LOGINVioleta caminaba junto a Renzo por uno de los pasillos hacia la salida principal, se frotaba los brazos por encima del ancho suéter en un intento de darse un poco de calor. Renzo parecía cambiarle el semblante por uno más saludable a medida que se aproximaban a la puerta.
—¿De verdad ya no vendrás más? —preguntó él con un aire triunfante. Violeta se encogió de hombros. —No, mi deber terminó aquí, como prometí. Ya él despertó. Renzo esbozó una amplia sonrisa llena de tranquilidad, ya no quería volver a pisar un maldito hospital en su vida. Había descubierto que esos lugares le ponían los nervios de punta por más que intentaba verse valiente. Para colmo, tener que presenciar el alboroto de las alarmas del "medio muerto" ese día lo descompuso, ni siquiera cuando vio a Jazmín después del accidente se incomodó tanto. —¡Señorita Sánchez! —una voz femenina hizo eco en el pasillo— ¡Señorita Sánchez! ¡Espere! Cuando Violeta se volvió por el llamado, una de las enfermeras que estaba en la habitación con el paciente se dirigía a ella a grandes zancadas, parecía que había corrido una maratón. —¿Dígame? ¿Sucede algo? ¿El paciente se complicó? —indagó rápidamente, con el corazón desbocado, temiendo que el milagro del hombre hubiera durado muy poco. —No —recuperó el aliento—. Está sorprendentemente estable, el doctor Núñez me envió por usted porque el paciente se rehúsa a colaborar con el examen. Solo pregunta por usted. Violeta le dedicó una mirada rápida a Renzo, quien ya entornaba los ojos con exasperación, murmuraba reproches para sí mismo y volvía a palidecer. —Espérame un momento aquí, no demoraré —le pidió, consciente de que su hermano era una gelatina, a pesar de su apariencia ruda. … Pocos minutos después, Violeta cruzaba el umbral de la habitación con pasos cautelosos, con el aliento contenido, sin saber qué esperar. El paciente miraba al techo, junto a él, el doctor Núñez se masajeaba los lagrimales por debajo de los anteojos con cierta resignación. Violeta abanicó su mano, haciéndole señas al médico de que ya estaba ahí. —¡Oh, gracias al cielo no se había ido todavía! —exclamó, acercándose con evidente alivio. —Señor —se dirigió al paciente, señalando a Violeta con formalidad—, aquí tiene a su salvadora. Le presento a la señorita Violeta Sánchez. Ella es la persona que se hizo cargo de usted desde que ingresó a emergencias y ha cubierto sus gastos médicos. De pronto, esos intensos ojos aceitunas se volvieron a clavar en ella. Su mirada empezó recorrer a Violeta de pie a cabeza, hizo énfasis en sus manos apretando la correa de su curioso bolsito blanco en forma de flor, continuó por su ancho suéter tejido amarillo de abejitas y flores, hasta llegar a sus abundantes rizos. Él parecía una máquina inexpresiva, procesando la escasa información que tenía en frente. Esta vez Violeta sintió que la escrutaba hasta la última fibra de su cuerpo y la traspasaba, haciéndola preguntarse qué diablos pasaba por su cabeza. Ella se armó de valor y dio un par de pasos hacia adelante. —Hoolaaa —saludó lento, acompañado de un gesto amplio con la mano, y se inclinó ligeramente—. Es un gustoooo conoceeer-te. Tranquiii-looo, no te esfueeer-ces demasiaaa-doooo. Nadieee te va a lastimaaarrr. Cada palabra fue más lenta y prolongada que la anterior, como si él tuviera alguna dificultad para comprender o le hablara con un alienígena. La expresión inescrutable del hombre se transformó abruptamente. Arrugó el entrecejo e hizo un ligero gesto de desagrado, separó los labios y quiso decir algo precipitadamente, pero en lugar de eso, su garganta seca solo le hizo toser. Luego, volvió a fijar su mirada, aún más severa. Violeta retrocedió de nuevo hasta quedar junto al doctor Núñez y se