LOGINA Lucía se le fue el color de la cara. La bolsa de medicamentos y los papeles cayeron al suelo. Se apresuró hasta la cama y se colocó delante de Leo.
—¡Aléjate de mi hijo!
Empujó a Adrián en el pecho. Él retrocedió dos pasos. Lucía temblaba entera, pero no dejó al niño al descubierto.
—Lucía…
Le costó pronunciar su nombre. Al escucharlo después de cinco años, ella soltó una risa breve, incrédula.
—No pronuncies mi nombre con esa boca sucia. Eso me dijiste cuando me echaste de tu casa.
Señaló la puerta con un dedo tembloroso.
—Fuera. No soporto ni ver tu sombra aquí. No te acerques al lugar donde mi hijo intenta respirar.
Adrián miró alternativamente a Lucía y al niño, que lo observaba desde detrás de su madre.
«¿Será de verdad mi hijo?».
Tenía demasiadas preguntas. Ninguna debía hacerse allí, en aquel momento.
—No tendría que haberle preguntado por su padre sin tu permiso.
Lucía no se apartó. A su espalda, Leo dejó la tableta sobre la manta. El ruido fue mínimo, pero Adrián comprendió que estaba obligando a un niño enfermo a esperar el desenlace de su discusión.
—Yo solo…
—¿Solo qué? ¿Tiene que responder para dejarte tranquilo?
Adrián cerró la boca. Lucía volvió a señalar la puerta, esta vez sin levantar la voz.
—Leo necesita descansar.
No estaba pidiéndole explicaciones. Él ya había invadido suficiente aquella habitación. Retrocedió, pasando junto a la bolsa caída, y se detuvo en el umbral.
—Si lo has entendido, vete.
—Mañana a las 10:00. Nos veremos en la evaluación de la ayuda urgente, en la séptima planta.
En cuanto salió, Lucía revisó el oxígeno y la vía de Leo.
—¿Qué te ha preguntado?
—Dónde está mi papá.
Sus manos se detuvieron un instante.
—Cariño, no tienes que responder a nada que no quieras. Tú no has hecho nada malo.
—Ya. Yo solo te necesito a ti.
Entonces le flaquearon las piernas. Lucía se sentó en el suelo frío y Leo alargó la mano.
Fuera, Adrián se detuvo en el control de enfermería. Pidió que nadie entrara en la 502 sin confirmación de su tutora. No volvió la cabeza hacia la puerta.
Dentro, los dedos de Leo secaban las mejillas de su madre.
—No llores, mamá. Al señor malo le he hecho jaque mate con palabras.
Lucía lo abrazó. Necesitó un rato para recuperar el ritmo de la respiración.
«Voy a salvarte. Cueste lo que cueste».
Al día siguiente tendría que volver a enfrentarse al hombre cuya firma abría el acceso al tratamiento. Esa noche, las plaquetas de Leo descendieron de nuevo. Lucía ordenó los resultados de la madrugada por hora y los puso al principio de la carpeta.
***
A las 10:00 se abrió la puerta insonorizada de la sala VIP de la séptima planta. Lucía entró con un traje negro sencillo y bien planchado.
Se detuvo junto a la silla que le habían reservado. Seguía teniendo frías las manos, pese a habérselas frotado todo el camino desde pediatría. Sostenía la carpeta con ambas para ocultar el temblor.
Reconoció la forma de sentarse de Adrián antes de que él alzara la cara. Hubo un tiempo en que podía acercarse sin pedir permiso. Ahora los separaban una mesa larga, varios desconocidos y un formulario pendiente de firma.
Miró una sola vez el reloj de la pared. Cada segundo dedicado al pasado era un segundo que Leo no recuperaría.
Adrián ocupaba la cabecera, impecable con su traje de tres piezas. Los patronos y el director del hospital aguardaban a ambos lados. Lucía no se sentó. Dejó la carpeta delante de él con un golpe.
—Señor Valcárcel, como presidente de la fundación: esta es la autorización para la búsqueda urgente de donantes, la transfusión y la ayuda médica de mi hijo, Leo Navarro. Firme ahora.
Su voz salió clara. Se limitó a señalar la línea de firma para no dejar que la rabia se mezclara con la petición.
Adrián apoyó la mano sobre la carpeta y la miró.
—Ese niño… ¿Estás segura de que no es mío?
Nadie se movió.
Lucía no parpadeó.
—¿Cómo va a llevar la sangre de un asesino como tú?
Los dedos de Adrián quedaron inmóviles. Ella continuó de pie, señalando el mismo lugar. En la primera hoja figuraba cada caída de plaquetas desde la madrugada, con su hora exacta.
Cuantos más números leía, menos seguro estaba de tener derecho a exigirle una respuesta.
