INICIAR SESIÓNKillian Blackwood, el hombre que gobernaba a miles de lobos con puño de hierro, se quedó completamente inmóvil. Su espalda tensa delataba el impacto. El balcón quedó sumido en un silencio aplastante.
Ayla contuvo el aliento. Sentía el corazón golpeándole las costillas con desesperación. Aunque el rechazo le quemaba las venas, esa extraña energía que había brotado de su garganta la obligaba a mantenerse firme. Sus ojos verde oliva ya habían perdido el destello dorado que las sombras ocultaron un segundo atrás, pero la vibración en su sangre seguía intacta. Lentamente, Killian se dio la vuelta. Sus ojos azules se habían transformado en una tormenta helada; había una mezcla de desconcierto y furia contenida en su rostro. Ninguna Omega, y mucho menos una sirvienta sin loba, tenía el poder de lanzar una orden capaz de congelar los músculos de un Alpha Supremo. Aquello rompía todas las leyes de la jerarquía. Era un desafío imposible. —¿Qué demonios dijiste? La voz de Killian bajó de tono, perdiendo la frialdad de antes y ganando un filo peligroso que retumbó en la terraza. Dio un paso hacia ella, acorralándola contra el barandal. El olor a sándalo y tormenta de nieve que desprendía su cuerpo se volvió sofocante, una presión invisible pensada para doblegar a cualquiera. Pero Ayla, a pesar de que el frío de la noche la hacía temblar, no bajó la mirada. —Dije que esperes —repitió ella. Su voz flaqueó por un instante, pero sostuvo el tono mientras apretaba los dedos contra la piedra fría—. Me rechazaste, Alpha Supremo. Dejaste claro lo que piensas de mí frente a toda la manada. No tienes derecho a mirarme con desprecio cuando fue el destino, y no yo, quien nos unió. Killian soltó una risa seca, un sonido áspero que no llegó a sus ojos. Se inclinó sobre ella, reduciendo la distancia a milímetros. —¿Derecho? Yo soy el Alpha Supremo. En estas tierras, el derecho lo dicto yo. Por una fracción de segundo, el lobo interno de Killian arañó las paredes de su mente, exigiéndole que reclamara lo que le pertenecía, que borrara la agonía del lazo roto que ya empezaba a manifestarse en una fiebre sutil. Killian sintió una punzada real en el pecho: el recordatorio físico de que rechazar a un compañero conllevaba un precio inmediato. Aquello solo sirvió para enfurecerlo más. Se negó a aceptar que una sirvienta de cocina tuviera semejante poder sobre él. —No eres más que una huérfana defectuosa —añadió, forzando una indiferencia brutal para acallar su propio instinto—. No tienes aroma, no tienes rango y no le sirves de nada a la Manada del Norte. Considera mi rechazo como un favor; una criatura como tú no duraría un día en mi territorio. Fuera de mi vista. Sin esperar respuesta, Killian le dio la espalda y abandonó el balcón con pasos firmes, cruzando el umbral hacia los pasillos de la mansión sin mirar atrás. Abajo, en el gran salón, los invitados que habían seguido la escena parecieron recuperar el aliento al ver alejarse a su líder. En el centro de la pista, Sienna, con los brazos cruzados y una sonrisa de triunfo, levantó la vista hacia la terraza. Sus ojos prometían un cobro de cuentas inmediato. Ayla esperó a que la silueta de Killian se desvaneciera por completo antes de derrumbarse sobre el suelo frío. El dolor la invadió de golpe. El lazo de almas gemelas, ahora agrietado y sangrante, se sentía como una herida abierta en medio del pecho. Se abrazó a sí misma, temblando sin control mientras la primera lágrima de humillación le resbalaba por la mejilla. Había sido rechazada por el lobo más poderoso del continente. Mañana sería el hazmerreír de toda la manada Luna de Sangre. —Te lo advertí, basura. El eco firme de sus pasos sobre la piedra anunció la llegada de Sienna al balcón, escoltada por dos de los guerreros más robustos de la manada. La seda roja de su vestido se movía con el viento, y su mirada era puro odio. —¿Pensaste que por un capricho del destino ibas a terminar en el trono, verdad? —Sienna avanzó hasta quedar a pocos pasos—. Un Alpha Supremo jamás se rebajaría a aceptar a una Omega inservible. Avergonzaste a nuestra manada frente a nuestro aliado más importante. —Yo no elegí esto, Sienna —susurró Ayla, intentando apoyarse en el barandal para ponerse de pie, pero la fiebre del rechazo la dejaba sin fuerzas. —No me interesa lo que elegiste. Sienna miró de reojo a los guardias, que dieron un paso al frente al mismo tiempo. —Mi padre y yo no vamos a permitir que una estúpida como tú arruine las negociaciones con los Blackwood. El Alpha Supremo te quiere fuera de su vista... y yo me voy a asegurar de que nunca encuentres el camino de regreso. Los dos guerreros la tomaron bruscamente por los brazos, levantándola del suelo sin el menor cuidado. Ayla intentó zafarse, pero la debilidad la consumía por dentro; sus músculos no respondían. —Llévenla al sótano —ordenó Sienna, acomodándose el vestido con total frialdad—. Antes del amanecer, la van a dejar en la frontera, en el territorio de los salvajes. Vamos a ver cómo sobrevive tu falta de lobo allá afuera.Jarek descendió de la plataforma de vigilancia a grandes zancadas, cruzando el sendero hasta llegar a donde estaba Ayla. Al ver la expresión sombría en el rostro del comandante, Ayla frunció el ceño. —¿Qué pasa, Jarek? —preguntó, sintiendo que la inquietud que le martillaba la nuca se transformaba en una alerta real—. Los vigías están en movimiento... ¿Fue otra vez el eco de la estática en las runas? Jarek se detuvo frente a ella. Su mirada era un pozo de advertencia pura. —Intentaron tantear el perímetro en la madrugada—respondió Jarek, sin rodeos—. Alguien golpeó los sellos. Ayla sintió que un escalofrío le recorría la espalda. —¿Fue... fue el Norte? —preguntó con el pulso acelerado, sintiendo que el aire le faltaba en los pulmones—. ¿Killian ha vuelto? Jarek asintió lentamente, clavando sus ojos oscuros en los de ella. —Él es el único enemigo. Si las runas fueron golpeadas con tanta fuerza, no es una simple advertencia. Ayla tragó saliva con dificultad. E
