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Capítulo 5

Author: Blanca Estelar
Antes de que María pudiera reaccionar, la tiraron con fuerza al suelo frío y húmedo.

En un instante, la lluvia la empapó por completo.

Se cubrió el pecho adolorido y, apretando los dientes, se obligó a incorporarse.

Al alzar la vista, vio a dos hombres desconocidos de pie a pocos pasos.

Llevaban camisas baratas y tenían ese aire de maleantes de poca monta.

Incluso a varios metros se les podía oler encima el hedor a cigarro rancio.

María aguantó el dolor y se arrastró un poco.

—¿Qué quieren?

Uno de los hombres sonrió y se pasó la lengua por los dientes amarillentos por el tabaco.

—¿Qué queremos? Tú qué crees.

Remarcó esas palabras mientras recorría con una mirada cargada de deseo el cuerpo empapado de María.

Ella entendió de inmediato cuáles eran sus intenciones.

No dijo nada más. Miró alrededor, buscando una forma de escapar.

Como toda esa zona estaba en remodelación, alrededor no había más que lonas verdosas y grandes piedras abandonadas.

Tras mucho buscar, María encontró al fin una maceta rota.

Aprovechando que los dos se habían confiado, la levantó y la lanzó contra ellos, echando a correr directo hacia la salida del callejón.

Estaba a punto de lograrlo, a nada de salir, pero apenas unos segundos después aquellos dos hombres ya la habían alcanzado.

La sujetaron entre ambos. El olor que traían encima casi le revolvió el estómago.

María apretó los dientes, se aferró a la pared y forcejeó con todas sus fuerzas.

Entonces, justo en ese momento, vio a David bajando de un carro al otro lado de la calle.

Aunque ya no la amara, entre ellos seguía existiendo el vínculo de haber crecido juntos.

Era imposible que la dejara ser humillada así.

—¡David!... ¡Da...! ¡Mmm...!

El otro hombre le tapó la boca, y entre los dos la arrastraron de nuevo hacia el callejón oscuro.

Los dedos de María dejaron una hilera de arañazos sobre la pared.

Pero David, no muy lejos de ahí, apenas le lanzó una mirada indiferente antes de darse la vuelta y ayudar a Laura a bajar del carro para marcharse con ella.

María contempló, desesperada, la figura que se alejaba. El rostro se le puso blanco como el papel.

Así que, cuando el amor se acaba, de verdad se puede ser tan cruel.

María volvió a caer al suelo. Justo entonces, el celular salió despedido de su bolsa.

Se apresuró a recogerlo para llamar a la policía, pero estaba tan empapada y hecha un desastre que el teléfono ni siquiera lograba reconocerla.

Los dos hombres la observaban sin ninguna prisa. Incluso soltaron una carcajada.

—No te va a servir de nada. Aunque llegue la policía, diremos que fue por gusto de los dos. Ahí no pueden meterse.

Mientras hablaba, uno de ellos sacó una botella de aguardiente barato de alta graduación.

El otro, en cambio, sacó su celular y apuntó la cámara hacia ella.

Las pupilas de María se contrajeron de golpe. El miedo le trepó hasta el pecho.

Querían emborracharla, hacer pasar todo como si hubiera sido una locura de una noche de copas.

Y luego grabarlo para arruinarle la reputación.

Pero un plan tan calculado no parecía algo que pudieran idear esos dos patanes.

María no tuvo tiempo de pensarlo más. Uno de ellos ya se había soltado el cinturón y se le fue encima.

Ella reunió todas sus fuerzas y le dio una patada.

El hombre, adolorido, soltó una maldición.

—¡Carajo!

Luego le agarró el tobillo y la jaló hacia él.

Le sostuvo la mandíbula y le vació la botella entera de licor en la boca.

—Mmm... suél... t... ame...

El hombre jadeaba con pesadez. Tenía la mirada clavada en el cuerpo de María, con la ropa pegada por el agua, y ya no podía contenerse.

—¡A ver a qué sabe la mujer de David!

¿David?

Gente como ellos no podía conocerlo.

Mucho menos saber qué clase de relación hubo entre ella y él.

A menos que alguien les hubiera pagado para humillarla.

Mientras ese pensamiento cruzaba por su mente, el hombre ya se inclinaba para besarla.

La garganta de María ardía como fuego. Ni siquiera podía pedir ayuda.

Solo le quedaba resistirse con todas sus fuerzas, pateando y golpeando como podía.

El hombre perdió la paciencia y le apretó el cuello de un manotazo.

—¡Ya te estás pasando! No eres más que un desecho que David ya no quiso.

Los ojos se le llenaron de ferocidad. Apretó más la mano y, con la otra, le arrancó el abrigo.

La asfixia le hizo zumbar los oídos. En la cabeza solo le daban vueltas esos cuatro años desperdiciados.

Cuando su conciencia empezaba a difuminarse, la última imagen que se clavó en su mente fue la de David y Laura haciendo pública su relación.

