FAZER LOGINIII. EL PROYECTO CÉBERO: LOS SETENTA Y OCHO DÍAS
Ocurrió cuando Damien tenía once años. La guerra territorial contra los cárteles del este y las organizaciones fantasma que operaban bajo la fachada de corporaciones farmacéuticas había alcanzado su punto más sangriento. Los Petrov se creían intocables en su fortaleza de Moscú. Se equivocaban. El convoy blindado en el que viajaba Damien tras una reunión en el distrito financiero fue emboscado. No fue un ataque de la mafia tradicional. No hubo demandas de rescate. No hubo tiroteos desordenados con fusiles Kalashnikov. Fue un operativo militar de precisión quirúrgica: granadas de gas neurotóxico experimental, PEM que inutilizó los sistemas electrónicos del Mercedes blindado y sombras vestidas con trajes de contención biológica táctica. Damien vio morir a sus guardaespaldas antes de poder desenfundar su arma; la espuma rosada salía por sus narices mientras se asfixiaban en cuestión de segundos. Damien intentó luchar, disparó dos veces a través del cristal roto, pero un dardo tranquilizante de grado veterinario se clavó en su cuello. El mundo se apagó en un remolino de sabor a estaño y oscuridad absoluta. Cuando despertó, no había nieve. No había moscovitas ni el olor a tabaco de su padre. Había luz blanca. Demasiada luz. Un zumbido constante de transformadores de alto voltaje que taladraba los tímpanos. Estaba suspendido verticalmente en un cilindro de policarbonato reforzado, atado por muñecas, tobillos, cintura y cuello mediante arneses de acero recubiertos de goma sintética. Su cuerpo infantil estaba conectado a docenas de catéteres y electrodos que perforaban su piel en los puntos de presión del sistema nervioso autónomo. A través del panel translúcido, tres figuras con batas blancas y respiradores herméticos tomaban notas en tabletas digitales. —Candidato 0-9. Linaje: Alfa dominante puro, estirpe Petrov —leyó una voz femenina, distorsionada por el diafragma del comunicador—. Tolerancia basal al trauma físico: 89%. Sistema límbico hipertrofiado por acondicionamiento de violencia temprana. Es el espécimen ideal para el Proyecto Cébero, Fase B. —¿Y el Sujeto 1? —preguntó un segundo técnico, con voz más joven y nerviosa—. Los informes de la instalación principal dicen que la regeneración celular está alcanzando niveles de absorción crítica. El Dr. Thorne solicita más recursos genéticos para estabilizar los telómeros del espécimen principal. —El Sujeto 1 es la joya de la corona, idiota —espetó la mujer—. El Sujeto 1 regenera la carne, es el recipiente infinito. Pero un ejército que no muere sigue siendo inútil si la mente colapsa bajo el dolor. El Proyecto Cébero busca lo opuesto: la erradicación del umbral de dolor neurológico y la hiperestimulación de la respuesta adrenérgica en alfas de combate. No necesitamos que 0-9 regenere como el Sujeto 1; necesitamos que 0-9 pueda pelear con el corazón destrozado sin registrar que está muriendo hasta que la misión concluya. Inicien la infusión del inhibidor de endorfinas y el suero alfa-neuroléptico. Damien intentó gruñir, pero una mordaza de silicón médico forzaba su mandíbula a permanecer abierta, con un tubo bajando directamente hacia su esófago para evitar que se tragara la lengua durante las convulsiones. El líquido entró. A diferencia del suero de Liam —que quemaba como ácido y reconstruía la carne a nivel microscópico—, el compuesto que inundó las venas de Damien atacó directamente su cerebro. Fue como si hubieran conectado una batería de alta tensión a la base de su cráneo. Sus pupilas se dilataron hasta borrar el iris ámbar por completo. El dolor no era un corte. No era un hueso roto. Era la sensación de que cada sinapsis de su corteza cerebral estaba siendo frita con aceite hirviendo, mientras una furia química artificial inundaba sus