INICIAR SESIÓNLos pasos que resonaban en la escalera no eran apresurados. Eran lentos y pesados, cargados de una autoridad tan imponente que volvía el aire del sótano casi irrespirable.
Los dos guerreros que custodiaban la entrada de las celdas se tensaron al instante, interrumpiendo su conversación. Cuando la silueta masiva de Killian Blackwood emergió de las sombras del pasillo, ambos lobos bajaron la cabeza de inmediato, pegando el mentón al pecho en una sumisión absoluta. —Alpha Supremo… —consiguió decir uno de ellos, tratando de ocultar el nerviosismo en su voz—. No esperábamos verlo en los niveles inferiores. Este no es lugar para alguien de su rango. Killian no respondió de inmediato. Sus ojos recorrieron el pasillo con una frialdad implacable antes de fijarse en los dos hombres. El aura de dominación que emanaba de él era aplastante; los guerreros tuvieron que hacer un esfuerzo visible para mantener las piernas firmes sobre el suelo húmedo. —¿Quién les dio la orden de encerrar a la Omega? La voz de Killian era un hilo bajo, pero arrastraba un peligro latente. Los guardias se miraron de reojo, tragando saliva. Sabían que delatar a Sienna significaba ganarse la enemistad de la hija del Alpha local, pero mentirle al Alpha Supremo del Norte era una sentencia de muerte inmediata. —Fue… la señorita Sienna, mi señor —confesó el segundo guardia—. Ella consideró que la Omega era una falta de respeto para la Gala y para usted, después de lo que sucedió en el balcón. Ordenó mantenerla aquí hasta el amanecer para dejarla en la frontera de los salvajes. Un gruñido sordo y vibrante escapó del pecho de Killian. El sonido fue tan puramente animal que los dos guerreros dieron un paso atrás, aterrorizados. El lobo de Killian estaba furioso. La idea de que otros decidieran el destino de su mate, de que planearan arrojarla a los salvajes, encendía un instinto posesivo que no respondía a la lógica de su mente humana. Él la había rechazado, sí. Había decidido que no era digna de ser su Luna. Pero eso no le daba derecho a nadie más a tocarla, juzgarla o disponer de su vida. Ella seguía unida a él por los restos sangrantes de un lazo místico y, en su mundo, lo que pertenecía al Alpha Supremo era sagrado para el resto de los mortales. —Abran la celda —ordenó. El guardia buscó apresuradamente las llaves en su cinturón. Le temblaban tanto las manos que el llavero de seguridad tintineó varias veces antes de que lograra forzar el cerrojo de alta seguridad. La pesada puerta se abrió con un quejido agudo. Killian entró. El espacio era reducido, pero para él, lo único que existía en ese momento era la figura encogida de Ayla contra el suelo. Ayla levantó la vista lentamente. La fiebre la tenía exhausta; sus labios estaban secos y sus ojos lucían apagados por el sufrimiento físico. Sin embargo, al ver la silueta de Killian recortada contra la luz del pasillo, una chispa de dignidad volvió a encenderse en su mirada. No iba a suplicar. No ante el hombre que le había destrozado la existencia hacía apenas unas horas. Killian se detuvo a un par de pasos de ella, observándola desde arriba. La extraña y limpia esencia de Ayla, desprovista de cualquier aroma de manada común, lo envolvió por completo, calmando instantáneamente el dolor punzante que él mismo sentía en el pecho. Su lobo interno dio una vuelta, apaciguado temporalmente por la cercanía de su compañera. —Eres patética —dijo Killian, forzando una crueldad en sus palabras que buscaba convencerse más a sí mismo que a ella—. Te advertí que te fueras de mi vista, y lo primero que haces es terminar encerrada en un calabozo como una criminal. Ayla soltó una risa débil y amarga. Apoyó la espalda contra la pared para intentar incorporarse, aunque el esfuerzo la hizo jadear. —Yo no busqué esto, Alpha Supremo —respondió ella, con la voz rota pero firme—. Tus aliados me arrastraron aquí por el simple delito de existir. Por haber sido señalada por un destino que yo tampoco quería. Si tanto te asquea mi presencia, vete de aquí. No necesito que bajes a recordarme lo poco que valgo para ti. Killian se inclinó hacia delante con una velocidad brutal y la tomó de la mandíbula de un solo movimiento. El contacto físico desató una descarga eléctrica que les recorrió la columna a ambos. El lazo agrietado protestó ante la cercanía, llenando la mente del Alpha con ráfagas del dolor que Ayla estaba experimentando. Apretó los dedos, obligándola a mirarlo