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El heredero del Magnate
El heredero del Magnate
Author: Dalia M

Prólogo

Author: Dalia M
last update publish date: 2026-09-28 11:40:46

El perfume a tul almidonado, seda recién desempacada y el susurro continuo de las telas flotaban en el aire como una promesa de cuento de hadas. Frente al espejo de cuerpo entero, Samanta Rosell alisaba con manos temblorosas la falda de un blanco impoluto. Cada pliegue de encaje parecía esculpido a la medida, una obra de arte que coronaba meses de ilusión y desvelos.

A su espalda, la estancia era un torbellino de emociones compartidas. Su madre, con los ojos anegados en lágrimas que contenía con orgullo, ajustaba con infinita delicadeza los últimos detalles del velo, mientras una sonrisa temblorosa se dibujaba en sus labios. A un lado, su hermana observaba la escena con una mezcla de fascinación y absoluta ternura, cruzando los dedos en un gesto cómplice de pura felicidad.

—Estás radiante, mi amor —murmuró su madre, acariciándole el hombro con la suavidad de quien entrega su tesoro más preciado—. Pareces sacada de un sueño. Diego es el hombre más afortunado del mundo por tenerte.

Samanta devolvió una sonrisa luminosa a través del cristal, sintiendo cómo el corazón le latía desbocado en el pecho. Las palabras de su madre resonaban como una verdad absoluta y reconfortante. Diego Smith —el magnate imponente, dueño de imperios hoteleros y el solterón más codiciado del país— estaba a solo unas horas de prometerle amor eterno frente al altar. Aquel matrimonio era la cúspide de un romance que parecía escrito por el destino mismo, una prueba inquebrantable de que los cuentos de hadas existían para las almas pacientes.

—Estoy un poco nerviosa, la verdad —confesó Samanta, apretando los dedos contra la suave tela mientras se miraba fijamente al espejo.

—Es normal, hermanita —respondió su hermana con una sonrisa cálida y cómplice, aunque, en el preciso instante en que Samanta desvió la mirada hacia el reflejo, el semblante de Mariana se transformó por completo, endureciéndose en una mueca seria y fría que nadie más llegó a notar.

—Bueno, luego de la prueba del vestuario tenemos que revisar los últimos detalles del banquete —terció la señora Rosell, hojeando con aire distraído un catálogo de otros vestidos en el extremo de la habitación.

Mariana carraspeó levemente, volviendo a mostrar una fachada ligera antes de hablar:

—Creo que ahí ya no las voy a poder acompañar —dijo, mirando fijamente a su hermana y a su madre con una expresión de fingida pesadumbre—. Tengo algo muy urgente que hacer en la oficina, pero nos vemos directamente en la mansión.

—Está bien, no te preocupes... gracias por hacer un tiempo para venir —respondió Samanta con una sonrisa tierna, completamente ajena al turbio trasfondo de aquella repentina huida.

El motor de su coche deportivo rugió con una potencia silenciosa y elegante, deslizándose por el asfalto con la misma precisión milimétrica con la que Mariana había trazado cada paso de su plan. A través de la ventanilla ahumada, el paisaje urbano quedó atrás mientras se dirigía directo hacia la torre más imponente de la cadena hotelera Smith, el epicentro del lujo y el poder en la ciudad.

Al llegar, el personal del hotel la recibió con la reverencia reservada para la realeza corporativa. Nadie cuestionó su paso directo hacia los ascensores privados con acceso exclusivo al piso VIP. Cada segundo que pasaba aceleraba un pulso de adrenalina pura en sus venas; sabía exactamente lo que estaba haciendo, y el peso de su traición no hacía más que avivar una extraña y retorcida emoción.

La puerta de la suite presidencial se abrió con un leve susurro automatizado al deslizar su tarjeta magnética. El ambiente dentro era sofisticado, envuelto en una penumbra elegante cortada solo por la luz tenue que se filtraba a través de los ventanales de suelo a techo.

De pie junto a la barra de tragos, con la chaqueta del traje ligeramente desabotonada y esa expresión de soberbia magnética que lo caracterizaba, se encontraba Diego Smith. El magnate levantó la mirada al escuchar el cerrojo, dejando al descubierto una fría y calculadora expectación.

—Vaya, pensé que te quedarías jugando a la hermana perfecta un poco más —dijo él con voz ronca, sirviéndose un trago mientras se acercaba con pasos lentos y seguros.

Mariana cerró la puerta a sus espaldas, dejando caer la fachada de dulce familiaridad que había sostenido horas antes. Una sonrisa calculadora se dibujó en sus labios mientras se quitaba los anteojos de sol.

—Todo va exactamente según lo previsto —respondió ella, cruzando los brazos con una seguridad helada—. Samanta sigue creyendo que se casará con el amor de su vida esta misma tarde. Ni se imagina quién es la verdadera dueña del lugar que ocupará en ese altar.

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