glándulas suprarrenales. El instinto alfa, esa fiera territorial que descansaba en la genética de su casta, fue azotado, enjaulado y deformado químicamente. Querían convertirlo en un perro de ataque sintético. Querían borrar la voluntad del heredero Petrov para dejar solo un arma que respondiera a frecuencias sónicas y comandos verbales de pulso electromagnético. Durante setenta y ocho días, Damien no supo qué era el día o la noche. Sometieron su sistema nervioso a pruebas de privación sensorial extrema, seguidas de descargas eléctricas administradas directamente en los centros de recompensa del cerebro cada vez que mostraba un rastro de emoción humana: empatía, llanto, incluso el miedo más elemental. Si intentaba resistir la droga, le privaban del oxígeno hasta el borde de la muerte encefálica, reanimándolo con inyecciones intracardíacas de epinefrina pura. En el día cuarenta y dos, mientras yacía empapado en su propio sudor sobre una camilla metálica con los brazos inmovilizados por grilletes magnéticos, Damien escuchó por primera vez hablar del Sujeto 1 en detalle. Dos médicos fumaban en la antesala, con la puerta entreabierta. —El mocoso Vancourt sobrevivió a la prueba balística de ayer —decía uno de ellos, con una mezcla de fascinación mórbida y terror—. Tres disparos en el abdomen a quemarropa. Tardó menos de cuarenta minutos en expulsar los proyectiles y reconstruir la pared muscular. Thorne está como loco. Dice que el chico es un dios biológico. —Ese dios biológico se pasa las noches mirando al techo sonriendo como un puto demente —respondió el otro con un escalofrío—. Thorne cree que lo tiene domesticado. Yo creo que ese crío va a devorarnos a todos si un día se suelta de esas correas. Tiene los ojos de los que ya no pertenecen al mundo de los vivos. *Vancourt.* El apellido quedó marcado a fuego en la memoria alterada de Damien. La dinastía italiana del sur, los rivales ancestrales de los Petrov en el comercio marítimo. ¿Su hijo menor estaba allí abajo? ¿Sufriendo una pesadilla paralela a la suya? En su delirio provocado por las drogas y las descargas eléctricas, Damien fijó su mente en dos cosas para no perder la cordura por completo: el cuello de su padre, a quien juró superar para nunca más volver a ser vulnerable, y la existencia de ese "Sujeto 1", el único ser sobre la tierra que compartía el sabor de aquella inmundicia. A los setenta y ocho días, la pesadilla terminó en un baño de fuego y metralla. Nikolai Petrov no había permanecido de brazos cruzados. Había movilizado a trescientos mercenarios, quemado favores en el Kremlin y rastreado la cadena de suministros de los químicos experimentales hasta dar con aquella instalación satélite en las montañas de los Urales. La extracción fue brutal. Los hombres de Nikolai no tomaron prisioneros; ejecutaron a cada científico, a cada enfermero, a cada guardia con un tiro en la nuca y dinamitaron los cimientos del complejo para no dejar rastro alguno ante la opinión pública o las agencias de inteligencia rivales. Cuando Nikolai entró en la sala de experimentación, rodeado de humo y olor a pólvora quemada, encontró a su hijo atado al cilindro, cubierto de tubos y con la mirada perdida en el vacío. El patriarca no lo abrazó. No hubo palabras de alivio paternal. Nikolai desenfundó su revólver, disparó a los controles magnéticos que sostenían las cadenas de Damien y dejó que el cuerpo debilitado del niño de once años cayera de rodillas sobre los vidrios rotos del suelo. Damien no emitió un solo gemido cuando los cristales se clavaron en sus rótulas. Sus ojos ámbar, inyectados en sangre y dilatados por los residuos químicos del Proyecto Cébero, se levantaron lentamente hacia su padre. Nikolai arrojó un cuchillo táctico a los pies de Damien. Luego señaló al último técnico que yacía herido contra la