FAZER LOGINLiam lo miró, buscando la mentira en las facciones talladas en piedra del alfa.
—¿Entonces cómo lo sabes? —exigió Liam, con el pecho subiendo y bajando en espasmos violentos—. Nadie sabe ese nombre. Mis hermanos solo saben que fui secuestrado por una red de trata infantil. Mi padre quemó los registros médicos. ¡Nadie vivo sabe lo que hicieron con mi cuerpo! Damien soltó las muñecas de Liam con lentitud. Dio un paso atrás, no por debilidad, sino para demostrar que tenía el control total de la situación. Con calma deliberada, Damien llevó las manos a los botones de su camisa negra de seda. Desabrochó los primeros tres, luego los siguientes, hasta abrir la prenda por completo. Liam retrocedió un paso, apoyando la espalda contra las estanterías de acero, con la mirada desconfiada fija en el torso del alfa. Pero cuando la tela cayó a los costados, las palabras se le atascaron en la garganta. Allí, justo debajo de la clavícula izquierda de Damien, sobre el pectoral endurecido, había una marca indeleble. No era un tatuaje mafioso. Era una cicatriz queloide profunda, aplicada con un hierro candente de precisión quirúrgica: un círculo atravesado por tres líneas diagonales y una serie de números microscópicos descoloridos en la base. *El código de lote del Proyecto Cébero.* Liam cayó de rodillas sobre la alfombra, como si sus piernas hubieran perdido de golpe la capacidad de sostener su peso. Levantó la vista hacia Damien, con los ojos llenos de una incredulidad dolorosa, casi devoradora. —Tú... —susurró Liam, extendiendo una mano temblorosa hacia la cicatriz, deteniéndose a milímetros de rozar la piel del alfa—. Tú también estuviste allí. —No en tu misma jaula —dijo Damien, cubriéndose de nuevo con la camisa pero sin abrocharla, dejando que el aire frío del sótano secara el sudor de su piel—. Mi padre me sacó a los setenta y ocho días. Pero fue suficiente para saber qué sabor tiene el infierno. Tú estuviste cuatro años, Liam. Cuatro putos años siendo despedazado y reconstruido. Liam se cubrió el rostro con ambas manos. Su respiración se quebró en un sollozo seco, sin lágrimas, un espasmo de pura sobrecarga emocional. Toda la fachada de heredero perfecto, toda la sonrisa construida para tranquilizar a sus cinco hermanos sobreprotectores, se pulverizó frente al único hombre que entendía el idioma de su dolor. —Ellos no están muertos, Damien —susurró Liam a través de sus dedos, con la voz cargada de un veneno que ahora tenía una dirección clara—. Thorne murió, pero los inversores... la junta directiva que pagó por cada gota de ese suero, siguen vivos. Están en esta ciudad. Se sientan con nuestros padres en las galas de beneficencia. Financiaron el laboratorio vendiendo armas y drogas a través de nuestras propias familias. Damien se inclinó frente a Liam, poniéndose en cuclillas para quedar a la misma altura de sus ojos azul hielo. Extendió una mano y, con una lentitud que no admitía rechazo, apartó los dedos de Liam de su rostro. El contacto de su piel provocó un chispazo silencioso en el aire del pasillo. El aroma de Damien, ese sándalo oscuro cargado de tormenta, envolvió los sentidos saturados de Liam, actuando no como un tranquilizante dulce, sino como un escudo de plomo contra el resto del mundo. —¿Por eso te cortas en la azotea? —preguntó Damien, con los ojos ámbar ardiendo en la penumbra—. ¿Para recordarte que sigues vivo mientras buscas a los culpables? Liam levantó la barbilla. A pesar de tener el rostro descompuesto por el ataque de pánico, una llama asesina se encendió en su mirada. —No busco justicia, Petrov. La justicia es para los débiles que creen en las leyes. Yo busco venganza. Quiero que cada uno de los hombres que firmaron los cheques para mis experimentos sienta lo que es tener los huesos rotos y no poder sanar. Quiero verlos suplicar por una bala en la cabeza mientras yo los veo morir