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El Arrepentimiento Es Solo El Comienzo
El Arrepentimiento Es Solo El Comienzo
作者: Bella Grace

Capítulo 1

作者: Bella Grace
last update publish date: 2026-09-03 19:34:37

«Henry Golding y Selena, mi esposo y mi hija, mi mundo entero».

Diana Robinson dijo las palabras en voz baja, como una oración que había repetido tantas veces que se había vuelto parte de su respiración. Se detuvo en la entrada de la mansión, con la espalda recta a pesar del peso de las dos bolsas de compras llenas que colgaban de cada mano.

Sus labios se curvaron en una sonrisa plena y satisfecha.

Era el tipo de sonrisa que nace de la certeza, de creer que el amor, una vez construido con paciencia y sacrificio, siempre se mantendría firme.

—Compré todo esto para preparar una cena especial por nuestro aniversario de bodas —murmuró para sí misma, sintiendo cómo el orgullo le calentaba el pecho.

Empujó la puerta y entró.

Más temprano esa noche, la sala había estado llena de una silenciosa emoción. Selena, su hija de ocho años, estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la alfombra, rodeada de trozos de papel de colores, cuentas, pegamento y cinta.

Tenía las cejas fruncidas en señal de concentración mientras trabajaba con cuidado con sus manitas. Henry se sentaba a su lado en el sofá, con las mangas arremangadas, observándola con una leve sonrisa.

—Papá —preguntó Selena de repente, con los ojos brillantes mientras sostenía la pieza a medio terminar—, ¿le gustará mi regalo?

Henry la miró y luego volvió la vista a su hija.

—Le encantará cualquier cosa que hagas —dijo con calma.

Selena soltó una risita, sintiéndose reconquistada, y volvió a bajar la cabeza para seguir trabajando, tarareando por lo bajo.

Sonó el timbre de la puerta.

Henry miró su reloj.

—Ya casi es la hora —dijo—. Vamos por el pastel.

Selena se puso de pie de inmediato, la emoción desbordándola mientras corría hacia adelante. Henry la siguió hacia la puerta principal.

Sin que ellos lo supieran, Diana había entrado por la puerta lateral, cuidando de no hacer ruido. En el momento en que pisó la sala, sus ojos se dirigieron al sofá. Había bolsas de regalo dispuestas ordenadamente allí, con los listones esponjados y brillantes bajo la luz.

Se le atragantó la respiración. Entonces lo vio: la diadema blanca y brillante colocada cuidadosamente entre los regalos.

Su corazón dio un vuelco.

Dejó caer las bolsas de la compra sin importarle dónde cayeran.

—Se acordaron —susurró, sintiendo que la alegría le inundaba las venas.

Su mirada cambió de dirección, esta vez hacia la mesa del centro. Allí, descansando dentro de una pequeña caja abierta, había un delicado broche hecho a mano. No era perfecto. Los bordes eran ligeramente desiguales, los colores no estaban equilibrados profesionalmente.

Pero para Diana, era lo más hermoso que había visto en todo el día.

Se inclinó lentamente y lo recogió, sosteniéndolo como si fuera algo frágil y sagrado.

—Este debe ser mi regalo de aniversario de parte de Selena —dijo, con la voz temblorosa de felicidad.

Lo levantó hacia su muñeca, lista para deslizarlo.

—¿Mami?

La pequeña voz la detuvo a mitad de movimiento.

Diana se giró rápidamente. Selena estaba allí, sosteniendo la caja del pastel con ambas manos. Henry estaba a su lado.

—Hola, mi amor —dijo Diana, con la emoción duplicada. Sonrió tan ampliamente que casi le dolió.

Volvió a mirar las bolsas de la compra y comenzó a rebuscar en una de ellas.

—Henry, te conseguí tu langosta favorita —dijo radiante, sacando el paquete—, y le traje a Lena su pastel de manzana favorito.

Miró de su esposo a su hija, con los ojos brillando de anticipación.

—Voy a hacer un banquete para nuestro aniversario.

Hubo un breve silencio.

Entonces Selena frunció el ceño.

—Mami, ¿por qué llevas puesto el broche que hice para la señorita Lauren? —preguntó tajante.

Las palabras golpearon a Diana como una bofetada.

Su mano se congeló. Lentamente, levantó la vista de Selena a Henry y luego de vuelta a Selena.

—¿La señorita Lauren? —repitió, con incredulidad tiñendo su voz. —¿Tu profesora?

Antes de que alguien pudiera responder, unos pasos resonaron desde el piso de arriba.

Una mujer apareció en lo alto de la escalera y comenzó a bajar, sin prisa, segura de sí misma, como si perteneciera a ese lugar. Su camisón rojo ondeaba a su alrededor, abrazando su cuerpo.

Se rió suavemente, recostándose en Henry para cuando llegó al último escalón, con el brazo deslizándose cómodamente sobre su hombro hasta que sus cuerpos se rozaron.

Diana se quedó mirando.

Lauren Johnson.

La profesora de Selena.

La habitación pareció inclinarse.

—¿Por qué llevas mi ropa en mi dormitorio? —preguntó Diana, con la voz fina por la sorpresa.

Lauren se miró a sí misma y luego se encogió de hombros con ligereza.

—¿Oh, estas viejas cosas? —dijo con indiferencia—. Con razón la parte de arriba me queda un poco ajustada y la cintura suelta.

Su mano seguía sobre el hombro de Henry.

—Lauren se empapó bañando a Selena —dijo Henry rápidamente, evitando la mirada de Diana—. Tu armario era conveniente.

Selena asintió, sonriendo.

—Sí, mami.

Algo se rompió dentro de Diana.

A él nunca le había gustado que ella usara colores vivos. Siempre decía que eran demasiado llamativos, que buscaban demasiada atención. Sin embargo, ahí estaba él, parado orgullosamente junto a otra mujer vestida de manera audaz, admirándola sin reservas. Nunca fueron los colores lo que le desagradaba. Era ella.

El corazón de Diana comenzó a latir con fuerza. Las lágrimas nublaron su visión.

—Mami, devuélvele el broche a la señorita Lauren —dijo Selena de repente, con tono autoritario—. Me pasé todo el día haciéndolo especial para su cumpleaños.

Antes de que Diana pudiera reaccionar, Selena dejó el pastel sobre la mesa, tomó el control remoto y presionó un botón. La pantalla del televisor se iluminó.

La imagen de Lauren llenó la pared. Su rostro sonriente brillaba con fuerza.

«Feliz cumpleaños, señorita Lauren».

Diana no sintió cuando la bolsa de la compra se le resbaló de la mano. Solo escuchó el ruido sordo al golpear el suelo.

Su pecho subía y bajaba rápidamente. Le costaba respirar.

Lauren, Henry y Selena intercambiaron miradas de complacencia, completamente ajenos a la mujer que se estaba desmoronando justo en frente de ellos.

—¿Le organizaste una fiesta de cumpleaños en mi casa? —preguntó Diana, con la voz temblorosa mientras se volvía para enfrentarlos de nuevo—. ¿En nuestro aniversario de bodas?

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