INICIAR SESIÓNEl arrastrar de sus pies sobre los escalones húmedos era el único sonido que rompía el silencio sepulcral del sótano. Los dos guerreros la llevaban a rastras, sin importarles que las rodillas de Ayla golpearan contra los bordes afilados de los peldaños.
El dolor físico, sin embargo, apenas era un rasguño comparado con la agonía que le devoraba el pecho. El lazo roto con Killian Blackwood se sentía como un ancla de hierro al rojo vivo, hundiéndola hacia una oscuridad profunda. La arrojaron sin piedad dentro de una celda pequeña y fría. Ayla impactó contra el suelo de piedra, conteniendo un gemido mientras el olor a moho y óxido la envolvía. —Quédate aquí, basura. Disfruta de tu última noche en la manada —se burló uno de los guardias, cerrando la pesada puerta de acero con un estruendo metálico que resonó en todo el pasillo subterráneo. Los pasos de los hombres se alejaron, dejándola en una penumbra casi absoluta, rota únicamente por la débil luz de la luna que se filtraba por una estrecha rejilla a ras de suelo. Ayla se encogió sobre sí misma, pegando las rodillas al pecho mientras su cuerpo temblaba sin control. La fiebre la estaba atacando con fuerza; sentía la piel congelada y las venas ardiendo en un contraste insufrible. Cerró los ojos, deseando con desesperación que todo fuera una pesadilla, pero la piel intacta de su cuello, donde el lazo de apareamiento debería haberse sellado con una mordida, palpitaba con un dolor real. «Fuerte… debemos ser fuertes…» La misma voz que había escuchado en el balcón volvió a susurrar en los confines de su mente. Esta vez no fue un grito de posesión, sino un arrullo protector. Su loba. No importaba lo que dijeran los demás, ella tenía una loba, y el trauma del rechazo la estaba obligando a despertar. Mientras tanto, en el piso de arriba, la Gala del Equinoccio continuaba, pero el ambiente para el Alpha Supremo se había vuelto insoportable. Killian Blackwood estaba de pie junto al Alpha local, sosteniendo una copa de vino con tanta fuerza que sus nudillos estaban pálidos. Sienna se movía a su alrededor, intentando llamar su atención con risas ensayadas y comentarios halagadores, pero él no escuchaba una sola palabra. Una molestia sorda, un dolor punzante en el pecho, lo estaba volviendo loco. Su lobo interno caminaba de un lado a otro en su mente, enseñando los colmillos hacia su propio portador. «Es nuestra. La has dejado ir y está en peligro», rugía la bestia en su cabeza. Killian apretó la mandíbula, forzando una expresión neutral. Él era el Alpha Supremo; las jugarretas del destino no debían doblegarlo. Había rechazado a la Omega porque una Luna débil destruiría la reputación y la estabilidad de su manada. Era una decisión lógica. Entonces, ¿por qué su cuerpo reaccionaba con tanta violencia? ¿Por qué el aire del salón, impregnado del perfume costoso de Sienna, le parecía nauseabundo, mientras su mente seguía buscando el recuerdo de la fragancia limpia y misteriosa de Ayla? De repente, una oleada de frío le recorrió la espalda. No era el clima. Era una alerta de sangre a través del lazo agrietado. Su mate estaba experimentando un miedo genuino y una debilidad extrema. Killian dejó la copa sobre una mesa con un golpe seco, interrumpiendo la conversación. —¿Ocurre algo, Alpha Supremo? —preguntó el Alpha de Luna de Sangre, parpadeando con sorpresa. —Necesito aire —respondió Killian, con una voz ronca que no admitió réplicas. Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y cruzó el salón con zancadas largas. Su presencia imponente hizo que la multitud se apartara de inmediato a su paso. Salió a los pasillos de la mansión, guiado no por la razón, sino por el agudo y agónico tirón en su pecho. Su lobo exigía saber dónde estaba la mujer que acababa de apartar. Bajó por las escaleras laterales, alejándose del ruido de la fiesta, hasta que sus aguzados sentidos captaron el murmullo de dos voces familiares cerca del sótano. Eran los guerreros de Sienna. —La mocosa apenas puede respirar por la fiebre —decía uno de ellos, soltando una risa corta—. Mañana no va a oponer resistencia cuando la arrojemos a la frontera. Los salvajes la van a despedazar en minutos. —Mejor para nosotros. Al Alpha del Norte no le va a importar. Esa Omega no le importa a nadie. Killian se detuvo en las sombras del pasillo. Sus pupilas se dilataron hasta volverse completamente oscuras. Una furia ciega e irracional, se encendió en su sangre al escuchar que planeaban dañar a la mujer que llevaba su lazo, aunque él mismo la hubiera rechazado. Nadie tenía derecho a tocar lo que el destino había marcado como suyo. Nadie. Abajo, en la celda, Ayla abrió los ojos de golpe. El aire viciado de la zona de contención cambió de pronto. Una intensa corriente con aroma a madera y tormenta de nieve se filtró por los pasillos subterráneos, disipando el olor a moho. El corazón de Ayla dio un vuelco doloroso en su pecho. Él estaba bajando. Jarek descendió de la plataforma de vigilancia a grandes zancadas, cruzando el sendero hasta llegar a donde estaba Ayla. Al ver la expresión sombría en el rostro del comandante, Ayla frunció el ceño. —¿Qué pasa, Jarek? —preguntó, sintiendo que la inquietud que le martillaba la nuca se transformaba en una alerta real—. Los vigías están en movimiento... ¿Fue otra vez el eco de la estática en las runas? Jarek se detuvo frente a ella. Su mirada era un pozo de advertencia pura. —Intentaron tantear el perímetro en la madrugada—respondió Jarek, sin rodeos—. Alguien golpeó los sellos. Ayla sintió que un escalofrío le recorría la espalda. —¿Fue... fue el Norte? —preguntó con el pulso acelerado, sintiendo que el aire le faltaba en los pulmones—. ¿Killian ha vuelto? Jarek asintió lentamente, clavando sus ojos oscuros en los de ella. —Él es el único enemigo. Si las runas fueron golpeadas con tanta fuerza, no es una simple advertencia. Ayla tragó saliva con dificultad. E
