LOGINSe averió, dice el "desmemoriado" gruñón...
Ante una propuesta tan inusual y, en especial, viniendo de la dulce anciana, el abogado abrió los ojos desmesuradamente, tratando de sostener el respeto el respeto que le tenía. Renzo casi se ahoga con su propia saliva y se volvió a levantar de un brinco, apoyando ambas palmas sobre la mesa. —¡¿Qué?! —exclamó, al borde de la histeria—. ¡Abuela, por Dios Santo! ¡¿Te volviste loca?! ¡¿Cómo vas a proponer que Violeta se case con un tipo que recién recogió de la calle?! Al otro lado de la mesa, el rostro de Jazmín sufrió un cambio abrupto. Pasó de la alarma por lo sucedido, a una sonrisa inmensa y descaradamente pícara, mientras enarcaba las cejas repetidamente hacia su hermana menor. Saboreó la brillante, retorcida y perfecta jugada de la abuela. Por su lado, Violeta se quedó petrificada, pasando los ojos de su abuela a Renzo, luego a Jazmín y por último, a Cárdenas. La sola mención de la palabra “matrimonio” hizo que cada milímetro de su piel ardiera y se erizara. —¡Eso no es u
El director financiero elevó las cejas, sorprendido por la agresividad de la jugada. —¿Todas, señorita? Podría ser una pérdida millonaria e irreversible si la empresa quiebra. —Ese conglomerado tiene demasiada infraestructura y activos como para quebrar por completo, pero su directiva va a estar demasiado ocupada peleándose por la silla vacía como para notar quién está comprando su deuda —dijo Violeta con frialdad—. Quiero que tengamos presencia, voz y voto dentro de ese grupo. Si alguna vez intentan volver a meterse con nuestras pastelerías, me aseguraré de estar sentada en su propia mesa de accionistas para frenarlos. —Entendido —asintió Mendoza, tragando grueso y tomando nota. Antes de que Violeta pudiera retomar la palabra, su teléfono personal comenzó a vibrar sobre la mesa. El nombre de Maribel, la cajera en la pastelería, parpadeaba en la pantalla. Sabiendo que los empleados no marcaban a ese número si no era estrictamente necesario, Violeta descolgó sin pensarlo dos v
El aroma de los característicos cruasanes frescos de mantequilla de La Roseta llenaba la sala de conferencias; sin embargo, nadie se atrevía a probar un solo bocado. Toda la atención entaba centrada en el director de finanzas, quien desglosanba los gráficos de rentabilidad en la pantalla gigante. Violeta lo escuchaba con sumo interés desde la cabecera, asintiendo levemente y con un destello de satisfacción en sus ojos. A simple vista, para cualquier extraño que asomara las narices en la junta, resultaría inverosímil que una mujer de veintisiete años tuviera a un ejército de ejecutivos veteranos rindiéndole cuentas con semejante nivel de respeto. Pero en esa sala, en ese piso, todos conocían la historia detrás de La Roseta. Sabían que Violeta Sánchez no había heredado la cadena que hoy contaba con más de veinticinco sedes empaquetada con un bonito moño rosa, ni provenía de una cuna de oro. Ella lo había construido con el sudor de su frente. Cuando apenas tenía trece años y su abuelo
El eco rítmico de los tacones de Violeta y Jazmín resonaba sobre el mármol pulido del edificio administrativo principal de La Roseta. Violeta había cambiado la ropa del día anterior por un sofisticado conjunto corporativo que gritaba su nombre, compuesto por un pantalón de corte alto y bota ancha en rosa vintage, un top satinado de cuello asimétrico a juego, y un blazer entallado en tono verde esmeralda que enmarcaba su figura. Era un atuendo que rompía con el tradicional y aburrido traje sastre gris, azul oscuro o negro, y que se negaba a vestir. Violeta caminaba erguida hacia los ascensores, con un semblante inusualmente serio, mientras Jazmín trataba de seguirle el paso luciendo un gesto divertido y descarado. —Ay, por favor, Violeta. ¿Vas a estar enojada todo el día? —preguntó Jazmín, dándole un suave empujón con el hombro—. No exageres. —Casi me matas de vergüenza, Jaz. No quiero que Paúl se meta ideas equivocadas en la cabeza —aseveró, girando el rostro hacia su hermana c
Tratando de lucir lo más serena posible, Violeta ignoró aquella mirada pícara y descarada de su indiscreta hermana. Continuó hacia la cafetera; sin embargo, su estómagola ya sentía los espasmos del nerviosismo. Conocía bastante bien a Jazmín como para saber perfectamente que en esa cabeza empezaba a revolotear alguna idea completamente fuera de lugar. —Buenos días, Jazmín —saludó, tratando de que su voz sonara apática. Forzó una sonrisa tímida y le dio la espalda para ocultar el sonrojo—. No sabía que vendrías. Jazmín se encogió de hombros, inalterable. —Te busqué temprano en tu habitación para que me prestaras uno de tus fabulosos pares de zapatos. Supuse que te habías venido temprano a la pastelería —le dio un sorbo a su café con lentitud exasperante, esperando que su siempre reservada hermana soltara alguna confesión—. Pero, ¡oh sorpresa! Cuando hablé con Matheo, comprobé que tu auto no se había movido del estacionamiento desde anoche. ¿Qué cosa interesante me tienes que cont
El sol de la mañana irrumpió con todo su esplendor a través de la ventana sin cortinas, inundando la pequeña habitación. Los rayos dorados daban directamente en el rostro de Violeta, por lo que, cada vez se hacía más insoportable el calor y la luz. Con un quejido somnoliento, se giró en la cama individual dándole la espalda al ventanal, e instintivamente entreabrió los ojos. Lo primero que distinguió fue la lámpara sobre la mesita de noche, aquella de pantalla floral que ella misma había pintado a mano, luego, como si todavía no procesara la información, su mirada atravesó la puerta corrediza abierta que separaba los espacios. Ahí, desde la cama, alcanzó a ver la esquina del sofá azul de la salita y apenas asomándose, la frente y el cabello castaño de Paúl, recostado en uno de los cojines fucsia. Fue entonces que Violeta se espabiló de repente, cayendo en cuenta que había amanecido en el anexo de la pastelería. Ella se incorporó de un respingo, apartando las sábanas de una patada p







