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CAPÍTULO 81

Author: Hanabi
last update publish date: 2026-09-18 04:26:16

OLIVIA

William mantuvo el dedo sobre la fotografía.

—Quiero saber dónde demonios dormiste anoche.

Levanté la mirada con tranquilidad, aunque por dentro sentía el pulso descontrolado. En la imagen, mi rostro permanecía oculto por la lluvia, pero yo reconocía el vestido, mi forma de caminar y la mano de Noah apoyada sobre mi espalda.

No podía permitir que William notara mi miedo.

—¿Para eso contrataste a un investigador? —pregunté—. ¿Para controlar dónde duermen las personas adultas?

William se l
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    OLIVIAWilliam mantuvo el dedo sobre la fotografía.—Quiero saber dónde demonios dormiste anoche.Levanté la mirada con tranquilidad, aunque por dentro sentía el pulso descontrolado. En la imagen, mi rostro permanecía oculto por la lluvia, pero yo reconocía el vestido, mi forma de caminar y la mano de Noah apoyada sobre mi espalda.No podía permitir que William notara mi miedo.—¿Para eso contrataste a un investigador? —pregunté—. ¿Para controlar dónde duermen las personas adultas?William se levantó de la mesa.—Eres una mujer casada. Deberías haber dormido en tu casa.—Y tú eres un hombre casado. Deberías recordar eso antes de besar a tu amante.Su expresión cambió.—¿Quién te lo dijo?—Eso es lo que te preocupa —repliqué—. No que te hayan descubierto, sino saber quién se atrevió a contármelo.William rodeó la mesa y se detuvo frente a mí.—Olivia, no sucedió nada.—No llevamos ni siquiera un mes casados —le recordé, incapaz de ocultar la rabia—. Ni un mes, William, y ya regresaste

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    Olivia—¿Vas a volver a decir que esto fue un error?Durante tres años había utilizado aquella palabra para describir Madrid. La había convertido en una barrera detrás de la cual esconder todo lo que sentía.Pero esa mañana la mentira ya no me protegía. Solo lo hería.—No fue un error —respondí.Noah dio un paso hacia mí.—¿Entonces qué fue?No supe cómo contestar inmediatamente.Podía decirle que lo deseaba. Eso era evidente. También podía admitir que me importaba mucho más de lo que debería. Lo que no podía hacer era prometerle un amor que todavía no sabía reconocer.Había pasado demasiado tiempo peleando. Primero por conservar una relación que se desmoronaba, después por proteger mi matrimonio, mi empresa y la vida que William intentaba controlar. Cada día se había convertido en una estrategia.Y aquella guerra estaba consumiéndome.Había olvidado cómo se sentía ser feliz hasta que desperté entre los brazos de Noah.—Cuando estoy contigo, soy feliz —admití—. No la mujer perfecta de

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    A la mañana siguiente.La botella rota, los besos en la cocina y las cosas que había confesado con una facilidad que ahora me parecía escandalosa. Noah me había acompañado a la habitación de invitados y yo me había dormido antes de decidir si aquello me ofendía o me tranquilizaba.Ahora estaba sobria, despierta y sin ninguna excusa convincente para seguir pensando en su boca.Me senté al borde de la cama. En la mesita había agua y mi teléfono, cargándose. Agradecí aquel pequeño gesto hasta que vi las llamadas de William.Dejé la pantalla boca abajo.Todavía no.Encontré a Noah en la cocina, sirviendo café. Tenía el cabello desordenado y llevaba una camiseta que seguramente había elegido sin pensar en las consecuencias para mi concentración.Levantó la mirada.—¿Cómo estás?—Mejor que nunca.Su sonrisa apareció antes de que acercara una taza al asiento vacío.—Pareces decepcionada.—Esperaba que la resaca justificara no tener ninguna conversación difícil.—Puedes desayunar primero —res

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    El charco de vino tinto brillaba sobre las baldosas de la cocina como un espejo oscuro y roto. El vidrio de la botella destrozada crujió bajo la suela de los zapatos de Noah cuando dio ese último paso hacia mí, pero ninguno de los dos bajó la mirada para comprobar el desastre.Antes de que pudiera tomar aire, sus manos grandes y firmes me abrieron las rodillas para encajarse entre mis muslos, arrinconándome por completo contra la pared del fondo.Me tomó la mandíbula con una mano, obligándome a mirarlo apenas una fracción de segundo antes de estrellar su boca contra la mía.El beso fue un asalto hambriento, desesperado y sin tregua. Olía a madera, a café amargo y a ese deseo que llevaba días acumulándose como pólvora seca entre los dos. Su lengua barrió la mía con una urgencia salvaje que me arrancó un quejido directo desde el fondo de la garganta.Le enredé los dedos en el cabello desordenado, jalándolo más hacia mí, olvidando las llamadas de William, el contrato prenupcial y la fars

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    OLIVIA—Voy a necesitarte si esto llega a juicio —le dije a Noah—. Pero también necesitamos pruebas. Algo que tu padre no pueda negar diciendo que lo odias.Él apoyó los antebrazos sobre la mesa.—Odiarlo no significa que esté mintiendo.—Lo sé. William, en cambio, tiene una relación bastante flexible con la verdad.Noah soltó una risa seca. Yo habría sonreído si no estuviera tan ocupada intentando ordenar mis pensamientos. El alcohol me permitía hablar con una valentía admirable y pensar con una lentitud desesperante.—No quiero amenazarlo antes de saber qué tengo —continué—. Si voy a enfrentarme a él, necesito hacerlo bien.La expresión de Noah se volvió seria.—Voy a ayudarte, Olivia. Te lo juro.Miré sus manos sobre la mesa. Horas antes habían apartado mi cuerpo del borde de una terraza. Ahora me ofrecía otra clase de ayuda, y una parte de mí tenía miedo de acostumbrarse a encontrarlo cada vez que lo necesitaba.Mi teléfono vibró.«Regresa a casa. Ahora».William no había consider

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    OLIVIA—¿Cómo vas a hacerlo? —pregunté contra el pecho de Noah.Él aflojó el abrazo lo suficiente para mirarme.—¿Hacer qué?—Acabar con mi infierno. Lo acabas de prometer.Quise levantar la cabeza con dignidad, pero la terraza se inclinó ligeramente y terminé sujetándolo de la camisa. El susto me había quitado las ganas de seguir celebrando; por desgracia, no había conseguido quitarme la borrachera.Noah me sostuvo con cuidado.—Primero vamos a salir de aquí —respondió.Su cercanía me distraía de una manera poco conveniente. Tenía la mandíbula tensa y un mechón sobre la frente que quise apartarle. Lo intenté, calculé mal la distancia y le rocé una ceja.Él atrapó suavemente mi mano.—¿Qué haces, Olivia?—Arreglarte el pelo. No estás colaborando.Una sonrisa breve apareció en su boca, aunque sus ojos seguían preocupados.—Puedes criticarme cuando estés sentada.Me acompañó al interior y consiguió una mesa apartada del ruido. Yo me dejé caer en el asiento con menos elegancia de la que

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