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Capítulo 9

Penulis: Ada Smith
Tres días después, los guardias del gobernador clausuraron La Rosa. El aviso oficial decía que la esposa del regente había salido de la capital sin permiso, su licencia de comerciante no estaba en regla y el salón de té quedaba cerrado hasta nuevo aviso.

Arranqué el aviso y fui al juzgado con el acta de divorcio. El acta tenía el sello oficial de Castelora, pero le faltaba la firma de puño y letra de Edmund.

El juez no se atrevía a enemistarse con el príncipe regente y solo me dijo que regresara
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  • El príncipe que perdió su rosa   Capítulo 10

    Al segundo año, La Rosa abrió su segunda sucursal. Traje de la agencia de criados a tres mujeres que no tenían adónde ir.Una, repudiada por la familia de su marido; otra, a la que casi venden por las deudas de su padre; y la última, viuda, a la que sus parientes le habían quitado sus tierras.Al principio ni siquiera sabían sacar una cuenta. Así que empecé por las cuentas más simples y les enseñé a reconocer el té, a contar el dinero y a negociar precios con los compradores.Hubo quien me aconsejó no darles demasiado dinero a las mujeres, para que no se les metieran ideas que no debían tener. Yo solo les repartí las escrituras de los locales.—Solo cuando uno tiene una salida sabe qué camino quiere tomar.Al quinto año, los barcos mercantes de La Rosa ya llegaban desde Solvara hasta la frontera norte. El nuevo encargado me trajo las cuentas de la capital para que las revisara y, de paso, mencionó el palacio del regente.En esos años, Edmund casi no daba banquetes y ya no celebraba su

  • El príncipe que perdió su rosa   Capítulo 9

    Tres días después, los guardias del gobernador clausuraron La Rosa. El aviso oficial decía que la esposa del regente había salido de la capital sin permiso, su licencia de comerciante no estaba en regla y el salón de té quedaba cerrado hasta nuevo aviso.Arranqué el aviso y fui al juzgado con el acta de divorcio. El acta tenía el sello oficial de Castelora, pero le faltaba la firma de puño y letra de Edmund.El juez no se atrevía a enemistarse con el príncipe regente y solo me dijo que regresara a casa a esperar.Al atardecer, Edmund estaba de pie en el salón de té vacío.Llevaba otra vez el traje de corte, el anillo de sello del regente en la mano, y había recuperado la expresión severa de antes. Sobre la mesa había un pasaje de vuelta a la capital.—Regresa conmigo y el salón de té podrá abrir mañana.Miré el pasaje.—¿Es una compensación de Su Alteza o una condición?Edmund evitó mi mirada.—Solvara no es lugar para que te quedes a vivir. Las cuentas y el personal del palacio vuelve

  • El príncipe que perdió su rosa   Capítulo 8

    Edmund se quedó a vivir enfrente un mes. Ya no entraba a la fuerza al salón de té ni me rogaba todos los días que regresara. Cuando el techo goteaba, mandó a alguien con tejas.Cuando los inspectores vinieron a revisar las licencias de los comerciantes forasteros, él ya había hecho que le mandaran de la capital el acta de divorcio con el sello oficial, pero seguía sin firmarla.Hizo muchas cosas. Lo único que no quiso fue dejarme ir de verdad. Todas las mañanas se sentaba en la mesa del salón de té más cercana a la puerta y pedía un té de rosas. Antes, Edmund solo tomaba té negro cargado.Ahora tomaba el té que a mí me gustaba, y no sé si era para castigarse o para recordarme que no había olvidado el pasado.Un día, después de cerrar, me salió al paso en la puerta trasera. No traía ningún regalo ni llevaba el anillo de sello del regente.—Rosalind, antes creía que Ceci necesitaba que la protegieran y que tú nunca ibas a caer. Confundí tu fortaleza con que nada te dolía, y tu amor con q

  • El príncipe que perdió su rosa   Capítulo 7

    Medio año después, La Rosa ya tenía cierta fama en Solvara. El salón de té no era grande, pero las hojas de té eran frescas y los pastelitos, finos. Los comerciantes de la zona sabían que yo era una viuda venida del norte, y nadie me preguntaba por mi pasado.Vestía colores sobrios, llevaba yo misma las cuentas y a veces me sentaba junto a la ventana a preparar el té para los clientes.Una tarde de lluvia, estaba por cerrar cuando una mano detuvo la puerta.Era una mano larga y fuerte, con una cicatriz vieja entre el pulgar y el índice.La reconocí.Edmund estaba afuera, sin su séquito de príncipe, solo con ropa negra empapada por la lluvia. Había adelgazado mucho. La mandíbula se le marcaba más que antes y tenía ojeras oscuras. En la mano, sin embargo, seguía llevando el anillo de sello del regente. Aun en ese estado lamentable, seguía siendo alguien a quien costaba mirar de frente.—Rosalind.Mi nombre, que hacía tanto no oía en su boca, me hizo quedarme quieta un instante, con la ma

  • El príncipe que perdió su rosa   Capítulo 6

    En mi primer mes en Solvara no abrí el salón de té enseguida. La casa comercial de mi tío podía darme refugio por un tiempo, pero yo no quería depender de mis parientes toda la vida.Con el dinero que saqué de vender mis joyas, alquilé un local viejo, y yo misma escogía el té, sacaba las cuentas y arreglaba puertas y ventanas.Antes, para todo eso me bastaba con decir una palabra y los criados del palacio se encargaban. Ahora pasaba medio día regateando con el carpintero el precio de un letrero.Más de una noche, cuando me dolían tanto los dedos que no podía sostener la pluma, miré hacia la puerta sin pensarlo. Si Edmund estuviera ahí, con una orden suya se resolverían todos los problemas.Pero cuando dependes de alguien por tanto tiempo, hasta para irte tienes que quitarte primero ese instinto. No le escribí. A fin de mes, la segunda carta del señor Hobbs llegó aun así a manos de mi tío. Mi tío no me la ocultó.En ella contaba que Edmund había puesto Castelora de cabeza y que había re

  • El príncipe que perdió su rosa   Capítulo 5

    Al séptimo día de haber salido de la capital, el barco mercante se detuvo en el puerto de Recodo para abastecerse. El encargado me entregó una carta.La mandaba el viejo administrador, el señor Hobbs, a través de la casa comercial. En el sobre solo decía: «Para la señorita Ashford, en propia mano.»El señor Hobbs cuidaba de mí desde que vivía mi madre, y era de los pocos en el palacio que todavía me llamaban señorita. Era una carta gruesa, de seis páginas. Solo al abrirla supe que la noche en que me fui, Edmund regresó al ala principal.Ya había pasado la medianoche. Abrió la puerta y primero pidió que echaran carbón a la chimenea; luego, que la cocina le mandara una taza de té caliente.Nadie respondió.Entró en la habitación, vio el tocador vacío y solo entonces se dio cuenta de que algo estaba mal. El señor Hobbs escribía que Su Alteza se quedó mucho rato de pie frente al escritorio.Tomó las llaves de la casa, después las del almacén, y solo al final vio la carta de divorcio. Esta

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