañana. Y menos después de tirarme dieciocho horas metida en un hospital. Abre un poco los ojos, sorprendido, y su mirada vuelve a hacer un recorrido rápido por mi cara, como si buscara las marcas del cansancio y solo encontrara una belleza limpia y sin filtros que lo descoloca. —¿Trabajas en un hospital? —Estudiante de medicina. Mismo cansancio, cero sueldo —le aclaro con un tono seco pero divertido antes de darle un sorbo al agua—. Así que si esperabas que me diera algo por verte, no es el día. Hoy ya he tenido bastante tensión como para estresarme por cualquier situación. Marc se suelta a reír, negando con la cabeza. Hay un brillo distinto en su mirada, una tensión sexual limpia y directa que empieza a flotar entre los dos. Se le nota fascinado con la mezcla entre lo atractiva que le resulto y la frialdad con la que le sostengo el pulso. —Tiene sentido —reconoce, dando un paso casi imperceptible hacia mi lado, bajando la voz solo para que lo escuche yo—. A veces se agradece que no te traten como a un "Dios" —comenta haciendo las comillas con sus dedos al decir la última palabra—. Me llamo Marc, por cierto. —Ya sé cómo te llamas, Capellà —le digo soltando una sonrisa irónica mientras le tiendo la mano—. Valeria. Me estrecha la mano con firmeza. El contacto físico es cálido, prolongado un segundo más de lo necesario. Siento cómo sus dedos aprietan suavemente los míos y cómo su mirada baja a mis labios antes de volver a chocar con la mía. Hay una corriente sutil pero clarísima que nos pasa por encima a los dos. —Un placer, Valeria. Aunque estás muy estable para llevar dieciocho horas despierta. —Cuando no duermes se te quitan las ganas de andar con rodeos, ahorra bastante tiempo. Se vuelve a reír, mirándome de arriba abajo con una mezcla de deseo y desafío que ya no intenta ocultar. —¿Y siempre hablas así de claro o es solo tu forma de marcar territorio con la gente? —Soy así siempre —le digo tomando la copa de Víctor con la otra mano, dándole un vistazo que lo recorre sin vergüenza—. Hago mi vida, voy a mi ritmo y me gusta gestionar mi tiempo como me da la gana. Sin complicaciones. Marc me observa en silencio un par de segundos, tragando saliva despacio mientras sus ojos repasan cada rasgo de mi cara, como si se estuviera grabando en su memoria mi rostro antes de que me vaya. —Entiendo —dice en voz baja, con esa sonrisa provocadora—. Las cosas claras desde el principio. Me parece bien. —Es la mejor forma de que nadie pierda el tiempo, Marc —le respondo dándome la vuelta despacio, rozando apenas su brazo con el mío al pasar—. Que tengas una buena noche. Camino hacia la mesa sin girarme. Sé perfectamente que no solo me está mirando alejarme, sino que tiene los ojos clavados en cómo me muevo, manteniendo el paso tranquilo hasta llegar adónde están mis amigos. —Tardaste un siglo, Conceição —se queja Víctor quitándome la copa de la mano—. ¿Le estabas midiendo la tensión al barman o qué? —Casi —respondo echándome hacia atrás en el sofá y dándole otro trago al agua. A lo lejos veo a Marc volver con sus amigos. Antes de sentarse, echa un vistazo rápido hacia mi mesa. Nos volvemos a cruzar la mirada a la distancia y esta vez es él quien sonríe antes de volver hacia su grupo. Me paso la mano por el cabello y sonrío para mis adentros. La noche en Barcelona siempre da sorpresas, pero si algo tengo claro es que mi vida la dirijo yo. Y de ahí no me saca nadie.📍 Barcelona, España.A las ocho y veinticinco paro el coche en el punto exacto de la calle donde quedamos. El motor de mi viejo Seat León —comprado de segunda mano hace un par de años — se queda al mínimo mientras el aire fresco de marzo cuela por la rendija de la ventana.No pasan ni diez segundos cuando la puerta de la urbanización discreta se abre y Marc sale a la acera. Lleva las manos en los bolsillos de su chaqueta sobre una camiseta blanca básica. Al ver mi vehículo, se frena un segundo, arquea una ceja con una sonrisa de lado que no puede disimular y camina hacia la puerta del copiloto con paso tranquilo, seguro de sí mismo.Abre la puerta y el interior se llena con ese perfume que ya es su marca personal, mezclado con el frío de la noche.—No me creía que de verdad ibas a venir a buscarme —dice acomodando las piernas en el espacio del copiloto, que le queda tirando a corto para su estatura—. Buenas noches, Conceição.—Te dije que el transporte lo manejaba yo —respondo metien
