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2. Embarazada y Sola.

Auteur: S. Lorie
last update Date de publication: 2025-10-05 11:30:34

Sarada finalmente había regresado a su país natal, un destino que no elegía con gusto, pero que parecía inevitable. Al llegar a la entrada de la casa, soltó un suspiro profundo, cargado de resignación y cansancio. Sabía lo que le esperaba dentro: el rechazo de sus padres, un rechazo que ya había experimentado muchas veces a lo largo de su vida. Estaba embarazada, y aunque el pensamiento la atormentaba, estaba decidida a continuar con su vida, a terminar su carrera y encontrar una forma de subsistir por su cuenta. En su mente, las dudas y el miedo se entrelazaban con la determinación. 

Entró a la casa humilde de sus padres, donde las paredes, alguna vez pintadas de un blanco deslucido, mostraban signos de años de abandono. El lugar siempre había sido el mismo, un reflejo de la vida que había vivido desde pequeña, de las frustraciones y carencias de una familia que no parecía tener espacio para el amor. Su mirada recorrió el viejo sofá, el cual su padre ocupaba todos los días, bebiendo sin cesar, como era su costumbre. 

El sonido de sus pasos alertó a su padre, quien se levantó lentamente del sofá, con los ojos somnolientos, pero alertas, fijos en ella. La observó por un largo momento, y finalmente soltó unas palabras cargadas de incredulidad.

—No puedo creer que ya estés de vuelta, carajita —dijo, su voz rasposa por el alcohol, como si fuera la misma de siempre.

—He vuelto —respondió Sarada con un tono cansado, mientras se dejaba caer sobre la mesa de la cocina, observando a su madre, que permanecía en un rincón, concentrada en algo que no tenía importancia para ella.

—¿Y nos has traído algo? —preguntó la madre, sin siquiera mirarla a los ojos, como si fuera lo único que le importara. —Alguna bufanda, alguna ropa, algo que hayas traído, ¿no?

Sarada negó con la cabeza, un cansancio profundo pesaba sobre sus hombros, pero no podía dejar de pensar en lo que debía hacer. Tomó una pequeña bolsa con dinero y la dejó sobre la mesa.

—Les traje algo de dinero —dijo, su voz parecía vacía, carente de emoción—. Pero eso es todo lo que traigo. 

La madre apenas reaccionó, como si nada cambiara. Al fondo, su padre continuaba bebiendo, absorto en su mundo, sin prestar atención a lo que sucedía.

Sarada no podía evitar sentirse vacía, el amor que alguna vez había esperado de sus padres parecía ser un sueño lejano, una fantasía que se desvanecía en cada interacción con ellos. Se quedó en silencio por unos momentos, hasta que su madre finalmente habló, esta vez con una nota de desprecio en su voz.

—¿Qué te pasa? ¿Estás bien? ¿Por qué vienes sin avisar? ¿Donde demonios andabas?

Sarada cerró los ojos un instante, las palabras de su madre le dolían, pero ya no podía esperar más de ella. Era lo mismo de siempre. Su hermano había muerto hace dos años en un accidente, y desde entonces, la indiferencia de sus padres solo había aumentado. Nadie le había preguntado sobre su vida, sobre cómo estaba.

Finalmente, con una mezcla de frustración y resignación, Sarada decidió enfrentar la situación. Se acercó a su madre y, con la cabeza en alto, le dijo en un susurro:

—Estoy embarazada, mamá.

La respuesta de su madre fue inmediata, una mezcla de incredulidad y rabia. Su rostro se distorsionó, y su voz se alzó, rasposa, llena de ira.

—¿Qué? ¿De qué estás hablando? ¿Estás embarazada? ¿Y vienes aquí con esa noticia? Estás loca, Sarada.

Las palabras de su madre llegaron como un golpe, pero Sarada las había escuchado demasiadas veces en su vida. Sabía lo que vendría después. Y, como siempre, su madre continuó, con la furia y el desprecio que le caracterizaban.

