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Capítulo 6

Autor: Blanca Estelar
—¿Consintiendo a Laura? —María volvió en sí.

—La señorita Laura se torció el pie por accidente. David no se ha separado de ella ni un momento, como si le diera miedo que le doliera aunque fuera tantito. Los amores de la gente rica son como de película —comentó la enfermera con una sonrisa.

Pero el rostro de María se puso todavía más pálido.

Así que David la había dejado a su suerte solo para acompañar a Laura por un esguince.

Por más que se hubiera repetido incontables veces que debía soltar de una vez lo que sentía por David, esos cuatro años de amor sincero todavía le clavaron una espina en el corazón.

Hasta le costó respirar.

Al verla así, la enfermera se apresuró a preguntar:

—Señorita María, ¿se siente mal? ¿Le duele algo?

María trató de acompasar la respiración y, poco a poco, logró calmarse.

—Gracias, ya estoy bien.

—Está bien. Entonces voy a ver a los otros pacientes. Si necesita algo, apriete el timbre.

La enfermera le dejó esa indicación y salió de la habitación.

Cada vez que María pensaba en lo que había vivido, sentía la cabeza hecha un lío. No lograba ordenar nada.

Así que decidió levantarse de la cama y salir a caminar un poco por fuera de la habitación.

No esperaba encontrarse con Laura, sostenida por una cuidadora.

Al verla, Laura se quedó con una expresión como si hubiera visto un fantasma.

—¡María! ¿Qué haces aquí?

María había tratado con toda clase de clientes y sabía leer gestos y reacciones.

De un vistazo notó el nerviosismo y la culpa en Laura.

Y al recordar que aquellos dos hombres habían dicho con tanta seguridad que ella era la mujer de David, una sospecha tomó forma de inmediato en su cabeza.

Aquellos dos tipos habían sido enviados por Laura.

Para comprobarlo, María se acercó hasta quedar frente a ella.

—Señorita Laura, si no estuviera aquí, ¿dónde se supone que debería estar?

Laura sabía actuar bastante bien. La expresión de antes desapareció en un instante.

En su lugar, apareció una mueca de preocupación y agravio.

—María, yo solo... pensé que otra vez estabas siguiendo a David.

La voz de Laura no era fuerte, pero sí lo bastante alta para que los pacientes y enfermeras que pasaban cerca pudieran oírla.

Todos voltearon a mirar a María, como si fuera una clase de extremista peligrosa.

María no se alteró. Al contrario, dibujó una sonrisa impecable.

—Yo ya tenía agendada con el doctor una revisión por el accidente de carro. Y en cuanto a por qué tuve ese accidente... ¿quiere que se lo explique en voz alta a usted?

Laura y David acababan de hacer pública su relación.

Lo último que Laura quería era que la gente supiera que María existía.

Si se llegaba a decir que María y David habían sufrido juntos un accidente, no faltarían los curiosos dispuestos a armar espectáculo.

Laura se mordió la parte interna del labio.

—Ya veo. Entonces fue un malentendido mío. No te molesto más.

Cuando pasó junto a María, se detuvo apenas un instante.

Luego, con una voz tan baja que solo las dos podían oírla, susurró:

—María, deja de resistirte en vano. Pase lo que pase, David no te va a mirar ni una vez más. Y si sigues sin entenderlo, lo de aquel accidente no va a ser nada comparado con lo que viene.

Sonó a advertencia. Sonó a amenaza.

María no le respondió. Se dio la vuelta y regresó directo a su habitación.

Pero sabía perfectamente que Laura era capaz de cualquier cosa.

Pensó unos segundos y luego tomó el celular.

—Hola. Quiero levantar una denuncia.

***

Comisaría.

La policía actuó con mucha rapidez.

No mucho después de que María hiciera la denuncia, revisaron las cámaras de vigilancia de la calle y localizaron a los dos hombres en una clínica privada de mala muerte, retorciéndose de dolor.

Antes de que María los identificara, un agente le advirtió:

—Señorita María, quizá ahorita no sea tan fácil reconocerlos. Será mejor que se prepare mentalmente.

María no entendió nada, hasta que vio a dos caras hinchadas como cabezas de cerdo plantadas frente a ella.

Uno cojeaba. El otro tenía un brazo roto.

Ella ni siquiera había dicho una palabra cuando los dos, al verla, se pusieron a brincar de pánico.

Ni entre cuatro o cinco policías lograban controlarlos; eran más difíciles de someter que un toro en la plaza.

—¡Señorita, nos equivocamos! ¡Ya no lo volveremos a hacer! ¡Vamos a contar todo!

—¡Sí, sí! Debíamos dinero por apuestas. Un hombre nos ofreció pagarnos para que ayer por la tarde la esperáramos a la salida del hospital y luego... y además grabáramos el video.

María se quedó sin palabras.

¿Así de fácil iban a soltarlo todo?