fijamente. —Escúchame bien, Omega —siseó Killian, con el rostro a pocos centímetros del de ella—. Yo decidí que no eres apta para ser mi Luna, pero tu vida y tu destino me pertenecen desde el momento en que la luna te vinculó a mi sangre. Nadie en este territorio te va a tocar, y nadie te va a desterrar a menos que yo lo ordene. No eres libre de morir en el bosque solo porque eres débil. Ayla sostuvo la mirada. Por un segundo, el verde de sus ojos se tornó de un matiz dorado tan profundo que Killian contuvo el aliento, desconcertado por la fuerza que creyó ver oculta en ella. —No soy tu juguete, Killian Blackwood —susurró ella, desafiando la presión en su rostro—. Puedes reclamar mi cuerpo o mi encierro, pero jamás vas a poseer mi voluntad. Killian la soltó bruscamente y se puso de pie. Se dio la vuelta hacia la salida de la celda, donde los guardias esperaban con la cabeza gacha. —Sáquenla de aquí y llévenla a las habitaciones de servicio del ala oeste de la mansión —ordenó el Alpha Supremo—. Estará bajo mi custodia personal hasta que decida qué hacer con ella. Mis propios guerreros del Norte custodiarán su puerta. Si Sienna o cualquiera de los lobos de esta manada intenta acercarse, lo tomaré como una declaración de guerra. ¿Quedó claro? —Sí, Alpha Supremo —respondieron de inmediato, temblando. Killian salió de las celdas sin mirar atrás. Sabía que mantenerla cerca solo prolongaría la agonía del lazo rechazado, pero su instinto se negaba por completo a dejarla ir.Jarek descendió de la plataforma de vigilancia a grandes zancadas, cruzando el sendero hasta llegar a donde estaba Ayla. Al ver la expresión sombría en el rostro del comandante, Ayla frunció el ceño. —¿Qué pasa, Jarek? —preguntó, sintiendo que la inquietud que le martillaba la nuca se transformaba en una alerta real—. Los vigías están en movimiento... ¿Fue otra vez el eco de la estática en las runas? Jarek se detuvo frente a ella. Su mirada era un pozo de advertencia pura. —Intentaron tantear el perímetro en la madrugada—respondió Jarek, sin rodeos—. Alguien golpeó los sellos. Ayla sintió que un escalofrío le recorría la espalda. —¿Fue... fue el Norte? —preguntó con el pulso acelerado, sintiendo que el aire le faltaba en los pulmones—. ¿Killian ha vuelto? Jarek asintió lentamente, clavando sus ojos oscuros en los de ella. —Él es el único enemigo. Si las runas fueron golpeadas con tanta fuerza, no es una simple advertencia. Ayla tragó saliva con dificultad. E
En la manada Luna de Sangre, el ambiente respiraba una falsa elegancia. Sienna se encontraba sentada frente al tocador de su habitación, sostenía una copa de vino tinto, observando cómo el líquido rojo oscuro giraba con un movimiento lento y controlado, imitando el remolino de sus propios pensamientos. Ella estaba convencida de que los magistrados del Consejo ya habrían actuado con mano dura contra la bastarda. —Pronto —murmuró Sienna para sí misma, con la voz apenas deslizándose por entre sus labios. Esbozó una sonrisa fría, mientras inclinaba la copa hacia la luz—. Pronto el Consejo se encargará de borrar cada rastro tuyo maldita Ayla. Y cuando Killian descubra que ya no hay un solo obstáculo entre nosotros, y que el pasado por fin ha muerto, su mirada volverá a posarse donde corresponde. Para Sienna, el mundo se dividía estrictamente entre quienes poseían el derecho de sangre y quienes solo servían para estorbar en el camino hacia el trono. Ignoraba por completo que la rea
En la imponente fortaleza del Norte, Killian Blackwood revisaba los mapas de las rutas fronterizas, evaluando el despliegue de las patrullas invernales, buscando cualquier vulnerabilidad en el perímetro que protegía sus dominios. Pero antes de que pudiera marcar la siguiente directriz sobre el papel, las puertas dobles de su despacho se abrieron de golpe. Gólem, su comandante de confianza y la sombra más leal que poseía en el Norte, ingresó a grandes zancadas. El rostro habitualmente imperturbable del guerrero estaba tenso, surcado por una rigidez que advertía peligro antes de que pronunciara una sola palabra. Se detuvo frente al escritorio con los puños apoyados sobre la madera. —Alpha, comenzó Gólem sin preámbulos. Acaba de llegar un reporte urgente interceptado por nuestros informantes en la red del Consejo Continental. Tenemos un problema crítico. Killian levantó la vista de inmediato. Su semblante, ya de por sí duro, se ensombreció hasta adoptar una quietud mortal.