📍 Barcelona, España.El tono de llamada sonaba tres veces la pantalla mostraba la videollamada entrante. Me acomodo en el sofá, con las piernas cruzadas y la laptop encendida enfrente mostrando un esquema de neuroanatomía que ya empieza a borrarse ante mis ojos cansados.— ¡Boas noites, miña nena! —la voz de mi madre retumba por el altavoz —. Te veo una cara de agotada que da pena, Valeria. ¿Has comido algo decente hoy o sigues alimentándote a base de café y pan?—Hola, mamá. He comido bien, lo prometo —sonrío de lado, dejando el bolígrafo sobre la mesa—. Solo ha sido un turno pesado en el hospital. Mucho movimiento en urgencias.Al fondo de la pantalla aparece mi padre, sosteniendo una taza de té y comiendo su típico pastel de nata cómo todo portugués que se respeta pese a llevar más de veinte años viviendo en Galicia, lo que le ha dejado un acento único, una mezcla fluida entre el portugués y el gallego que a mí me sale de forma natural cuando hablo con ellos.—Não te esforces tant
📍 Barcelona, España.Valeria.El lunes por la mañana el hospital huele al café amargo de la máquina de la tercera planta y a desinfectante concentrado. Estoy apoyada contra el mostrador del control de enfermería, revisando el historial de un paciente con una arritmia respiratoria, cuando el sonido de una notificación dentro de mi bolsillo hace que me despiste del informe por tercera vez en diez minutos.Saco el teléfono esperando ver algún mensaje de la facultad, pero la pantalla me devuelve un nombre que lleva rondándome la cabeza todo el fin de semana.Marc Capellà: Buenos días, doc. Espero que estés sobreviviendo en tu día 😉. Por aquí la comisura de mis labios todavía pide una explicación de tu análisis clínico del viernes. ☕Suelto una risa corta y me paso la mano por el cabello, asegurándome de que ninguna enfermera me esté mirando. Ese chico tiene una audacia desesperante. Desde la cena del viernes, donde me dejó claro que no se intimida ante nada, he tenido que hacer un esfue
📍 Barcelona, España.El sonido de unos tacones sobre el suelo retumba en el ambiente íntimo del restaurante. Es un sitio discreto en la zona alta de Barcelona, de iluminación tenue, mesas amplias y separadas por lote, y un ambiente donde la privacidad está garantizada.Marc, que lleva cinco minutos sentado en la mesa del fondo vistiendo esa camisa negra ligeramente desabotonada en el cuello, levanta la mirada en cuanto la ve llegar.Y por un segundo, el aire se le atraganta en los pulmones.Valeria camina hacia la mesa con esa elegancia natural que la caracteriza, sin necesidad de exagerar nada. Lleva un vestido ajustado de color verde esmeralda que resalta la curva de sus caderas y la línea de sus hombros, combinado con una blazer blanca colgada en el brazo y el cabello definido en ondas suaves. Huele a una mezcla fresca y adictiva que invade el espacio personal del centrocampista antes de que ella pronuncie una sola palabra.Marc se pone de pie de inmediato. Mide más de metro ochen
📍 Barcelona, España.MarcEl impacto del balón contra las redes del campo de entrenamiento retumba en el aire de la tarde. El sol de Barcelona pega con ganas sobre el césped recién regado, pero mi cabeza está a kilómetros de aquí.—¡Capellà! ¡Concéntrate, hombre, que esa pelota era tuya! —me grita Martín Schulz desde la banda, cruzado de brazos y con esa mirada seria que no deja pasar ni un solo despiste en la presión alta.—¡Culpa mía, míster! —respondo levantando la mano en señal de disculpa mientras recupero el aliento con los brazos sobre las rodillas.Me paso la manga de la camiseta por la frente para secarme el sudor.Esto es ridículo.He jugado partidos de máxima exigencia, he tirado penaltis decisivos con estadios repletos gritándome en contra y jamás me he distraído en una sesión de entrenamiento por una razón tan absurda como una chica.El problema es que Valeria no es una chica cualquiera.Desde ayer por la tarde, cuando se reía de mí en la terraza de esa cafetería mientra
📍 Barcelona, España.El teléfono suena sobre la mesita de noche como si fuera mi alarma. Abro un ojo despacio, sintiendo las pestañas pesadas y la luz del mediodía colándose por las rendijas de la persiana. Mi cuerpo parece hecho de plomo. Tras dieciocho horas de guardia y un trasnocho en el bar con el grupo, haber dormido apenas cuatro horas no es exactamente la definición de un descanso reparador, pero el deber llama.Estiro el brazo a ciegas hasta tocar y agarrar mi celular.Comité de Emergencias 🚑.Víctor: Conceição, si sigues viva, recuerda que hoy tenemos la clase de anatomía patológica a la una 💀.Paula: Déjala, Vic, que todos salimos al amanecer y la cabeza me duele a mil demonios. Por cierto, ¿quién era el chico de la gorra con el que te quedaste hablando en la barra? 👀Aitor: Es verdad 🤔 iba vestido normal pero tenía cara de haber pagado la zona VIP él solo.David: Yo solo digo que Val tiene un imán para la gente con cara de no haber usado el transporte público en su vi