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Capítulo 2

작가: Bella Grace
last update 게시일: 2026-09-03 19:35:14

«Nuestro aniversario».

Henry repitió las palabras lentamente, haciéndolas rodar por su lengua como si no significaran nada. Sus labios se curvaron ligeramente, no en una sonrisa, sino en algo más frío.

—¿Se supone que eso es gran cosa?

La frase cayó pesadamente en la sala.

Por un breve segundo, todo quedó en silencio dentro de la cabeza de Diana. Era como si las paredes, los muebles, e incluso el aire mismo se hubieran detenido para absorber el peso de lo que acababa de decir.

Miró a Henry, con los ojos bien abiertos, buscando desesperadamente en su rostro un rastro de humor, sarcasmo, cualquier cosa que sugiriera que no lo decía en serio.

Pero no había nada.

Su expresión seguía siendo plana, desinteresada, apartándose ya de ella.

La reacción de Lauren fue rápida. Sus cejas se levantaron con fingida sorpresa, sus labios se abrieron ligeramente mientras giraba su rostro cuidadosamente maquillado de Henry a Diana. Una mano manicurada seguía descansando cómodamente sobre el hombro de Henry, reclamando su lugar sin pedir disculpas.

—Oh —dijo a la ligera—. Lo siento. Sinceramente, no tenía idea de que era su aniversario.

Su tono era dulce, pero la dulzura era hueca. Había una burla subyacente, mal disimulada, y Diana la sintió de inmediato. Lauren volvió a mirar a Henry, con los ojos brillantes de emoción, como si acabaran de contarle un chiste.

—Henry no lo mencionó —añadió, con voz suave, casi juguetona.

Él no lo negó.

No dio explicaciones.

Se limitó a quedarse ahí, permitiendo que el silencio hablara por él.

Luego, Lauren centró su atención en Selena, agachándose un poco para quedar más a la altura de sus ojos. Su voz se suavizó, cálida y persuasiva.

—Selena, es el día especial de tu mamá. Si tanto quiere el broche, puede quedarse con él.

Le dedicó a Diana una rápida mirada, con una leve sonrisa burlona asomándose en sus labios, antes de volver a mirar a la niña.

—Yo ya sé cuánto me quieres.

—No.

La respuesta de Selena fue tajante e inmediata. Su pequeño cuerpo se puso rígido, sus ojos se abrieron de par en par mientras negaba con la cabeza con firmeza.

—Es para ti —espetó—. Mami no puede tenerlo.

Las palabras hirieron a Diana con más fuerza que el corte que vendría después.

Abrió la boca para hablar, pero no salió nada. Sintió la garganta apretada, como si algo invisible se hubiera enrollado alrededor de ella. Bajó la mirada hacia su hija, la incredulidad nublando su visión.

Selena dio un paso al frente con determinación, acortando la corta distancia entre ellas. Sin dudarlo, extendió la mano hacia el broche que Diana llevaba prendido cerca del pecho.

—Lena, por favor... —comenzó Diana con voz suave.

—¡Devuélvelo! —gritó Selena, con la voz cargada de frustración.

Se forcejearon.

Diana no opuso resistencia con fuerza. Sus movimientos eran lentos, vacilantes, impulsados más por instinto que por defensa. No comprendía cómo habían llegado a este momento: cómo su propia hija podía mirarla con tanta ira, con tanto rechazo.

Selena tiró con más fuerza.

Hubo un ardor repentino y agudo.

Diana dejó escapar un grito ahogado cuando el dolor le recorrió la palma de la mano. El broche se soltó y su punta afilada le rebanó la piel. La sangre brotó al instante, cálida y brillante, goteando sobre el suelo pulido.

—¡Sí! ¡Lo conseguí! —exclamó Selena triunfante.

Se dio la vuelta rápidamente, aferrando el broche como si fuera un trofeo, y corrió directo hacia Lauren.

Diana se quedó congelada.

Sus ojos bajaron a su mano mientras la sangre seguía goteando de manera constante, manchando su vestido y el suelo bajo sus pies.

Se presionó la palma herida con la otra mano, pero la sangre no paraba de salir de inmediato.

Apenas lo sintió.

Lo que sintió en su lugar fue algo mucho peor.

Vio a su propia hija cruzar la sala felizmente, ofreciéndole a otra mujer el regalo que Diana había creído que era para ella. La realidad de la situación se asentó con pesadez en su pecho, dificultándole la respiración.

—Toma, señorita Lauren —dijo Selena alegremente, tendiéndole el broche—. Se te va a ver mucho mejor que a mami.

Su voz transmitía emoción. Orgullo.

No hubo vacilación.

Ni rastro de culpa.

Los labios de Diana temblaron.

«Lena, soy tu madre —susurró en silencio, con los ojos fijos en la escena frente a ella—. ¿Por qué me haces esto?».

El rostro de Lauren se iluminó al aceptar el broche. Lo examinó brevemente y luego sonrió ampliamente.

—Esa es mi niña dulce —dijo, visiblemente complacida—. Gracias, Lena.

Levantó la vista hacia Henry, profundizando su sonrisa.

—Y gracias por la fiesta, Henry.

Henry le devolvió la sonrisa.

Era una sonrisa real.

No las forzadas y distantes que le había dado a Diana a lo largo de los años. Esta era relajada, abierta, llena de calidez.

Diana sintió que su corazón se encogía dolorosamente al observarlo.

Las lágrimas que había estado contener finalmente se desbordaron. Rodaron por sus mejillas en silencio, una tras otra, mientras su pecho subía y bajaba de forma irregular. Su corazón latía con fuerza en sus oídos.

Había esperado años por esa sonrisa.

Años de paciencia. Años de sacrificio. Años de convencerse a sí misma de que el amor requería resistencia. Y ahora, ahí estaba: regalada libremente, ofrecida sin esfuerzo.

Pero no para ella.

De repente, los ojos de Henry bajaron a la mano de Diana. Notó la sangre acumulándose en el suelo, la forma en que ella se presionaba la palma con fuerza, con los dedos temblando.

Algo parpadeó en su rostro.

Dio un paso al frente.

—Diana...

Se acercó un poco, con la mano levantada ligeramente, como si fuera a comprobar cómo estaba, como si fuera a preguntarle si se encontraba bien.

Por un breve instante, la esperanza se agitó débilmente en el pecho de Diana.

Lauren lo notó de inmediato.

Su agarre sobre Henry se estrechó. Se recostó en él, con voz baja, dulce e íntima.

—Henry —dijo con suavidad—, ¿por qué no subimos a comprobar si mi ropa ya está seca?

Las palabras fueron gentiles, pero el mensaje era claro.

Henry no dudó.

—Por supuesto —respondió, sonriendo.

Giró por completo hacia Lauren, apartando su atención de Diana por completo. No miró atrás. No dijo una sola palabra más.

Los tres se dieron la vuelta y se dirigieron arriba. Selena iba saltando feliz adelante. Lauren se apoyaba cómodamente en el costado de Henry, con una risa suave y satisfecha. Henry la seguía, como si aquello fuera lo más natural del mundo.

Diana se quedó donde estaba.

Su mano seguía sangrando. Sus lágrimas seguían cayendo.

Los vio desaparecer de su vista, sus voces desvaneciéndose mientras subían, dejándola sola en una sala que ya no se sentía como su hogar.

«Se ven perfectos, como una familia, y yo solo soy un fantasma en mi propia casa», murmuró Diana mientras miraba fíjamente los cuerpos que se alejaban, con el rostro bañado en lágrimas.

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