El sobre de pergamino viajó de mano en mano a través de una red clandestina de contrabandistas que cruzaban las zonas grises de la frontera septentrional. Para el mensajero neutral que lo depositó en los buzones ciegos de la frontera continental, no era más que un encargo anónimo y bien pagado que exigía absoluta discreción y cero preguntas. El recado cruzó los altos portones de piedra blanca del Consejo Continental —el núcleo administrativo que gobernaba las manadas con mano de hierro y leyes inquebrantables— hasta llegar directamente a la gran cámara circular de cúpula alta. Bajo la fría luz matutina que se filtraba por los ventanales de alabastro, los tres magistrados revisaban los informes rutinarios de líneas de ley cuando el pliegue fue abierto. El patriarca central, un anciano de barbas cenicientas y ojos duros, recorrió las líneas de la misiva en un riguroso silencio. A su lado, los demás líderes se inclinaron de inmediato, escrutando cada palabra de la denuncia anónima c
El despacho del Alpha Supremo en la capital del Norte era un santuario de poder y silencio. Afuera, la ventisca aullaba contra los ventanales blindados, sepultando la estructura de la fortaleza bajo mantos de nieve. Dentro, el aire era denso, cargado con la fría autoridad que emanaba de la figura inmóvil junto al escritorio. Killian Blackwood sostenía entre los dedos el diario de la última matriarca de la Luna Dorada. Sus ojos azules, fijos en la caligrafía antigua, recorrían una y otra vez los párrafos dedicados al Mando Regio y a la vulnerabilidad física de sus portadoras. Para Killian, los días transcurrían con la absoluta certeza de que el tiempo jugaba a su favor. En su mente, la estrategia era impecable: confinada en el exilio, cada intento de Ayla por convocar su poder, estaba desgarrando sus tejidos desde adentro. Imaginaba el dolor sordo en sus venas, el agotamiento progresivo de su loba y la forma en que el lazo agrietado —esa punzada constante en el pecho— terminaría
Ayla sintió que el calor le subía de golpe por el cuello hasta teñirle las mejillas de un rojo intenso. Parpadeó de repente, como si despertara de un trance, y apartó las manos de manera brusca —aunque sin soltar del todo al cachorro, que seguía jugueteando con el cordón de sus botas—. Su corazón latía desbocado en su pecho, por el vértigo de haber estado a milímetros de cruzar una línea de la que no habría regreso. —Yo... yo, le llevaré este cachorrito a su madre —balbuceó, con la voz ligeramente quebrada y la mirada esquiva, levantándose con torpeza. Tomó al cachorro en brazos con rapidez, abrazándolo contra su pecho como si el pequeño animal fuera un escudo protector frente a la mirada profunda y fija del hombre. Jarek se quedó en cuclillas sobre la hierba por un instante más. No intentó detenerla, ni soltó ninguna de sus habituales frases cortantes para burlarse de su nerviosismo. En su lugar, una sonrisa leve y genuina —de esas que rara vez permitía que los demás vieran







