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Capítulo 7

Author: Blanca Estelar
—¿Qué?

Con la mirada serena, María dijo:

—Que tanto usted como la señorita Laura son personas implicadas en el caso.

David se quedó visiblemente desconcertado. Jamás se le había pasado por la cabeza que María se atreviera a plantarle cara.

María notó perfectamente su reacción, pero no le prestó atención. Fue directo hacia los dos matones.

—Repitan todo lo que pasó. Y acuérdense bien: no quiero que se salten una sola palabra.

Al sentir la mirada de María sobre ellos, los dos asintieron de inmediato y contaron otra vez lo ocurrido.

Cuando llegaron a la parte en la que dijeron que querían probar a la mujer de David, ambos voltearon al mismo tiempo hacia él.

El rostro de David y el de Laura se ensombrecieron de golpe.

La relación entre María y David, de todos los presentes, solo la conocían María, David y Laura.

David era el segundo hijo de la familia García, un hombre encumbrado, intocable.

Aunque ya hubiera terminado con María, en el fondo seguía considerándola algo suyo.

Él podía dejarla, pero jamás permitiría que unos tipejos así le pusieran una mano encima.

Entonces solo quedaba una posibilidad...

Laura empezó a perder un poco la compostura y replicó:

—María, ¿qué estás insinuando? ¿Que yo contraté gente para humillarte? Desde que David y yo hicimos pública nuestra relación, no has dejado de aferrarte a él. Y ahora vienes con dos matones para confundir a todos. ¿De verdad no puedes dejar de intentar destruir lo nuestro?

Había alterado la secuencia de los hechos y pintado a María como una mujer incapaz de aceptar que no era correspondida.

Con las lágrimas corriéndole por la cara, el papel resultaba bastante convincente.

Pero al segundo siguiente, se quedó helada.

María estaba aplaudiendo.

—Señorita Laura, qué bien habla usted. Pero yo, una persona común y corriente, ¿cómo podría andar acosando a David? David no es ningún tonto. ¿O acaso cualquier mujer puede enredarlo así nada más?

—Por eso sospecho que alguien me está usando para sabotear la relación entre usted y David. Porque, si no, ¿quién sería tan idiota como para decirles a dos desconocidos que yo soy la mujer de David?

—Además... no lo soy. ¿Verdad, David?

David guardó silencio. Su expresión no era precisamente amable.

A María no le importó. Siguió hablando.

—A estas alturas, ¿quién en internet no conoce la historia de amor de ustedes dos? Cualquier persona normal sabe que nadie en su sano juicio querría meterse como amante. ¿O no, señorita Laura?

—Así que, si alguien insistió en mencionar a David, entonces claramente quería perjudicarlo también a él. Por si acaso, lo mejor será que la policía investigue bien y nos limpie el nombre a los tres.

—Podrían empezar por estos dos.

Mientras hablaba, señaló a los dos matones.

Quería ver quién iba a ponerse nervioso ahora.

Si Laura prefería que la policía descubriera el pasado entre ella y David, y de paso sacara a la luz que ella se había metido en medio...

O si prefería acabar despedazada en una pelea entre ella y esos dos delincuentes.

Cualquiera de las dos cosas, si salía a la luz, iba a ser un espectáculo digno de verse.

A los dos matones ya los habían dejado medio muertos a golpes. Hasta respirar les dolía.

Y en cuanto oyeron que podían cargar también con el delito de intentar perjudicar al segundo hijo de la familia García, casi se descompusieron.

¿Cómo iban a atreverse a admitir algo así?

—¡No, no! ¡Nosotros estamos diciendo la verdad!

—¡Fue él! ¡Él fue el que, por teléfono, nos dijo que esta mujer era una desechada de David y que no tuviéramos compasión!

El guardaespaldas de Laura soltó con ferocidad:

—¡Mentira! Lo único que pasó fue que coincidí con ustedes en un juego de las cartas, y les perdí un poco de dinero, nada más.

Uno de los matones sacó enseguida el celular.

—¡Lo grabé! ¿De verdad creyeron que éramos tan idiotas? Una cosa así, claro que había que dejarla respaldada.

Muy pronto puso a reproducir la grabación de la llamada que el guardaespaldas le había hecho.

—... María es la mujer de David. Graben lo más que puedan. Mientras más expuesta quede, mejor. Esa mujer tiene un cuerpazo; con solo verla se le va el alma a cualquiera. Ustedes no pierden nada. Cuando terminen, les doy otros diez mil dólares.

Escuchar a otros hombres hablar de su cuerpo de esa manera hizo que a María se le revolviera el estómago.

La policía que estaba a su lado pareció notar su reacción y se colocó un poco más cerca de ella.