—No quiero más bastardos aquí, ya basta contigo. Y tu padre también me da problemas. 

—¿Qué culpa tengo yo de lo que él haga? ¿Por qué tengo que cargar con tus errores?— espetó la rubia con furia.

Sarada apretó los dientes, el nudo en su garganta se hizo más fuerte, pero se obligó a mantenerse firme.

—Estás loca, ve buscando que hacer.

—No te preocupes, mamá. Sé que me vas a echar. Solo vine a entregarles el dinero. Y si no lo tomas, mi padre lo usará todo en su maldito alcohol.

La madre la miró con desprecio, y las palabras que siguieron fueron como dagas arrojadas al corazón de Sarada.

—Eres una estúpida ingrata. Y el padre de ese niño que llevas dentro. Donde esta, seguro solo te uso y te boto.

—No te preocupes por él. Solo trata de componer a tu hombre que es un bueno para nada. Yo ya me iré de aquí.

—Vete, es lo mejor. ¿Qué vamos a hacer con una mujer embarazada? Tus estudios, tu estúpido trabajo… ¿ni para eso sirves?

Sarada la miró, con los ojos llenos de dolor pero también de rabia contenida. No podía soportar más. Se acercó a su madre, levantó las cejas con desafío y, con voz firme, le respondió.

—No te quiero faltar el respeto, madre, pero tú hiciste lo mismo. Abasteciste a un bueno para nada y mira, ahora tengo que trabajar para mantenerlos a ustedes. Y lo que yo haga por mantenerlos, lo recuerdo, ¿lo recuerdas? Yo crecí sola en este mundo, lo sabes. Recuerdas cuando vendía chicles por toda la calle, vendía cigarrillos mientras todo lo que generaba se lo daba al alcohólico de mi padre. Si vas a hablarme de esa manera, prepárate, porque te lo voy a meter en la piel.

La madre se quedó en silencio, su mirada furiosa, pero sin saber cómo responder. Sarada, decidida, empezó a empacar sus pocas pertenencias. Sabía que ese momento llegaría. Ya no podía más, no quería seguir viviendo así. Era hora de irse, de dejar atrás la vida que le habían impuesto. Su futuro hijo merecía algo mejor.

Cuando terminó de empacar, salió de su habitación y se detuvo frente a su madre. La miró con desprecio y, sin más palabras, dijo:

—Me voy. 

—Que te vaya muy bien, si decides regresar, trae mucho dinero y regala a tu bastardo.

—Espero no verlos nunca. Y tranquila mi hijo jamás sabrá que tiene abuelos.

Su madre, llena de furia, le gritó desde lejos:

—¡Lárgate de aquí!

Sarada agarró su maleta y salió de la casa. Mientras caminaba por la acera, una lágrima recorrió su mejilla, y el nudo en su garganta se hizo más fuerte. Sabía que estaba sola, que siempre había estado sola. Por eso, al encontrar a Khaled, pensó que él sería el hombre que cambiaría su vida, que su vida sería distinta. Pero se equivocó. Otra vez, se había equivocado.

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    Años después.Durante el último año, el país de Zafirya había experimentado un notable crecimiento gracias al liderazgo del jeque Khaled y al inquebrantable apoyo de su esposa, la primera dama Sarada Voss, una elegante y admirable alemana. Sarada no solo era vista como un ícono de estilo y nobleza, sino que también había conquistado el corazón del pueblo con su empatía, inteligencia y creatividad. Su tienda de ropa, donde fusionaba la elegancia europea con la riqueza cultural de Zafirya, se había convertido en un referente internacional. Juntos, su esposo, él y Sarada eran una pareja admirada y respetada, no solo como líderes, sino también como padres amorosos.Su hijo, Zamir, quien ya tenía seis años, era la luz de sus vidas. Contra todo pronóstico, el pequeño había logrado vencer la amenaza de la leucemia que lo había azotado desde temprana edad. Los nuevos tratamientos médicos que recibió, sumados a una operación de trasplante de células madre, fueron determinantes. A pesar de que

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