LOGIN—Vaya, el hombre de la educación vial —dije, arqueando una ceja—. Pensé que solo frecuentaba callejones oscuros y oficinas lúgubres para asustar a la gente de rodillas. ¿Qué hace un espécimen como tú en un lugar lleno de arte y cultura? ¿No te da alergia?
Dominic entrecerró los ojos. Sus hombres, apostados a unos metros como gárgolas armadas, dieron un paso al frente, pero él levantó una mano, deteniéndolos sin apartar su mirada de la mía. Había una intensidad en sus ojos de obsidiana que no había notado antes; no era solo ira, era una curiosidad hambrienta.
—Aún no me has dicho tu nombre —dijo, ignorando mi pulla. Se acercó un paso más, invadiendo mi espacio personal de una forma que pretendía ser intimidante. Era como tener un huracán contenido frente a mí.
—Chloe Ross —respondí, dándole el nombre falso con una seguridad que casi me creí yo misma—. Pero para ti, soy simplemente "la persona que sigue esperando el cheque de los neumáticos". ¿Lo trajiste o vas a intentar intimidarme de nuevo con tu altura?
Dominic soltó una risa seca, un sonido carente de alegría que me hizo vibrar el estómago.
—Tienes valor, Ross. O eres muy valiente o eres rematadamente estúpida. En este mundo, la gente se arrodilla cuando paso. Tú ni siquiera te has molestado en dejar de beber ese pésimo champaña.
—Es que el champaña es gratis, Blackwood. Tu respeto, en cambio, parece que sale demasiado caro y no tengo interés en comprarlo —me burlé, dando un paso hacia él hasta que nuestras ropas casi se rozaron—. Me han dicho que debería tenerte miedo. Que eres el "monstruo" que controla las sombras de esta ciudad.
—Deberías —murmuró él, inclinándose para que sus labios quedaran a milímetros de mi oído. Su aliento cálido me rozó la piel, enviando una descarga eléctrica por todo mi cuerpo que me obligó a apretar los puños para no flaquear—. No tienes idea de con qué fuego estás jugando, Chloe. La gente como yo no tiene paciencia para las niñas que juegan a ser valientes.
En lugar de retroceder, solté una carcajada que atrajo las miradas horrorizadas de los invitados cercanos.
—¿Fuego? —Lo miré directamente a los ojos, sosteniendo el abismo de su mirada sin pestañear—. He tenido quemaduras de cocina más dolorosas que tus amenazas de villano de película. Si quieres que alguien te tema y se deshaga en halagos, busca a una de estas muñecas de porcelana que pueblan la sala. A mí solo me aburres con tu discurso de superioridad.
Le di una palmadita suave en la mejilla, un gesto tan condescendiente que escuché a uno de sus guardias ahogar un jadeo. Dominic se quedó helado. Pude ver el pulso saltando en su mandíbula, la tensión en sus hombros que prometía una tormenta de proporciones épicas.
—Nos vemos, Dominic. Intenta no romper nada… ni a nadie. Da mala imagen para la beneficencia —le dije con un guiño antes de darme la vuelta y caminar hacia la salida.
Sentía sus ojos clavados en mis omoplatos como dos brasas ardientes. Sabía que no iba a terminar así. Sabía que Dominic Blackwood, el hombre que no aceptaba un "no" por respuesta, movería cielo y tierra para descubrir quién era realmente esa "Chloe Ross". Pero lo que él no sabía es que el karma no tiene miedo a la oscuridad porque nació en ella.
Y yo era el karma que él nunca vio venir.
Al llegar a la calle, el aire frío de la noche me golpeó y finalmente me permití soltar el aire que no sabía que estaba reteniendo. Mis manos temblaban ligeramente, pero mi sonrisa era de triunfo. Había herido su orgullo en público, y en el mundo de Dominic Blackwood, el orgullo era más sagrado que la vida misma.
