LOGINLa caja de cartón sobre la barra de granito estaba casi vacía. Sofía le dio un trago a su cerveza, escuchando a Mateo relatar un problema reciente con los proveedores de cemento. Adrián estaba sentado al otro lado de la barra, riendo ante las exageraciones del contratista.El ambiente en el apartamento era ligero, distinto a cualquier otro encuentro que hubieran tenido en las últimas semanas. Sofía había hecho un esfuerzo consciente por dejar su actitud hostil en la puerta. Conocer la verdad sobre Lorena y el infierno que Adrián había atravesado en su juventud le había cambiado por completo la perspectiva. Ahora, al mirarlo, no veía al hombre arrogante del que se quería defender, sino a alguien con quien deseaba bajar la guardia. Adrián también parecía haber dejado sus escudos atrás, mostrándose receptivo, relajado y participando en la charla con total naturalidad.Mateo bostezó de forma ruidosa y miró el reloj de la pared.—Bueno, hasta aquí llego yo —anunció su hermano, poniéndose d
El ruido del motor del auto rompió la calma de la tarde. Elena se levantó y abrió la puerta, Julián entró a la casa de piedra y se aflojó el cuello de la camisa. Tenía los hombros caídos y una expresión de agotamiento en el rostro.—Ya está en el avión de regreso con Isabella —dijo él.Elena regreso a su puesto. Había armado su caballete cerca del ventanal de la sala esa misma mañana, intentando mantener la mente ocupada.—¿Cómo fue la despedida en el aeropuerto? —preguntó ella.—Lloró un poco antes de pasar por seguridad. Yo también estuve a punto de hacerlo. Odio mandarlo de regreso, Elena. Siento que lo estoy abandonando otra vez en ese lugar.—No lo estás abandonando. Estás respetando un acuerdo legal para no empeorar las cosas y protegerlo de una pelea en los tribunales. Estaremos pendiente de él. Vas a estar presente.Julián asintió y se dejó caer en el sofá. Observó el lienzo a medio pintar. El ambiente en la sala era tranquilo. No había reproches ni discusiones. Elena notó que
El sonido de la grava crujió bajo los zapatos de Sofía mientras acortaba la distancia en el estacionamiento de la obra. Adrián se giró al escuchar sus pasos. Su expresión era un muro impenetrable.—Adrián —lo llamó ella, deteniéndose a un par de metros.Él la miró fijamente, con indiferencia, haciéndola sentir pequeña y nerviosa.—¿Hay algún problema con los planos? —preguntó él, yendo directo a lo profesional.Sofía dudó. Tenía un discurso preparado en su cabeza, un intento de acercamiento impulsado por la verdad que Mateo le había contado la noche anterior. Sin embargo, chocar de frente contra esa coraza la hizo retroceder internamente.—No —respondió ella, obligándose a mantener la voz firme—. Mateo me comentó que te mudarás con él.—Temporalmente —aclaró Adrián, sosteniendo el asa de su vieja maleta con una mano—. Solo hasta encontrar mi propio espacio.Sofía tomó aire, reuniendo el valor necesario para dar el primer paso y derribar la hostilidad que ella misma había alimentado du
Adrián dejó tres hojas impresas sobre la mesa de centro. No hizo pausas innecesarias ni buscó la mirada de Julián, quien se mantenía a un par de metros de distancia.—Redacté un borrador con los términos básicos —dijo Adrián, dirigiéndose exclusivamente a Elena—. Revísalo con calma. Los puntos principales ya están estructurados.Elena tomó los papeles. Las manos le temblaban ligeramente mientras repasaba las líneas de texto ordenadas con pulcritud.—Lunes, miércoles y viernes por las tardes —leyó ella en voz baja.—Para las visitas de Chiara —confirmó Adrián—. Esos horarios no interfieren con sus rutinas de siesta ni con tu trabajo. Los fines de semana los podemos alternar.Elena asintió sin levantar la vista.—También detallé la división de los gastos de la propiedad —continuó él, adoptando por completo su postura de abogado—. Yo seguiré cubriendo el porcentaje mayoritario de los servicios básicos y el mantenimiento exterior. Revisa las cláusulas y me avisas si quieres modificar algo
Elena dobló la última camiseta de Marco y la guardó en la mochila de viaje. Habían pasado setenta y dos horas desde la noche en que su vida con Adrián se fracturó. Durante esos tres días, la casa de piedra se había convertido en un espacio enorme y extraño. Mateo le había informado, mediante un mensaje breve, que Adrián estaba durmiendo en un hotel del pueblo. No había regresado ni una sola vez.A sus espaldas, una risa infantil inundó la sala. Julián entró cargando a Marco en brazos, haciéndole cosquillas en el estómago mientras el niño de quince meses balbuceaba palabras incomprensibles. Chiara observaba la escena desde su corral, dando golpecitos contra la malla de contención.Elena cerró la cremallera de la mochila y caminó hacia la cocina. Julián la siguió. Acomodó a Marco en la silla de comer, tomó una toallita húmeda del paquete sobre la encimera y se dedicó a limpiarle las manos con una paciencia que, meses atrás, Elena habría jurado imposible en él.Durante esos tres días, Ju
Sofía se atragantó con el trozo de pepperoni.La pregunta de su hermano la tomó con la guardia completamente baja. Tosió un par de veces, golpeándose el pecho con el puño cerrado, y agarró su vaso de agua para pasarlo rápido. El ardor le subió por la garganta hasta llegarle a los ojos.—¿Te volviste loco? —espetó ella en cuanto recuperó el aliento. Dejó el vaso sobre el granito de la barra con demasiada fuerza—. ¡Por supuesto que no! Adrián me parece un hombre insoportable, arrogante y...Mateo ni siquiera se inmutó ante el reclamo. Le dio un trago a su cerveza y soltó una carcajada abierta, interrumpiendo su discurso. Era esa risa típica de hermano mayor, cargada de una superioridad molesta y una familiaridad que no admitía engaños.—Sofía, por favor. Te conozco desde que naciste —dijo él, apoyando la botella junto al plato de pizza—. Sé perfectamente que estabas enamorada de él cuando éramos adolescentes.Sofía se quedó petrificada. Sus manos soltaron los muestrarios de materiales q