despacio. Muy despacio. Damien observó la belleza rota de Liam en ese instante. No era la belleza plástica del omega que todos deseaban en Saint Jude. Era una belleza letal, una criatura de pesadilla envuelta en seda fina, un monstruo que había nacido en una camilla de metal y que ahora reclamaba la sangre de sus creadores. Por primera vez en años, Damien sintió un pulso de calor en el centro de su pecho que no provenía de una droga química. Destinados. No para amarse como los amantes ordinarios de las novelas de salón. Estaban destinados como dos cuchillos forjados para desgarrar al mismo enemigo, dos aberraciones nacidas de la misma ciencia clandestina que solo encontrarían paz cuando el mundo que los quebró estuviera reducido a cenizas. Damien tomó el cuchillo del suelo por la hoja y se lo tendió a Liam, ofreciéndole la empuñadura. —Tus hermanos te encerrarán en una torre de oro si descubren que vas tras la junta directiva —dijo Damien, su voz baja y constante como un juramento de sangre—. Ellos quieren protegerte del pasado. Yo quiero ayudarte a quemarlo. Liam miró el arma, luego miró la mano de Damien, marcada por las cicatrices de la tortura de su propio padre. —¿Qué quieres a cambio, Petrov? —preguntó Liam, con recelo—. En nuestro mundo nadie da nada gratis. Damien se acercó un centímetro más, atrapando la mirada de Liam en un abismo que ninguno de los dos podía eludir. —Quiero verlos arder a todos contigo —susurró Damien—. Y cuando el último de ellos esté bajo tierra... quiero ser el único ante quien no tengas que fingir esa maldita sonrisa. Liam sostuvo la empuñadura del cuchillo. Sus dedos rozaron los de Damien, sellando un pacto silencioso en la oscuridad de los archivos. El juego ya no era un duelo de secretos. Era una declaración de guerra.I. LA JAULA DE ORO DE LOS VANCOURTEl desayuno en la mansión Vancourt no era un acto familiar; era un despliegue de soberanía territorial.El comedor principal, con sus techos abovedados de roble oscuro tallado en el siglo XVIII y sus cortinajes de terciopelo borgoña, olía permanentemente a cera virgen, pólvora limpia y café importado de granos arábicos tostados al carbón. Alrededor de la mesa imperial de nogal macizo, los seis hijos de Vittorio Vancourt ocupaban sus posiciones con una jerarquía que combinaba la etiqueta cortesana europea con la brutalidad pragmática del crimen organizado.Liam estaba sentado en el extremo opuesto a su hermano mayor, Lucian.Sobre el mantel de lino belga, la porcelana de Meissen relucía impecable. Liam sostenía la taza con la mano izquierda, mientras con la derecha untaba mantequilla de Normandía sobre una tostada caliente con una parsimonia estudiada al milímetro. Llevaba puesto el uniforme de gala de la Universidad de Saint Jude: camisa de seda blan
Liam lo miró, buscando la mentira en las facciones talladas en piedra del alfa.—¿Entonces cómo lo sabes? —exigió Liam, con el pecho subiendo y bajando en espasmos violentos—. Nadie sabe ese nombre. Mis hermanos solo saben que fui secuestrado por una red de trata infantil. Mi padre quemó los registros médicos. ¡Nadie vivo sabe lo que hicieron con mi cuerpo!Damien soltó las muñecas de Liam con lentitud. Dio un paso atrás, no por debilidad, sino para demostrar que tenía el control total de la situación.Con calma deliberada, Damien llevó las manos a los botones de su camisa negra de seda. Desabrochó los primeros tres, luego los siguientes, hasta abrir la prenda por completo.Liam retrocedió un paso, apoyando la espalda contra las estanterías de acero, con la mirada desconfiada fija en el torso del alfa. Pero cuando la tela cayó a los costados, las palabras se le atascaron en la garganta.Allí, justo debajo de la clavícula izquierda de Damien, sobre el pectoral endurecido, había una mar