¡No!

María abrió los ojos de golpe. El blanco de sus ojos estaba enrojecido.

En medio del caos, tocó un fragmento filoso de la maceta rota.

Lo aferró con fuerza. En su mente solo quedaba una idea.

Aunque tuviera que arrastrarlos con ella al infierno, no iba a dejar que quienes querían destruirla se salieran con la suya.

Pero justo cuando lanzó el fragmento contra el hombre, el tipo que la tenía sometida abrió desmesuradamente los ojos y cayó al suelo como un costal de trapo.

El otro, el que estaba grabando, también se desplomó sin hacer un solo ruido.

María se mordió con fuerza los labios sin sangre y se puso de pie tambaleándose.

Al alzar la vista, una sombrilla negra apareció ante sus ojos.

La cortina de lluvia parecía una gasa ligera.

Borraba la figura bajo la sombrilla, dejándola difusa, casi irreal.

Solo esos ojos negros se veían con claridad.

Y le resultaban extrañamente familiares.

Antes de que pudiera distinguir mejor a la persona frente a ella, su cuerpo cayó hacia adelante y se desplomó en sus brazos.

Perdió el conocimiento.

Entre la bruma, sintió que la levantaban.

Y junto a su oído resonó una voz grave, contenida.

—Ocúpense de esto.

***

Hospital.

Laura estaba recargada en la cabecera de la cama, con los ojos brillosos de lágrimas, mirando a David.

—David, todo fue culpa mía por torcerme el pie. Encima te hice dejar el trabajo para acompañarme al hospital.

David miraba por la ventana, sin responder.

Laura volvió a llamarlo con cuidado.

—David.

Él retiró la mirada de la ventana y frunció el ceño.

—Hace rato... ¿no era María la que me estaba llamando?

Al escuchar el nombre de María, Laura estuvo a punto de no poder sostener la expresión.

Le brillaron los ojos con una idea y preguntó a propósito:

—¿Será que otra vez te estaba siguiendo?

David apenas vaciló un instante antes de soltar una risa fría.

—Otra vez quiso venir con lo mismo. ¿No que tuvo mucha dignidad para bloquearme? Yo no pienso volver a hacerle caso.

Laura sonrió sin decir nada.

Luego soltó un quejido y se cubrió el pie a propósito.

—Me duele mucho.

David se acercó de inmediato y se sentó junto a ella.

—¿Tanto así? Déjame ver.

—Sí.

Mientras respondía, Laura se subió el vestido, cada vez más arriba.

Casi dejándose las piernas enteras al descubierto.

Movió un poco la pierna y, con voz melosa, dijo:

—David, de verdad me duele muchísimo. ¿Qué vas a hacer conmigo?

David sonrió de lado y se inclinó sobre ella hasta dejarla tendida en la cama del hospital.

—Brujita.

Laura le rodeó el cuello con los brazos.

—¿No te gusta?

—Me gusta más de lo que debería.

Los dos se besaron.

Entró una enfermera para ponerle el medicamento y, al ver la escena, salió corriendo con una sonrisa.

***

En la habitación de al lado.

Cuando María despertó, había una enfermera joven de pie junto a la cama.

—Ya despertó. ¿Todavía se siente mal de algún lado?

María negó con la cabeza y miró alrededor. No encontró a la persona que la había salvado.

Se apresuró a tomar a la enfermera del brazo.

—¿Y la persona que me trajo?

—Ese señor se fue en cuanto le bajó la fiebre.

—¿No dejó ninguna forma de contactarlo? ¿Ni su nombre? —preguntó María.

—No.

—... Ya veo.

María sintió una decepción extraña.

No sabía por qué, pero aquella persona le daba una sensación de familiaridad imposible de explicar.

En ese momento, la enfermera tomó la bufanda doblada que estaba sobre el buró.

—Cuando usted tenía fiebre y la estaban hidratando, no dejaba de decir que tenía frío. Se aferró a la bufanda de ese señor y no quería soltarla por nada del mundo. Entre dos intentamos quitársela y no pudimos. Al final, no hubo de otra más que dejarla aquí.

Con solo imaginar esa escena, María sintió ganas de volverse a tapar la cara y acostarse otra vez.

Tomó la bufanda entre las manos. Era de cachemira fina, suave al punto de que no quería soltarla.

Aunque era negra, el tejido se veía laborioso y elegante; no era algo que cualquiera pudiera comprar.

Cuando la acercó, percibió el olor que aún quedaba impregnado en ella.

Un tenue aroma a tabaco, con una frialdad difusa.

Igual que esos ojos negros detrás de la lluvia.

De pronto, la enfermera recordó algo y siguió hablando:

—La verdad, nunca pensé que en un mismo día me tocaría ver a dos hombres guapísimos. Y los dos tan atentos. Sobre todo David, consintiendo a Laura... de verdad daban una ternura que hasta nos daba pena seguir mirando.

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