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Capítulo 3

Author: Sea of Lisbon
A las siete de la mañana del día siguiente, volví a la escuela para recoger el último documento que me faltaba. Acababa de entrar cuando escuché unas risas detrás de mí.

—Miren, llegó nuestro alumno estrella —se burló alguien a mis espaldas—. Dicen que quería quedarse en North City con Lily, pero todas sus amigas entraron a la Universidad North y él fue el único que acabó en la Universidad West.

—¿Cómo que lo mandaron lejos? —intervino otro entre risas—. Hizo el ridículo detrás de Lily y ahora se va con el rabo entre las patas porque ella lo rechazó.

Varios compañeros estaban en lo alto de la escalera. Al frente estaba Chad Stone, el nuevo amigo de Julian. Me miró de pies a cabeza y agarró la cámara que me colgaba del cuello.

—¿Esta es la cámara que no quieres prestarle a Julian? —preguntó sin soltarla.

Le agarré la muñeca.

—Suéltala —le exigí mientras intentaba apartarle la mano.

—¿Ahora te vas a hacer el valiente? —se burló Chad alzando la voz—. Julian tenía razón. Solo porque creciste con cuatro amigas, ya te crees con derecho a todo.

—Pues qué lástima, porque las cuatro eligieron a Julian —añadió otro compañero entre risas—. Todavía tuvo el descaro de declarársele a Lily y ella lo dejó al día siguiente. ¡Qué ridículo!

Más alumnos se acercaban para mirar. Busqué a mis amigas al otro extremo del pasillo. Maddie llevaba los documentos de Julian, Silvia lo ayudaba a revisar sus datos y April sostenía su desayuno. Lily estaba con ellas. Me vio, pero solo frunció el ceño. No se acercó.

Una vez, alguien había dicho en la escuela que yo no era nadie sin mis cuatro mejores amigas. Lily lo había llevado a la cabina de sonido y lo había obligado a disculparse ante toda la escuela. Ahora me tenían rodeado y habían agarrado mi cámara, pero ella fingía que no me veía.

Julian vino corriendo hacia nosotros.

—Ya basta. Luca solo está de mal humor —intervino al detenerse a nuestro lado.

Chad resopló sin soltar la cámara.

—Julian, eres muy bueno —le dijo—. Está celoso porque sus amigas se van a quedar contigo. Por eso ni siquiera quiere prestarte unos videos de su infancia. ¿Por qué sigues ayudándolo?

A Julian se le llenaron los ojos de lágrimas. Eso sí consiguió que Lily se acercara, pero lo hizo para ponerse delante de él.

—Luca, si estás molesto, puedes decírnoslo —me reprochó sin apartarse de Julian—. No tienes por qué mirarlo así.

Antes de que pudiera responder, alguien tiró de la correa de mi cámara desde atrás hasta romperla. La cámara se estrelló contra el suelo. Otro hizo como si se le cayera una cubeta y me salpicó con agua sucia. Todos se echaron a reír.

—Perdón. Se me resbaló —se disculpó uno de ellos entre risas.

Me limpié el agua de la cara y me agaché para recoger la cámara.

—Vuelve a casa y cámbiate esa ropa mojada —me ordenó Lily después de mirarme con fastidio—. Deja de armar un escándalo en la escuela.

Ellos podían humillarme delante de todos y decir que había sido un accidente. Si yo les pedía explicaciones, me acusaban de exagerar. No volví a mirarlos. Recogí el documento y salí de la escuela.

Media hora más tarde, acababa de cambiarme de ropa cuando golpearon mi puerta con fuerza. Abrí y mis cuatro amigas entraron sin esperar a que las invitara. Julian venía con ellas.

—¿Dónde está el llavero? —exigió Maddie sin saludarme—. Julian lo traía hace un rato y ahora no aparece.

Me apoyé en el marco de la puerta.

—¿Y? —respondí sin moverme de allí.

—Tú lo tocaste en la escuela —me acusó Maddie, mirándome con desconfianza—. Si tú no fuiste, ¿quién más se lo habría quitado?

No esperó mi respuesta. Entró en mi dormitorio y abrió un cajón. Los demás empezaron a revisar el armario y el escritorio. Mis amigas llevaban dieciocho años entrando en mi cuarto sin tocar la puerta. Antes creía que era por la confianza que nos teníamos. Pero al fin entendí que se creían con derecho a hacer lo que quisieran conmigo y con mis cosas.

Maddie abrió el armario y vio las pocas prendas que aún colgaban dentro.

—¿Por qué estás empacando? —preguntó mientras miraba la ropa.

Me dolió escucharla.

—Lo hace para asustarnos —respondió Silvia después de mirar mi maleta.

—Luca, ya no eres un niño —se burló April tras resoplar—. ¿Por qué andas amenazando con irte?

Se reían. Nadie creía que de verdad fuera a marcharme. Lily encontró mi carta de admisión anticipada, pero solo le echó un vistazo al sobre.

—Las clases no empiezan hasta septiembre —comentó mientras lo empujaba debajo del escritorio—. No creo que vayas a desaparecer hoy.

En ese momento, Julian sacó el llavero de detrás del escritorio.

—¡Lo encontré! —exclamó mientras lo levantaba para que todos lo vieran.

Él mismo lo había dejado allí. Me miró con las mejillas enrojecidas.

—Luca, lo siento. Me equivoqué contigo —se disculpó sin acercarse.

—Qué bueno que apareció —lo tranquilizó Lily mientras le acariciaba la cabeza—. Ya no llores.

Para ellas, ni siquiera había hecho falta que se disculpara conmigo.

Julian se fijó en los videos guardados en mi computadora portátil. Eran las grabaciones de nuestra infancia: las cápsulas del tiempo que habíamos enterrado a los diez años, el viaje a la playa cuando teníamos quince y todos los cumpleaños que habíamos celebrado.

—Aquí están los videos completos —dijo Julian mientras se inclinaba hacia la pantalla, entusiasmado—. ¿Puedo usarlos para el mío?

—No —respondí mientras cerraba la computadora.

Julian bajó la mirada, decepcionado, y Maddie se adelantó.

—¿Qué tiene de malo que los mire? —protestó al ponerse junto a él—. ¿No habías aceptado editarle el video?

—Cambié de opinión —respondí.

Julian empezó a llorar.

—¿De verdad crees que no merezco ser tu amigo? —preguntó entre lágrimas.

—Él quiere los videos —me reprochó Lily mientras volvía a abrir la computadora y agarraba el ratón—. Si tú no quieres aparecer, puedes borrarte.

—Lily, no toques mis videos —le advertí sin apartar los ojos de la pantalla.

No me hizo caso. Seleccionó todos los archivos que llevaban mi nombre. Intenté detenerla, pero April me agarró de ambos brazos.

—Son solo unos cuantos videos —replicó April sin soltarme—. No te vas a morir por eso.

Lily presionó «Eliminar» y la barra de progreso avanzó a toda velocidad. Desaparecieron el video de mi primera vez en bicicleta, el de cuando gané mi primera medalla y aquel que grabamos a los dieciséis, cuando Lily dijo que se casaría conmigo. Ella misma los había borrado.

—Así está bien —sentenció Lily con frialdad mientras soltaba el ratón—. No vas a volver a aparecer en ninguno de nuestros videos.

Quería hacerme enojar. No sabía que eso estaba a punto de hacerse realidad.

El profesor Luther me envió un mensaje:

«El vehículo llegará dentro de dos horas».

Bajé la tapa de la computadora y cerré la maleta. Al final, dieciocho años de mi vida cabían en una sola maleta de veintiocho pulgadas.

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