FAZER LOGINVioleta caminaba junto a Renzo por uno de los pasillos hacia la salida principal, se frotaba los brazos por encima del ancho suéter en un intento de darse un poco de calor. Renzo parecía cambiarle el semblante por uno más saludable a medida que se aproximaban a la puerta. —¿De verdad ya no vendrás más? —preguntó Renzo con un aire triunfante. Violeta se encogió de hombros. —No, mi deber terminó aquí, como prometí. Ya él despertó. Renzo esbozó una amplia sonrisa llena de tranquilidad, ya no quería volver a pisar un maldito hospital en su vida. Había descubierto que esos lugares le ponían los nervios de punta por más intentaba verse valiente. Para colmo, tener que presenciar el alboroto de las alarmas del "medio muerto" ese día lo descompuso, ni siquiera cuando vio a Jazmín después del accidente se incomodó tanto. —¡Señorita Sánchez! —una voz femenina hizo eco en el pasillo— ¡Señorita Sánchez! ¡Espere! Cuando Violeta se volvió por el llamado, una de las enfermeras que estaba en la
Ante la pregunta débil y ronca del hombre, Violeta sintió cómo su corazón se sacudió dentro de su pecho y la sonrisa genuina que antes le dedicó, se desvaneció. Separó los labios para contestar; sin embargo, pareció que le era imposible formular una frase coherente. Al fin y al cabo, para él, ella era una completa desconocida.—Mi nombre es Violeta —logró contestar después de aclararse la garganta con cierta incomodidad—. Yo soy…De pronto, las enfermeras y el doctor Núñez ingresaron a la habitación apresurados. Debido al escándalo de los monitores, asumían que el hombre sufría de un ataque cardíaco o que algo andaba muy mal.La verdad los paralizó por un instante. —¡Cielos! ¡Ha despertado! —exclamó una de las enfermeras. Había un rastro de alarma en su timbre.Nadie esperaba que él reaccionara tan pronto, si era que llegaba a hacerlo en algún momento.Rápidamente, le pidieron a Violeta que se hiciera a un lado para poder atender al paciente debidamente. Fue cuando su mano debió apar
Shneider llegó al estacionamiento, llevaba ese porte autoritario y elegante que lo caracterizaba. Dejó atrás a cada empleado que se estremecía a su paso, y cada obligación de rutina a la cabeza de proyectos de gran envergadura, para dirigirse a sus únicas vacaciones del año. Sin llamadas, reuniones aburridas, ni compromisos de ningún tipo. Dos semanas en completa soledad y silencio apartado del mundo. Cuando llegó al auto, ya estaba el chofer esperando por él, tal y como le informó su asistente. Le abrió la puerta cortésmente. —¿Está todo el equipaje que ordené? —indagó sin siquiera ver al hombre al rostro, pasándole por un lado directo al asiento trasero. Apenas tenía una semana en el puesto, esperaba que no le hiciera perder el tiempo. —Sí, señor. Exactamente como ordenó. Cerró la puerta sin más. Después de un largo rato, Schneider respondía unos últimos mails desde su portátil, instintivamente, apartó la vista de la pantalla y observó por la ventanilla. Frunció el ceño
El rostro Violeta se iluminó con una extensa sonrisa, seguidamente celebró con pequeños aplausos silenciosos. En ese momento, era testigo de cómo el paciente misterioso era ingresado a una lujosa habitación de hospitalización, minutos después de haber sido dado de alta del UCI. Ella experimentaba una inmensa satisfacción al saber que la vida del desconocido ya no estaba pendiendo de un hilo. Día tras día Violeta visitó a aquel hombre en los breves lapsos de tiempo que le permitían, como lo prometió. Su esperanza estaba intacta, a pesar de que, a veces, el paciente presentara altibajos. Doce días después de haberse hecho responsable de él, Violeta recibió la grata noticia de que la inflamación en su cerebro estaba cediendo significativamente y que ya respiraba por sí solo, por lo que, los médicos le pidieron que fuera a firmar la autorización para el traslado del paciente. Sin pensarlo dos veces, Violeta interrumpió su trabajo en la pastelería y salió disparada hacia el hospital.
A la mañana siguiente, Violeta rebanaba una manzana en trozos minúsculos para Jazmín, como si estuviera preparándolos para que un niño de tres años pudiera engullirlos, mientras se limitaba a escuchar la charla entre su hermano Renzo y Jazmín sin intervenir, ni parlotear como solía hacerlo. De pronto, el silencio reinó en la habitación. Violeta advirtió la figura de su hermano aproximándose y, cuando alzó la mirada, se encontró con los ojos de él escrutándola fijamente. Al girarse hacia la cama, notó que Jazmín, recostada rígidamente, también la analizaba con la misma intensidad. —¿Qué? ¿Por qué me ven así? —preguntó con un sobresalto. —¿Qué escondes? —interrogó Renzo, suspicaz. Ambos la leían como un libro abierto, mejor que sus propios padres. Sabían que, cuando Violeta callaba frente a ellos era porque intentaba guardarse algo y el solo hecho de abrir la boca la delataría. Violeta separó los labios con la intención de hablar, pero vaciló. Su particular ausencia se debía a
Las palabras inesperadas de Violeta en medio de la discusión hicieron que toda la atención se volcara hacia ella de inmediato. Sintió un rubor intenso cubriendo sus mejillas por ello, consciente de lo inverosímil que, probablemente, sonaba ofrecerse a pagar las facturas de un desconocido; sin embargo, mantuvo la barbilla en alto, respaldando su convicción. —¿Disculpe? —preguntó el jefe del departamento, aproximándose a ella como un felino y repasándola de pie a cabeza. Sus ojos recorrieron la ropa sucia de Violeta y terminaron en sus rizos, rebeldes y desastrosos. Aún así, ella no se inmutó por el escaneo arrogante. —¿Acaso conoce al paciente? Violeta negó con la cabeza. —Señorita, con todo respeto, me temo que una noche en la Unidad de Cuidados Intensivos puede costar más de lo que usted facturaría en un año entero —aseguró él, revelando una educación desdeñosa. Violeta continuó firme, sin un ápice duda. Seguidamente, se acomodó la carpeta de su hermana bajo la axila y hurgó en







