LOGINDos días despuésLondresHarryEl olor a humedad se mezcla con el rechinar de las botas de los oficiales que recorren el pasillo y con las voces ásperas de los hombres que comparten la celda conmigo. Algunos me observan desde los catres; otros apartan la mirada cuando descubro sus ojos sobre mí. Ninguna de esas miradas consigue intimidarme.Permanezco apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa, mirando hacia las rejas. Mi abogado debería haber aparecido hace horas.Un oficial pasa frente a la celda. Levanto una mano y golpeo dos veces los barrotes con los nudillos.—¡Oficial!El hombre se detiene y vuelve el rostro hacia mí.—¿Qué quieres, Johnson? —pregunta con desgano.Me separo de la pared y avanzo hasta las rejas.—Quiero mi maldita llamada ahora —reclamo, señalando el teléfono del pasillo—. Llevo horas esperando.El oficial suelta un resoplido y se acomoda el cinturón antes de mirarme.—Tendrás que esperar tu turno —sentencia con voz seca.—¡Hijo de put
El mismo díaNew YorkMichaelAjusto el auricular y vuelvo a recorrer el restaurante con la mirada. Los dos hombres que acompañan a la mujer permanecen cerca de la entrada: uno de pie junto a la barra y el otro junto a la puerta. Dick sigue sentado a unos metros, con el menú entre las manos y una sonrisa despreocupada para la camarera. Demasiado despreocupada para ser casual.Busco a Amanda.Sigue frente a aquella mujer. Ya no parece la misma que entró al restaurante. Mantiene la espalda recta, una mano sobre el bolso y los ojos clavados en Regina después de haberle lanzado aquella provocación. Regina, en cambio, sostiene la copa con una calma que me pone los nervios de punta.Aprieto la mandíbula.—Amanda, no caigas en su juego. Todavía necesito cinco minutos más —murmuro por el auricular, sin apartar los ojos de ella.Amanda apenas inclina la cabeza. No responde.—Mierda… —mascullo, pasando la lengua por el interior de la mejilla.Bajo la mirada un instante y vuelvo a recorrer el sa
El mismo díaNew YorkReginaEl murmullo de los clientes se mezcla con el tintineo de las copas y los cubiertos. Al fondo, un hombre acaricia las teclas del piano y deja escapar una melodía suave que apenas consigue cubrir la tensión de nuestra mesa. Amanda sigue mirándome sin pestañear. Tiene los hombros rígidos y los dedos cerrados sobre el borde del bolso, como si necesitara aferrarse a algo para contener los nervios.Llevo la copa de champán a los labios, bebo un sorbo lento y la deposito sobre el mantel sin apartar los ojos de ella.Debo admitirlo: no se parece a Harry. Él siempre ha sabido escudarse detrás de otros. Ella, en cambio, tiene coraje. Esa determinación debió heredársela a la baronesa, no a la tonta de su madre.Una sonrisa apenas curva mis labios cuando recuerdo su pregunta.—Querida, no me compares con el resto de las personas —respondo con una calma deliberada, deslizando un dedo por el tallo de la copa—. Yo no busco dinero.Amanda deja escapar una risa corta y sec
Dos días despuésNew YorkAmandaMis dedos tamborilean sobre mis muslos sin que pueda detenerlos. Me muerdo el labio inferior y vuelvo a recorrer con la mirada la fachada del restaurante. Cada automóvil que reduce la velocidad consigue tensarme la espalda antes de continuar su marcha. Afuera, el tráfico ruge entre bocinas y motores, pero dentro del vehículo el aire parece detenido.A mi lado, Dick mantiene las dos manos sobre el volante. Tiene la vista clavada en la entrada y apenas mueve la cabeza para revisar los alrededores. Desde el altavoz del celular, la respiración de Michael llega antes que su voz.—No me gusta esto, Amanda —dice al fin, con un tono tenso que me hace apretar el teléfono.Miro a Dick de reojo. Él sigue pendiente de la entrada.—Era la única forma de descubrir lo que sucede —respondo, cerrando los dedos alrededor del celular—. Así que relájate.Michael guarda silencio unos segundos.—Aún estás a tiempo de dar la vuelta. No te expongas. No sabemos qué busca esa m
El mismo díaNew YorkMichaelLa voz de Amanda todavía retumba en las paredes de la habitación, pero es su mirada fulminante la que deja paralizado a Dick. Lo noto en la tensión de sus hombros y en la forma en que evita sostenerle los ojos. Yo apenas intento descifrar cuánto alcanzó a escuchar de nuestra charla. El silencio se espesa entre nosotros y sé que no puedo dejar que Dick siga ahí.—Vete, Dick. Déjame solo con mi novia —ordeno con voz firme, señalando la puerta.Amanda se cruza de brazos y ladea la cabeza. No dice una palabra, pero su expresión basta para hacerme saber que no piensa dejar pasar lo que acaba de escuchar.Dick se incorpora del sillón y se acomoda la chaqueta.—Amanda, Michael aún está convaleciente —advierte con voz prudente—. No seas muy dura con él.Amanda gira apenas la cabeza y le clava los ojos.Antes de que pueda continuar, levanto una mano y corto la intervención.—Eso estuvo de más. Vete y mantenme informado —replico con voz seca.Dick aprieta los labio
Unos días despuésNew YorkAmandaUna punzada me atravesó el pecho. Sentí que la sangre se me helaba y que el aire abandonaba mis pulmones al verlo derrumbado frente a mí, cubierto de sangre. Me obligué a respirar y me arrodillé a su lado.—Despierta, Michael, por favor… no me hagas esto —suplicé con la voz rota, sosteniéndole el rostro entre las manos.Mis dedos temblaban cuando busqué su pulso.—Sí… respiras —murmuré al sentir el latido débil—. Vamos, resiste. Por favor.Pasé un brazo bajo sus hombros y, sin saber de dónde saqué fuerzas, conseguí llevarlo hasta la habitación. Lo acomodé sobre la cama y rasgué su camisa. Tenía moretones por todo el cuerpo, la nariz rota y una zona de las costillas que comenzaba a hincharse.Tragué saliva y tomé el celular. Llamé al médico amigo de mis padres y, después de darle la dirección, regresé junto a Michael.No supe cuánto tiempo pasó. Me quedé sentada a su lado, sujetándole la mano mientras las lágrimas volvían a caer. Entonces los recuerdos