Pero esa expresión de terror... ¿qué les había pasado después de que ella se desmayó?

Sin saber por qué, en su mente volvió a aparecer aquella mirada negra bajo la lluvia.

¿Quién era en realidad ese hombre?

La policía también se quedó sorprendida. Era, sin duda, el interrogatorio más rápido que habían tenido.

Gracias a la confesión de los dos, localizaron al hombre que les había dado el dinero.

Y ese hombre resultó ser el guardaespaldas de Laura.

Así que llamaron a todos a la comisaría.

Lo que no esperaban era que quien acompañara a Laura fuera David.

En cuanto vio a María, su rostro se ensombreció. Ni siquiera le dio oportunidad de abrir la boca.

Le soltó encima, de golpe, una andanada de palabras hirientes.

—¡María, otra vez tú! ¿Cuándo vas a parar? ¿No puedes dejar de aferrarte a mí como una perra?

Las palabras cayeron, y en medio del silencio de la sala, la cabeza de María empezó a zumbar.

Mirando a David, furioso por defender a la mujer que amaba, de pronto le pareció hasta ridículo.

Solo que en esa risa había mezclada toda la desolación de esos cuatro años.

Lástima que a David no le importara en lo más mínimo.

Ahora mismo, lo único que sabía era que María le resultaba insoportable.

Entendía que María lo había amado demasiado y que no podía resignarse a perder aquella relación.

Pero lo que jamás debió hacer era meter a Laura en todo eso.

Laura no era como ella.

¿Cuándo iba a entender de una vez cuál era su lugar?

Con tono burlón, David dijo:

—María, yo creía que tenías algo de dignidad. No imaginé que fueras capaz de todo. Te aconsejo que dejes ya de hacer escándalos sin sentido.

Su voz venía cargada de autoridad. Sus brazos protegían a la mujer que llevaba entre ellos.

Como si temiera que su amor se asustara.

Laura, recostada contra su pecho, tenía los ojos enrojecidos, como si el agravio se le fuera a desbordar de un momento a otro.

Solo que, cuando miraba a María, la expresión se volvía venenosa y feroz.

María lo entendió enseguida.

Laura ya había convencido a David de que todo aquello no era más que una escena montada por ella misma.

David era orgulloso y estaba demasiado seguro de sí mismo. Nunca escuchaba a cualquiera.

Y aun así, había preferido creer una sola versión: la de Laura.

Que amara a Laura, María lo entendía.

Pero ¿qué tenía eso que ver con ella?

María alzó la vista hacia David con una calma fría.

—David, si defender mis propios derechos cuenta para ti como hacer escándalo, entonces en tu cabeza la ley no vale nada.

—¡María!

David elevó la voz sin darse cuenta. Su mirada cayó sobre ella, firme, sin apartarse ni un segundo.

Quería hacerle entender que estaba enojado.

María frunció ligeramente el ceño y se mordió el labio.

Era un gesto entre resistencia y resignación.

Durante cuatro años, cada vez que David se enojaba, ella terminaba haciendo ese movimiento sin darse cuenta.

Todavía no lograba quitárselo.

Pero David, al verlo, soltó una risa desdeñosa.

Lo sabía.

María no era más que puro teatro; en el fondo, seguía temiendo hacerlo enojar.

David dejó de mirarla y se volvió hacia la policía.

—Esto no es más que un malentendido inventado por María. No hay nada que investigar. Y si lo de hoy sale de aquí, a todos ustedes los van a llamar desde arriba para pedirles cuentas.

Dicho eso, pasó de largo junto a María y rodeó a Laura con el brazo, dispuesto a irse.

—No tengas miedo. Mientras yo esté aquí, no podrá hacerte nada. Ya llegaron las joyas que te mandé pedir. Vamos a que te las pruebes.

Lo dijo con una ligereza insultante, como si aplastar a alguien fuera tan sencillo como pisar una hormiga.

—A mí no me importan las joyas. Lo único que me importa es que tú siempre me vas a proteger.

Laura se recargó en él con aire insinuante y, de reojo, le lanzó a María una mirada llena de orgullo.

Ya se lo había advertido hacía mucho: hiciera lo que hiciera, David no iba a volver a mirarla.

—Tonta.

A propósito, David le apretó la nariz a Laura delante de María.

Quería arrancarle de una vez cualquier esperanza absurda.

Pero María pasó por alto su escena de cariño y miró directamente a los policías.

—¿Desde cuándo una persona implicada en el caso tiene derecho a ayudar a la policía a cerrar una investigación a la ligera?

El policía respondió enseguida:

—Por supuesto que no. Nosotros vamos a proceder conforme a la ley.

Al oír eso, la mirada de David se enfrió. Cada centímetro de sus ojos estaba cargado de amenaza.

—¿María, acabas de decir que yo soy una persona implicada? ¿De qué tonterías estás hablando ahora?

María lo miró de frente, con voz serena.

—David, no te pongas así.

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