Se connecterLa noche de San Valentín, le mandé a Edmund una carta de divorcio. Al poco rato, el mayordomo regresó con su respuesta, escrita de su puño y letra. Dos palabras: “Qué bien”. La doncella que me acompañaba, la misma que vino conmigo al casarme, tenía los ojos rojos y estaba indignada por mí. —Siete años de matrimonio. Usted se arruinó la salud llevándole la casa, ¿y Su Alteza es capaz de ser tan cruel? Abrí la cortina del carruaje y dejé que entrara el viento helado. —Es que ni siquiera abrió la carta. El sello de lacre del sobre estaba intacto. No se había dignado a echarle ni un vistazo. En todos estos años, a mis cartas a la familia y a las cartas en que le decía que yo estaba bien, él siempre contestó lo mismo: «Qué bien.» Yo creía que, como príncipe regente, solo tenía cabeza para el reino y no le quedaba lugar para el amor. Hasta anoche, cuando pasé frente a su estudio. Lo vi enmarcar como si fuera un tesoro una hoja que su amiga de la infancia había dejado a medio escribir y tirado, y guardarla en un compartimento secreto. En sus ojos había un cariño y un cuidado, una luz que en estos siete años yo nunca le había visto. Fue entonces cuando entendí que siete años de dejarme el alma por él no valían lo que una gota de tinta que otra persona dejó caer sin pensar. Cerré la cortina y dejé afuera las luces de la ciudad. Nunca más volvería a mirar Castelora ni sus romances.
Voir plusAl segundo año, La Rosa abrió su segunda sucursal. Traje de la agencia de criados a tres mujeres que no tenían adónde ir.Una, repudiada por la familia de su marido; otra, a la que casi venden por las deudas de su padre; y la última, viuda, a la que sus parientes le habían quitado sus tierras.Al principio ni siquiera sabían sacar una cuenta. Así que empecé por las cuentas más simples y les enseñé a reconocer el té, a contar el dinero y a negociar precios con los compradores.Hubo quien me aconsejó no darles demasiado dinero a las mujeres, para que no se les metieran ideas que no debían tener. Yo solo les repartí las escrituras de los locales.—Solo cuando uno tiene una salida sabe qué camino quiere tomar.Al quinto año, los barcos mercantes de La Rosa ya llegaban desde Solvara hasta la frontera norte. El nuevo encargado me trajo las cuentas de la capital para que las revisara y, de paso, mencionó el palacio del regente.En esos años, Edmund casi no daba banquetes y ya no celebraba su
Tres días después, los guardias del gobernador clausuraron La Rosa. El aviso oficial decía que la esposa del regente había salido de la capital sin permiso, su licencia de comerciante no estaba en regla y el salón de té quedaba cerrado hasta nuevo aviso.Arranqué el aviso y fui al juzgado con el acta de divorcio. El acta tenía el sello oficial de Castelora, pero le faltaba la firma de puño y letra de Edmund.El juez no se atrevía a enemistarse con el príncipe regente y solo me dijo que regresara a casa a esperar.Al atardecer, Edmund estaba de pie en el salón de té vacío.Llevaba otra vez el traje de corte, el anillo de sello del regente en la mano, y había recuperado la expresión severa de antes. Sobre la mesa había un pasaje de vuelta a la capital.—Regresa conmigo y el salón de té podrá abrir mañana.Miré el pasaje.—¿Es una compensación de Su Alteza o una condición?Edmund evitó mi mirada.—Solvara no es lugar para que te quedes a vivir. Las cuentas y el personal del palacio vuelve
Edmund se quedó a vivir enfrente un mes. Ya no entraba a la fuerza al salón de té ni me rogaba todos los días que regresara. Cuando el techo goteaba, mandó a alguien con tejas.Cuando los inspectores vinieron a revisar las licencias de los comerciantes forasteros, él ya había hecho que le mandaran de la capital el acta de divorcio con el sello oficial, pero seguía sin firmarla.Hizo muchas cosas. Lo único que no quiso fue dejarme ir de verdad. Todas las mañanas se sentaba en la mesa del salón de té más cercana a la puerta y pedía un té de rosas. Antes, Edmund solo tomaba té negro cargado.Ahora tomaba el té que a mí me gustaba, y no sé si era para castigarse o para recordarme que no había olvidado el pasado.Un día, después de cerrar, me salió al paso en la puerta trasera. No traía ningún regalo ni llevaba el anillo de sello del regente.—Rosalind, antes creía que Ceci necesitaba que la protegieran y que tú nunca ibas a caer. Confundí tu fortaleza con que nada te dolía, y tu amor con q
Medio año después, La Rosa ya tenía cierta fama en Solvara. El salón de té no era grande, pero las hojas de té eran frescas y los pastelitos, finos. Los comerciantes de la zona sabían que yo era una viuda venida del norte, y nadie me preguntaba por mi pasado.Vestía colores sobrios, llevaba yo misma las cuentas y a veces me sentaba junto a la ventana a preparar el té para los clientes.Una tarde de lluvia, estaba por cerrar cuando una mano detuvo la puerta.Era una mano larga y fuerte, con una cicatriz vieja entre el pulgar y el índice.La reconocí.Edmund estaba afuera, sin su séquito de príncipe, solo con ropa negra empapada por la lluvia. Había adelgazado mucho. La mandíbula se le marcaba más que antes y tenía ojeras oscuras. En la mano, sin embargo, seguía llevando el anillo de sello del regente. Aun en ese estado lamentable, seguía siendo alguien a quien costaba mirar de frente.—Rosalind.Mi nombre, que hacía tanto no oía en su boca, me hizo quedarme quieta un instante, con la ma






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