LOGINElena caminó por el pasillo principal de la villa de Doménica. Sus pasos resonaban sobre la madera pulida mientras se detenía un momento frente a la pared de la galería. Observó los trazos gruesos de óleo sobre los lienzos enmarcados. Todos los paisajes llevaban la misma firma pequeña en la esquina inferior derecha: Lia.Habían pasado varias semanas desde la partida de Marco a Barcelona. La dinámica entre Elena y Julián había encontrado un equilibrio que meses atrás le habría parecido imposible. Ya no existían discusiones por el control, ni barreras defensivas. Pasaban todos los días juntos, alternando entre la casa de piedra y la inmensa propiedad de la villa. Julián se había convertido en un apoyo constante, demostrando con hechos el hombre en el que se había transformado.Una risa alegre resonó desde la sala principal.Elena avanzó hasta el marco de la puerta. Julián estaba sentado en el suelo, sobre la alfombra persa, construyendo una torre con bloques de colores. Chiara, gateando
Adrián abrió la puerta de la habitación 412 del hotel 5 estrellas de la ciudad y se hizo a un lado para dejarla pasar primero.Sofía entró con el estómago apretado. Había pasado toda la tarde repitiéndose que aquello sería rápido, quizás incómodo, probablemente en silencio. Un trato cerrado con la eficacia de cualquier otro contrato que Adrián firmara en su oficina.Pero al pisar la habitación se detuvo en seco.Docenas de rosas blancas cubrían la mesa junto a la ventana. Velas repartidas sobre el mueble del televisor y el borde de la tina proyectaban sombras suaves contra las paredes. La luz principal estaba apagada; solo quedaba ese resplandor cálido, casi anaranjado, flotando sobre las sábanas blancas de la cama.Se giró hacia él, con el ceño fruncido.—¿Qué es esto?Adrián cerró la puerta con el pestillo y comenzó a quitarse la chaqueta, colgándola en el respaldo de una silla.—Una habitación.—No me refiero a eso, Adrián. —señaló las velas con la mano, casi molesta—. Dejaste muy
Adrián se quedó paralizado.Sintió la palabra resonando. Retrocedió un paso de inmediato, soltando el borde de la blusa de Sofía como si la tela lo quemara. Pasó ambas manos por su cabello y soltó el aire retenido en sus pulmones.El impulso de ser egoísta, esa rabia que lo había guiado hasta el apartamento de Mateo con la intención de tomar lo que deseaba sin importar las consecuencias, chocó de frente contra su propia ética. Quería romper las reglas y dejar de ser el tipo noble, pero aprovecharse de la inexperiencia de la hermana menor de su amigo bajo falsas pretensiones era un límite que ni siquiera en su peor momento estaba dispuesto a cruzar.—Abotónate la blusa —pidió él, apartando la vista para darle privacidad.Escuchó el roce de la tela y los movimientos rápidos de las manos temblorosas de ella. Cuando Adrián volvió a mirarla, Sofía tenía los brazos cruzados sobre el estómago. La respiración de ambos seguía agitada.—Adrián, yo... —intentó hablar ella, buscando excusarse.—Es
La caja de cartón sobre la barra de granito estaba casi vacía. Sofía le dio un trago a su cerveza, escuchando a Mateo relatar un problema reciente con los proveedores de cemento. Adrián estaba sentado al otro lado de la barra, riendo ante las exageraciones del contratista.El ambiente en el apartamento era ligero, distinto a cualquier otro encuentro que hubieran tenido en las últimas semanas. Sofía había hecho un esfuerzo consciente por dejar su actitud hostil en la puerta. Conocer la verdad sobre Lorena y el infierno que Adrián había atravesado en su juventud le había cambiado por completo la perspectiva. Ahora, al mirarlo, no veía al hombre arrogante del que se quería defender, sino a alguien con quien deseaba bajar la guardia. Adrián también parecía haber dejado sus escudos atrás, mostrándose receptivo, relajado y participando en la charla con total naturalidad.Mateo bostezó de forma ruidosa y miró el reloj de la pared.—Bueno, hasta aquí llego yo —anunció su hermano, poniéndose d
El ruido del motor del auto rompió la calma de la tarde. Elena se levantó y abrió la puerta, Julián entró a la casa de piedra y se aflojó el cuello de la camisa. Tenía los hombros caídos y una expresión de agotamiento en el rostro.—Ya está en el avión de regreso con Isabella —dijo él.Elena regreso a su puesto. Había armado su caballete cerca del ventanal de la sala esa misma mañana, intentando mantener la mente ocupada.—¿Cómo fue la despedida en el aeropuerto? —preguntó ella.—Lloró un poco antes de pasar por seguridad. Yo también estuve a punto de hacerlo. Odio mandarlo de regreso, Elena. Siento que lo estoy abandonando otra vez en ese lugar.—No lo estás abandonando. Estás respetando un acuerdo legal para no empeorar las cosas y protegerlo de una pelea en los tribunales. Estaremos pendiente de él. Vas a estar presente.Julián asintió y se dejó caer en el sofá. Observó el lienzo a medio pintar. El ambiente en la sala era tranquilo. No había reproches ni discusiones. Elena notó que
El sonido de la grava crujió bajo los zapatos de Sofía mientras acortaba la distancia en el estacionamiento de la obra. Adrián se giró al escuchar sus pasos. Su expresión era un muro impenetrable.—Adrián —lo llamó ella, deteniéndose a un par de metros.Él la miró fijamente, con indiferencia, haciéndola sentir pequeña y nerviosa.—¿Hay algún problema con los planos? —preguntó él, yendo directo a lo profesional.Sofía dudó. Tenía un discurso preparado en su cabeza, un intento de acercamiento impulsado por la verdad que Mateo le había contado la noche anterior. Sin embargo, chocar de frente contra esa coraza la hizo retroceder internamente.—No —respondió ella, obligándose a mantener la voz firme—. Mateo me comentó que te mudarás con él.—Temporalmente —aclaró Adrián, sosteniendo el asa de su vieja maleta con una mano—. Solo hasta encontrar mi propio espacio.Sofía tomó aire, reuniendo el valor necesario para dar el primer paso y derribar la hostilidad que ella misma había alimentado du