En la manada Luna de Sangre, el ambiente respiraba una falsa elegancia. Sienna se encontraba sentada frente al tocador de su habitación, sostenía una copa de vino tinto, observando cómo el líquido rojo oscuro giraba con un movimiento lento y controlado, imitando el remolino de sus propios pensamientos. Ella estaba convencida de que los magistrados del Consejo ya habrían actuado con mano dura contra la bastarda. —Pronto —murmuró Sienna para sí misma, con la voz apenas deslizándose por entre sus labios. Esbozó una sonrisa fría, mientras inclinaba la copa hacia la luz—. Pronto el Consejo se encargará de borrar cada rastro tuyo maldita Ayla. Y cuando Killian descubra que ya no hay un solo obstáculo entre nosotros, y que el pasado por fin ha muerto, su mirada volverá a posarse donde corresponde. Para Sienna, el mundo se dividía estrictamente entre quienes poseían el derecho de sangre y quienes solo servían para estorbar en el camino hacia el trono. Ignoraba por completo que la rea
En la imponente fortaleza del Norte, Killian Blackwood revisaba los mapas de las rutas fronterizas, evaluando el despliegue de las patrullas invernales, buscando cualquier vulnerabilidad en el perímetro que protegía sus dominios. Pero antes de que pudiera marcar la siguiente directriz sobre el papel, las puertas dobles de su despacho se abrieron de golpe. Gólem, su comandante de confianza y la sombra más leal que poseía en el Norte, ingresó a grandes zancadas. El rostro habitualmente imperturbable del guerrero estaba tenso, surcado por una rigidez que advertía peligro antes de que pronunciara una sola palabra. Se detuvo frente al escritorio con los puños apoyados sobre la madera. —Alpha, comenzó Gólem sin preámbulos. Acaba de llegar un reporte urgente interceptado por nuestros informantes en la red del Consejo Continental. Tenemos un problema crítico. Killian levantó la vista de inmediato. Su semblante, ya de por sí duro, se ensombreció hasta adoptar una quietud mortal.
El sobre de pergamino viajó de mano en mano a través de una red clandestina de contrabandistas que cruzaban las zonas grises de la frontera septentrional. Para el mensajero neutral que lo depositó en los buzones ciegos de la frontera continental, no era más que un encargo anónimo y bien pagado que exigía absoluta discreción y cero preguntas. El recado cruzó los altos portones de piedra blanca del Consejo Continental —el núcleo administrativo que gobernaba las manadas con mano de hierro y leyes inquebrantables— hasta llegar directamente a la gran cámara circular de cúpula alta. Bajo la fría luz matutina que se filtraba por los ventanales de alabastro, los tres magistrados revisaban los informes rutinarios de líneas de ley cuando el pliegue fue abierto. El patriarca central, un anciano de barbas cenicientas y ojos duros, recorrió las líneas de la misiva en un riguroso silencio. A su lado, los demás líderes se inclinaron de inmediato, escrutando cada palabra de la denuncia anónima c
El despacho del Alpha Supremo en la capital del Norte era un santuario de poder y silencio. Afuera, la ventisca aullaba contra los ventanales blindados, sepultando la estructura de la fortaleza bajo mantos de nieve. Dentro, el aire era denso, cargado con la fría autoridad que emanaba de la figura inmóvil junto al escritorio. Killian Blackwood sostenía entre los dedos el diario de la última matriarca de la Luna Dorada. Sus ojos azules, fijos en la caligrafía antigua, recorrían una y otra vez los párrafos dedicados al Mando Regio y a la vulnerabilidad física de sus portadoras. Para Killian, los días transcurrían con la absoluta certeza de que el tiempo jugaba a su favor. En su mente, la estrategia era impecable: confinada en el exilio, cada intento de Ayla por convocar su poder, estaba desgarrando sus tejidos desde adentro. Imaginaba el dolor sordo en sus venas, el agotamiento progresivo de su loba y la forma en que el lazo agrietado —esa punzada constante en el pecho— terminaría
Ayla sintió que el calor le subía de golpe por el cuello hasta teñirle las mejillas de un rojo intenso. Parpadeó de repente, como si despertara de un trance, y apartó las manos de manera brusca —aunque sin soltar del todo al cachorro, que seguía jugueteando con el cordón de sus botas—. Su corazón latía desbocado en su pecho, por el vértigo de haber estado a milímetros de cruzar una línea de la que no habría regreso. —Yo... yo, le llevaré este cachorrito a su madre —balbuceó, con la voz ligeramente quebrada y la mirada esquiva, levantándose con torpeza. Tomó al cachorro en brazos con rapidez, abrazándolo contra su pecho como si el pequeño animal fuera un escudo protector frente a la mirada profunda y fija del hombre. Jarek se quedó en cuclillas sobre la hierba por un instante más. No intentó detenerla, ni soltó ninguna de sus habituales frases cortantes para burlarse de su nerviosismo. En su lugar, una sonrisa leve y genuina —de esas que rara vez permitía que los demás vieran