El juego acababa de subir de nivel, y yo estaba dispuesta a jugarlo hasta el final
Dominic BlackwoodSi pensaba que dirigir un imperio criminal y logístico en los muelles de Londres era estresante, es porque no conocía lo que significa estar casado con una Chloe Donovan embarazada de tres meses. La boda fue, en palabras de Spencer, "el evento del siglo", pero para mí fue el inicio de una nueva era de servidumbre voluntaria.Chloe ha pasado de ser una artista independiente y serena a ser una fuerza de la naturaleza que se despierta a las tres de la mañana exigiendo pepinillos con chocolate fundido. Y yo, el hombre que hace temblar a sus rivales, me encuentro recorriendo las gasolineras de la ciudad en pijama porque "el chocolate de la despensa no tiene la textura correcta".Hoy era la cita de control de los tres meses. Chloe estaba radiante, aunque un poco irritable porque el olor del cuero de mi coche nuevo le producía, según ella, "ganas de cometer un crimen".—Dominic, deja de tamborilear los dedos en el volante. Me pones nerviosa —me espetó mientras caminábamos po
Dominic BlackwoodHabía pasado un mes y medio desde que puse ese anillo en el dedo de Chloe, y mi vida se había convertido en un torbellino de decisiones que nunca pensé tomar. Muestras de lino para los manteles, catas de menús que siempre terminaban conmigo pidiendo un filete simple, y Spencer enviándome correos electrónicos con el asunto "Logística de la Boda Real".Pero hoy, el ruido del mundo se había detenido.Estábamos en el despacho de la mansión. Chloe me había pedido que subiera porque tenía algo para mí. Estaba de pie junto a la ventana, con la luz de la tarde bañando su silueta, y frente a ella, apoyado en un caballete y cubierto por una tela de terciopelo azul, estaba un lienzo.—¿Te acuerdas de esto? —preguntó ella, con una sonrisa que escondía algo más que nostalgia.—¿Cómo olvidarlo? —me acerqué, colocándome detrás de ella y rodeando su cintura con mis brazos—. Fue mi excusa favorita. "Señorita Donovan, necesito que pinte mi retrato". Una mentira descarada para tenerte
Chloe DonovanLa mansión Blackwood todavía olía ligeramente a las tostadas carbonizadas de Dominic, pero el ambiente ya no era de desastre, sino de una calidez vibrante. Spencer y Casey habían llegado hace una hora con la pequeña Izzi, quien ahora gateaba a toda velocidad por la alfombra del salón persiguiendo a Gárgola. El perro, por su parte, parecía haber encontrado a su alma gemela en la bebé; ambos eran igual de caóticos y ruidosos.—Dominic, en serio, el detector de humo de la entrada principal me envió una alerta al móvil —decía Spencer, desparramado en el sofá con una copa de vino en la mano—. Pensé que los Rose habían vuelto para un segundo asalto, pero veo que el único enemigo fue una rebanada de pan integral.—Cállate, Spencer. Estaba probando la resistencia térmica de la cocina —respondió Dominic con su habitual tono gélido, aunque no podía ocultar la chispa de felicidad en sus ojos mientras me rodeaba los hombros con el brazo.—Bueno, antes de que sigan peleando por la ef
Chloe DonovanMe desperté con esa sensación de pesadez deliciosa que solo queda después de una noche de entrega absoluta. La luz del sol se filtraba tímidamente por las cortinas de terciopelo de la mansión, iluminando el anillo de compromiso en mi mano derecha. Sonreí como una tonta, estirándome entre las sábanas de seda que aún conservaban el aroma de Dominic.Sin embargo, algo faltaba. El lado de la cama de la Gárgola estaba frío y vacío.De repente, un olor extraño empezó a filtrarse por debajo de la puerta. No era el aroma a café recién hecho que solían preparar los empleados. Era algo más... industrial. Algo que olía a desesperación y a tostadora en llamas.—¿Dominic? —llamé, pero no hubo respuesta.Me puse su camisa de seda negra, que me quedaba como un vestido corto, y salí de la habitación. A medida que bajaba las escaleras, el olor a quemado se intensificaba, acompañado por el sonido de una alarma de humo que alguien —probablemente un hombre con muy poca paciencia— intentaba
Dominic BlackwoodEl eco de la celebración en la azotea se había desvanecido, dejando solo el silencio vibrante de nuestra habitación en la mansión. El anillo en el dedo de Chloe destellaba bajo la luz tenue de las lámparas de sal, un recordatorio constante de que, a partir de esta noche, no había vuelta atrás. Ella era mía en todos los sentidos legales y espirituales que el hombre ha inventado.La alcé en mis brazos, sintiendo su peso ligero y su calor traspasando la seda de su vestido. Cuando sus pies tocaron la alfombra junto a la cama, no la solté. La acorralé contra el poste de madera tallada, mis manos subiendo por sus muslos hasta anclarse en su cintura.—Dominic… —susurró mi nombre como una súplica, sus ojos azules dilatados, fijos en los míos.—No tienes idea de cuánto tiempo he esperado para celebrarte así, sin sombras, sin médicos, solo tú y yo —mi voz sonó como un rugido contenido.Me incliné y capturé sus labios. No fue un beso tierno; fue un reclamo. Mis dientes rozaron
Dominic BlackwoodHay algo que los manuales de estrategia militar no te enseñan: cómo manejar el silencio de un resultado negativo. He pasado los últimos tres meses en una guerra diferente. No hubo balas ni barcos, solo citas médicas, hormonas, esperanzas puestas en un laboratorio y, finalmente, el frío vacío de una prueba que decía que no.Habíamos decidido optar por la inseminación. Chloe y yo, listos para traer al mundo a ese pequeño ser que soñamos en el jardín de la cabaña. Pero la biología no sigue las órdenes de un Blackwood. Ver la frustración en los ojos de Chloe cada vez que salíamos de la clínica me quemaba más que cualquier herida de combate. Ella se sentía responsable, se sentía fallida, y por más que yo le jurara que la amaba a ella por encima de cualquier deseo de paternidad, su luz se estaba apagando.—No quiero ir a cenar, Dom. Solo quiero quedarme en pijama y ver documentales de crímenes —me dijo ella, sentada en el borde de nuestra cama, mirando la nada.—Chloe Dono