En la manada Luna de Sangre, el ambiente respiraba una falsa elegancia. Sienna se encontraba sentada frente al tocador de su habitación, sostenía una copa de vino tinto, observando cómo el líquido rojo oscuro giraba con un movimiento lento y controlado, imitando el remolino de sus propios pensamientos. Ella estaba convencida de que los magistrados del Consejo ya habrían actuado con mano dura contra la bastarda. —Pronto —murmuró Sienna para sí misma, con la voz apenas deslizándose por entre sus labios. Esbozó una sonrisa fría, mientras inclinaba la copa hacia la luz—. Pronto el Consejo se encargará de borrar cada rastro tuyo maldita Ayla. Y cuando Killian descubra que ya no hay un solo obstáculo entre nosotros, y que el pasado por fin ha muerto, su mirada volverá a posarse donde corresponde. Para Sienna, el mundo se dividía estrictamente entre quienes poseían el derecho de sangre y quienes solo servían para estorbar en el camino hacia el trono. Ignoraba por completo que la rea
En la imponente fortaleza del Norte, Killian Blackwood revisaba los mapas de las rutas fronterizas, evaluando el despliegue de las patrullas invernales, buscando cualquier vulnerabilidad en el perímetro que protegía sus dominios. Pero antes de que pudiera marcar la siguiente directriz sobre el papel, las puertas dobles de su despacho se abrieron de golpe. Gólem, su comandante de confianza y la sombra más leal que poseía en el Norte, ingresó a grandes zancadas. El rostro habitualmente imperturbable del guerrero estaba tenso, surcado por una rigidez que advertía peligro antes de que pronunciara una sola palabra. Se detuvo frente al escritorio con los puños apoyados sobre la madera. —Alpha, comenzó Gólem sin preámbulos. Acaba de llegar un reporte urgente interceptado por nuestros informantes en la red del Consejo Continental. Tenemos un problema crítico. Killian levantó la vista de inmediato. Su semblante, ya de por sí duro, se ensombreció hasta adoptar una quietud mortal.
El sobre de pergamino viajó de mano en mano a través de una red clandestina de contrabandistas que cruzaban las zonas grises de la frontera septentrional. Para el mensajero neutral que lo depositó en los buzones ciegos de la frontera continental, no era más que un encargo anónimo y bien pagado que exigía absoluta discreción y cero preguntas. El recado cruzó los altos portones de piedra blanca del Consejo Continental —el núcleo administrativo que gobernaba las manadas con mano de hierro y leyes inquebrantables— hasta llegar directamente a la gran cámara circular de cúpula alta. Bajo la fría luz matutina que se filtraba por los ventanales de alabastro, los tres magistrados revisaban los informes rutinarios de líneas de ley cuando el pliegue fue abierto. El patriarca central, un anciano de barbas cenicientas y ojos duros, recorrió las líneas de la misiva en un riguroso silencio. A su lado, los demás líderes se inclinaron de inmediato, escrutando cada palabra de la denuncia anónima c
El despacho del Alpha Supremo en la capital del Norte era un santuario de poder y silencio. Afuera, la ventisca aullaba contra los ventanales blindados, sepultando la estructura de la fortaleza bajo mantos de nieve. Dentro, el aire era denso, cargado con la fría autoridad que emanaba de la figura inmóvil junto al escritorio. Killian Blackwood sostenía entre los dedos el diario de la última matriarca de la Luna Dorada. Sus ojos azules, fijos en la caligrafía antigua, recorrían una y otra vez los párrafos dedicados al Mando Regio y a la vulnerabilidad física de sus portadoras. Para Killian, los días transcurrían con la absoluta certeza de que el tiempo jugaba a su favor. En su mente, la estrategia era impecable: confinada en el exilio, cada intento de Ayla por convocar su poder, estaba desgarrando sus tejidos desde adentro. Imaginaba el dolor sordo en sus venas, el agotamiento progresivo de su loba y la forma en que el lazo agrietado —esa punzada constante en el pecho— terminaría
Ayla sintió que el calor le subía de golpe por el cuello hasta teñirle las mejillas de un rojo intenso. Parpadeó de repente, como si despertara de un trance, y apartó las manos de manera brusca —aunque sin soltar del todo al cachorro, que seguía jugueteando con el cordón de sus botas—. Su corazón latía desbocado en su pecho, por el vértigo de haber estado a milímetros de cruzar una línea de la que no habría regreso. —Yo... yo, le llevaré este cachorrito a su madre —balbuceó, con la voz ligeramente quebrada y la mirada esquiva, levantándose con torpeza. Tomó al cachorro en brazos con rapidez, abrazándolo contra su pecho como si el pequeño animal fuera un escudo protector frente a la mirada profunda y fija del hombre. Jarek se quedó en cuclillas sobre la hierba por un instante más. No intentó detenerla, ni soltó ninguna de sus habituales frases cortantes para burlarse de su nerviosismo. En su lugar, una sonrisa leve y genuina —de esas que rara vez permitía que los demás vieran







