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Capítulo 3

Autor: haddasah4me
last update Data de publicação: 2026-09-21 19:04:50

POV de Paige

Nunca en mi vida me habían humillado públicamente de aquella manera.

Mientras salía del club, no dejaba de mirar a mi alrededor por si acaso la encontraba escondida en algún rincón.

Las mujeres así podían volverse muy intensas cuando se trataba de los hombres con los que salían, y yo no tenía ninguna intención de acabar con el cabello arrancado de raíz.

Al menos me alegraba de haber podido marcharme a tiempo, aunque no precisamente de la manera más digna.

Pedí un taxi y, en menos de dos minutos, ya estaba frente a mí para llevarme a casa con Piper.

Mientras estaba sentada en el asiento trasero, recibí una notificación de pago: una tableta nueva, un conjunto nuevo y el dinero extra por el tiempo que había tenido que quedarme fuera de la oficina.

Se me escapó un suspiro mientras miraba la cantidad.

No venía acompañada de ninguna disculpa.

Este trabajo tenía sus ventajas y sus sacrificios.

Tendría que acostumbrarme a ambos, porque no tenía elección.

Tal como imaginaba, Heather, la niñera, tenía la cara roja cuando llegué.

Tenía el descaro de estar enfadada cuando había sido ella quien me había retrasado aquella mañana.

No tenía energía para discutir con ella.

Piper ya estaba dormida y se encontraba bien, y eso era lo único que me importaba.

Le pagué a Heather y le di algo extra, lo que hizo que su rostro recuperara su expresión habitual.

—Nos vemos de nuevo, señorita Chapman.

Me despidió con la mano, mucho más animada de lo normal.

No tenía sentido despertar a Piper.

En cuanto percibiera el olor a champán en mí, me bombardearía a preguntas.

Me aseé, cené algo ligero y me metí en la cama en silencio, a su lado.

A la mañana siguiente, Heather llegó temprano.

El dinero extra de la noche anterior debía de haberla motivado.

Gracias a eso, yo también pude salir temprano rumbo al trabajo.

El café de Larry ya estaba sobre su escritorio tres minutos antes de que él entrara.

Yo estaba en mi pequeño despacho cuando me di cuenta de que había llegado.

La tableta nueva ya estaba sobre mi escritorio, lista para enseñársela cuando me llamara.

El teléfono de mi mesa sonó y mi corazón dio un vuelco.

Larry quería verme en su despacho.

Había supuesto que aquella mañana estaría tranquila para los dos, a menos que hubiera alguna queja esperándome.

Respiré hondo, me acomodé la falda y fui a verlo.

—Me ha llamado, señor.

Cuando levantó la mirada, noté algo diferente en sus ojos.

Los entrecerró suavemente, casi con pereza.

Señaló la taza de café.

—El azúcar. Se ve claramente que no está bien disuelto.

No me había dado cuenta.

Me acerqué y comencé a removerlo hasta que el azúcar desapareció por completo.

—¿Esa blusa es nueva?

Me quedé inmóvil a mitad de movimiento y parpadeé varias veces.

¿Estaba soñando?

Aquello nunca había sucedido antes.

Me enderecé y carraspeé.

—Ejem. Ahora el café está bien.

Lo vi apoyar un codo sobre el escritorio para poder mirarme directamente.

Después olfateó el aire con toda naturalidad.

—Y también es un perfume nuevo.

Sentí que la cabeza me daba vueltas.

Di un paso en falso hacia delante, golpeé el escritorio y el café se derramó, cayendo sobre sus pantalones.

—Mierda. Estoy perdida.

Tomé rápidamente una servilleta y empecé a limpiar el café, presa del pánico.

Iba a despedirme.

Sus manos cubrieron las mías y las sujetaron con firmeza.

Esta vez, me quedé sin respiración.

Primero había sido mi ropa y mi perfume.

Ahora me estaba tocando.

Larry Whitmore jamás había tocado a ninguno de sus empleados.

Ni siquiera a mí.

—Paige, tranquila. Solo es café —intentó calmarme.

¿Qué le había pasado a mi jefe en las últimas horas?

De repente estaba siendo amable conmigo.

No es que antes fuera especialmente duro.

Simplemente nunca había mostrado el menor interés por mí.

—Lo siento mucho, señor. No volverá a ocurrir.

—Está bien. Haré que traigan otro mientras me cambio.

—De acuerdo, señor. Y lo siento muchísimo.

—Por favor, Paige. Que esta sea la última vez que te disculpas por derramar café.