cubrió un lado de la boca con la mano. —Doctor… ¿es normal que los pacientes que despiertan de un coma miren así de feo a la gente? —susurró, intrigada. El doctor Núñez se aclaró la garganta y se rascó la nuca para disimular su propia incomodidad ante el obvio rechazo del sujeto; sin embargo, le generaba demasiada curiosidad. En su amplia trayectoria como médico, no había visto a un paciente recién salido de terapia intensiva tan obtuso. Ignoró por completo las explicaciones sobre sus lesiones y el tiempo que pasó inconsciente, como si no le causaba impacto alguno, cuando normalmente, en cualquier otro paciente, se notaba el pánico por el desconocimiento y la vulnerabilidad. —Es común que haya desorientación provocada por el dolor, pero admito que este caso es muy particular —murmuró, antes de volver su atención al paciente. Él continuaba observándolos, con la mandíbula más tensa. Aunque cuchicheaban, podía oír claramente lo que decían. —Señor, su recuperación depende enteramente de su cooperación. Necesito hacerle una evaluación cognitiva básica —continuó el doctor, repitiéndoselo por enésima vez—. Ahora que está la señorita Sánchez acá, como pidió, ¿puede decirme su nombre? ¿O algo que pueda recordar? Finalmente, dejó de hacer contacto visual y agachó la mirada. Él resopló lánguidamente y, de un modo que rozaba en lo dramático, relajó sus facciones. Cerró los ojos, en silencio, dando la impresión de que rebuscaba en su memoria. —Yo… —dijo débilmente con voz rasposa y vulnerable, amenazando con toser— No lo sé. La confesión provocó que Violeta levantara las cejas con sorpresa, eso no estaba dentro de los planes, mientras que el doctor Núñez entrecerró los ojos con una punzada de suspicacia, ladeando el rostro. El pecho del paciente subió y bajó con una respiración errática, angustiada, entretanto sus ojos desorientados buscaban una respuesta en la nada. Aquel semblante rígido y orgulloso se desvaneció para transformarse en uno frágil y perdido. —No sé quién soy —reiteró, con una pizca de desespero en su tono. A Violeta se le estrujó el corazón, toda su cautela para acercarse al desconocido con mirada feroz se esfumó, imaginando lo terrible que debía ser despertar rodeado de extraños, con esos pitidos que volverían loco a cualquiera y despojado de sus propias memorias. Su compasión la empujó a volver a acortar la distancia y a atreverse a sentarse en el borde de la cama. —Escucha —indicó suave y dulce. Él volvió a posar sus ojos lentamente en ella. —No te preocupes, no importa que no lo recuerdes ahora. Solo necesitas tiempo —dijo comprensible, con una sonrisa dulce que marcaba sus hoyuelos en las mejillas. Él solo escuchó. No confiaba en nadie en ese lugar, ni siquiera en su propia sombra, pero esa voz resonaba en su subconsciente como aquella que lo había sacado del abismo. Era lo único que le brindaba confianza, a pesar de rehusarse a admitirlo. Ella hizo una pausa, meditando. —Hagamos algo… seguiré viniendo hasta que recuerdes quién eres, o al menos hasta que estés lo suficientemente fuerte para salir a averiguarlo. Te lo prometo. Él asintió levemente y una ligera sonrisa, apenas perceptible se dibujó en la comisura de sus labios. Podía tomarse como gratitud, pero arrastraba algo mucho más indescifrable. … El silencio sepulcral de la madrugada reinaba en los pasillos del hospital. En la habitación seguían escuchándose los pitidos de los monitores, aunque de un modo menos perturbador. La enfermera de turno, de avanzada edad, encendió las luces e ingresó llevando consigo una bandeja de metal con medicamentos. El paciente solo volvió el rostro sin responder a su saludo, todo indicaba que su letargo era pesado, y no lo culpaba, había tenido una tarde ocupada