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Capítulo 09

Autor: Leydis Ochoa
last update Data de publicação: 2026-10-31 23:33:11

I. LA JAULA DE ORO DE LOS VANCOURT

El desayuno en la mansión Vancourt no era un acto familiar; era un despliegue de soberanía territorial.

El comedor principal, con sus techos abovedados de roble oscuro tallado en el siglo XVIII y sus cortinajes de terciopelo borgoña, olía permanentemente a cera virgen, pólvora limpia y café importado de granos arábicos tostados al carbón. Alrededor de la mesa imperial de nogal macizo, los seis hijos de Vittorio Vancourt ocupaban sus posiciones con una jerarquía que combinaba la etiqueta cortesana europea con la brutalidad pragmática del crimen organizado.

Liam estaba sentado en el extremo opuesto a su hermano mayor, Lucian.

Sobre el mantel de lino belga, la porcelana de Meissen relucía impecable. Liam sostenía la taza con la mano izquierda, mientras con la derecha untaba mantequilla de Normandía sobre una tostada caliente con una parsimonia estudiada al milímetro. Llevaba puesto el uniforme de gala de la Universidad de Saint Jude: camisa de seda blanca inmaculada con gemelos de zafiro, corbata estrecha de satén negro, chaleco entallado y un saco azul medianoche con el escudo bordado en hilo de plata sobre el corazón.

Parecía un ángel. Un querubín esculpido en mármol de Carrara que por casualidad había nacido en una guarida de lobos.

—Estás callado esta mañana, Liam —dijo Lucian, sin levantar la vista del informe de contabilidad naval que revisaba mientras tomaba su expreso solo.

Lucian, a sus veintisiete años, era el reflejo viviente del difunto Don Vittorio: hombros imponentes, rasgos afilados como cuchillas de afeitar y un aroma de alfa dominante a roble añejo, humo de tabaco habano y cuero curtido. Su autoridad no se discutía en la costa este; los jueces cambiaban sentencias con solo ver su automóvil estacionado frente a los tribunales.

Liam levantó la cabeza y curvó los labios en esa sonrisa deslumbrante, cándida y suave que había perfeccionado hasta convertirla en una segunda piel biológica.

—Solo repasaba mentalmente el seminario de derecho societario con el profesor Sterling, hermano —respondió Liam. Su voz tenía el timbre dulce y aterciopelado de un omega que jamás había visto un charco de sangre fuera de las películas—. Es un curso denso.

—No tienes por qué matarte estudiando, pequeño —intervino Dante desde el flanco derecho de la mesa. Dante era el cerebro táctico de la familia, el encargado del arsenal y las rutas de contrabando; un alfa taciturno de ojos grises que jamás se sentaba de espaldas a una ventana o una puerta—. Tu único trabajo en Saint Jude es socializar con los herederos de las tres familias del consejo y mantener tu promedio. El resto de las cargas pesadas nos corresponden a nosotros.

—Dante tiene razón —corearon los gemelos al unísono.

Ares y Eros, de veintitrés años, eran dos piezas de artillería idénticas con trajes a medida y sonrisas de comadreja que helaban la sangre a los capataces del puerto. Ares pasaba una manzana de una mano a otra con un cuchillo arrojadizo, mientras Eros jugueteaba con las llaves de su Maserati blindado.

—Además —añadió Ares con una media sonrisa retorcida—, si algún profesor te hace fruncir esa carita hermosa, solo tienes que decirnos su nombre. Podemos organizar un agradable paseo en helicóptero por la bahía. Sin paracaídas, por supuesto.

—Ares, cállate —cortó Silas de golpe.

Silas, de veintiún años, era el más joven de los alfas y el más volátil. Su complexión era maciza, sus nudillos estaban permanentemente despellejados por los entrenamientos clandestinos en el sótano y sus ojos castaños escudriñaban a Liam con una insistencia casi dolorosa. Silas era quien dormía en la habitación contigua a la de Liam; era quien solía despertarse sobresaltado en mitad de la noche, creyendo oír llantos o quejidos a través de la pared, solo para encontrar a su hermanito profundamente dormido bajo edredones de plumas.

Silas apoyó los antebrazos sobre la mesa, inclinándose hacia Liam. Olfateó el aire de manera casi imperceptible.