Tomé sus palabras en serio y dejé de disculparme.

—Iré a prepararle otro.

—No hace falta. Estoy bien.

Estaba molesto.

Podía notarlo.

Sus labios se curvaron de la misma manera que lo hacían cuando alguna de sus novias venía a visitarlo.

—Así que, sobre la blusa que no me respondiste... ¿es nueva?

La insistencia con la que seguía preguntando solo hacía que todo resultara más incómodo.

—Siempre la he tenido, señor.

—¿De verdad? Te queda bien. Deberías usarla más a menudo.

—Gracias, señor.

Se puso de pie con cuidado y extendió la mano hacia mi cabello.

—Sabes, Paige, tu cabello tiene un color muy poco común. No es el tono habitual que se ve por ahí. ¿Cómo se llama?

Mientras enrollaba un mechón entre los dedos, mi cuerpo se puso rígido.

Algo no estaba bien.

Este no era mi jefe.

Aun así, respondí.

—Cobrizo atardecer.

—Cobrizo atardecer —repitió en voz baja.

Ahora estaba a menos de un palmo de mí.

Mi espalda ya estaba contra el escritorio y una de mis caderas descansaba ligeramente sobre el borde.

Sus manos bloqueaban mi paso.

—Es realmente bonito, Paige.

Abrí mucho los ojos cuando inclinó la cabeza hacia mí.

Sin pensarlo, levanté la mano y le di una bofetada.

Ninguno de los dos se lo esperaba.

Él se llevó una mano al rostro, haciendo una mueca de dolor, mientras yo lo apartaba de un empujón.

Todo sucedió demasiado rápido.

El corazón me latía desbocado y escuché que soltaba una maldición a mis espaldas.

No esperé ni un segundo más.

Salí corriendo de su despacho, agarré mi bolso y abandoné el edificio a toda prisa.

Amanda me vio mientras yo apretaba el botón del ascensor como una loca.

Solo quería desaparecer.

Larry Whitmore había intentado besarme.

Y yo le había dado una bofetada.

Una bofetada de verdad.

La mano todavía me temblaba y tenía las puntas de los dedos ardiendo.

Si antes pensaba que podían despedirme, ahora estaba completamente segura.

El mejor trabajo que había tenido en mi vida acababa de desaparecer así, sin más.

No podía dejar de repetir lo ocurrido en su despacho durante todo el trayecto de vuelta a mi apartamento.

Las acciones de Larry me atormentaban incluso más que mi propia reacción.

Heather y Piper se sorprendieron al verme llegar tan temprano.

Ni siquiera era la tarde.

—¿Está todo bien? —preguntó Heather.

—Sí.

Le pagué lo de siempre.

Esta vez, sin dinero extra.

Piper no me dejó descansar ni un momento.

Me bombardeó con preguntas mientras mi corazón seguía latiendo a toda velocidad desde que había salido del edificio.

—¿Ha pasado algo en la oficina?

—Me duele la cabeza, Piper. ¿Puedo descansar, por favor?

Puso ambas manos sobre las caderas.

Siempre sabía cuándo estaba mintiendo.

—¿Te duele la cabeza y por eso has vuelto a casa? ¿Tu estúpido jefe te dejó salir temprano?

—¡Piper! Cuida tu lenguaje.

—¿Qué? Nunca has vuelto temprano por un dolor de cabeza.

Dios.

Solo necesitaba un momento a solas.

Tenía demasiados pensamientos dando vueltas en mi cabeza al mismo tiempo y estaba empezando a dolerme de verdad.

—Por favor, Piper. Necesito estar sola.

No dijo nada.

Simplemente se marchó.

Un minuto después regresó con una botella de agua y unas pastillas para el dolor de cabeza.

—Para que te mejores.

Sabía que se preocupaba por mí, pero era mi responsabilidad cuidar de ella.

Y acababa de poner en peligro el único medio que tenía para hacerlo.

Tomé las pastillas, pero el sueño no llegaba.

Cada cierto tiempo miraba el teléfono, esperando recibir un correo en el que me comunicaran que estaba despedida.

No recibí ningún mensaje hasta más tarde aquella noche.

Era un mensaje directo del propio Larry.

TE DEBO UNA DISCULPA POR LO QUE HA PASADO HOY. CENA EN MI CASA A LAS OCHO.

P. D.: Es para disculparme formalmente.

No podía dejar de mirar el mensaje.

¿Por qué Larry Whitmore, precisamente él, se disculparía con alguien?

Y mucho menos conmigo.

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