pared, suplicando piedad con las manos temblorosas. —Si quieres volver a llevar mi apellido —dijo Nikolai con voz de tumba—, demuéstrame que no te convirtieron en una rata de laboratorio. Mátalo. Con tus propias manos. Ahora. Damien tomó el cuchillo. Los residuos del suero de hiperactividad adrenérgica rugieron en sus arterias. Se levantó con pasos mecánicos, ignorando el dolor de sus rodillas perforadas por el vidrio. Se acercó al hombre que durante semanas había controlado el dial de las descargas eléctricas en su cabeza. El técnico lo miró a los ojos y retrocedió, aterrado. —P-por favor... solo seguía órdenes del Dr. Thorne... el proyecto era para la evolución... Damien no parpadeó. No sintió culpa. No sintió satisfacción. Solo sintió una necesidad gélida de silenciar el ruido. Le cortó la carótida de un solo tajo limpio y profundo, exactamente como su padre le había enseñado a matar a los cerdos en la dacha familiar cuando tenía seis años. Vio la sangre manchar sus manos y supo, con una certeza grabada en sus huesos, que la infancia había muerto definitivamente en ese sótano. Había sobrevivido. Pero el veneno del laboratorio nunca abandonó su organismo por completo. El experimento en Damien no generó regeneración física; alteró para siempre sus neurotransmisores. Damien no podía sentir el calor del bienestar cotidiano. La comida le sabía a cartón, la música era solo una colección de decibelios irritantes y la compañía humana le producía una náusea profunda. Vivía en un estado de alerta táctica perpetua, una vigilia fría donde solo la violencia calculada y la adrenalina pura lograban hacerle sentir que su corazón seguía latiendo.I. LA JAULA DE ORO DE LOS VANCOURTEl desayuno en la mansión Vancourt no era un acto familiar; era un despliegue de soberanía territorial.El comedor principal, con sus techos abovedados de roble oscuro tallado en el siglo XVIII y sus cortinajes de terciopelo borgoña, olía permanentemente a cera virgen, pólvora limpia y café importado de granos arábicos tostados al carbón. Alrededor de la mesa imperial de nogal macizo, los seis hijos de Vittorio Vancourt ocupaban sus posiciones con una jerarquía que combinaba la etiqueta cortesana europea con la brutalidad pragmática del crimen organizado.Liam estaba sentado en el extremo opuesto a su hermano mayor, Lucian.Sobre el mantel de lino belga, la porcelana de Meissen relucía impecable. Liam sostenía la taza con la mano izquierda, mientras con la derecha untaba mantequilla de Normandía sobre una tostada caliente con una parsimonia estudiada al milímetro. Llevaba puesto el uniforme de gala de la Universidad de Saint Jude: camisa de seda blan
Liam lo miró, buscando la mentira en las facciones talladas en piedra del alfa.—¿Entonces cómo lo sabes? —exigió Liam, con el pecho subiendo y bajando en espasmos violentos—. Nadie sabe ese nombre. Mis hermanos solo saben que fui secuestrado por una red de trata infantil. Mi padre quemó los registros médicos. ¡Nadie vivo sabe lo que hicieron con mi cuerpo!Damien soltó las muñecas de Liam con lentitud. Dio un paso atrás, no por debilidad, sino para demostrar que tenía el control total de la situación.Con calma deliberada, Damien llevó las manos a los botones de su camisa negra de seda. Desabrochó los primeros tres, luego los siguientes, hasta abrir la prenda por completo.Liam retrocedió un paso, apoyando la espalda contra las estanterías de acero, con la mirada desconfiada fija en el torso del alfa. Pero cuando la tela cayó a los costados, las palabras se le atascaron en la garganta.Allí, justo debajo de la clavícula izquierda de Damien, sobre el pectoral endurecido, había una mar
