Mag-log inPOV ELIAS
Londres. Del 6 al 11 de noviembre.
Si hay algo que he aprendido en tres años sin olfato es que una reputación sirve para esconder cualquier cosa. La mía es excelente.
Según la prensa, soy el Marlowe de las mil novias. Una modelo en septiembre, una actriz en octubre, una heredera con yate en noviembre. Cenas con fotógrafos en la puerta, una mano en la espalda de alguien, sonrisa de catálogo. Lo que la prensa no sabe es que casi todas esas noches terminaban en la puerta de un taxi. Las invitaba a cenar para que nadie se fijara en que yo no olía la sopa. Un truco de ilusionista, nada más: ellas lucían bien en las fotos y yo no tenía que explicar por qué jamás acercaba una copa de vino a la nariz.
Eso sí: nunca engañé a nadie. Nunca prometí nada que no pensara cumplir. Es la única regla que mi padre me dejó escrita en la sangre.
Por eso, cuando la doctora Fairweather llamó el sábado y dijo «acepto, con condiciones», sentí algo que no tenía nombre. Se parecía bastante al pánico.
—Primera —dijo—: quiero un contrato.
—Ya tengo un abogado.
—Segunda: no pienso fingir que me gustas.
—No se lo he pedido.
—Tercera: si vuelves a investigarme sin avisar, me llevo el iris, la hipoteca y a tu cocinera.
—La señora Dunmore no es mi cocinera. Es mi conciencia con delantal.
—Entonces cuarta: quiero a tu conciencia de mi parte, aunque sea con delantal.
—Quinta: nada de corbatas en la cama.
—No duermo con corbata.
—Lo anoto igual, por si acaso.
Colgó antes de que pudiera decir que ya lo estaba.
· · ·
Edmund Pemberton leyó el contrato en voz alta el martes por la mañana, en su despacho de Bedford Square, con el tono de un hombre que lo ha visto todo y prefiere no preguntar. Edie se sentó frente a mí con los brazos cruzados, el mismo jersey de lana y una expresión de juez a punto de dictar sentencia. Me sorprendió que me importara tanto lo que fuera a decir.
—Primera. El matrimonio durará doce meses desde su celebración, transcurridos los cuales se solicitará un divorcio de mutuo acuerdo. Segunda. La señora Marlowe residirá en Hartley Street 9. Tercera. Las partes compartirán dormitorio y cama cada noche, conforme al protocolo de la doctora Raman.
—Cama —repitió Edie.
—Hay una cama —confirmé, con la vista fija en un punto de la pared—. Es grande.
—¿Cuánto de grande?
—Lo bastante para que dos personas se ignoren con eficacia.
Pemberton anotó algo en el margen. Me pareció leer «sin comentarios».
—Cuarta: sesiones de al menos tres horas diarias —continuó Pemberton—. Quinta: confidencialidad absoluta sobre la condición del señor Marlowe. Sexta: el señor Marlowe abonará directamente al banco la totalidad del préstamo y constituirá un fondo de doscientas cincuenta mil libras para el invernadero de Fernhallow. Séptima: los derechos del Iris vespertina pertenecen a la familia Fairweather. Octava…
Pemberton tosió.
—Octava: el contacto físico entre las partes se limitará al estrictamente necesario para el protocolo o al que ambas consientan de forma expresa.
—Esa es mía —dijo Edie.
—Lo suponía —murmuró Pemberton—. Novena y décima, administrativas. Y la undécima… —Alzó una ceja—. «Las partes se comprometen a no enamorarse».
Edie giró la cabeza despacio, como un búho. Un búho con muy mal carácter.
—¿Esto qué es?
—Una cláusula preventiva.
—Es imposible de hacer cumplir.
—Es una declaración de intenciones.
—¿De quién?
—Mía.
Me miró con esos ojos verde avellana que no había notado hasta ese segundo y que ahora, por desgracia, no podía dejar de notar.
—¿Teme enamorarse de mí, señor Marlowe?
—Temo las complicaciones.
—Qué tranquilizador. Casi me siento halagada. —Cogió la pluma—. Para que conste: yo me enamoro de hombres con tractor. O de los que saben el nombre de las nubes.
—Anotado.
—No lo anote. Era un chiste.
—Llevo tres días sin saber cuándo hace chistes, doctora. Se lo agradecería con un cartelito.
