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Capítulo 4

Author: Mónica Herrera
Yo, en cambio, era solo una oficinista de una ciudad pequeña: había estudiado en la universidad y luego me había quedado trabajando en la gran ciudad.

Si de verdad hubiéramos tenido un vínculo tan fuerte, eso sí que sería cosa de locos.

Al ver a Felipe con la cara sombría y una expresión de profundo fastidio, quise huir.

—Si no hay nada más, me voy. Adiós, no hace falta que me acompañes.

Quise abrir la puerta para bajar del auto, pero Felipe fue más rápido y me tomó del brazo.

—Hasta que esto quede claro, quédate a mi lado.

—¿Por qué? ¿Tu novia no se va a molestar?

—No…

Felipe se detuvo a mitad de la frase y cambió de respuesta.

—Ella está en el extranjero.

—Entiendo.

De pronto, se me ocurrió algo.

—¿Me parezco a ella? ¿No será que me parezco a la mujer que amas y, cuando te emborrachas, me confundes con ella? ¿Por eso me dejas acercarme? Con razón. Yo pensaba: ¿qué conexión íbamos a tener tú y yo? Ahora sí me quedo tranquila.

Pero Felipe dijo con el rostro sombrío:

—Cállate. No te pareces.

Luego añadió:

—Ella tampoco puede acercarse a mí.

—¿Qué? ¿Quieres decir que, cuando te emborrachas, ni la mujer que amas puede acercarse a ti? Qué poco amor el tuyo.

A Felipe se le ensombreció todavía más la cara. Me miró con puro desprecio.

—¿Por qué hablas tanto?

Hice un gesto con la mano.

—No puedo evitarlo. Nací hablando de más.

Tomás, que acababa de sentarse al volante, soltó una risa por mi comentario.

Felipe, en cambio, no me regaló ni una sonrisa. Al contrario, le dijo a Tomás:

—Transfiérele dinero y dile que se calle.

Tomás me transfirió dos mil dólares.

De inmediato hice el gesto de cerrarme la boca con un cierre.

Al cliente había que tenerlo contento. Eso era lo básico para cualquier trabajadora explotada.

Pero que yo me mudara a su mansión era absolutamente imposible.

Cuando el auto se detuvo en el patio de la mansión, crucé los brazos de inmediato.

—Yo no voy a dormir contigo. Ni aunque pagues más. También tengo principios a la hora de ganar dinero.

Después de bajar del auto, Felipe me lanzó una mirada llena de desprecio.

—Ya quisieras. Dormirás en la habitación de huéspedes. Como empleada. A partir de ahora, te encargarás exclusivamente de cuidarme cuando me emborrache.

Y así, sin más, terminé viviendo en su casa sin derecho a negociar.

Felipe, ese borracho mandón, me obligó a convertirme en la empleada encargada de cuidar borrachos.

¡Si no fuera por la transferencia diaria de dos mil dólares, jamás habría aceptado!

***

No me quedó más remedio que rezarle todos los días a todos los santos para que el gran amor de Felipe regresara pronto al país.

Cuando eso pasara, yo podría recuperar mi libertad.

Después de todo, ¿qué mujer podría tolerar que en la casa de su hombre viviera una empleada tan bonita como yo?

Ahora, por ahí todos decían que Felipe tenía a una chica escondida en su mansión.

Que cada vez que se pasaba de copas, la mandaba llamar para que fuera por él.

Lo decían como si yo fuera muy especial para Felipe. Dios sabe que de día trabajaba para jefes explotadores en la oficina, y de noche para un magnate como empleada personal.

Estaba reventada.

Justo cuando mi resentimiento estaba a punto de explotar, su gran amor por fin regresó al país.

Pero cuando ella llegó a toda prisa a la mansión y me vio sentada en el sofá de la sala, comiendo fruta importada carísima, se quedó como si hubiera visto un fantasma.

Yo estaba sentada con las piernas cruzadas, esperando caerle mal para que me echara.

Pero ella, inesperadamente…

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