—Hueles raro hoy, Liam —dijo Silas, frunciendo el ceño en un gesto amenazante—. No hueles solo a tu colonia de jazmín y té blanco. Hay... hay un rastro metálico. Como a tormenta eléctrica. Como a sándalo viejo.

El corazón de Liam dio un latido violento, un salto sordo contra su caja torácica, pero su rostro no traicionó la menor señal de pánico. Sus pestañas rubias apenas temblaron. Mantuvo la taza de café a medio camino hacia sus labios, miró a Silas con ojos inocentes y ladeó la cabeza con curiosidad.

—Ayer pasé tres horas en la biblioteca central, Silas —dijo Liam, con tono pausado y un ligero matiz de reproche dulce—. Ya sabes cómo ventilan ese edificio antiguo: humedad, ozono de los transformadores viejos y el olor a cuero de los libros del siglo pasado. ¿Ahora también vas a fiscalizar con quién comparto el aire de la universidad?

Silas gruñó por lo bajo, insatisfecho, pero Lucian dejó escapar un suspiro de advertencia que congeló la mesa.

—Basta, Silas —ordenó el primogénito, cerrando la carpeta con un chasquido autoritario—. Deja en paz a tu hermano. Liam es el único en esta casa que mantiene la compostura civilizada. Dios sabe que si dependiera de ti, la policía nos allanaría la mansión antes del almuerzo.

Lucian miró a Liam. Su mirada se ablandó con una devoción casi obsesiva, una ternura desmedida que solo florecía cuando miraba al hermano menor que habían rescatado ensangrentado y desnutrido de una carretera hace doce años.

—¿Vendrás con nosotros en el convoy principal esta noche para la Gala de los Fundadores? —preguntó Lucian.

—Prefiero ir un poco antes en mi propio coche con el chofer que asignó Dante —respondió Liam con timidez fingida—. Tengo que ayudar al comité de estudiantes con la recepción de donantes antes de que empiece la cena protocolaria. Ya saben cómo se pone el rector si la familia Vancourt no lidera los comités honoríficos.

—Bien —asintió Lucian—. Pero llevarás a dos guardias en el vestíbulo y el botón de pánico de tu reloj activado. Los Petrov confirmaron su asistencia anoche. El viejo Nikolai viene con su perro de ataque.

El nombre resonó en la sala como una maldición.

—Damien —masculló Dante, con una expresión de absoluto asco—. Ese salvaje no debería pisar un campus universitario. El año pasado reventó el cráneo de un heredero de la Camorra en un callejón detrás de la facultad de ingeniería solo porque le cerró el paso con el coche. Los rusos no saben negociar; solo saben masticar vidrio.

—Si ese animal se acerca a menos de diez metros de Liam —dijo Silas, apretando el puño sobre la mesa hasta hacer crujir los huesos—, le vuelo las rótulas ahí mismo, delante de los senadores y los embajadores. Me importa una m****a el tratado de paz del consejo.

Liam bajó la vista hacia su plato, ocultando el brillo siniestro que cruzó sus ojos.

"Si supieras, Silas", pensó Liam, sintiendo una corriente helada y deliciosa recorrer sus venas. "Si supieras que ese salvaje tiene sus garras hundidas en mi piel mucho más hondo de lo que ustedes jamás lograrán. Si supieras que él es el único que no me mira como a un cordero lisiado".

—No se preocupen por mí —dijo Liam en voz alta, levantándose de la mesa con una reverencia grácil—. Sé cuidarme solo. Y además... jamás permitiría que un bárbaro arruine el buen nombre de nuestra familia.

Besó la mejilla de Lucian, le dedicó una caricia rápida en el hombro a Silas y salió del comedor con paso ligero.

En cuanto las puertas de caoba se cerraron tras él y sus pies pisaron el pasillo desierto que conducía al garaje privado, la sonrisa angelical se borró de su rostro como tiza bajo un chorro de agua hirviendo. Sus facciones se endurecieron; sus hombros cayeron en una postura tensa, depredadora.

Metió la mano bajo el forro del saco y palpó el mango estriado del cuchillo táctico oculto en su sobaquera.

Esta noche no era una gala de caridad.

Esta noche, el primer nombre de su lista negra estaría sentado en la mesa presidencial. Y Damien Petrov era la única pieza del tablero que no respondía a las reglas del juego.

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