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Capítulo 5

Author: September
Una semana después, Sophia insistió en llevarme al Velvet Club, el lugar privado de los Bellandi en el lado norte, donde las familias intercambiaban favores e insultos sin necesidad de levantar la voz.

—Necesitas tomar aire —dijo mientras arreglaba mi cabello frente al espejo—. Y necesitas conocer a alguien que no sea un fantasma.

Lo decía con buena intención. Ese era el problema.

Cada gesto amable que tenía conmigo hacía más difícil odiarla.

Llevaba un vestido de terciopelo negro, maquillaje ligero y el anillo de Luca en mi dedo.

No lo usaba para luchar por él, sino porque todavía era demasiado débil para quitármelo antes de verme obligada a hacerlo.

Cuando llegamos, Luca ya estaba en la mesa principal y Sophia fue directamente hacia él.

Él se levantó de inmediato, apartó la silla para ella y le preguntó si la música estaba demasiado fuerte.

Ella sonrió y le dio un beso fugas en la mandíbula.

—Elena —dijo Sophia, tirando de mí para sentarme a su lado—, él es Dante Valenti. Es un viejo amigo de Luca, aparentemente peligroso, y, además, está muy soltero.

Dante Valenti estaba sentado frente a mí con un traje azul marino sin corbata y una sonrisa relajada que apenas ocultaba unos ojos afilados.

Tres años atrás, cuando mi búsqueda casi había acabado conmigo, Dante me había ayudado a salir de allí y había mantenido alejadas a las personas no deseadas de mi habitación del hospital.

—Señorita Vane. Ha pasado mucho tiempo —dijo, tras mirarme un largo rato.

—Dante —respondí suavemente.

Sophia no notó la historia escondida en ese silencio.

Luca sí.

Su mirada se movió entre nosotros, oscura e inmóvil, y por primera vez en toda la noche pareció menos un esposo y más el hombre que un día odió a todo aquel que alguien se acercara demasiado a mí.

A mitad de la cena, Sophia fue a retocarse el maquillaje.

Luca esperó hasta que la conversación se alejó de nosotros. Entonces sacó una tarjeta negra de hotel de su chaqueta y la deslizó hacia mí.

—Suite de arriba —dijo—. Dante se quedará allí esta noche.

—¿Por qué me la das? —pregunté, mirando la tarjeta.

La comisura de sus labios se curvó, pero no había humor en su expresión.

—¿No es esto lo que quieres? Tú y Dante ya se conocen lo suficiente.

Sentí que se me iba toda la sangre de la cara.

—Luca.

—No me mires así. Una vez encontraste consuelo. ¿Por qué fingir que eres demasiado pura para hacerlo otra vez?

La copa de Dante se detuvo a mitad de camino hacia sus labios. No dijo nada, pero sus ojos se endurecieron.

No dijo nada, pero sus ojos se volvieron se endurecieron.

Debí haberle arrojado la tarjeta de vuelta. Sin embargo, por el contrario, me quedé sentada con las manos sobre el regazo, y sentí cómo algo dentro de mi se plegaba sobre sí mismo, pequeño, agotado…

Durante cinco años, había creído que amar significaba resistir. Pero ahora él estaba vivo, sentado frente a mí, usando como cuchillo al único hombre que me había ayudado a sobrevivir.

Lentamente, me quité el anillo de compromiso, que me había acompañado durante cinco años de búsqueda.

Alguna vez había sido una promesa. Pero ahora no era más que un trozo de metal frío.

Cuando lo dejé junto a la tarjeta, el anillo golpeó el mármol negro con suavidad.

Los ojos de Luca cambiaron de inmediato.

—Elena...

Al pronunciar mi nombre, por primera vez, su voz sonó casi asustada.

No pude sostenerle la mirada. Sentía que, si lo hacía, podría romperme.

—Ya no puedo seguir con esto. No puedo seguir esperándote, odiándote, amándote y siendo castigada por ti al mismo tiempo.

En ese momento, Sophia regresó sonriendo hasta que vio nuestros rostros.

—¿Qué pasó?

Me levanté antes de perder el valor. Las piernas me temblaban y sentía todo el cuerpo sumamente débil.

Pero, aun así, tomé la tarjeta. No porque Luca me hubiera enviado a algún lugar. Sino porque necesitaba una puerta en aquella habitación que no le perteneciera a él.

—Nada —dije—. Estoy cansada.

A mis espaldas, Luca pronunció mi nombre una vez.

Me detuve, pero no me giré.

—No tienes derecho a lanzarme hacia otro hombre y, aun así, lucir herido cuando me alejo.

Dicho esto, me marché sin mirar atrás.
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