V. LA EMBOSCADA EN LOS ARCHIVOSLa sección de archivos históricos de Saint Jude era un dédalo de estanterías móviles de acero y pasillos mal iluminados donde nadie entraba a menos que estuviera preparando una tesis doctoral en derecho canónico. El aire aquí abajo era denso, impregnado del aroma a pergamino viejo, polvo y humedad controlada.Damien caminaba sin hacer el menor ruido. Sus suelas de cuero amortiguaban cada paso, moviéndose con la soltura de quien ha sido entrenado para cazar en la taiga sin quecrujan las hojas secas.Sabía que Liam estaba aquí. El rastro olfativo del omega, esa combinación adictiva de vainilla amarga y ozono eléctrico, era un faro en la oscuridad para sus sentidos alterados por el experimento Cébero. A Damien le habían quitado la capacidad de sentir placer común, pero a cambio, la química de aquel laboratorio clandestino había agudizado su percepción biológica hasta límites sobrehumanos.Al doblar la esquina de la fila 14, un destello metálico cortó el ai
IV. EL PRESENTE: LA BIBLIOTECA DE CRISTALLa luz del mediodía se filtraba a través de los altos ventanales de la biblioteca central de Saint Jude, iluminando las estanterías de roble centenario que guardaban incunables y tratados jurídicos del siglo XVII. Era el santuario del silencio en el campus, el lugar donde los herederos de las dinastías más ricas del continente fingían ser eruditos mientras sus escoltas vigilaban desde las esquinas del claustro.Damien estaba sentado en una mesa del segundo piso, con un tomo de Derecho Internacional Privado abierto frente a él. No leía una sola línea. Sus ojos ámbar estaban clavados en la planta baja, donde Liam Vancourt conversaba con un grupo de omegas y betas de la alta sociedad.Liam llevaba hoy un jersey de cuello alto en tono crema y un abrigo gris marengo que le daba un aire de absoluta vulnerabilidad y pureza. Su cabello rubio ceniza caía en ondas suaves sobre su frente, y reía con una espontaneidad tan calculada que resultaba casi hipn
III. EL PROYECTO CÉBERO: LOS SETENTA Y OCHO DÍAS Ocurrió cuando Damien tenía once años. La guerra territorial contra los cárteles del este y las organizaciones fantasma que operaban bajo la fachada de corporaciones farmacéuticas había alcanzado su punto más sangriento. Los Petrov se creían intocables en su fortaleza de Moscú. Se equivocaban. El convoy blindado en el que viajaba Damien tras una reunión en el distrito financiero fue emboscado. No fue un ataque de la mafia tradicional. No hubo demandas de rescate. No hubo tiroteos desordenados con fusiles Kalashnikov. Fue un operativo militar de precisión quirúrgica: granadas de gas neurotóxico experimental, PEM que inutilizó los sistemas electrónicos del Mercedes blindado y sombras vestidas con trajes de contención biológica táctica. Damien vio morir a sus guardaespaldas antes de poder desenfundar su arma; la espuma rosada salía por sus narices mientras se asfixiaban en cuestión de segundos. Damien intentó luchar, disparó dos veces
II. LA CUNA DE HIERRO (OCHO AÑOS ATRÁS) A los diez años, un niño normal de la aristocracia europea aprendía equitación, tenis o esgrima en internados suizos. Damien Petrov aprendía a desmontar una Makarov de 9 mm con los ojos vendados en una bodega congelada en los muelles de Vladivostok, mientras la temperatura ambiente caía a doce grados bajo cero. —Tres segundos tarde —sentenció Nikolai Petrov aquella noche de enero. Nikolai era una sombra monumental envuelta en un abrigo de piel de visón negro. Su mirada era del mismo ámbar que la de Damien, pero despojada de cualquier vestigio de juventud; era la mirada de un zar de la Bratva que había enterrado a tres hermanos y a dos esposas sin derramar una sola lágrima en el cementerio de Smolensk. Damien, un niño menudo para su casta pero con la mandíbula apretada hasta el crujido, no bajó la vista. Las piezas de la pistola yacían sobre el metal oxidado del barril. Sus dedos infantiles estaban azules por la escarcha, casi entumecidos, in