V. LA EMBOSCADA EN LOS ARCHIVOSLa sección de archivos históricos de Saint Jude era un dédalo de estanterías móviles de acero y pasillos mal iluminados donde nadie entraba a menos que estuviera preparando una tesis doctoral en derecho canónico. El aire aquí abajo era denso, impregnado del aroma a pergamino viejo, polvo y humedad controlada.Damien caminaba sin hacer el menor ruido. Sus suelas de cuero amortiguaban cada paso, moviéndose con la soltura de quien ha sido entrenado para cazar en la taiga sin quecrujan las hojas secas.Sabía que Liam estaba aquí. El rastro olfativo del omega, esa combinación adictiva de vainilla amarga y ozono eléctrico, era un faro en la oscuridad para sus sentidos alterados por el experimento Cébero. A Damien le habían quitado la capacidad de sentir placer común, pero a cambio, la química de aquel laboratorio clandestino había agudizado su percepción biológica hasta límites sobrehumanos.Al doblar la esquina de la fila 14, un destello metálico cortó el ai
IV. EL PRESENTE: LA BIBLIOTECA DE CRISTALLa luz del mediodía se filtraba a través de los altos ventanales de la biblioteca central de Saint Jude, iluminando las estanterías de roble centenario que guardaban incunables y tratados jurídicos del siglo XVII. Era el santuario del silencio en el campus, el lugar donde los herederos de las dinastías más ricas del continente fingían ser eruditos mientras sus escoltas vigilaban desde las esquinas del claustro.Damien estaba sentado en una mesa del segundo piso, con un tomo de Derecho Internacional Privado abierto frente a él. No leía una sola línea. Sus ojos ámbar estaban clavados en la planta baja, donde Liam Vancourt conversaba con un grupo de omegas y betas de la alta sociedad.Liam llevaba hoy un jersey de cuello alto en tono crema y un abrigo gris marengo que le daba un aire de absoluta vulnerabilidad y pureza. Su cabello rubio ceniza caía en ondas suaves sobre su frente, y reía con una espontaneidad tan calculada que resultaba casi hipn
III. EL PROYECTO CÉBERO: LOS SETENTA Y OCHO DÍAS Ocurrió cuando Damien tenía once años. La guerra territorial contra los cárteles del este y las organizaciones fantasma que operaban bajo la fachada de corporaciones farmacéuticas había alcanzado su punto más sangriento. Los Petrov se creían intocables en su fortaleza de Moscú. Se equivocaban. El convoy blindado en el que viajaba Damien tras una reunión en el distrito financiero fue emboscado. No fue un ataque de la mafia tradicional. No hubo demandas de rescate. No hubo tiroteos desordenados con fusiles Kalashnikov. Fue un operativo militar de precisión quirúrgica: granadas de gas neurotóxico experimental, PEM que inutilizó los sistemas electrónicos del Mercedes blindado y sombras vestidas con trajes de contención biológica táctica. Damien vio morir a sus guardaespaldas antes de poder desenfundar su arma; la espuma rosada salía por sus narices mientras se asfixiaban en cuestión de segundos. Damien intentó luchar, disparó dos veces
II. LA CUNA DE HIERRO (OCHO AÑOS ATRÁS) A los diez años, un niño normal de la aristocracia europea aprendía equitación, tenis o esgrima en internados suizos. Damien Petrov aprendía a desmontar una Makarov de 9 mm con los ojos vendados en una bodega congelada en los muelles de Vladivostok, mientras la temperatura ambiente caía a doce grados bajo cero. —Tres segundos tarde —sentenció Nikolai Petrov aquella noche de enero. Nikolai era una sombra monumental envuelta en un abrigo de piel de visón negro. Su mirada era del mismo ámbar que la de Damien, pero despojada de cualquier vestigio de juventud; era la mirada de un zar de la Bratva que había enterrado a tres hermanos y a dos esposas sin derramar una sola lágrima en el cementerio de Smolensk. Damien, un niño menudo para su casta pero con la mandíbula apretada hasta el crujido, no bajó la vista. Las piezas de la pistola yacían sobre el metal oxidado del barril. Sus dedos infantiles estaban azules por la escarcha, casi entumecidos, in