Luego habló en voz alta:

—¿Qué creen que es esto, una cafetería? ¿Que pueden entrar y salir cuando se les antoje? Aquí todo se va a hacer conforme al procedimiento.

Los demás policías también bloquearon la salida.

Al ver eso, María sintió una oleada de alivio y gratitud. Por fin el peso que llevaba encima empezó a aflojar un poco.

Ahora a la que le tocaba estar incómoda era a Laura.

Jamás se imaginó que, después de algo así, María tendría la desfachatez de llamar a la policía.

Y ahora, por donde se mirara, cualquier investigación la dejaba mal parada.

Maldita María.

¿Cómo era posible que aquel accidente no la hubiera matado?

Laura apretó los dientes y le lanzó una mirada fulminante al guardaespaldas por haber hecho todo tan mal.

El hombre entendió de inmediato y dio un paso al frente.

—Todo esto fue idea mía. La señorita no tuvo nada que ver. La familia de la señorita siempre me ha tratado muy bien. Solo que yo veía a María aferrarse a David y eso tenía muy mortificada a la señorita. Entonces pensé en aprovechar esto para quitármela de encima.

El guardaespaldas lo tenía clarísimo: antes que enemistarse con la familia Gómez, prefería cargar con todo y terminar en la cárcel.

Laura fingió sorpresa y se secó las lágrimas.

—Tú... ¿cómo pudiste hacer algo tan cruel y tan ruin? Ya no podemos conservarte. Pero quédate tranquilo: nos vamos a encargar de tus padres. Y tú, compórtate allá adentro y aprovecha para reformarte.

El guardaespaldas entendió perfectamente la amenaza escondida en esas palabras, pero no tenía forma de rebelarse. No le quedó más que agachar la cabeza y declararse culpable.

Entonces Laura, con la voz quebrada, sacudió suavemente el brazo de David.

Pero se dio cuenta de que él estaba distraído.

Siguió la dirección de su mirada.

Estaba mirando a María.

La expresión frágil y agraviada de Laura estuvo a punto de resquebrajarse.

Por suerte para ella, la voz de un policía rompió el ambiente.

—Señorita María, si tiene alguna otra duda, puede decirla ahora.

—No, ya no.

No era que María no quisiera señalar a Laura como la verdadera culpable.

Era que la familia Gómez no lo permitiría. Y David tampoco.

Con el poder que tenía ella, simplemente no podía enfrentarse a esa clase de gente.

De cualquier modo, ya había conseguido lo que quería.

Con esto bastaba para darle un escarmiento a Laura y hacer que, por un tiempo, no se atreviera a provocarla otra vez.

Justo cuando pensaba en eso, María notó la mirada extraña de David clavada sobre ella.

Instintivamente volteó a verlo. Le resultó incómodo, así que giró un poco el cuerpo.

El policía continuó:

—Entonces venga conmigo para revisar su declaración. Si no hay ningún problema, firma y ya podrá retirarse por ahora.

—Está bien.

María pasó de largo junto a David y Laura y siguió a la policía para firmar.

Pero los ojos de David no se despegaron de ella ni un segundo.

Al ver eso, Laura apretó los labios.

Pensó tres segundos y luego se abrazó al brazo de David para susurrarle:

—David, perdón. Todo esto causó un malentendido entre tú y María. Pero, por cómo reaccionó ella, parece que ya lo sabía desde antes. Entonces, ¿por qué armar un escándalo así? ¿Será que quería darte lástima?

David volvió en sí.

La duda en sus ojos se convirtió en una expresión de fría certeza.

Para obligarlo a recordar, María había llegado al extremo de usar una treta tan burda como hacerse la víctima.

Pensándolo bien, mejor así.

Cuando él recuperara la memoria, ni siquiera necesitaría darle explicaciones: María volvería obediente a su lado.

Soltó una risa fría.

—Solo a ella se le ocurren métodos tan ridículos.

Laura fingió preocupación.

—En un rato seguro va a venir a contarte sus penas. Al final, el que hizo todo fue mi guardaespaldas. ¿Qué se supone que debo hacer?

David la atrajo hacia sí y le levantó el mentón con los dedos.

—El trabajo de María siempre ha sido aguantar y servir a los demás. Ya está acostumbrada a tragarse las humillaciones. Tú no eres así. Mientras yo esté contigo, nadie va a hacerte pasar un mal rato.

Laura se llenó de alegría y se metió sonriente entre sus brazos.

Pero, en un ángulo que ella no alcanzó a ver, David seguía mirando hacia la puerta, y por su rostro cruzó una mueca de burla.

Con razón María le había lanzado una mirada antes de irse.

Lo estaba esperando.

Esperaba que él dijera algo.

Cuando volviera, le dejaría bien claro que su teatro lastimero no significaba absolutamente nada para él.

En ese momento, afuera se escucharon pasos...

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