llena de estudios de todo tipo. La mujer colocó la bandeja sobre la mesita de noche, observó la hora en su reloj de pulsera, y al parecerle incorrecta, sacó su móvil, comprobando que efectivamente estaba errada. Soltó un suspiro molesto por tener que gastar dinero en la batería de su reloj. Revisó el historial médico y comprobó que le faltaba un medicamento más, por lo que dejó el historial y el móvil en la mesita de noche junto a la bandeja, y salió a buscarlo a regañadientes. El hombre escuchó los pasos alejarse y muy lentamente volvió el rostro en dirección a ellos, abrió apenas los ojos para comprobar que la enfermera se hubiera ido y vio ese móvil en la mesita como una revelación. Dolorido y obstinado, se arrastró sobre el colchón y estiró el brazo lo suficiente como para alcanzarlo, aunque sus músculos se lo reprocharan. Lo tomó rogando que no hubiera código de desbloqueo, deslizó el dedo y, ¡sorpresa! No lo tenía. Sintió que esa era su noche de suerte y marcó rápidamente un número. Cuando estuvo a punto de perder las esperanzas de que alguien contestara, lo hicieron. —Soy yo… —interrumpió a quien habló al otro lado— Escucha. Nunca me subí a ese avión, intentaron asesinarme. Prepara mi funeral por todo lo alto y no confíes en nadie. Investiga —apretó los dientes, iracundo—. Cuando llegue el momento, volveré, y cada maldita cucaracha que se atrevió a traicionar a Elliott Schneider pagará. Colgó.Y, tenemos un nombre completo Elliott Schneider.
Dos semanas más tarde, Violeta aguardaba oculta tras una inmensa columna de granito, muy cerca de la entrada principal del Conglomerado Schneider. Respiraba hondo, reuniendo toda la sensatez que le quedaba para no estallar, después de haber intentado acercarse al "Dictador" tres veces más como una ciudadana común, sin lograr el menor éxito. Durante esa travesía, mientras comprobaba cuán inaccesible y detestable era el sujeto, se armaba de una paciencia sobrehumana para no alimentar un odio visceral hacia un hombre al que ni siquiera conocía en persona. Ese iba a ser el quinto y último intento en son de paz, si fracasaba, no quedaba más remedio que ir a una disputa legal frente a un Conglomerado tan poderoso; aunque, de ninguna manera permitiría que le arrebataran su Sede Matriz, el lugar que guardaba su sudor y la memoria de sus abuelos. El sedán blindado de Schneider ya aguardaba en la acera principal con el chofer sosteniendo la puerta abierta cuando la figura erguida de Elliott
Desde la profundidad de su letargo, los verdaderos sueños de Violeta, de esa noche, la arrastraron a aquellos días exasperantes en los que la Sede Matriz de La Roseta comenzaba a recibir las primeras amenazas del Conglomerado Schneider. La situaron justo antes de cruzar las puertas de un exclusivo restaurante. Violeta se tomó un momento para tomar aire y verificar que su apariencia estuviera en orden. Se pasó la mano por la cabeza para asegurarse de que no hubiera un solo rizo rebelde escapando del rígido moño que se había hecho. Luego, con la palma, se planchó las solapas del traje sastre gris plomo que le había pedido prestado a Jazmín, era la prenda más opaca y carente de gracia que había vestido en toda su vida. No se sentía muy a gusto con ese aspecto, pero deducía que al sujeto con el que estaba a punto de reunirse le molestaban los color y cualquier vestigio de alegría. Eran sus conclusiones después de haberse dedicado días enteros a rastrear los movimientos de Elliott Shn