Firmó con una letra pequeña y recta, Edith Fairweather, y por un segundo creí que una sonrisa le había cruzado los labios. Me convencí de que era la luz. La luz, hay que decirlo, jamás había tenido tan mala intención.
Cuando Pemberton anunció que la transferencia al banco se ejecutaría esa misma tarde, Edie se levantó muy rápido y salió. La vi desde la ventana sentarse en un banco de Bedford Square, bajo los plátanos pelados, con la cara entre las manos.
Bajé. Me detuve a tres pasos, porque la cláusula octava me lo exigía, y le tendí un pañuelo.
—Me has arruinado la imagen de mujer dura —murmuró, sin mirarme.
—Treinta años de goteras. Tiene derecho.
—Tengo veintiséis.
—Entonces ha acumulado muy deprisa.
Se rio. Fue una risa corta y inesperada, húmeda, preciosa, y yo, que llevaba tres años sin sentirme torpe, descubrí que lo estaba siendo. Ella tomó el pañuelo.
—Cláusula octava —dije—. La he leído.
—Mejor para ti.
Mi celular vibró en el bolsillo. Era Tabitha.
Señor: el Daily Courier tiene la noticia. Titular previsto para mañana: «El soltero de oro de Marlowe & Sons se casa en 11 días con una desconocida de Somerset». No he sido yo.
Se lo enseñé a Edie. Ella leyó el mensaje dos veces, alzó la vista con los ojos todavía rojos y, por primera vez desde que la conocía, me sonrió de verdad. Una sonrisa de las que tienen colmillo.
—Perfecto —dijo—. Un mujeriego casado por contrato con una botánica con goteras. Esto va a ser un bestseller.
—Edie.
—¿Sí?
—Nunca he engañado a nadie en mi vida. Y no pienso empezar contigo.
Su sonrisa se apagó un poco. Me miró como se mira un mapa donde acaban de marcar un camino.
—Lo comprobaré —dijo.
Y se fue hacia la estación con el pañuelo en la mano, la trenza deshecha, la espalda recta y el paso torcido de quien acaba de vender su libertad por una hipoteca.
Yo me quedé quieto, en mitad de la plaza, con un cartel de «se casa en 1 1 días» marcándome la frente y una idea absurda en el pecho: que ella no era un medicamento. Que ya no lo era desde hacía un par de minutos.
Reglas de convivencia con Elias Marlowe, que él no escribió pero ejecuta con rigor suizo:Uno. El té se sirve a las siete. Dos. Las tiras de papel se ordenan de la A a la Z, no «como te salga». Tres. Ninguna botánica sin supervisión puede tocar el aceite de rosa búlgara, que cuesta más que mi coche. Y cuatro, la más importante: jamás, bajo ninguna circunstancia, se comenta lo ocurrido en la cama esa primera mañana.Cumplimos la cuatro con una disciplina admirable. Con las otras tres tuve menos suerte.—Edie.—Estoy limpiando.—Estás empapando el Órgano.—Se me ha resbalado una probeta. Una. Chiquitita.—Era rosa de Bulgaria. —Elias cerró los ojos con la paciencia de un santo muy cabreado—. Treinta mililitros. Siete mil libras.—Te lo pago con intereses.—No tienes siete mil libras.—Pero tengo intereses. Los intereses son lo mío.Se frotó el puente de la nariz, esa nariz suya que, cuando yo no estaba cerca, era un adorno. Pasaba tres horas al día a un palmo de mí, con los ojos cerrado
POV EDIE Londres. Sábado, 22 de noviembre.Me casé con un desconocido un sábado a las doce, bajo una lluvia fina que me olió a plata, con un vestido de lana crema comprado en Taunton y unas botas que, por razones de dignidad, me negué a cambiar.No es el comienzo de cuento que había imaginado de pequeña. De pequeña imaginaba un tractor.El Registro Civil de Marylebone olía a flores marchitas, a moqueta y a nervios ajenos. Los testigos eran la señora Dunmore, que lloraba de pura felicidad sin sospechar nada, y la doctora Raman, una neuróloga de gafas de carey que nos miraba como quien ha recetado algo y espera los efectos secundarios. Elias llevaba un traje gris oscuro y la cara de quien va a un funeral. El suyo, supongo.—Estás pálido —le susurré.—Me casan tres veces por semana en mis pesadillas. Esta es la primera con público.—Qué raro. Me estabas cayendo peor.—Puedo mejorar.—No hace falta. Tampoco quiero que se te note.Winifred había viajado desde Somerset con su abrigo azul y s
POV ELIAS Londres. Del 6 al 11 de noviembre.Si hay algo que he aprendido en tres años sin olfato es que una reputación sirve para esconder cualquier cosa. La mía es excelente.Según la prensa, soy el Marlowe de las mil novias. Una modelo en septiembre, una actriz en octubre, una heredera con yate en noviembre. Cenas con fotógrafos en la puerta, una mano en la espalda de alguien, sonrisa de catálogo. Lo que la prensa no sabe es que casi todas esas noches terminaban en la puerta de un taxi. Las invitaba a cenar para que nadie se fijara en que yo no olía la sopa. Un truco de ilusionista, nada más: ellas lucían bien en las fotos y yo no tenía que explicar por qué jamás acercaba una copa de vino a la nariz.Eso sí: nunca engañé a nadie. Nunca prometí nada que no pensara cumplir. Es la única regla que mi padre me dejó escrita en la sangre.Por eso, cuando la doctora Fairweather llamó el sábado y dijo «acepto, con condiciones», sentí algo que no tenía nombre. Se parecía bastante al pánico.
