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Capítulo 2

Author: Sea of Lisbon
Antes de marcharme, quería devolverles los regalos que me habían dado. Maddie me había entregado su primera medalla de básquetbol cuando tenía doce años. Decía que le daba miedo perderla y por eso me había pedido que se la cuidara.

La encontré en el gimnasio, agachada junto a Julian, ayudándolo a armar un perchero para su cuarto de la residencia universitaria. A su lado había un colchón, una lámpara de pie y varias cajas.

—Bájalo un poco —pidió Julian mientras señalaba la altura con la mano—. No llego hasta ahí.

Maddie lo desarmó y volvió a armarlo a la altura que él quería.

—¿Qué haces aquí? —me preguntó al levantar la vista.

—Te devuelvo esto —respondí mientras le tendía la medalla.

Maddie se quedó mirándola, desconcertada.

—¿No puedes seguir guardándomela? —preguntó antes de mirarme—. ¿Por qué me la devuelves ahora?

—Me preocupa no tener otra oportunidad después —respondí sin bajar la mano.

No entendió lo que intentaba decirle. Tomó la medalla y la lanzó sin cuidado a una caja llena de cosas viejas.

—Llegas justo a tiempo —comentó mientras señalaba las cosas de Julian—. Todavía le faltan unos ganchos para su cuarto. Tú tienes fuerza. Ven a ayudarnos.

No me moví.

—No importa —intervino Julian con un gesto de la mano—. Luca se va a West City y seguro está ocupado empacando.

—Él hace la maleta en diez minutos —replicó Maddie después de mirarme—. Seguro que no está ocupado.

Me volteé y salí del gimnasio. Ni siquiera me siguió para preguntarme cuándo iba a irme de la ciudad.

Unas horas después, encontré a Silvia en la biblioteca, Julian también estaba allí. Le devolví los borradores de sus trabajos para los concursos. Los recibió, pero tenía los ojos puestos en la cámara que me colgaba del cuello. La había comprado a los quince años, después de ahorrar todo un año de mi mesada. Con esa cámara había guardado todos nuestros recuerdos de la preparatoria.

—Deberías dejarnos la cámara —me pidió Silvia mientras la señalaba—. Julian quiere preparar un video sobre su vida, desde niño hasta ahora, para mostrarlo durante la jornada de bienvenida.

—Es mi cámara —le recordé mientras la sujetaba contra mi pecho.

—Solo te la estamos pidiendo prestada. Después te la devolvemos —replicó antes de hacerle señas a Julian.

Él se acercó y miró mi cámara con ganas de quedársela.

—Luca, solo quiero elegir unas fotos de cuando eran niños —me aseguró sin quitarle los ojos de encima.

—Pero tú no estabas con nosotros entonces —le recordé.

Julian se quedó pálido y Silvia me miró con desaprobación.

—¿Tienes que ser tan grosero? —me reprochó con el ceño fruncido—. Solo le duele no habernos conocido antes.

—¿Y vas a usar mi pasado para que él se sienta mejor? —repliqué.

Silvia resopló y tomó la bolsa de la cámara que yo había colgado de una silla.

—Solo vamos a usarla unos días —protestó—. ¿Tienes que armar un berrinche por eso?

Estiré la mano para recuperar la bolsa, pero ella la apartó antes de añadir:

—Cuando terminemos el video, le pediré a Lily que te la devuelva.

La miré durante dos segundos antes de bajar la mano.

—Está bien —acepté mientras me quitaba la cámara del cuello para guardarla en la bolsa.

No me preocupaba lo que había en la cámara. Las fotos que de verdad me importaban ya estaban respaldadas.

April me detuvo en la entrada de nuestro vecindario.

—Llegas justo a tiempo —dijo antes de lanzarme un disco duro.

Lo atrapé entre las manos.

—Aquí están los videos que grabamos durante estos años —explicó April—. Como tú editas bien, puedes ayudar a Julian a preparar un video de sus dieciocho años de vida.

—No tenemos grabaciones de sus dieciocho años de vida —le recordé mientras miraba el disco.

—Por eso necesita algunas de las nuestras —respondió, como si no hubiera nada que discutir—. Quita las partes donde sales y añade unas fotos de Julian. Con eso queda listo.

Bajé los ojos hacia el disco duro. Allí estaban nuestras primeras salidas en bicicleta, nuestro primer campamento y todos los cumpleaños que habíamos celebrado. Querían que me borrara de los videos y dejara que Julian ocupara mi lugar, para que pareciera que él también había vivido todos esos momentos.

—Está bien —acepté sin discutir.

—¿De verdad aceptas? —preguntó April, sorprendida por mi respuesta.

—¿No decías que solo necesito unos días para que se me pase todo? —le recordé.

—Bueno, mientras lo hayas pensado bien —respondió después de frotarse la nariz.

Ninguna me había preguntado cuándo iba a salir rumbo a West City.

Esa noche, Lily vino a buscarme para salir a cenar. Me devolvió la cámara que Silvia se había llevado y me llevó al restaurante de carnes que más nos gustaba. Pero se pasó la cena pendiente del teléfono.

Julian se quejó de que su cama era demasiado dura y ella le compró un colchón nuevo. Luego, Julian le contó que le preocupaba no llevarse bien con sus compañeros de cuarto. Lily le mandó varios audios largos para tranquilizarlo. Mi bistec se enfrió en el plato sin que ella lo notara.

—Lily —la llamé desde el otro lado de la mesa.

—¿Mmm? —respondió sin dejar de mirar el teléfono.

—¿Te acuerdas de lo que voy a hacer mañana? —pregunté.

—¿Hacer la maleta? —preguntó al levantar por fin la vista.

—Sí. Algo así —respondí.

Lily suspiró, aliviada, y empujó el plato de postre hacia mí.

—¿Por qué esa cara? —preguntó mientras me lo acercaba—. Pórtate bien en West City. Te prometí que iría a visitarte y voy a cumplirlo.

Antes de despedirse, se puso de puntillas y me besó en la frente.

—Espera a que comiencen las clases —me aseguró al separarse de mí—. Más adelante, los cinco iremos a West City a visitarte.

No le eché en cara sus mentiras. Volví a casa, conecté el disco duro a mi computadora portátil y borré todos los archivos. ¿Por qué iba a permitir que Julian hiciera pasar por suyos mis recuerdos de los últimos dieciocho años?

Desconecté el disco y lo guardé en una caja para enviarlo por mensajería. Ese sería el último regalo que les haría: una versión de nuestro pasado en la que yo ya no aparecía.

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