Tras escuchar las palabras de Violeta, Elliott elevó las cejas con total desconcierto. —¿Ya llegué...? —murmuró Elliott después de tragar grueso— ¿C-cómo? ¿Acaso me estabas esperando? ¿O... a alguien más? Violeta soltó una queda risita, sin retirar la palma de su pecho. Deslizó los dedos con torpeza sobre la piel tibia de su torso, sintiendo la firmeza de sus pectorales. A pesar de que habían transcurrido muchas semanas de inactividad obligatoria y la falta de sus dietas rigurosas, Elliott todavía conservaba la estructura esculpida de sus años de entrenamiento disciplinado. —Pues, claro que a ti, Paúl... ¿Por qué lo preguntas? Si tú mejor que nadie lo sabe —arrastró las palabras con letargo, pestañeando despacio—. Siempre apareces en mis sueños desde que te visito en el hospital. Todas las noches estás ahí en mi cabeza, en mis sueños, erguido, mirando feo a todo el mundo y poniendo esa cara arrogante en donde parece que dices: “Malditos plebeyos.” Pero respeto tu personalidad. Ca
A medida que Elliott se adentraba en la habitación, advertía la sutil fragancia a lavanda y coco que envolvía el ambiente, lo cual le recordaba la presencia de Violeta. Supuso que su olfato había quedado impregnado de esa esencia debido a su cercanía durante toda la velada. Agotado como estaba, no se detuvo a detallar la habitación y lo que había en ella, le bastó con notar sus peculiares tonos pastel y hallarla lo suficientemente acogedora para el descanso. Nada de qué extrañarse, dada la pintoresca personalidad de la mayoría de los miembros de esa familia. Se quitó el saco, desabrochó la corbata con prisa y se encaminó al baño privado. Sin perder un minuto, se tomó una ducha rápida con agua tibia, lo que le devolvió el alivio a los músculos atrofiados. Vistiéndose únicamente con un pantalón cómodo de dormir, apagó todas las luces, solo dejando que se filtraran los rayos de luna a través de una de las ventanas, y se metió a la cama. Últimamente, necesitaba dormir ligero de ropa, p
El vino espumoso pareció eliminar cualquier rastro de cautela en Violeta y multiplicar su intriga a niveles exponenciales. Estaba orgullosa de poseer una excelente memoria, pero el hecho de no lograr identificar de inmediato el origen de ese recuerdo la hizo tomárselo como un reto. Violeta le entregó a su hermana las copas vacías, dejándola completamente confundida. Avanzó con pasos rápidos y decididos a través del salón, mientras saludaba apenas con un movimiento de cabeza a las tías y primos que acababan de llegar, sin perder de vista su objetivo. Sin dudarlo, se le plantó enfrente a Paúl, invadiendo su espacio personal de imprevisto. La irrupción fue tan inesperada que Elliott cortó la frase que le decía a Francisco a la mitad. Su suegro y Renzo dieron un paso atrás por inercia, sorprendidos por la determinación de Violeta. Al verla tan cerca, con las mejillas sonrojadas, un brillo travieso en los ojos y acortando más y más la distancia entre ambos, el ego de Elliott asumió que
—¡Que vivan los novios! —exclamó la abuelita Hortensia, a la vez que se ponía de pie con un aplauso entusiasmado al que se unieron rápidamente don Francisco y la señora Valentina. El bullicio rompió con esa burbuja en la que Violeta y Elliott permanecían hechizados. Ella forzó una sonrisa hacia los presentes y, dispuesta a tomar distancia antes de que sus piernas terminaran de traicionarla, dio un par de palmaditas secas y suaves sobre el pecho de su esposo, ahora notando, muy a su pesar, la solidez de sus músculos bajo la tela. Las nuevas sensaciones que aquella mujer despertaba en Elliott estaban haciendo estragos en su autocontrol. Desde ese momento, empezaba a aceptar todos esos síntomas ilógicos con un placer adictivo, ahora que identificaba la causa exacta. Cuando su mano sintió que Violeta tomaba distancia, tuvo el impulso de volverse a aferrar a la estrechez de su cintura para volver a pegarla a él, pero enseguida, el choque estridente de las copas de cristal en el salón,