POV EDIE Londres. Martes 4 y miércoles 5 de noviembre. Hay silencios incómodos, y luego está el que se produce cuando acabas de llamar «decorado» al dueño de la casa en su propio laboratorio. Ese dura unos treinta segundos y se te queda grabado en las rodillas.—Hay seis muestras sobre la mesa —dijo Elias Marlowe, como si yo no hubiera dicho nada—. Quiero saber qué opina de ellas.—¿Es una entrevista o un examen?—Es una condición.—Qué encanto. Los exámenes me dan alergia.—Y a mí las visitas que se insultan solas. Estamos igualados.Seis tiras de papel descansaban en soportes de cristal, marcadas de la A a la F. Tropecé con mi propia mochila al acercarme, lo cual no ayudó a mi dignidad ni a la de la mochila. Agarré la primera tira y el dolor de cabeza se me fue de golpe, como si alguien hubiera abierto una ventana. Aquí sí. Aquí había un mundo entero.—A: bergamota de Calabria, de esta cosecha. B: pachulí de Indonesia, mal destilado; huele a sótano con aspiraciones. C: ámbar sinté
POV EdieSomerset y Londres. 3 y 4 de noviembre.Tengo doscientos doce cristales rotos, una abuela testaruda y una deuda de cuatrocientas treinta mil libras. Si alguien quiere ponerle título a eso, propongo «Lunes».Las goteras del invernadero de Fernhallow tienen nombre. La de la tercera nave se llama Gerald, porque gotea con la puntualidad de un tío abuelo. La del rincón de los helechos es Doña Prudencia: cae siempre en el mismo sitio, despacio y con dignidad. Esa tarde, con la lluvia repiqueteando sobre el hierro de 1868, puse un cubo bajo Gerald, un trapo bajo Doña Prudencia y me prohibí mirar hacia arriba.Me llamo Edith Fairweather, pero solo me dice Edith el banco. Tengo veintiséis años, una trenza que se deshace sola, tierra bajo las uñas y un doctorado en botánica que sirve, sobre todo, para saber exactamente de qué se están muriendo mis plantas. También tengo la nariz más molesta del suroeste: huelo las tormentas con dos horas de antelación, y los resfriados antes que sus du
POV ELIAS Londres, 14 de noviembre. Tres años atrás.Mi padre decía que la nariz de un perfumista no se hereda: se cultiva, se castiga y se aguanta, como un jardín con mal carácter. Yo tenía veinticinco años y la nariz más cara de Inglaterra, según una revista que mi tía Cordelia enmarcó sin pedirme permiso. Y esa noche, con la lluvia golpeando el tragaluz del laboratorio, estaba convencido de que me faltaba un solo paso para acertar.—Casi —murmuré, con una tira de papel secante bajo la nariz.—Siempre dices «casi» —contestó mi padre desde el otro lado de la sala—. Lo dices desde los doce años.Alistair Marlowe tenía sesenta y un años, el pelo blanco peinado hacia atrás y un chaleco de lana gris bajo la bata. Escribía en uno de sus cuadernos de tapas negras, con la estilográfica de siempre, y llevaba semanas con el gesto de quien oye una puerta cerrarse en alguna parte de la casa.Frente a mí estaba el Órgano: el escritorio semicircular de roble donde cuatro generaciones de Marlowe h







