Medio año después, La Rosa ya tenía cierta fama en Solvara. El salón de té no era grande, pero las hojas de té eran frescas y los pastelitos, finos. Los comerciantes de la zona sabían que yo era una viuda venida del norte, y nadie me preguntaba por mi pasado.Vestía colores sobrios, llevaba yo misma las cuentas y a veces me sentaba junto a la ventana a preparar el té para los clientes.Una tarde de lluvia, estaba por cerrar cuando una mano detuvo la puerta.Era una mano larga y fuerte, con una cicatriz vieja entre el pulgar y el índice.La reconocí.Edmund estaba afuera, sin su séquito de príncipe, solo con ropa negra empapada por la lluvia. Había adelgazado mucho. La mandíbula se le marcaba más que antes y tenía ojeras oscuras. En la mano, sin embargo, seguía llevando el anillo de sello del regente. Aun en ese estado lamentable, seguía siendo alguien a quien costaba mirar de frente.—Rosalind.Mi nombre, que hacía tanto no oía en su boca, me hizo quedarme quieta un instante, con la ma
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