Tres años después de la boda, Adrián se detuvo ante una silla diminuta.—¿Vas a caber ahí? —preguntó Lucía.Él dobló las rodillas con cuidado. Las sillas del aula de primaria quedaban demasiado bajas para un adulto. Intentó enderezar la espalda, renunció y colocó ambos pies bien juntos bajo la mesa.Leo se volvió desde la primera fila.—Papá, no hagas ruido. Va a empezar la clase.A sus ocho años, ya no le confiaba la mochila como antes. A veces le buscaba la mano y la soltaba disimuladamente al ver a algún amigo. Adrián había dejado de intentar agarrársela otra vez.En la pizarra figuraba el orden de las presentaciones sobre actividades en familia. Lucía se había pedido el día libre en el instituto y Adrián no había concertado ninguna cita a esa hora. Era la
—Papá, es el cumpleaños de mamá. ¿Por qué vas a reservar lo de mis trenes?Leo tapó el móvil con un dedo. En la pantalla aparecía un restaurante temático que ofrecía fiestas de cumpleaños.Adrián lo miró unos segundos y cerró la página.—Pensaba que te haría ilusión.—Es el cumpleaños de mamá.La corrección era justa. Aunque el regalo que había pensado Leo tampoco resultaba muy distinto: quería un robot grande para que cargara con las cosas cuando su madre estuviera cansada.—¿Ese robot puede llevar cosas de verdad?Al responder, al niño se le apagó un poco la voz.—Todavía no.Se sentaron juntos a la mesa y empezaron de nuevo. Lucía había prometido volver del instituto sin retrasarse. Ellos solo le
—¿Quién ha recogido esto?Leo examinó el suelo del salón. Lucía apartó los ojos del portátil y miró donde señalaba. Por la mañana había estado a punto de tropezar con las piezas y las había guardado en una caja.—Yo. Iba a limpiar.—No había terminado. Estaba uniendo la estación con las vías.Leo arrastró la caja y la volcó. Al ver desmontadas incluso las partes que ya había completado, hizo un puchero. Lucía apartó la silla y se levantó.—No lo sabía. Tenía que habértelo preguntado. Perdona.—Hazlo otra vez.—¿Me enseñas cómo lo habías puesto?—¿Tampoco lo sabes?—No. Solo lo vi cuando ya estaba montado.La decepción se le marcó todavía má
—A las cinco hay que venir a recogerlo.Gabriel miró su reloj. Adrián asintió, pero Leo le tiró de la manga.—No te lo dice a ti. Me lo dice a mí, por si luego quiero seguir leyendo.Gabriel había reservado la tarde del sábado para acompañarlo a la biblioteca infantil, tal como el niño le había pedido. Lucía le entregó la bolsa con la merienda y el agua.—Si surge algo, llámanos.—Y vosotros no os limitéis a leer libros y volver a casa.Adrián alzó una ceja. Leo ya estaba mirando hacia la entrada.Después de despedirse de su hijo, notaron un espacio extraño entre los dos. Faltaba la manita que solía ocupar el centro. Lucía buscó primero la de Adrián.—Vamos. Se nos hará tarde.—No hemos reservado nada.—Me refiero
Leo había traído un folleto de una clase de prueba de ajedrez avanzado. Adrián consultaba el horario cuando el niño dejó otro papel en la mesa: la invitación al cumpleaños de Mateo, su amigo del colegio.—Es el mismo día.—Veamos si hacen la clase de ajedrez en otra fecha.Mientras Adrián daba la vuelta al folleto, Leo acariciaba el tren dibujado en la invitación.—La profe dice que juego muy bien y que puedo probar.—¿Te apetece?—En casa de Mateo hay un tren nuevo.La respuesta no encajaba con la pregunta. Adrián dejó el folleto.—Quieres ir a su cumpleaños.—Sí. Pero, si no voy al ajedrez, ¿se me olvidará jugar?Adrián tardó en responder y Leo se puso serio. Lucía, que se secaba las manos junto al fregadero, los miró.
Leo metió las fotos en la mochila y volvió a sacarlas. Comparó la de la boda con la de la mesa. Al final guardó las dos en una carpeta transparente.—¿Cuál le gustará más al abuelo?Lucía se sentó a su lado.—Al abuelo le gustaba verme sonreír.—Sales sonriendo en las dos.—Pues llevamos las dos.Solo entonces cerró Leo la carpeta. Junto a la puerta, Adrián comprobó que el termo de té que Lucía le había pedido estaba bien tapado.Camino de El Escorial, el niño habló un buen rato antes de dormirse. En los árboles que pasaban junto a la ventanilla asomaban hojas nuevas. Lucía miró el asiento trasero y bajó la voz.—Pensé que quizá te resultaría incómodo que te pidiera venir a ver a mi padre.—Me dijist







